<script data-pm-proxy="intercept"></script><?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" version="2.0" xmlns:itunes="http://www.itunes.com/dtds/podcast-1.0.dtd" xmlns:googleplay="http://www.google.com/schemas/play-podcasts/1.0"><channel><title><![CDATA[Catular]]></title><description><![CDATA[Juego a escribir]]></description><link>https://catular.substack.com</link><image><url>https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!hn0B!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F0962c45a-af47-41ee-9ce5-0cf3fe3c1118_1214x1280.png</url><title>Catular</title><link>https://catular.substack.com</link></image><generator>Substack</generator><lastBuildDate>Thu, 03 Sep 2026 02:57:32 GMT</lastBuildDate><atom:link href="/__u/catular.substack.com/feed" rel="self" type="application/rss+xml"/><copyright><![CDATA[Catular]]></copyright><language><![CDATA[en]]></language><webMaster><![CDATA[catular@substack.com]]></webMaster><itunes:owner><itunes:email><![CDATA[catular@substack.com]]></itunes:email><itunes:name><![CDATA[Catular]]></itunes:name></itunes:owner><itunes:author><![CDATA[Catular]]></itunes:author><googleplay:owner><![CDATA[catular@substack.com]]></googleplay:owner><googleplay:email><![CDATA[catular@substack.com]]></googleplay:email><googleplay:author><![CDATA[Catular]]></googleplay:author><itunes:block><![CDATA[Yes]]></itunes:block><item><title><![CDATA[Ohaguro]]></title><description><![CDATA[Este es un cuento que escibimos a cuatro manos, nace de la fusi&#243;n entre dos autores que se encontraron y perdieron en una antigua tradici&#243;n japonesa, para convertirla en un cuento de terror.]]></description><link>https://catular.substack.com/p/ohaguro</link><guid isPermaLink="false">https://catular.substack.com/p/ohaguro</guid><dc:creator><![CDATA[Catular]]></dc:creator><pubDate>Sun, 16 Aug 2026 19:26:26 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!tyMp!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F71ca2314-6ea3-4521-84ad-27755fac60b2_1600x838.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Kaori permanec&#237;a inm&#243;vil frente al espejo, estudiando su reflejo. Quer&#237;a cortarse el pelo. Le ilusionaba cambiar de peinado, siempre hab&#237;a sido algo impulsiva y cada vez que estaba nerviosa, de alguna u otra forma terminaba declar&#225;ndole la guerra a su propia cabellera.</p><p>Dej&#243; al cumplir dieciocho a&#241;os un peque&#241;o pueblo pesquero al norte de Kioto donde se cri&#243;, para irse a Argentina, pa&#237;s del que se enamor&#243; gracias a una pel&#237;cula, que no recordaba muy bien c&#243;mo hab&#237;a llegado a sus manos, pero desde que la vi&#243; se hab&#237;a propuesto dos cosas, conocer ese pa&#237;s entero, aunque de momento solo conoc&#237;a la Capital, La Plata y Bariloche y aprender a hablar espa&#241;ol. </p><p>En Argentina se anot&#243; en la carrera de Arquitectura e hizo un curso intensivo de espa&#241;ol. Todo lo que se propon&#237;a lo encaraba con una obstinaci&#243;n serena. No era de las personas que avanzaban r&#225;pido, sino de las que nunca retroceden y siempre acababa llegando al lugar que se hab&#237;a prometido alcanzar.</p><p>Para sostener su vida en la Capital trabajaba traduciendo textos del japon&#233;s al espa&#241;ol para varias empresas, as&#237; fue como conoci&#243; a Gabriel, siempre se re&#237;a al recordar aquella primera cita donde la llev&#243; al jard&#237;n japon&#233;s, Gabriel le gust&#243; de inmediato, y en algunas cosas le recordaba a su padre, pero de una forma m&#225;s cari&#241;osa. </p><p>Despu&#233;s de varios a&#241;os juntos a&#250;n lo amaba con una intensidad que a veces le parec&#237;a irracional. Quiz&#225;s por eso hab&#237;a aceptado casarse, pese a que nunca la hab&#237;an convencido los tradicionalismos. Era un rom&#225;ntico incorregible, y esa ilusi&#243;n desarmaba cualquier argumento que Kaori intentara sostener.</p><p>Gabriel no era el problema. Lo que le pesaba era todo lo que el matrimonio arrastraba, tener que abandonar la casa donde viv&#237;a a la que le ten&#237;a mucho cari&#241;o, la ten&#237;a algo angustiada, le gustaba el barrio porque estaba alejado del centro y del ruido ca&#243;tico de la ciudad. Pero Gabriel insist&#237;a en que, si alg&#250;n d&#237;a quer&#237;an formar una familia, necesitar&#237;an vivir cerca de su trabajo. Lo dec&#237;a con la ternura de quien imaginaba un futuro compartido. </p><p>Pero lo que de verdad la asfixiaba era otra cosa. Desde ni&#241;a hab&#237;a detestado el peso que su familia japonesa depositaba sobre el matrimonio. En unas horas llegar&#237;an sus padres y su abuela desde Jap&#243;n para convertirla en la novia perfecta, la de los rituales y las reverencias.</p><p>De todo aquello, al menos le quedaba una decisi&#243;n que nadie pod&#237;a arrebatarle as&#237; que aquella ma&#241;ana tom&#243; las tijeras apoyadas junto al lavamanos y sujet&#243; un mech&#243;n entre los dedos, cerr&#243; las hojas de acero en un solo movimiento. El flequillo qued&#243; varios cent&#237;metros m&#225;s corto de lo que hab&#237;a imaginado. Frunci&#243; apenas los labios mientras evaluaba el resultado. Despu&#233;s sonri&#243;.</p><p>Era una rebeld&#237;a peque&#241;a, casi insignificante, pero suficiente para recordarse que a&#250;n hab&#237;a una parte de s&#237; misma que segu&#237;a siendo libre. </p><p>Su casa segu&#237;a desordenada y faltaban horas para que llegara su familia. Hab&#237;a cajas que ya hab&#237;a empacado para llevar al nuevo hogar que compartir&#237;a en unos d&#237;as con Gabriel, libros y apuntes apilados sobre la mesa, platos sin guardar y una lista interminable de cosas por resolver antes del casamiento.</p><p>Si bien faltaban todav&#237;a algunos d&#237;as para la boda, las celebraciones ya parec&#237;an haber comenzado. Hab&#237;a llamadas desde Jap&#243;n a diario, regalos que llegaban envueltos con un cuidado casi ceremonial y una sucesi&#243;n de costumbres que Kaori apenas recordaba de su infancia. </p><p>La que m&#225;s la inquietaba era una tradici&#243;n de la que nadie hablaba demasiado. El <em>ohaguro</em>, un ritual que ella deb&#237;a cumplir al igual que hab&#237;an cumplido todas las mujeres de su familia al casarse. Su madre apenas lo mencionaba con evasivas, y cuando preguntaba, las respuestas siempre terminaban con la misma frase.</p><p>&#8212;Tu abuela te lo explicar&#225; cuando lleguemos.</p><p>Aquella respuesta, repetida durante semanas, hab&#237;a terminado por despertar en ella una curiosidad dif&#237;cil de contener.</p><p>Cuando vio a sus padres, se fundi&#243; con ellos en un abrazo efusivo y, por un instante, todas sus inquietudes y nervios parecieron esfumarse. Despu&#233;s de tanto tiempo, tenerlos cerca se sent&#237;a bien. </p><p>Su madre se sorprendi&#243; al descubrir el nuevo corte de pelo, pero enseguida sonri&#243; y le acomod&#243; el flequillo con una caricia llena de ternura, como si a&#250;n fuera una ni&#241;a.</p><p>Haruko, su abuela, apenas la observ&#243; de reojo. Frunci&#243; los labios y dej&#243; escapar un bufido de desaprobaci&#243;n, breve pero elocuente.</p><p>Esa tarde no hicieron mucho, solo se dedicaron a charlar, cocinar y ponerse al d&#237;a. Gabriel se liberaba reci&#233;n a la noche del trabajo y se les unir&#237;a en la cena. Prepararon platos tradicionales de Jap&#243;n variando algunos condimentos que a Gabriel mucho no le gustaban. Haruko al escuchar la variaci&#243;n de ingredientes a favor del novio volvi&#243; a bufar.</p><p>A Kaori le enternec&#237;a ver a Gabriel esforz&#225;ndose por comunicarse con sus padres en un japon&#233;s desastroso. Ellos, lejos de burlarse, apreciaban el esfuerzo escondido detr&#225;s de aquellas pocas frases que hab&#237;a aprendido solo para acercarse a ellos. La &#250;nica que parec&#237;a no soportarlo era Haruko. Cada vez que Gabriel abr&#237;a la boca, ella exhalaba un suspiro de desaprobaci&#243;n o le dedicaba una mirada severa.</p><p>A pesar de eso, la cena fue muy bien y todos estuvieron a gusto, tanto que la velada se extendi&#243; hasta tarde. Gabriel se despidi&#243; de todos y Kaori lo acompa&#241;&#243; hasta la puerta donde a escondida de su familia aprovech&#243; para besarlo apasionadamente. Tendr&#237;an que dormir separados al menos hasta la boda si no quer&#237;an enfurecer a sus padres.</p><p>&#8212;Tu abuela no me quiere &#8212;murmur&#243; Gabriel, sin dejar de sonre&#237;r entre beso y beso.</p><p>Kaori solt&#243; una risa baja.</p><p>&#8212;No le hagas caso. Mi abuela no quiere a ning&#250;n hombre.</p><p>Aquella noche, Kaori durmi&#243; mal. Las pesadillas la arrancaron del sue&#241;o una y otra vez, dej&#225;ndole en el pecho una angustia dif&#237;cil de nombrar. Se convenci&#243; de que todo era consecuencia de dormir sin Gabriel. Hac&#237;a mucho que no pasaban una noche separados y quiz&#225; la soledad le hab&#237;a jugado una mala pasada.</p><p>Cuando los primeros rayos de sol atravesaron las cortinas, decidi&#243; quedarse unos minutos m&#225;s en la cama. Desde la cocina se escuchaban los pasos de su madre y el ir y venir de su abuela Haruko que arrastraba un pie por la cojera. No recordaba porque su abuela era coja, si de nacimiento o por alg&#250;n accidente. Era algo que en su familia nadie quer&#237;a mencionar y cuando, de ni&#241;a, pregunt&#243; alguna vez, siempre el tema se evit&#243;. Una vez su padre, un poco borracho, le confes&#243;: </p><p>&#8212;Hay que agradecerle a tu <em>Ojiisan</em>, el abuelo.</p><p>Frente a esas palabras, su madre le tir&#243; de una oreja al hombre y este gimi&#243; de dolor y no dijo m&#225;s nada. Esa fue la &#250;nica vez.</p><p>Cuando al fin decidi&#243; levantarse aquella ma&#241;ana, encontr&#243; a Haruko esper&#225;ndola en la cocina. Sin decir una palabra, la anciana le puso entre las manos una taza de t&#233; humeante.</p><p>&#8212;Son hierbas para protegerte de <em>Akuma</em> (los malos esp&#237;ritus) que atormentan en la noche &#8212;dijo con la voz calma.</p><p>Kaori sinti&#243; un escalofr&#237;o. No recordaba haberle contado que hab&#237;a pasado una mala noche. Y pens&#243; que quiz&#225;s, sus ojeras la delataban.</p><p>Acerc&#243; la taza a sus labios y bebi&#243; hasta la &#250;ltima gota mientras su abuela la observaba en silencio. El sabor era fuerte y algo amargo.</p><p>M&#225;s tarde, Kaori y su madre ayudaron a Haruko a vaciar por completo el s&#243;tano, espacio que ella utilizaba como estudio. Les llev&#243; m&#225;s de una hora desmontar maquetas, trasladar libros, carpetas y cajas repletas de apuntes.</p><p>Mientras ellas sub&#237;an cargadas, Haruko, pese a la cojera descend&#237;a con una energ&#237;a entusiasta. Tra&#237;a kimonos cuidadosamente doblados, un cofre antiguo de madera oscura, velas de cera, ramos de flores secas, frascos con hierbas y peque&#241;os objetos cuyas funciones Kaori desconoc&#237;a.</p><p>Aquel s&#243;tano se iba transformando lentamente en otra cosa. Seg&#250;n le explicaba su madre, all&#237; tendr&#237;a lugar la ceremonia nupcial. Cada objeto ocupaba una funci&#243;n precisa dentro de los antiguos rituales que, de generaci&#243;n en generaci&#243;n, hab&#237;an preparado a las novias de la familia, purific&#225;ndolas y asegur&#225;ndoles un matrimonio largo y pr&#243;spero.</p><p>Pero su abuela al escucharlas cuchichear volv&#237;a a bufar como era habitual. Kaori se reconoc&#237;a en su obstinaci&#243;n. Hab&#237;a algo de Haruko en ella, que en cierto modo le agradaba.</p><p>Esa noche salieron a cenar y recorrieron un poco el centro porte&#241;o. Sacaron fotograf&#237;as frente al Obelisco, comieron un buen asado en una parrilla cercana y regresaron a casa cuando la ciudad ya empezaba a apagarse.</p><p>Antes de despedirse, Haruko llam&#243; a Kaori aparte.</p><p>&#8212;Ma&#241;ana comenzaremos con los rituales. Cuando terminen, llegar&#225;s al altar completamente limpia. Ahora es momento de descansar.</p><p>Kaori asinti&#243; sin hacer preguntas, pero cuando la casa qued&#243; en silencio y todos se acostaron, la curiosidad termin&#243; por vencerla.</p><p>Baj&#243; descalza al s&#243;tano. Hab&#237;a algo all&#237; abajo que la atra&#237;a con una fuerza dif&#237;cil de explicar. Apenas cruz&#243; la puerta comprendi&#243; que el ambiente hab&#237;a cambiado. El olor a cola vin&#237;lica, papel y madera tan caracter&#237;sticos despu&#233;s de a&#241;os estudiando all&#237;, hab&#237;an desaparecido. En su lugar flotaba un perfume de incienso, flores blancas y hierbas secas. Era un aroma extra&#241;amente agradable y al mismo tiempo, inquietante.</p><p>Se sinti&#243; como una intrusa en ese s&#243;tano que antes hab&#237;a sido suyo. Avanz&#243; despacio entre todo lo all&#237; dispuesto y observ&#243; los peque&#241;os utensilios que se encontraban ordenados sobre una mesa con absoluta precisi&#243;n. Roz&#243; algunos con la yema de los dedos y entonces lo vi&#243;.</p><p>En el centro de la mesa descansaba un cofre de madera oscura, mucho m&#225;s antiguo que el resto de los objetos. La curiosidad la asalt&#243; de repente. Apoy&#243; una mano sobre la tapa. Prob&#243; abrirlo, pero estaba cerrado con llave. Un escalofr&#237;o le recorri&#243; la espalda de arriba abajo.</p><p>En ese mismo instante, una violenta r&#225;faga de viento hizo que la puerta del s&#243;tano se cerrara de golpe. Kaori di&#243; un salto y el coraz&#243;n comenz&#243; a latirle con tanta fuerza que apenas pod&#237;a respirar. Solt&#243; el cofre y subi&#243; las escaleras corriendo, sin atreverse a mirar atr&#225;s, con la absurda sensaci&#243;n de que alguien la observaba desde la oscuridad.</p><p>Una vez en su habitaci&#243;n, respir&#243; varias veces hasta recuperar la calma. Se oblig&#243; a pensar que hab&#237;a sido solo el viento, quiz&#225; alguna ventana hab&#237;a quedado abierta y la corriente hab&#237;a hecho el resto. Antes de apagar la luz, le escribi&#243; un mensaje a Gabriel.</p><p><em>Te extra&#241;o. Ojal&#225; estuvieras ac&#225;.</em></p><p>Aquella noche no pudo dormir. Cada vez que cerraba los ojos, la misma pesadilla regresaba para arrancarla del sue&#241;o, una y otra vez aparec&#237;a la misma sombra. No ten&#237;a rostro, pero su silueta le recordaba a la de su abuelo, que solo conoc&#237;a por las fotograf&#237;as amarillentas que guardaba su madre.</p><p>Sus manos ten&#237;an u&#241;as largas y ennegrecidas, los brazos le colgaban inm&#243;viles a los costados y los cubr&#237;an costras oscuras de sangre seca que parec&#237;an escamas adheridas a su piel.</p><p>La figura avanzaba lento hacia ella y en cada paso, un hedor espeso f&#233;tido como a podredumbre inundaba el aire. Y solo escuchaba en un susurro apenas audible, una &#250;nica palabra&#8230;</p><p>&#8212;<em>Ohaguro</em></p><p>Aquellas manos heladas presionaban su delgado cuello y el aire abandonaba lentamente sus pulmones. Intentaba detenerlo, pero el cuerpo no le respond&#237;a. El mundo comenzaba a oscurecerse en los bordes de su visi&#243;n. Pero justo antes de perder el conocimiento, despertaba de golpe, jadeando, con el cuello ardiendo y percibiendo a&#250;n el olor a podrido flotando en su habitaci&#243;n.</p><p>Por la ma&#241;ana, se levant&#243; y se dirigi&#243; al ba&#241;o, necesitaba una ducha de agua helada para borrar las im&#225;genes que la hab&#237;an atormentado durante la noche pero, su abuela Haruko la fren&#243; en la puerta y le ordeno que no se lavara los dientes, ni la cara. </p><p>En el living la esperaba su madre. Hab&#237;a llegado el d&#237;a del ritual de purificaci&#243;n, pens&#243; al verla. Ambas llevaban el rostro cubierto por una delicada capa de tinta blanca que volv&#237;a sus facciones casi irreales. Siempre le hab&#237;a parecido hermosa la cultura japonesa en la que se hab&#237;a criado, la solemnidad de los gestos, la belleza delicada de las mujeres en aquellos maquillajes. Sin embargo, despu&#233;s de tantos a&#241;os viviendo en Argentina, de haberse convertido en una mujer distinta, aquellas costumbres ya no le resultaban naturales. Eran parte de ella, pero tambi&#233;n de una versi&#243;n de s&#237; misma que hab&#237;a quedado lejos. Las contempl&#243; en silencio con una mezcla de fascinaci&#243;n y extra&#241;eza.</p><p>Las tres descendieron al s&#243;tano. Apenas sus ojos se posaron sobre el viejo cofre, un escalofr&#237;o le recorri&#243; la espalda y una gota de sudor fr&#237;o descendi&#243; lentamente por su columna vertebral. Intent&#243; convencerse de que todo formaba parte de una antigua tradici&#243;n, pero el miedo segu&#237;a all&#237;, presion&#225;ndole el pecho.</p><p>Las mujeres la vistieron con un hermoso kimono de seda que desprend&#237;a un tenue perfume a jazmines dulces. Luego la sentaron sobre un almohad&#243;n peque&#241;o, frente al cofre, y comenzaron con el ritual.</p><p>Primero cubrieron su rostro con un maquillaje blanco, y espolvorearon sobre su piel un fino polvo que le hizo cosquillas en la nariz y le provoc&#243; el impulso de estornudar, aunque logr&#243; contenerse. Despu&#233;s recogieron su cabello con paciencia y su abuela acomod&#243; en el peinado unas peque&#241;as flores rojas, como si cada una tuviera un significado que solo ella conoc&#237;a.</p><p>Su madre tom&#243; entonces un cuenco de agua tibia donde flotaban hojas y peque&#241;as florecillas de una planta que Kaori no supo reconocer. El vapor desprend&#237;a un aroma fresco y herbal. Con infinita ternura le lav&#243; las manos y el cuello, mientras murmuraba antiguas oraciones en japon&#233;s, bendiciones y deseos que, seg&#250;n la tradici&#243;n, el ritual iba cumpliendo a medida que cada gesto era realizado y por un instante Kaori logr&#243; calmar el miedo que le provocaba aquel misterioso cofre.</p><p>Pero su abuela lo abri&#243; para dar comienzo al ritual del <em>ohaguro</em>. Las viejas bisagras gimieron con un lamento apagado. En el interior de la tapa hab&#237;a un espejo, algo gastado por el tiempo. Kaori levant&#243; la vista y encontr&#243; all&#237; su reflejo, la cara completamente blanca, las flores adornando su cabello y unos ojos demasiado abiertos, incapaces de ocultar el miedo.</p><p>En el fondo del cofre descansaba una espesa pasta negra. Haruko introdujo un fino pincel en el menjunje y sonri&#243; pero esa sonrisa lejos de tranquilizarla, consigui&#243; erizarle la piel.</p><p>&#8212;Este no es un <em>kanemizu</em> com&#250;n. Esta pasta tiene un poder &#250;nico. Todo lo que veas y lo que escuches hoy ser&#225;n parte de tu historia. La de las mujeres de esta familia y la deber&#225;s transmitir cuando seas madre. Repite conmigo: &#8220;Un pu&#241;al en los ojos, ohaguro en las enc&#237;as. Penas y fantasmas curan las heridas&#8221;.</p><p>Kaori repiti&#243; con un hilo de voz.</p><p>Su abuela la sujet&#243; de un costado y su madre del otro. Le untaron la pasta sobre la boca. Sus dientes se ennegrecieron. Le ataron una venda sobre los labios y comenzaron a rezar palabras en un japon&#233;s tan cerrado que le cost&#243; entender.</p><p>Kaori ya no estaba en la habitaci&#243;n. Todo suced&#237;a al mismo tiempo. Como un Aleph que ofrec&#237;a escenas en yuxtaposici&#243;n. Un samurai le cortaba la cabeza a un aldeano y la sangre le ba&#241;aba el rostro. Un escritor frente a una revuelta se hac&#237;a el <em>harakiri</em> y antes de caer inerte escup&#237;a un hilo de sangre con una sonrisa dibujada en el rostro. Gabriel, su prometido se quejaba de cosas que no lograba entender y se lo ve&#237;a furioso. Pero una entidad oscura aparec&#237;a, le robaba la voz y ya no sal&#237;an insultos de su boca. Ve&#237;a a su padre borracho golpeando muebles y una sombra le sujetaba la mano para impedir que siguiera. Su abuelo estaba gritando con hilos de baba en la boca y una furia inconmensurable. Su cuerpo se fusionaba con el de un demonio enorme. Su abuela estaba en el suelo hecha un ovillo, tiritando como un animal herido. Hab&#237;a fuego por todas partes. Una casa ard&#237;a en llamas y afuera Haruko, ya de pie, lloraba con algo en la mano cerrada que no llegaba a identificar, Kaori no comprend&#237;a si las l&#225;grimas eran de dolor o felicidad. Su madre peque&#241;a gritaba aferrada a sus piernas y en sus ojos vi&#243; el reflejo de la antigua casa derrumbarse. </p><p>Un cad&#225;ver desenterrado, la imagen le revolvi&#243; el est&#243;mago. Una mujer de cabellera blanca envuelta en un manto preparaba una pasta negra con las entra&#241;as putrefactas del muerto. Su abuelo le sonre&#237;a, con las tripas afuera y el cuerpo cubierto de barro h&#250;medo. Al abrir su boca salieron cientos de cucarachas y gusanos. Los bichos se le sub&#237;an al cuerpo, la rodeaban y acababan cubri&#233;ndola por completo para no dejar nada de ella. </p><p>Kaori sali&#243; del trance e hizo un adem&#225;n, el cuerpo se le dobl&#243; de una forma dolorosa, entonces su madre le quit&#243; la venda que cubr&#237;a la boca negra. Vomit&#243; en el suelo un l&#237;quido denso y negro que ol&#237;a a alquitr&#225;n.</p><p>&#8212;Tu matrimonio estar&#225; a salvo &#8212;afirm&#243; Haruko.</p><p>&#8212;&#191;Era el abuelo? Pregunt&#243; Kaori pero volvi&#243; a sentir n&#225;useas.</p><p>&#8212;No hace falta decir nada m&#225;s &#8212;dijo su madre y la ayud&#243; a incorporarse y subir las escaleras mientras la abrazaba.</p><p>Kaori cay&#243; rendida en un sue&#241;o profundo. No supo cu&#225;ntas horas permaneci&#243; dormida. Y por primera vez, en muchos d&#237;as, no so&#241;&#243;. Al despertar, su madre ya le hab&#237;a preparado un ba&#241;o caliente. Permaneci&#243; un largo rato bajo el agua, dejando que el vapor le aflojara los m&#250;sculos tensos. Despu&#233;s se cepill&#243; los dientes, una y otra vez, con tanta fuerza hasta que sinti&#243; el sabor met&#225;lico de la sangre mezclarse con la pasta dental. Quer&#237;a borrar de su boca el recuerdo de lo sucedido en el s&#243;tano.</p><p>Al salir del ba&#241;o agarr&#243; el celular. Ten&#237;a algunos mensajes de Gabriel. </p><p><em>Me voy para casa amor, me retiro del trabajo antes. Algo me cay&#243; muy mal.</em></p><p>El siguiente hab&#237;a sido enviado apenas unos minutos despu&#233;s.</p><p><em>Vomit&#233; una cosa negra con un olor horrible. Nunca me pas&#243; algo as&#237;. Igual ya me siento un poco mejor.</em></p><p>A Kaori un escalofr&#237;o le recorri&#243; el cuerpo entero. Corri&#243; preocupada a contarle a su abuela pero Haruko al escucharla, no buf&#243;, no frunci&#243; el ce&#241;o, ni mostr&#243; preocupaci&#243;n. Solo sonr&#237;o.</p><p></p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!tyMp!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F71ca2314-6ea3-4521-84ad-27755fac60b2_1600x838.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!tyMp!, /__u/catular.substack.com/w_424, /__u/catular.substack.com/c_limit, /__u/catular.substack.com/f_webp, /__u/catular.substack.com/q_auto:good, /__u/catular.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F71ca2314-6ea3-4521-84ad-27755fac60b2_1600x838.jpeg 424w, /__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!tyMp!, /__u/catular.substack.com/w_848, /__u/catular.substack.com/c_limit, /__u/catular.substack.com/f_webp, /__u/catular.substack.com/q_auto:good, 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Espero que esta historia te atrape as&#237; como ella se vi&#243; atrapada en la suya. Que lo disfrutes.]]></description><link>https://catular.substack.com/p/la-musa</link><guid isPermaLink="false">https://catular.substack.com/p/la-musa</guid><dc:creator><![CDATA[Catular]]></dc:creator><pubDate>Thu, 13 Aug 2026 00:23:52 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!BA-F!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fd7a8e530-6599-4de7-9ba5-0dac43777047_1730x909.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p></p><p>Corr&#237;an los a&#241;os cincuenta y fue una noche de tormenta cuando lo vi por primera vez. En esa &#233;poca yo era una joven pianista cuyo nombre ya se ve&#237;a en las marquesinas. Al salir del teatro despu&#233;s de una funci&#243;n lo encontr&#233; empapado, con el cabello pegado a la frente y una sonrisa dibujada en el rostro. Pens&#233; que ser&#237;a uno de esos fan&#225;ticos que esperan a la salida por un aut&#243;grafo, aunque algo m&#225;s obsesivo como para quedarse bajo la lluvia durante horas con tal de acercarse a mi.</p><p>Llevaba una rosa en la mano. Me agradeci&#243; por el concierto. &#201;l era un joven escritor amateur amante de la m&#250;sica cl&#225;sica o al menos as&#237; fue como se present&#243; y despu&#233;s me dijo que yo hab&#237;a sido la inspiraci&#243;n detr&#225;s de la novela que llevaba meses escribiendo y que para crear a su protagonista pag&#243; una y otra vez la entrada del teatro, incluso cuando pod&#237;a haber gastado ese dinero en cualquier otra cosa, solo para sentarse entre el p&#250;blico y verme tocar.</p><p>Despu&#233;s de aquel intercambio de palabras, me entreg&#243; un manuscrito.</p><p>&#8212;Quiero que la leas &#8212;me dijo antes de irse.</p><p>Lo tom&#233; entre mis manos sin saber que, junto con aquellas p&#225;ginas, estaba recibiendo tambi&#233;n el comienzo de nuestra historia.</p><p>Esa noche llegu&#233; a mi casa, dej&#233; la carpeta sobre el escritorio y simplemente me olvid&#233; de ella. No s&#233; cu&#225;ntos meses pas&#243; all&#237;, estacionada entre papeles y partituras, hasta que un d&#237;a, mientras hac&#237;a limpieza, volv&#237; a encontrarla.</p><p>La limpieza qued&#243; inconclusa, porque me pas&#233; m&#225;s de doce horas sentada en el suelo, leyendo la novela de aquel muchacho. Era preciosa. Perfecta. Profundamente emotiva. Cuando llegu&#233; a la &#250;ltima hoja encontr&#233; una dedicatoria.</p><p>La le&#237; despacio.</p><p><em>Si llegaste hasta ac&#225;, quiero darte las gracias.</em></p><p><em>Gracias por ser la m&#250;sica detr&#225;s de estas palabras, por convertirte, sin saberlo, en la musa de esta historia.</em></p><p><em>Gracias por inspirarme, por habitar mis pensamientos incluso cuando intentaba dormir.</em></p><p><em>Gracias por tus manos sobre el piano, por la delicadeza con la que acaricias las teclas y por hacerme sentir con tu melod&#237;a que el mundo puede detenerse.</em></p><p><em>No s&#233; si alguna vez comprender&#225;s cu&#225;nto tuyo hay en estas p&#225;ginas.</em></p><p><em>Y si despu&#233;s de leerlas todav&#237;a tienes ganas de conocer al hombre que las escribi&#243;, te invito un caf&#233;. Te dejo mi n&#250;mero, por si queres llamarme.</em></p><p><em>Horacio.</em></p><p>Esa misma noche levant&#233; el tel&#233;fono y llam&#233; a un viejo amigo de mi padre, due&#241;o de una editorial. Le ped&#237; que leyera el manuscrito de Horacio. No pod&#237;a guard&#225;rmelo. Aquella novela era demasiado hermosa como para qued&#225;rmela.</p><p>El due&#241;o de la editorial tard&#243; algunas semanas en leerla y analizarla. Y una ma&#241;ana, se comunic&#243; conmigo. Quer&#237;a conocer al autor. Me pidi&#243; su n&#250;mero para poder ponerse en contacto con &#233;l y concertar una reuni&#243;n.</p><p>Y fue entonces cuando lo llam&#233;. Por primera vez. Le cont&#233; que hab&#237;a le&#237;do su novela y le ped&#237; perd&#243;n por demorarme tanto en hacerlo. Y despu&#233;s, casi como si me faltara el aire para decirlo, le pregunt&#233; si aquella invitaci&#243;n al caf&#233; segu&#237;a en pie.</p><p>Dijo que s&#237;. El resto fue m&#225;gico.</p><p>Aquel caf&#233; se convirti&#243; en una noche de besos, que se multiplicaron en el tiempo hasta hacerse amaneceres compartidos.</p><p>Los d&#237;as se llenaron de m&#250;sica y de p&#225;ginas escritas a cuatro manos sin que ninguno de los dos supiera exactamente d&#243;nde terminaba la inspiraci&#243;n y d&#243;nde comenzaba el amor.?Yo tocaba el piano y &#233;l escrib&#237;a. Yo le regalaba melod&#237;as y &#233;l me devolv&#237;a palabras. </p><p>Mientras su nombre comenzaba a hacerse conocido y sus novelas se convert&#237;an en &#233;xitos casi de la noche a la ma&#241;ana, los teatros agotaban sus localidades cada vez que yo tocaba. Crec&#237;amos juntos, al mismo ritmo que crec&#237;an nuestros sue&#241;os.</p><p>Los festejos por cada nuevo libro, o por cada gira que llegaba a su fin, sol&#237;an prolongarse hasta la madrugada, vino, poes&#237;a, m&#250;sica, besos y esa intimidad dulce de quienes sienten que, despu&#233;s de haber pasado una vida entera busc&#225;ndose, finalmente han conseguido encontrarse.</p><p>Hicimos locuras. Nos casamos al poco tiempo de conocernos, no ten&#237;amos a nadie, padres muertos en ambas familias y un pu&#241;ado de amigos ocasionales que pasaban en esa &#233;poca por nuestra vida, &#233;ramos oscuros, retorcidos a causa de nuestro pasado solitario, pero nos hab&#237;amos encontrado y est&#225;bamos convencidos de que nuestro amor bastaba para todo.</p><p>El &#233;xito lleg&#243; demasiado r&#225;pido. La ciudad comenz&#243; a ahogarnos, se volvi&#243; demasiado ruidosa. Las luces de los flashes, las entrevistas, los lectores, los fan&#225;ticos, los eventos y todo aquello que alguna vez hab&#237;amos so&#241;ado termin&#243; por abrumarnos.</p><p>Entonces hicimos lo que mejor sab&#237;amos hacer. Ser raros. As&#237; que nos mudamos a Barcelona, despu&#233;s vivimos un tiempo en Rusia y m&#225;s tarde, en Inglaterra. </p><p>Coleccionamos ciudades, idiomas, hoteles y aeropuertos. Nos pasamos noches sin dormir y ma&#241;anas en las que despert&#225;bamos sin saber exactamente en qu&#233; parte del mundo est&#225;bamos. Pero siempre juntos. Dondequiera que fu&#233;ramos.</p><p>Y durante muchos a&#241;os cre&#237; que eso se acercaba bastante a la felicidad.</p><p>Pero todo cambi&#243; despu&#233;s de aquel viaje a la India. Nos hab&#237;amos ido de vacaciones. El viaje me emocionaba mucho m&#225;s a m&#237; que a Horacio, pero &#233;l siempre hab&#237;a tenido la costumbre de seguirme en mis locuras. Y aquella vez no fue diferente.</p><p>No sab&#237;a que ese viaje iba a ser el &#250;ltimo que har&#237;amos juntos. All&#237; contraje el virus Nipah. Al principio fue solo fiebre, v&#243;mitos y un malestar que pens&#233; que desaparecer&#237;a en unos d&#237;as. Despu&#233;s llegar&#237;an la confusi&#243;n y una debilidad que parec&#237;a apoderarse de mi cuerpo poco a poco.</p><p>Lo siguiente no lo recuerdo. Me dijo que pas&#233; varias semanas internada, inconsciente, mientras los m&#233;dicos luchaban por mantenerme con vida. Para m&#237;, sin embargo, todo aquello fue un vac&#237;o absoluto. Un agujero negro hasta el momento en que volv&#237; a abrir los ojos.</p><p>Cuando despert&#233;, hab&#237;an pasado meses. Est&#225;bamos en C&#243;rdoba, en la casa que hab&#237;amos comprado algunos a&#241;os atr&#225;s, escondida en medio de las sierras. Horacio por suerte estaba sentado junto a mi cama. Me explic&#243; que, cuando los m&#233;dicos de la India perdieron la esperanza de que pudiera recuperarme, hab&#237;a decidido traerme de vuelta a Argentina. Hab&#237;a movido cielo y tierra para conseguir que me atendieran los mejores. Y me hab&#237;an salvado.</p><p>Despu&#233;s comenz&#243; a contarme todo lo que yo hab&#237;a olvidado. Y tambi&#233;n me explic&#243; las secuelas. El virus dej&#243; mi sistema inmunol&#243;gico gravemente comprometido. Mi organismo ya no pod&#237;a defenderse como antes y cualquier contacto con el exterior pod&#237;a convertirse en una amenaza. No pod&#237;a salir de la casa, no pod&#237;a recibir visitas, ni  estar cerca de otras personas. Por eso hab&#237;a elegido la casa de las sierras, aqu&#237; no hab&#237;a peligro.</p><p>Nada pod&#237;a enfermarme. Nada pod&#237;a matarme.</p><p>&#8212;Va a ser as&#237; de ahora en adelante &#8212;me dijo Horacio&#8212; Hasta que encontremos una cura.</p><p>No hab&#237;a tratamiento capaz de devolverme la salud que hab&#237;a perdido. No hab&#237;a una fecha en la que pudiera volver a mi vida anterior. As&#237; que tendr&#237;a que acostumbrarme. A la casa. A las habitaciones. A las ventanas cerradas. Pero sobre todo, a la idea de que afuera estaba todo aquello que pod&#237;a matarme.</p><p>Al principio discut&#237;amos mucho. Lo vi envejecer en cuesti&#243;n de meses. Era como si algo dentro suyo se hubiera quebrado. Pasaba los d&#237;as en pijama, con la mirada perdida y el cuerpo cada vez m&#225;s vencido. Hubo d&#237;as en los que ni siquiera me hablaba. El encierro lo estaba matando mientras, de alguna manera, a m&#237; me salvaba.</p><p>Le ped&#237; que me dejara sola. Que contratara una enfermera, que viajara, que siguiera con su vida. Si la enferma era yo, &#233;l no ten&#237;a por qu&#233; condenarse conmigo a este calvario. No merec&#237;a pasar sus d&#237;as detr&#225;s de estas paredes, viendo c&#243;mo el tiempo se nos iba de las manos.</p><p>Pero nuestras peleas siempre terminaban de la misma manera. El daba un portazo y se encerraba en su estudio yo tambi&#233;n hac&#237;a lo mismo pero en nuestra habitaci&#243;n, all&#237; lloraba durante horas, hundida en la almohada, hasta que sent&#237;a el peso de su cuerpo acomod&#225;ndose detr&#225;s de m&#237;. Entonces me abrazaba. Me acariciaba el pelo con una ternura que me part&#237;a el alma y me juraba, entre susurros, que jam&#225;s me dejar&#237;a. Que estar&#237;amos bien. Que encontrar&#237;amos una cura porque todav&#237;a ten&#237;amos tiempo.</p><p>La vida se volvi&#243; mon&#243;tona. Llev&#225;bamos m&#225;s de seis a&#241;os as&#237;, encerrados en esta peque&#241;a burbuja que construimos sin querer y de la que ya no sab&#237;amos c&#243;mo salir. El tiempo pasa despacio aqu&#237; adentro. A veces demasiado. Los d&#237;as se parecen tanto unos a otros que he dejado de distinguirlos. Y la cura no llega.</p><p>Por suerte, Horacio sigue escribiendo. Yo sigo tocando. Aunque mi proceso creativo se detuvo hace mucho tiempo. Creo que es porque me falta inspiraci&#243;n. Siempre fue as&#237;, necesitaba viajar, perderme en otros lugares, conocer culturas, escuchar idiomas que no entend&#237;a, caminar por calles desconocidas y llenarme los ojos de arte para inspirarme. Despu&#233;s volv&#237;amos a casa y nos encerr&#225;bamos a crear. Yo creaba m&#250;sica y el novelas.</p><p>Ahora estamos encerrados y ya no hay nada que crear. Extra&#241;o viajar. Extra&#241;o los escenarios. Extra&#241;o esa sensaci&#243;n de estar bajo las luces, con el instrumento entre las manos y cientos de personas conteniendo el aliento antes de que comenzara a tocar. Pero, sobre todo, extra&#241;o el aplauso. A veces cierro los ojos e intento recordarlo. Y por un instante puedo escucharlo. Miles de manos golpe&#225;ndose unas contra otras. Como si todav&#237;a estuvieran ah&#237;. Como si me estuvieran esperando.</p><p>He aprendido a cocinar. Hay d&#237;as que no son tan malos. Tenemos un libro de recetas enorme, de esos que parecen no terminar jam&#225;s. Yo cocino y Horacio toma vino sentado cerca de la mesada. De vez en cuando mete la cuchara en la olla, prueba un poco y asiente con solemnidad, como si fuera el cr&#237;tico gastron&#243;mico de un restaurante de lujo.</p><p>A &#233;l se le dio por la jardiner&#237;a. Un d&#237;a decidi&#243; que necesit&#225;bamos especias frescas y empez&#243; a hacer un huerto en el patio. Lo veo a trav&#233;s de la ventana mientras cocino y me encanta observarlo all&#237; afuera, con las manos hundidas en la tierra. Tambi&#233;n extra&#241;o salir. Pisar el c&#233;sped descalza. Sentir el fr&#237;o de la ma&#241;ana en el rostro. Respirar aire que no haya pasado primero por una ventana. Nunca fui demasiado amiga de los exteriores, pero uno aprende a valorar aquello que tuvo cuando ya no puede tenerlo.</p><p>Vemos pel&#237;culas. Much&#237;simas. Otras noches nos disfrazamos e inventamos escenarios y personajes. Hemos jugado a todo tipo de juegos de mesa, algunos hasta el cansancio. Tambi&#233;n hacemos ejercicio en las m&#225;quinas que Horacio trajo un d&#237;a, convencido de que est&#225;bamos fuera de forma. Yo me re&#237; de &#233;l durante semanas, hasta que termin&#233; us&#225;ndolas m&#225;s que &#233;l.</p><p>Y hacemos el amor en cada rinc&#243;n de la casa. Eso no lo hemos perdido. Sigue siendo como el primer d&#237;a nuestro lenguaje preferido. Seguimos siendo aquellos dos j&#243;venes que encuentran cualquier excusa para rozarse al pasar, besarse contra las paredes o abrazarse durante unos segundos m&#225;s de lo necesario.</p><p>Pero hay momentos en los que quisiera que Horacio fuera libre. Que se fuera. Que saliera por esa puerta y volviera a tener una vida que no girara alrededor de mi enfermedad, mis s&#237;ntomas y mi c&#225;rcel.</p><p>Sin embargo, cada vez que sale para hacer las compras del mes o buscar los medicamentos, esas pocas horas en las que me quedo sola me asustan. Me angustian. La casa se vuelve demasiado grande cuando &#233;l no est&#225;. Escucho cualquier ruido. Miro el reloj. Camino de una habitaci&#243;n a otra sin saber qu&#233; estoy buscando. Y entonces entiendo algo que me averg&#252;enza admitir, si Horacio se fuera realmente, no s&#233; qu&#233; ser&#237;a de m&#237;.</p><p>Mi vida es un infierno que &#233;l se empe&#241;a en volver hermoso.</p><p>Hay momentos en los que no lo veo. Se encierra a escribir en su estudio, una habitaci&#243;n a la que nunca entro. Aunque lo extra&#241;o, porque es, despu&#233;s de todo, lo &#250;nico que tengo, s&#233; que necesitamos separarnos, aunque sea unas horas al d&#237;a.</p><p>A veces le pregunto si est&#225; cansado de m&#237;. Siempre me responde lo mismo.</p><p>&#8212;Jam&#225;s me cansar&#237;a de verte.</p><p>Me gusta cuando baja entusiasmado y me lee lo que ha escrito. Se sienta a mi lado y me cuenta historias que todav&#237;a no existen para nadie m&#225;s. Y aunque contin&#250;a publicando, tambi&#233;n se priv&#243; de los aplausos, de las conferencias, de las presentaciones. De todo aquello que alguna vez lo hizo feliz. Solo para acompa&#241;arme en este dolor.</p><p>&#8212;Cuando encontremos la cura, volveremos a la fama juntos. No la necesito, no si no est&#225;s ah&#237; para verlo.</p><p>Entonces lo beso y no le digo que, a veces, me siento culpable por haberle robado la vida.</p><p>Hace algunos d&#237;as comenc&#233; a sentirme mal. Me siento algo d&#233;bil y debe ser la falta de vitamina D. Horacio me dice que voy a estar bien. Hubo varias ma&#241;anas en las que me qued&#233; m&#225;s tiempo del debido en la cama. Pero hoy guiada por el olor del caf&#233;, decid&#237; bajar temprano. Segu&#237; la estela tibia de los granos reci&#233;n tostados, ese aroma ahumado que quedaba suspendido en el aire me llev&#243; hacia la cocina. </p><p>All&#237; estaba Horacio, el amor de mi vida. Con el pelo revuelto y algunas canas que, con los a&#241;os, hab&#237;an ido conquistando su cabeza. Me acerqu&#233; sin hacer ruido y sin poder contenerme lo abrac&#233; por la espalda.</p><p>Por un instante sent&#237; que su cuerpo se pon&#237;a r&#237;gido entre mis brazos. Despu&#233;s se relaj&#243;. Se dio la vuelta, me tom&#243; de la cintura y con esa facilidad que siempre hab&#237;a tenido para hacerlo, me sent&#243; sobre la mesada. Puso entre mis manos una taza de caf&#233; humeante y despu&#233;s me dio un peque&#241;o beso en la punta de la nariz.</p><p>&#8212;Buen d&#237;a. Est&#225;s hermosa hoy.</p><p>Sonre&#237;. Y por un instante, todo pareci&#243; estar bien.</p><p>&#8212;Hoy saldr&#233; por las compras. &#191;Quiere algo especial mi musa?</p><p>&#8212;Flores. Traeme flores.</p><p>Horacio sali&#243; a media ma&#241;ana en busca de todo lo que necesit&#225;bamos para soportar el mes. Sab&#237;a que tardar&#237;a dos o tres horas en volver, pero me gustaba pensar que esas horas pasar&#237;an r&#225;pido y por eso busqu&#233; algo para hacer y no sobrepensar demasiado. Tal vez unas galletitas.</p><p>Estaba cortando la manteca en peque&#241;os cubos cuando un sonido que no escuchaba desde hac&#237;a a&#241;os me dej&#243; petrificada.</p><p>Alguien golpeaba la puerta. Me asom&#233; por la ventana, esperando encontrar a Horacio. Quiz&#225;s hab&#237;a olvidado algo y hab&#237;a regresado. Pero no era &#233;l.</p><p>Dos nenes estaban parados frente a mi casa. Uno era peque&#241;o, con su cabecita rapada y el otro, un poco m&#225;s grande y regordete, ten&#237;a unos rizos preciosos. Durante unos segundos me qued&#233; mir&#225;ndolos. Y se me dibuj&#243; una sonrisa en la cara.</p><p>El simple pensamiento de abrirles y conversar un rato me asalt&#243; de repente. Hablar con alguien que no fuera Horacio. Escuchar otras voces. Ver caras nuevas. No lo s&#233;. Pero me contuve.</p><p>Golpe&#233; suavemente el vidrio y los salud&#233; desde la ventana. No me vieron. Entonces, aturdida por la emoci&#243;n de tener personas frente a m&#237; despu&#233;s de tanto tiempo, hice algo que no deb&#237;a. Abr&#237; la ventana.</p><p>&#8212;&#161;hola chicos! No puedo abrirles, pero d&#237;ganme qu&#233; necesitan.</p><p>No contestaron. Tampoco me miraron.</p><p>Frunc&#237; el ce&#241;o y me inclin&#233; un poco m&#225;s hacia afuera. Entonces escuch&#233; al m&#225;s peque&#241;o hablar.</p><p>&#8212;Te dije, el viejo est&#225; loco &#8212;le dijo al otro&#8212;A la esposa la tiene enferma arriba y &#233;l habla solo.</p><p>Sent&#237; que la sangre abandonaba mi cuerpo.</p><p>Me qued&#233; inm&#243;vil, con una mano todav&#237;a apoyada en el marco de la ventana. Los ni&#241;os comenzaron a alejarse.</p><p>Les grit&#233; una y otra vez, desesperada hasta que la garganta me ardi&#243;, pero ninguno se dio vuelta. Era como si no pudieran o&#237;rme. Como si mi voz no existiera.</p><p>Abr&#237; la puerta de entrada, pero apenas puse un pie afuera me paralic&#233;. Mi sistema inmune era demasiado d&#233;bil. Estaba exponi&#233;ndome deliberadamente a algo que pod&#237;a matarme. Cerr&#233; la puerta de golpe.</p><p>Las palabras de aquel ni&#241;o volvieron a mi cabeza una y otra vez.</p><p><em>&#8220;A la esposa la tiene enferma arriba&#8221;.</em></p><p>Sub&#237; las escaleras corriendo. Me mare&#233; y la visi&#243;n se me puso borrosa. El aire parec&#237;a no alcanzar mis pulmones. Busqu&#233; aquello que mi cabeza repet&#237;a en un bucle desesperado. La &#250;nica habitaci&#243;n cerrada era su estudio. Intent&#233; abrirla, pero estaba cerrada con llave.</p><p>Pate&#233; la puerta una, dos y no s&#233; bien cuantas veces. El dolor me subi&#243; por la pierna, pero no par&#233;. Golpe&#233; con los pu&#241;os hasta que me dolieron las manos. Nada.</p><p>Quer&#237;a que Horacio volviera. Necesitaba que volviera. Necesitaba que me mirara a los ojos y me explicara que todo hab&#237;a sido una broma cruel de unos nenes est&#250;pidos. Que yo hab&#237;a entendido mal. Que no hab&#237;a nada aqu&#237; arriba, que no hab&#237;a nada detr&#225;s de esta puerta. Sent&#237; miedo. P&#225;nico.</p><p>Entonces el cansancio me golpe&#243; de repente. Las piernas dejaron de sostenerme. Lo &#250;ltimo que recuerdo son las estrellitas que vi antes de caer de cara al suelo. Me desvanec&#237;.</p><p>No s&#233; cu&#225;ntas horas pasaron hasta que Horacio regres&#243;. Lo primero que vi al despertar fue su rostro inclinado sobre m&#237;. Estaba p&#225;lido, me miraba con una expresi&#243;n que jam&#225;s hab&#237;a visto antes. No hizo falta preguntarle qu&#233; hab&#237;a pasado.</p><p>&#8212;Abr&#237; la puerta &#8212;le ped&#237; con la voz temblorosa mientras las l&#225;grimas comenzaron a caer por mis mejills sin parar.</p><p>Horacio cerr&#243; los ojos.</p><p>Durante unos segundos permaneci&#243; inm&#243;vil. Despu&#233;s meti&#243; la mano en el bolsillo de su abrigo y sac&#243; una peque&#241;a llave.</p><p>La sostuvo entre los dedos. Luego abri&#243; la puerta del estudio.</p><p>Adentro estaba yo. Pero no como me recordaba, mucho m&#225;s peque&#241;a y muy deteriorada. Consumida por el paso del tiempo. Mi cuerpo yac&#237;a inm&#243;vil sobre una cama, conectado a una mara&#241;a de m&#225;quinas que emit&#237;an pitidos constantes. Un tubo me sal&#237;a de la garganta. Ten&#237;a los ojos cerrados y la piel p&#225;lida, casi transparente.</p><p>Estaba postrada, conectada a la vida por cables y tubos. Parec&#237;a un cuerpo que hab&#237;a olvidado c&#243;mo vivir. Inerte.</p><p>Me qued&#233; mir&#225;ndome durante un tiempo que no pude medir. Entonces comprend&#237;&#8230;</p><p>&#8212;Nunca despert&#233; despu&#233;s de la India, &#191;verdad?</p><p>Horacio no respondi&#243; enseguida. Solo baj&#243; la mirada.</p><p>&#8212;No.</p><p>Sent&#237; que algo dentro de m&#237; se quebraba. Mir&#233; nuevamente aquel cuerpo. Mi cuerpo.</p><p>&#8212;&#191;Qu&#233; soy yo, entonces?</p><p>Horacio levant&#243; los ojos. Y por primera vez comprend&#237; que aquella mirada, la misma que me hab&#237;a acompa&#241;ado durante seis a&#241;os, escond&#237;a algo mucho m&#225;s terrible que la tristeza.</p><p>&#8212;Mi musa, el amor de mi vida&#8212;dijo.</p><p>Hizo una pausa.</p><p>&#8212;Y mi creaci&#243;n.</p><p></p><p></p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!BA-F!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fd7a8e530-6599-4de7-9ba5-0dac43777047_1730x909.png" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!BA-F!, /__u/catular.substack.com/w_424, /__u/catular.substack.com/c_limit, /__u/catular.substack.com/f_webp, /__u/catular.substack.com/q_auto:good, 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Si te sentis solo, perdido o a veces la vida parece no tener sentido, espero que te acompa&#241;e, te encuentre y te abrace. Las oportunidades est&#225;n a veces m&#225;s cerca de lo que creemos.]]></description><link>https://catular.substack.com/p/la-mujer-del-bano-de-al-lado</link><guid isPermaLink="false">https://catular.substack.com/p/la-mujer-del-bano-de-al-lado</guid><dc:creator><![CDATA[Catular]]></dc:creator><pubDate>Wed, 29 Jul 2026 23:19:18 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!ELLt!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F9214f873-b7ba-4e85-9085-8d049a8d43b1_1731x909.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>In&#233;s mir&#243; el reloj y supo que hab&#237;a llegado la hora.</p><p></p><p>Abri&#243; el placard y eligi&#243; una vieja campera de cuero marr&#243;n. Le quedaba demasiado grande. Aun as&#237;, se la puso. El cuero conservaba a penas el perfume de su marido, pero si respiraba profundo y con la nariz pegada a la tela, la prenda todav&#237;a era capaz de devolverle a Carlos.</p><p></p><p>&#201;l hab&#237;a muerto apenas unos meses atr&#225;s, entre sus brazos, mientras le susurraba palabras de amor que In&#233;s repet&#237;a cada noche por miedo a olvidarlas. Pero a medida que pasaba el tiempo descubr&#237;a con espanto que la memoria tambi&#233;n se desgasta, que incluso las voces m&#225;s queridas terminan deshilach&#225;ndose con el tiempo.</p><p></p><p>Cerr&#243; la puerta de su casa con una calma extra&#241;a. El chasquido de la cerradura son&#243; como un punto final. Permaneci&#243; unos segundos inm&#243;vil, contemplando el jard&#237;n, las baldosas gastadas de la entrada, la ventana del comedor donde tantos momentos hab&#237;an vivido juntos. Sinti&#243; que se desped&#237;a de una vida entera.</p><p></p><p>Las l&#225;grimas comenzaron a correr en silencio, tibias, inevitables. Se las sec&#243; con el dorso de la mano y respir&#243; hondo. No cambi&#243; de idea.</p><p></p><p>Aquella noche hab&#237;a decidido ponerle fin a su vida. No porque hubiera dejado de amar la existencia, sino porque el mundo que amaba hab&#237;a desaparecido con Carlos, y el que hab&#237;a quedado despu&#233;s le resultaba demasiado vac&#237;o para seguir habit&#225;ndolo.</p><p></p><p>La vida sin Carlos hab&#237;a dejado de tener sentido.</p><p></p><p>In&#233;s ten&#237;a setenta y dos a&#241;os. Hab&#237;a sido bioqu&#237;mica y se hab&#237;a jubilado hac&#237;a ya alg&#250;n tiempo. A Carlos lo hab&#237;a conocido en la Plata, en la universidad, entre tubos de ensayo, guardapolvos blancos y largas noches de estudio. Se enamor&#243; de &#233;l perdidamente, tanto, que habr&#237;a aceptado seguirlo hasta el fin del mundo sin hacer una sola pregunta. Y, de alg&#250;n modo, eso fue exactamente lo que hizo.</p><p></p><p>Apenas se recibieron, Carlos le pidi&#243; matrimonio. La boda fue sencilla, con apenas un pu&#241;ado de amigos como testigos y una celebraci&#243;n sin grandes pretensiones, exactamente como ellos la hab&#237;an imaginado. Cuando termin&#243;, cargaron los regalos de casamiento en el Renault 12 y emprendieron viaje hacia un pueblito inh&#243;spito de la Patagonia.</p><p></p><p>El viento all&#237; parec&#237;a no descansar nunca y el horizonte hacia a todos parecer diminutos frente a tanta inmensidad. Aquel rinc&#243;n perdido del mundo, que para muchos habr&#237;a sido un exilio, para ellos fue el lugar perfecto donde empezar una vida juntos. All&#237; construyeron un hogar, un laboratorio y una rutina compartida.</p><p>Pasaron toda su vida profesional, codo a codo, encerrados en el laboratorio que hab&#237;an construido con a&#241;os de esfuerzo. Compart&#237;an el mismo oficio, las mismas obsesiones y el mismo silencio c&#243;modo que solo conocen quienes han pasado una vida entera am&#225;ndose.</p><p></p><p>Nunca tuvieron muchos amigos. Tampoco hijos. La vida les neg&#243; esa posibilidad, y el duelo fue largo, pero aprendieron a llenar ese vac&#237;o de otras cosas, de conversaciones interminables, de libros abiertos sobre la mesa, de m&#250;sica, poes&#237;a y baile, de cenas tard&#237;as, de viajes improvisados y de una complicidad que volv&#237;a innecesario el resto del mundo. Hab&#237;an descubierto que dos personas pod&#237;an ser, por s&#237; solas, una familia completa. La vida hab&#237;a sido hermosa y generosa con ellos. Hasta que Carlos enferm&#243;.</p><p></p><p>En el mismo pueblo, y no muy lejos de all&#237;, Petrona llenaba una valija con la desesperaci&#243;n de quien no tiene tiempo para pensar. Iba arrojando dentro apenas lo que encontraba al alcance de la mano, sin distinguir entre lo imprescindible y lo superfluo.</p><p></p><p>La sangre le goteaba de la nariz. Cada gota estallaba contra el piso y detr&#225;s de ella, iba dibujando un mapa involuntario de su huida, un rastro silencioso de todo lo que alcanz&#243; a hacer antes de marcharse. Las l&#225;grimas le corr&#237;an por el rostro sin un solo sollozo. Lloraba con ese silencio que solo conocen quienes ya agotaron todas las palabras. Tom&#243; aquello que m&#225;s amaba y dirigi&#243; una &#250;ltima mirada a Dami&#225;n, que dorm&#237;a profundamente sobre un sill&#243;n viejo y mugriento, cerr&#243; la puerta con un cuidado de no hacerla sonar y ech&#243; a correr.</p><p></p><p>Porque, para ella, la vida s&#237; ten&#237;a sentido. Y ese sentido era seguir con vida.</p><p></p><p>Petrona ten&#237;a veintisiete a&#241;os. Era paraguaya y por amor tambi&#233;n hab&#237;a seguido a Damian hasta el fin del mundo. Hab&#237;a dejado atr&#225;s su pa&#237;s siendo a penas una jovencita, la pobreza en la que se hab&#237;a criado y a toda su familia con una gran ilusi&#243;n entre las manos, formar un hogar, progresar y con un poco de suerte, enviar dinero para aliviar las necesidades de los suyos.</p><p></p><p>Pero Dami&#225;n y aquel maldito pueblo hab&#237;an sido el peor error de su vida. Los a&#241;os buenos, si es que alguna vez existieron, hab&#237;an sido pocos. El hombre dulce que le hab&#237;a prometido cosas maravillosas y le dec&#237;a palabras tan bonitas de amor por correo electr&#243;nico, desapareci&#243; como su sonrisa y a eso le sucedieron a&#241;os llenos de gritos, golpes, disculpas vac&#237;as y promesas que se deshac&#237;an apenas &#233;l se destapaba otra botella de vino.</p><p></p><p>&#201;l ahogaba en alcohol las derrotas de su propia existencia, ella sobreviv&#237;a a la resaca de su violencia.</p><p></p><p>Aquella noche no fue distinta a otras tantas. Los insultos llegaron primero. Despu&#233;s, los empujones. Luego el miedo, ese viejo conocido que desde hac&#237;a a&#241;os se acostaba a su lado. Y por &#250;ltimo los golpes, cada vez m&#225;s certeros y m&#225;s fuertes. Pero esta vez ocurri&#243; algo inesperado. En el instante en que sinti&#243; el sabor met&#225;lico de la sangre en la boca, algo peque&#241;o se encendi&#243; dentro de ella, fue una alerta, si permanec&#237;a all&#237;, tarde o temprano &#233;l terminar&#237;a por matarla.</p><p></p><p>Y por primera vez desde que hab&#237;a cruzado la frontera siguiendo una promesa de amor, naci&#243; en ella un impulso m&#225;s fuerte que cualquier esperanza, el de salvarse. El de vivir.<br></p><p>In&#233;s entr&#243; al ba&#241;o de la &#250;nica terminal de &#243;mnibus del pueblo. Hab&#237;a decidido suicidarse all&#237;. No quer&#237;a morir en su casa, le aterraba la idea de que pasaran d&#237;as antes de que alguien encontrara su cuerpo. Tampoco quer&#237;a cargarle ese peso a la &#250;nica sobrina que ten&#237;a, a quien quer&#237;a con toda el alma.</p><p></p><p>Le hab&#237;a dejado una carta sobre la mesa de la entrada de la casa. Estaba segura de que ella comprender&#237;a. La casa ser&#237;a suya. Solo esperaba que la vendiera y que con ese dinero, persiguiera sus sue&#241;os. </p><p>Una vez all&#237;, en ese solitario ba&#241;o eligi&#243; al azar uno de los dos cub&#237;culos, cerr&#243; con traba y se sent&#243; sobre la tapa del inodoro. Sac&#243; del bolso el rev&#243;lver y lo apoy&#243; sobre las piernas.</p><p></p><p>Repas&#243; mentalmente todo lo que deb&#237;a hacer. A&#241;os atr&#225;s, Carlos le hab&#237;a ense&#241;ado a disparar, por las dudas, dec&#237;a &#233;l, convencido de que una mujer deb&#237;a saber defenderse. La invadi&#243; una punzada de culpa. &#201;l jam&#225;s habr&#237;a querido verla tomar aquella decisi&#243;n.</p><p></p><p>Pero Carlos ya no estaba. Y ella tampoco encontraba razones para seguir viviendo sin &#233;l.</p><p></p><p>Comprob&#243; una vez m&#225;s que el arma estuviera cargada, aunque ya lo hab&#237;a hecho antes de salir de su casa. En ese instante, la puerta del ba&#241;o se abri&#243; de golpe.</p><p></p><p>&#8212;&#191;Hola? &#8212;pregunt&#243; una mujer con la voz quebrada, mientras sorb&#237;a por la nariz y luchaba por contener el llanto&#8212;. &#191;Hay alguien?</p><p></p><p>In&#233;s cerr&#243; los ojos. Qu&#233; mala suerte. Respir&#243; hondo para armarse de paciencia. Pod&#237;a esperar unos minutos m&#225;s.</p><p>Pero el fastidio desapareci&#243; cuando escuch&#243; a la desconocida quebrarse en un llanto desesperado.</p><p></p><p>&#8212;Hola &#8212;respondi&#243; In&#233;s con urgencia ante el sonido del llanto&#8212; &#191;Est&#225;s bien?</p><p></p><p>&#8212;S&#237;&#8230; Creo que estoy teniendo un ataque de p&#225;nico&#8230; O no s&#233;&#8230;</p><p></p><p>In&#233;s guard&#243; el arma en el bolso. No pudo evitar esbozar una sonrisa amarga ante la iron&#237;a de la situaci&#243;n. Ella hab&#237;a entrado all&#237; para morir, no para ayudar a alguien en una crisis de p&#225;nico.</p><p></p><p>Tom&#243; el picaporte para salir a ayudarla, pero la detuvo el chasquido del cerrojo del cub&#237;culo contiguo. La desconocida tambi&#233;n se hab&#237;a encerrado.</p><p>In&#233;s volvi&#243; a sentarse en el inodoro y pregunt&#243; con una serenidad que la sorprendi&#243; incluso a ella.</p><p></p><p>&#8212;&#191;C&#243;mo puedo ayudarte?</p><p></p><p>Del otro lado hubo un silencio breve, interrumpido apenas por algunos sollozos y una respiraci&#243;n muy agitada.</p><p></p><p>&#8212;Contame algo bonito &#8212;dijo la mujer&#8212;H&#225;blame de vos.</p><p></p><p>&#8212;Soy In&#233;s. Me encantan los jazmines. Fue lo primero que le dije al hombre que despu&#233;s ser&#237;a mi marido, en nuestra primera cita. Cuando por fin tuvimos nuestra casa, decidi&#243; plantar un jazm&#237;n por cada aniversario. Ahora el jard&#237;n est&#225; lleno de ellos.</p><p></p><p>Guard&#243; silencio un instante. Del otro lado ya no o&#237;a el llanto desesperado, solo una respiraci&#243;n que, poco a poco, recuperaba el ritmo. Aquello le arranc&#243; una sonrisa.</p><p></p><p>&#8212;Los jazmines florecen en primavera. En esa &#233;poca abro todas las ventanas para que el perfume invada la casa. No importa en qu&#233; habitaci&#243;n est&#233;, siempre hay aroma a jazmines.</p><p></p><p>&#8212;Qu&#233; bonito, In&#233;s&#8230; Contame algo m&#225;s, por favor.</p><p></p><p>&#8212;A ver&#8230; &#8212;murmur&#243; mientras revolv&#237;a la bolsita invisible donde guardaba sus mejores recuerdos&#8212;Me encanta hacer galletitas. Casi nunca sigo las recetas porque siempre quiero inventar alg&#250;n sabor nuevo. A veces salen riqu&#237;simas y otras son un desastre. Me gusta mezclar ingredientes que a veces no combinan del todo o simplemente me olvido de que est&#225;n en el horno y se terminan quemando.</p><p></p><p>Solt&#243; una risa suave, la primera en mucho tiempo.</p><p></p><p>&#8212;Una vez mi marido se parti&#243; un diente mordi&#233;ndolas. Hab&#237;an quedado tan duras que parec&#237;an piedras. Salimos corriendo al dentista. Cuando termin&#243; de atenderlo, el pobre hombre me mir&#243; muy serio y me dijo que, por favor, dejara de cocinarle galletitas.</p><p></p><p>Del otro lado del cub&#237;culo escuch&#243; una risita ahogada. In&#233;s continu&#243;, dej&#225;ndose llevar por el recuerdo.</p><p></p><p>&#8212;Apenas salimos del consultorio, mi esposo me abraz&#243; y me dijo: &#8220;Ese dentista no entiende nada, mi amor. Vamos a tener que buscar otro, porque pienso seguir rompi&#233;ndome los dientes si tus galletitas son las m&#225;s ricas del mundo&#8221;.</p><p></p><p>In&#233;s baj&#243; la vista hacia el bolso apoyado junto a sus pies. All&#237; dentro descansaba el arma con la que pensaba terminar con su vida.</p><p></p><p><em>Ya falta menos</em>, pens&#243;. <em>Ya falta menos para volver a verlo. Ya falta menos para dejar de extra&#241;arlo tanto.</em></p><p></p><p>Acarici&#243; distra&#237;damente la tela del bolso con la yema de los dedos.</p><p></p><p>Y, sin embargo, all&#237; estaba, descubriendo que los recuerdos felices segu&#237;an existiendo. No hab&#237;an desaparecido con Carlos. Solo hab&#237;an quedado sepultados bajo una monta&#241;a de dolor.</p><p><br>&#8212;Seguro son riqu&#237;simas, In&#233;s &#8212;susurr&#243; Petrona con dulzura desde el otro lado, con una sonrisa en el rostro y los ojos cerrados, porque as&#237; lograba imaginar cada cosa que In&#233;s le contaba y lo lindo que deb&#237;a sentirse ese tipo de amor&#8212;Contame algo m&#225;s.</p><p></p><p>&#8212;Mi marido era un gran pianista. Llenaba la casa de m&#250;sica y yo amaba eso. &#191;Sab&#233;s qu&#233; es una de las cosas m&#225;s lindas que he vivido? Leer un buen libro mientras &#233;l tocaba para m&#237;. O tejerle algo espantoso mientras &#233;l tocaba baladas, solo para verlo pon&#233;rselo despu&#233;s con un orgullo rid&#237;culo, como si fuera una prenda de alta costura o de un gran dise&#241;ador.</p><p></p><p>Una risa suave escap&#243; de su garganta.</p><p></p><p>&#8212;Una vez le tej&#237; un pul&#243;ver verde. Era, sin exagerar, el pulover m&#225;s feo del mundo. Las mangas ten&#237;an distintos largos, el cuello parec&#237;a torcido y me hab&#237;a equivocado en varios puntos. Pero a &#233;l le encant&#243;. No hubo un solo invierno en que no se lo pusiera. Yo le dec&#237;a que la gente iba a pensar que estaba loco, y &#233;l me contestaba que, si lo hab&#237;a hecho yo, era entonces el su&#233;ter m&#225;s hermoso de todos.</p><p></p><p>Las l&#225;grimas comenzaron a empa&#241;arle la vista. Intent&#243; seguir hablando, pero las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta.</p><p></p><p>Del otro lado tampoco hubo apuro. Solo un silencio amable, de esos que no incomodan, las sostuvo durante unos minutos.</p><p></p><p>Cuando por fin recuper&#243; la voz, In&#233;s pregunt&#243; en un susurro:</p><p></p><p>&#8212;&#191;Por qu&#233; llorabas reci&#233;n?</p><p></p><p>Del otro lado hubo un silencio largo.</p><p></p><p>&#8212;&#191;Por d&#243;nde empiezo? &#8212;dud&#243; Petrona, buscando la manera de resumir a&#241;os de dolor en unas pocas palabras&#8212; Llegu&#233; a este lugar hace tiempo con la esperanza de encontrar un amor como el tuyo. Pens&#233; que iba a formar una familia, que iba a tener una vida distinta, que todo lo que hab&#237;a dejado atr&#225;s iba a valer la pena.</p><p></p><p>Su voz comenz&#243; a quebrarse.</p><p></p><p>&#8212;Pero me voy con el coraz&#243;n roto. A m&#237; me destruyeron entera, In&#233;s. Me lastimaron tantas veces que ya no s&#233; cu&#225;ntas partes de m&#237; quedaron en el camino. Pero hoy decid&#237; recoger los pedazos que todav&#237;a me quedan y marcharme.</p><p></p><p>Hizo una pausa para respirar.</p><p></p><p>&#8212;Estoy huyendo del peor hombre y del peor error de mi vida.</p><p></p><p>El silencio volvi&#243; a ocupar el peque&#241;o ba&#241;o.</p><p></p><p>&#8212;Me vuelvo a casa porque quiero vivir, In&#233;s.</p><p></p><p>In&#233;s cerr&#243; los ojos.</p><p></p><p>Pens&#243; en lo contradictoria que pod&#237;a ser la vida. Ella, que hab&#237;a llegado hasta all&#237; buscando la forma de dejar de existir, hab&#237;a conocido el amor m&#225;s puro que una persona pod&#237;a imaginar.</p><p>Y aquella mujer, que hab&#237;a viajado hasta el fin del mundo persiguiendo ese mismo sue&#241;o, se aferraba desesperadamente a la vida despu&#233;s de que el amor la hubiera roto en mil pedazos.</p><p></p><p>&#8212;In&#233;s&#8230; mi colectivo sale en unos minutos. Me tengo que ir.</p><p></p><p>Al escuchar esas palabras, In&#233;s se levant&#243; de inmediato. Quer&#237;a abrazarla. Quer&#237;a abrir esa puerta y decirle que todo iba a estar bien, aunque ella misma todav&#237;a no supiera si cre&#237;a en esas palabras. Gir&#243; el cerrojo.</p><p></p><p>Pero antes de abrir, Petrona habl&#243; apresurada</p><p></p><p>&#8212;No abras.</p><p></p><p>In&#233;s se detuvo.</p><p></p><p>&#8212;No quiero que me veas, no as&#237;.</p><p></p><p>La frase la dej&#243; inm&#243;vil. No pregunt&#243; por qu&#233;. No insisti&#243;. Respet&#243; a aquella mujer a la que le hab&#237;a compartido un trozo de su alma en el &#250;ltimo d&#237;a de su vida.</p><p></p><p>&#8212;&#191;Al menos me vas a decir c&#243;mo te llam&#225;s?</p><p></p><p>&#8212;Petrona.</p><p></p><p>In&#233;s apoy&#243; la frente contra la puerta del cub&#237;culo y sonri&#243;.</p><p></p><p>&#8212;Petrona, escuchame. Toma ese colectivo. Volv&#233; a tu casa. San&#225;. Junt&#225; cada uno de tus pedazos y cuando est&#233;s lista, busca un amor bonito. Uno al que puedas tejerle el su&#233;ter m&#225;s feo del mundo. Encontra a alguien que te llene el jard&#237;n de flores y se coma tus horribles galletitas como si fueran el mejor manjar de la Tierra.</p><p></p><p>Del otro lado se oy&#243; una risa peque&#241;a, casi t&#237;mida. Petrona antes de desaparecer de aquel ba&#241;o, de aquella terminal y de ese pueblo perdido en el fin del mundo, habl&#243; por &#250;ltima vez.</p><p></p><p>&#8212;In&#233;s&#8230; no sab&#233;s lo importante que fuiste para m&#237;. S&#233; que apenas nos conocemos y que quiz&#225; esto no tenga sentido, pero sos esperanza en el peor d&#237;a de mi vida. Gracias.</p><p></p><p>La puerta del ba&#241;o se cerr&#243;. In&#233;s permaneci&#243; inm&#243;vil. No comprendi&#243; del todo aquellas palabras, pero no se detuvo en tratar de descifrarlas, despu&#233;s de todo estaba en ese ba&#241;o por otra raz&#243;n. Acabar con su vida.</p><p></p><p>As&#237; que volvi&#243; a sentarse sobre el inodoro. Respir&#243; hondo y abri&#243; el bolso. El rev&#243;lver segu&#237;a all&#237;, estir&#243; la mano para tomarlo pero escuch&#243; un ruido.</p><p></p><p>Frunci&#243; el ce&#241;o. Pens&#243; que tal vez Petrona hab&#237;a regresado y decidi&#243; abrir la puerta. Le llev&#243; unos segundos descubrir de d&#243;nde proven&#237;a el sonido.</p><p></p><p>Un perro mestizo, peque&#241;o y lanudo, la observaba con unos enormes ojos color miel. Estaba atado al picaporte del cub&#237;culo contiguo. Al verla, movi&#243; la cola con cautela, como si no supiera si pod&#237;a confiar.</p><p></p><p>In&#233;s se agach&#243; despacio.</p><p></p><p>&#8212;Hola, chiquito&#8230; &#191;Qu&#233; hac&#233;s ac&#225;?</p><p></p><p>Le acarici&#243; la cabeza con infinita delicadeza. El perro cerr&#243; los ojos, entreg&#225;ndose por completo a aquella mano desconocida. Entonces In&#233;s repar&#243; en la chapita que colgaba de su collar. La tom&#243; entre los dedos y ley&#243;:</p><p></p><p><strong>CARLITOS</strong></p><p></p><p>El aire abandon&#243; sus pulmones. Las l&#225;grimas que llevaba horas conteniendo terminaron por vencerla. Se derrumb&#243; sobre el piso del ba&#241;o, abrazando al perro contra su pecho, mientras &#233;l le lam&#237;a las manos con una ternura que parec&#237;a pedir permiso.</p><p></p><p>&#191;Qu&#233; clase de broma cruel era aquella? &#191;Qu&#233; capricho del destino pon&#237;a frente a ella a un perro con el mismo nombre que el amor de su vida, justo el d&#237;a en que hab&#237;a decidido morir?</p><p></p><p>Entonces comprendi&#243; por qu&#233; Petrona no hab&#237;a querido despedirse. Ten&#237;a que dejar atr&#225;s a lo &#250;nico que hab&#237;a amado sin miedo. Aquel perro era su familia, su refugio, el &#250;nico ser que jam&#225;s le hab&#237;a hecho da&#241;o.Y no pod&#237;a llev&#225;rselo.</p><p></p><p>Por eso lo hab&#237;a atado al picaporte del ba&#241;o. No buscaba abandonarlo. Buscaba confiarlo.</p><p></p><p><em>Sos esperanza en el peor d&#237;a de mi vida.</em></p><p></p><p>Las &#250;ltimas palabras de Petrona regresaron de golpe a su mente. Y todo cobr&#243; sentido. Entre todas las personas del mundo, hab&#237;a elegido a una mujer que, sin saberlo, estaba a punto de quitarse la vida en el ba&#241;o de la terminal de un pueblo perdido en el fin del mundo.</p><p></p><p>Sin propon&#233;rselo, Petrona le hab&#237;a hecho el mismo regalo que In&#233;s acababa de darle a ella. Esperanza o al menos un nuevo motivo por el cu&#225;l vivir.</p><p></p><p>Esa noche In&#233;s no se quit&#243; la vida, y volvi&#243; a casa con el perrito de los ojos color miel. Carlitos durmi&#243; acurrucado a su lado, sobre la cama que durante tantos a&#241;os hab&#237;a compartido con el amor de su vida. Mientras el peque&#241;o mestizo so&#241;aba y un suave ronquido llenaba el silencio de la habitaci&#243;n, In&#233;s le acarici&#243; el lomo y sonri&#243; por primera vez en mucho tiempo.</p><p></p><p>Pens&#243; que, tal vez, todo hab&#237;a sido obra de Petrona, aquella mujer rota del ba&#241;o de al lado.</p><p></p><p>O tal vez hab&#237;a sido Carlos, encontrando la forma de decirle que todav&#237;a no era el momento.</p><p></p><p>Y tambi&#233;n pens&#243; que quiz&#225; las se&#241;ales no exist&#237;an. Y que en realidad hab&#237;a sido ella quien, ese d&#237;a, hab&#237;a decidido intentar vivir.</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!ELLt!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F9214f873-b7ba-4e85-9085-8d049a8d43b1_1731x909.png" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!ELLt!, /__u/catular.substack.com/w_424, /__u/catular.substack.com/c_limit, /__u/catular.substack.com/f_webp, /__u/catular.substack.com/q_auto:good, /__u/catular.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F9214f873-b7ba-4e85-9085-8d049a8d43b1_1731x909.png 424w, /__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!ELLt!, /__u/catular.substack.com/w_848, /__u/catular.substack.com/c_limit, 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Quiero que sepas que no escribo, ni leo comedias. Sin embargo me divert&#237; mucho escribi&#233;ndolo. No s&#233; si te causar&#225; risa pero al menos espero robarte una sonrisa. Que lo disfrutes]]></description><link>https://catular.substack.com/p/el-patriota-y-el-cipayo</link><guid isPermaLink="false">https://catular.substack.com/p/el-patriota-y-el-cipayo</guid><dc:creator><![CDATA[Catular]]></dc:creator><pubDate>Sat, 18 Jul 2026 01:15:17 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!1a9o!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Feb4e6d28-a9c9-49af-969e-7383dbe2dd71_1254x1254.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p></p><p>John Dientes era un tipo normal. Y aunque su nombre era John, era argentino como el dulce de leche, el Diego, Boca y discutir con el televisor durante los partidos de la Selecci&#243;n. Sin embargo, cualquiera que lo conociera terminaba haci&#233;ndose la misma pregunta.</p><p>&#191;Qu&#233; clase de argentino se llama John?</p><p>El nombre se lo deb&#237;a a su padre estadounidense, a quien jam&#225;s hab&#237;a conocido. Su madre hab&#237;a vuelto embarazada de un viaje a Las Vegas. No recordaba bien si el hombre se llamaba John, Gian, Jonathan o si directamente se hab&#237;a presentado como Joe. As&#237; que decidi&#243; ponerle John &#8220;por las dudas&#8221;. Total, sonaba parecido y el padre jam&#225;s aparecer&#237;a para iniciar un reclamo.</p><p>John llevaba el apellido de su madre, Dientes. Un apellido que les calzaba como un guante o mejor dicho, como un protector bucal.</p><p>Todos en su familia ten&#237;an una dentadura bastante particular.</p><p>Seg&#250;n contaba su bisabuelo, todo comenz&#243; el d&#237;a en que lleg&#243; desde Italia.</p><p>Al bajar del barco tuvo que presentarse ante el empleado del registro migratorio.</p><p>&#8212;Giuseppe Ingaramo.</p><p>El hombre levant&#243; la vista, observ&#243; con atenci&#243;n aquella dentadura que parec&#237;a haber desembarcado cinco minutos antes que el resto del cuerpo y tom&#243; la lapicera.</p><p>&#8212;Jos&#233; Dientes.</p><p>&#8212;No, se&#241;or. Inga&#8230;</p><p>&#8212;Siguiente.</p><p>As&#237; de simple.</p><p>En menos de diez segundos el Estado argentino hab&#237;a fundado una familia nueva.</p><p>Los Ingaramo dejaron de existir y nacieron oficialmente los Dientes.</p><p>Desde entonces hubo Dientes panaderos, Dientes carniceros, Dientes maestros y hasta un ortodoncista llamado Ricardo Dientes, cuya existencia era considerada de mal gusto incluso por sus colegas.</p><p>Y esta es la historia de John Dientes. Un tipo que, a pesar de todo, era completamente normal.</p><p>Ten&#237;a un trabajo normal, un auto normal y una casa tan normal que al banco todav&#237;a le deb&#237;a la mitad.</p><p>Su vida era tan perfectamente com&#250;n que, de no ser por llamarse John Dientes, este cuento jam&#225;s habr&#237;a pasado del primer p&#225;rrafo.</p><p>Sin embargo, hab&#237;a dos cosas que lo alejaban de esa normalidad.</p><p>Odiaba profundamente a los estadounidenses.</p><p>Y odiaba tambi&#233;n a los odont&#243;logos.</p><p>A los primeros, por culpa de su padre, al que nunca conoci&#243;. Tambi&#233;n porque una novia lo hab&#237;a abandonado por un yanqui mucho m&#225;s alto, mucho m&#225;s rubio y con una sonrisa tan perfecta que parec&#237;a patrocinada por una pasta dental.</p><p>A los odont&#243;logos, en cambio, los odiaba por las dudas. Nunca le hab&#237;an hecho nada.</p><p>Pero llevar el apellido Dientes y confiar en un dentista le parec&#237;a una contradicci&#243;n filos&#243;fica.</p><p>Su teor&#237;a era simple, si su apellido hubiese sido &#8220;Motor&#8221;, desconfiar&#237;a de los mec&#225;nicos. Y por ende los odiar&#237;a. Pero el suyo era Dientes. </p><p>La vida normal y aburrida de John Dientes cambi&#243; un lunes. Porque todas las desgracias importantes empiezan un lunes.</p><p>Amaneci&#243; dispuesto a ir a trabajar, abri&#243; el port&#243;n del garaje y encontr&#243; una camioneta gigantesca atravesada en la entrada. Resignado, sali&#243; dispuesto a descubrir qu&#233; clase de energ&#250;meno era capaz de estacionar semejante armatoste frente al garaje de otro.</p><p>Fue entonces cuando conoci&#243; a su nuevo vecino. Un peque&#241;o hombre descendi&#243; orgullosamente con un saltito de una Ford Ranger a la que le colgaban banderitas estadounidenses de los costados, y lo hizo con la actitud de quien acababa de bajar de una Ford F-150.</p><p>La camioneta llevaba una calcoman&#237;a que dec&#237;a Made in USA, y otra que proclamaba God Bless America. Lo &#250;nico verdaderamente estadounidense del veh&#237;culo era el aromatizante de vainilla, comprado en Mercado Libre con env&#237;o gratis.</p><p>Era dif&#237;cil parecer menos estadounidense sin haber nacido en Santiago del Estero.</p><p>El hombre sonri&#243; con entusiasmo.</p><p>&#8212;Good morning. Mario S&#225;nchez &#8212;dijo mientras se quitaba una gorra que dec&#237;a NYC y extend&#237;a una mano regordeta.</p><p>John lo mir&#243; unos segundos.</p><p>Moreno.</p><p>Petiso.</p><p>Y panz&#243;n. </p><p>Mario S&#225;nchez. </p><p>Pronunciando un ingl&#233;s aprendido mirando pel&#237;culas dobladas al espa&#241;ol.</p><p>John sinti&#243; una puntada en el pecho. No sab&#237;a si era bronca, acidez o el Himno Nacional intentando sonar desde alguno de sus &#243;rganos.</p><p>&#8212;&#191;Pod&#233;s correr la camioneta? &#8212;pregunt&#243; apretando sus paletas enormes contra el labio.</p><p>&#8212;Of course&#8230; dame un second.</p><p>John cerr&#243; los ojos.</p><p>Un minuto y treinta segundos.</p><p>Eso era todo lo que hab&#237;a necesitado para conocer al hombre que iba a arruinarle la paciencia durante el resto de su vida.</p><p>Los d&#237;as siguientes, John convirti&#243; a su vecino en un proyecto de investigaci&#243;n personal. Lo observaba por la ventana con la dedicaci&#243;n de un documentalista de National Geographic, solo que, en lugar de estudiar el comportamiento de un puma, estudiaba el de un cipayo pelotudo.</p><p>En el barrio ya hab&#237;a averiguado varios datos. El hijo de puta ven&#237;a de C&#243;rdoba y hab&#237;a tardado exactamente dos d&#237;as en decorar el frente de su casa con banderas estadounidenses. Dos d&#237;as.</p><p>Su est&#250;pida camioneta parec&#237;a adquirir un nuevo sticker cada semana. Todos yanquis, por supuesto. Primero apareci&#243; un &#225;guila calva. Luego una que dec&#237;a Freedom. M&#225;s tarde otra de la Ruta 66. John estaba convencido de que, si nadie lo deten&#237;a a tiempo, antes de fin de a&#241;o Mario iba a plotear la camioneta completa con la cara de Abraham Lincoln.</p><p>Todo de &#233;l lo incomodaba. Pero hab&#237;a algo particular que lo desvelaba.</p><p>&#191;Qu&#233; clase de argentino pod&#237;a ser tan, pero tan imb&#233;cil como para fanatizarse con Estados Unidos? La respuesta era simple, solo Mario S&#225;nchez.</p><p>El boludo la hab&#237;a pegado con una empresa de construcci&#243;n y hab&#237;a viajado varias veces a Estados Unidos. Al parecer, con una sola visita le hab&#237;an lavado el cerebro. Volv&#237;a de cada viaje con una valija llena de ropa, llaveros, gorras y una admiraci&#243;n renovada por cualquier cosa que diga USA.</p><p>Era el &#250;nico argentino capaz de emocionarse m&#225;s al ver una bandera estadounidense que un gol de la Selecci&#243;n.</p><p>John, cada vez que lo ve&#237;a salir de su casa con una remera de Nueva York, sent&#237;a que San Mart&#237;n se revolv&#237;a en el mausoleo. Y eso lo hac&#237;a odiarlo a&#250;n m&#225;s. </p><p>Fue un domingo. Como todos los domingos, John sali&#243; a regar el peque&#241;o jard&#237;n del frente. Era un ritual que disfrutaba, regar las plantas, putear en silencio por el precio de la nafta o de la carne y vigilar que Mario S&#225;nchez no hubiera agregado otra bandera estadounidense durante la noche.</p><p>Justo entonces, la puerta de enfrente se abri&#243;. Mario S&#225;nchez cruz&#243; la calle con una sonrisa desproporcionada, un vaso de caf&#233; gigantesco en la mano, de esos descartables tan enormes que solo tienen sentido en Estados Unidos, donde un caf&#233; chico alcanza para llenar una pileta y una gorra distinta a la del d&#237;a anterior. Esta dec&#237;a BOSTON.</p><p>Se acerc&#243; como si fueran amigos de toda la vida.</p><p>&#8212;&#161;Buen d&#237;a, vecino! Recordame tu nombre.</p><p>John levant&#243; la vista con la misma expresi&#243;n con la que uno mira una factura de gas.</p><p>&#8212;John&#8230; John Dientes &#8212;respondi&#243;, casi en un susurro, como si le diera verg&#252;enza pronunciar la primera mitad de la frase.</p><p>Los ojos de Mario se iluminaron.</p><p>&#8212;&#161;John! I tremendo name- dijo, gui&#241;&#225;ndole un ojo con una confianza que nadie le hab&#237;a otorgado.</p><p>John dej&#243; de regar. El chorro de agua sigui&#243; apuntando al mismo lugar mientras su cerebro intentaba procesar semejante atentado contra el idioma.</p><p>John respir&#243; hondo. Cont&#243; hasta diez. Despu&#233;s hasta veinte.</p><p>Era demasiado temprano para discutir con un hombre que desayunaba tres cuartos de litro de caf&#233;. </p><p>Al d&#237;a siguiente, al salir del trabajo, John manej&#243; hasta Once. No porque le quedara de paso, si no porque ah&#237; estaban los mejores precios del pa&#237;s. Y si iba a tener una guerra patri&#243;tica deb&#237;a administrar el presupuesto.</p><p>Compr&#243; dos banderas argentinas gigantes. M&#225;s grandes que las del pelotudo de Mario S&#225;nchez. Mucho m&#225;s grandes. Tan grandes que el vendedor le pregunt&#243; si era maestro y si las banderas eran para un acto escolar.</p><p>Despu&#233;s encontr&#243; una remera de Maradona besando la Copa del Mundo. La estampa era tan trucha que el Diez ten&#237;a un ojo mirando a la copa y el otro apuntaba al frente. John la compr&#243; igual.</p><p>Esa misma tarde colg&#243; las banderas en las ventanas de su casa. Retrocedi&#243; unos metros para contemplar la obra.</p><p>Sonri&#243; satisfecho. No eran simplemente m&#225;s grandes. Eran objetivamente m&#225;s lindas. No sab&#237;a explicar por qu&#233; pero lo eran.</p><p>Entr&#243; a dormir con la tranquilidad de quien acababa de ganar una batalla decisiva por la patria. Incluso program&#243; el despertador media hora antes de lo habitual. Mario S&#225;nchez sal&#237;a de su casa treinta minutos antes que &#233;l, y John no pensaba perderse la cara que iba a poner.</p><p>Esa ma&#241;ana se prepar&#243; un mate, se puso la remera del Diego tuerto y unt&#243; un pan con una cantidad obscena de manteca y az&#250;car y se instal&#243; junto a la ventana. Y esper&#243; para poder presenciar la derrota moral de su vecino.</p><p>Mario S&#225;nchez sali&#243; de su casa esa ma&#241;ana con otra gorra distinta. Esta dec&#237;a LAS VEGAS.</p><p>Mario camin&#243; hasta la camioneta silbando. Antes de subir, levant&#243; la vista. Primero observ&#243; una bandera argentina. Despu&#233;s la otra. Finalmente clav&#243; los ojos en la ventana de la cocina, donde John lo esperaba, inm&#243;vil, con una sonrisa tan grande que sus paletas parec&#237;an dos reposeras blancas.</p><p>John levant&#243; el mate como quien brinda despu&#233;s de conquistar un territorio enemigo.</p><p>Mario respondi&#243; con una sonrisa torcida. Despu&#233;s gui&#241;&#243; un ojo. No hizo falta decir una palabra. John supo, en ese instante, que el enemigo hab&#237;a aceptado la guerra. La confirmaci&#243;n lleg&#243; esa misma tarde.</p><p>Al volver del trabajo encontr&#243; un cami&#243;n  estacionado frente a la casa de Mario. Dos hombres descargaban una parrilla a gas brillante, enorme, con m&#225;s perillas que la cabina de un avi&#243;n y suficiente acero inoxidable como para construir un sat&#233;lite.</p><p>John fren&#243; en seco. Se baj&#243; del auto. Parpade&#243; dos veces, con la esperanza de que aquello fuera una ilusi&#243;n &#243;ptica.</p><p>&#191;Qu&#233; clase de argentino, teniendo una parrilla de ladrillos en el patio, compraba semejante aberraci&#243;n?</p><p>La respuesta, evidentemente, era Mario S&#225;nchez. Como si hubiera estado esper&#225;ndolo, Mario sali&#243; de la casa frot&#225;ndose las manos.</p><p>&#8212;&#161;Hello, John! Mir&#225; qu&#233; bichito lindo me compr&#233;.</p><p>Le dio dos palmaditas a la tapa de la parrilla, orgulloso.</p><p>&#8212;Este fin de semana la voy a estrenar con una American BBQ. Perd&#243;n&#8230; no s&#233; si vos me entend&#233;s. Una barbacoa. Se me mezclan los idiomas.</p><p>John sinti&#243; que la vena del cuello le lat&#237;a. Una parrilla a gas. En Argentina era como tomar mate con bombilla de pl&#225;stico, o pedir empanadas con anan&#225;. </p><p>&#8212;&#191;Y la parrilla de ladrillos? &#8212;pregunt&#243;, se&#241;alando el fondo del patio.</p><p>Mario la mir&#243; apenas, con una mezcla de pena y superioridad.</p><p>&#8212;Eso ya fue. Es muy vintage.</p><p>John dej&#243; de escucharlo.</p><p>Fue en ese preciso instante cuando comprendi&#243; que aquella guerra ya no era por las banderas. Era una cuesti&#243;n de honor nacional.</p><p>Cuando lleg&#243; el fin de semana, John crey&#243; que estaba desarrollando un c&#225;ncer de retina, del otro lado del cerco colgaban banderines azules, blancos y rojos flameando con un entusiasmo ofensivo. Parec&#237;a que el patio de Mario hab&#237;a sido anexado a Estados Unidos durante la madrugada. Y para colmo el humo de la barbacoa de su vecino de mierda se hab&#237;a metido por cada rendija de la casa.</p><p>John intent&#243; ignorarlo. Cerr&#243; las ventanas. Baj&#243; las persianas. Hasta se puso lentes de sol dentro de su propia cocina para no cruzarse con semejante despliegue patri&#243;tico.</p><p>Pero el destino, que suele ser bastante hijo de puta, ten&#237;a otros planes. Y al mediod&#237;a son&#243; el timbre. Al abrir la puerta apareci&#243; Mario, sonriente, con un delantal estampado con la Estatua de la Libertad sosteniendo una hamburguesa en lugar de una antorcha y un gorro que dec&#237;a Kiss the Cook.</p><p>&#8212;My dear vecino John&#8230; Le traje un poco de barbacoa para que la pruebe.</p><p>Le extendi&#243; un plato de pl&#225;stico con un pedazo de carne apenas reconocible, ba&#241;ado en una salsa espesa cuyo color hac&#237;a pensar que hab&#237;a sido aprobada por la NASA antes que por un bromat&#243;logo.</p><p>John tom&#243; el plato sin decir una palabra y le cerr&#243; la puerta en la cara.</p><p>Camin&#243; hasta la cocina con la solemnidad de un sacerdote llevando una reliquia. Abri&#243; la heladera, sac&#243; un frasco que ten&#237;a una etiqueta que dec&#237;a CHIMICHURRI, le vaci&#243; medio contenido encima a la carne y le dio un mordisco con bronca. Mientras masticaba el pedazo de carne que para su desgracia no estaba tan malo, plane&#243; su pr&#243;xima jugada.</p><p>Las semanas siguientes la guerra escal&#243; a otro nivel. Ya no respetaban los espacios individuales ni se conformaban con mandarse mensajes subliminales. Ahora el objetivo era humillar al otro con la mayor creatividad posible.</p><p>Una noche, John sali&#243; armado con una esp&#225;tula, un secador de pelo port&#225;til que compr&#243; por Temu y una colecci&#243;n de calcoman&#237;as. Le despeg&#243; del auto el &#225;guila calva y la reemplaz&#243; por un carpincho. El sticker de la Ruta 66 pas&#243; a ser uno de la Ruta 40. Arranc&#243; la Estatua de la Libertad y, en su lugar puso el obelisco, uno al lado del otro, como si fueran la Sant&#237;sima Trinidad argentina.</p><p>Mario respondi&#243; a la altura de las circunstancias. Esper&#243; a que John se durmiera y le estamp&#243; un adhesivo con la cara de Trump ocupando casi todo el cap&#243; del auto. Era tan grande que, visto de lejos, parec&#237;a que el presidente color naranja manejaba el veh&#237;culo.</p><p>John le rob&#243; todas las banderas estadounidenses y las reemplaz&#243; por argentinas. En el centro del patio dej&#243; una especialmente grande que dec&#237;a: LAS MALVINAS SON ARGENTINAS.</p><p>Mario no se qued&#243; atr&#225;s. Clav&#243; en el jard&#237;n de John un cartel de campa&#241;a que dec&#237;a: VOTE FOR TRUMP. John tard&#243; tres d&#237;as en descubrirlo porque lo hab&#237;a camuflado bien entre unos arbustos.</p><p>Despu&#233;s lleg&#243; la guerra del sonido. Mario compr&#243; un parlante gigantesco, lo apunt&#243; directamente a la ventana del dormitorio de John y todos los s&#225;bados desde las nueve de la ma&#241;ana hac&#237;a sonar m&#250;sica country.</p><p>John, herido en su orgullo nacional, fue y compr&#243; un parlante todav&#237;a m&#225;s grande. Desde entonces el barrio despertaba con chacareras, zambas, marchas de cancha y, cuando la discusi&#243;n musical se pon&#237;a especialmente tensa, el Himno Nacional completo. Dos veces.</p><p>Como si todo eso fuera poco, Mario decidi&#243; construirse una piscina. Si, &#233;l no le dec&#237;a pileta.</p><p>&#8212;John, my friend, venite a disfrutar del agua hoy hago una Pool party. </p><p>John jam&#225;s habr&#237;a admitido que ten&#237;a ganas.</p><p>En cambio, compr&#243; una Pelopincho usada por Market Place de Facebook, la instal&#243; en el jard&#237;n delantero, acomod&#243; dos reposeras que ten&#237;an m&#225;s remaches que pintura y se sent&#243; con un mate.</p><p>&#8212;&#191;Quer&#233;s unos amargos?</p><p>Mario tom&#243; uno por compromiso, hizo una mueca y devolvi&#243; el mate.</p><p>&#8212;Me da acidez.</p><p>John sonri&#243; satisfecho. Otra victoria diplom&#225;tica que se sumaba a su guerra.</p><p>Pero todo empeor&#243; cuando se acerc&#243; la Navidad. Mario S&#225;nchez, como buen cipayo y huev&#243;n que era, empez&#243; los preparativos una semana antes. Para el 20 de diciembre ya ten&#237;a m&#225;s luces prendidas que el Obelisco en A&#241;o Nuevo.</p><p>El pino que coloc&#243; en el jard&#237;n del frente era tan alto que los sat&#233;lites de Elon Musk lo deb&#237;an usar como punto de referencia. Adem&#225;s estaba nevado. Nevado. En plena Navidad argentina, con treinta y cinco grados a la sombra y un ej&#233;rcito de moscas y mosquitos del tama&#241;o de helic&#243;pteros.</p><p>Le colg&#243; miles de luces de ne&#243;n y unas bolas gigantes, todas rojas, azules y blancas. Ni un miserable celeste o blanca. Parec&#237;a el &#225;rbol oficial de la embajada de Estados Unidos.</p><p>Cada noche sincronizaba las luces para que titilaran al ritmo de villancicos en ingl&#233;s. No sonaba un Feliz Navidad. Sonaba Jingle Bells. Todo el barrio termin&#243; sabiendo la letra por exposici&#243;n prolongada.</p><p>La gente hac&#237;a fila para sacarse fotos. Ven&#237;an vecinos de otras cuadras. Pasaban autos despacio para filmarlo. Una se&#241;ora pregunt&#243; si cobraban entrada, la vieja era igual de pelotuda que Mario S&#225;nchez. </p><p>Un Pap&#225; Noel inflable de cuatro metros saludaba cada vez que soplaba el viento. O parec&#237;a que saludaba y de un brazo colgaba un cartel que dec&#237;a Merry Christmas.</p><p>Como si fuera poco, hab&#237;a estacionado un trineo lleno de regalos falsos sobre una monta&#241;a de telgopor para simular nieve. Nieve en Buenos Aires, en diciembre con cuarenta grados. La nieve se derret&#237;a menos que la dignidad de Mario.</p><p>Su casa parec&#237;a la escenograf&#237;a de una pel&#237;cula navide&#241;a de esas que pasan en Telefe todos los diciembres, donde una ejecutiva de Nueva York descubre el verdadero esp&#237;ritu de la Navidad despu&#233;s de enamorarse de un le&#241;ador con mand&#237;bula perfecta y se ponen esos su&#233;teres est&#250;pidos de color verde y rojo mientras toman caf&#233; con malvadiscos, abrazados y felices. </p><p>John observ&#243; el espect&#225;culo desde la ventana, resignado fue hasta el galp&#243;n a buscar sus adornos.</p><p>Encontr&#243; un pino flaco, torcido y medio pelado que med&#237;a menos de un metro y parec&#237;a estar atravesando una depresi&#243;n severa.</p><p>Despu&#233;s aparecieron cuatro bolas de pl&#225;stico despintadas, dos mo&#241;os de terciopelo cubiertos de tierra, una guirnalda tan berreta que perd&#237;a m&#225;s pelos que un caniche en verano y una estrella cuya procedencia se desconoc&#237;a.</p><p>En otra caja estaba el pesebre. Al Ni&#241;o Jes&#250;s le faltaba una mano. San Jos&#233; ten&#237;a la cabeza pegada con cinta y uno de los Reyes Magos hab&#237;a perdido la cara por completo, as&#237; que parec&#237;a un dementor con turbante.</p><p>John suspir&#243;. Con eso no le ganaba a Mario ni aunque el jurado fuera el INADI.</p><p>Y encima a Mario S&#225;nchez ya lo adoraban todos los pendejos del barrio. Despu&#233;s del papel&#243;n de Halloween hab&#237;a terminado de gan&#225;rselos.</p><p>El muy cipayo hab&#237;a convertido toda la casa en una sucursal de Halloween, telara&#241;as de pl&#225;stico, calabazas, esqueletos, momias y hasta una m&#225;quina de humo que funcionaba peor que un Falcon gasolero.</p><p>&#201;l, por supuesto, apareci&#243; disfrazado de Capit&#225;n Am&#233;rica. La panza amenazaba con rajar al medio el traje barato de alquiler.</p><p>Como si eso fuera poco, convenci&#243; a medio barrio de disfrazarse y salir de puerta en puerta a pedir caramelos. Pero ni siquiera los ped&#237;an en espa&#241;ol argento, como correspond&#237;a. Iban golpeando las puertas y con un acento que mezclaba tres continentes, repet&#237;an al un&#237;sono:</p><p>&#8212;&#161;Dulce o trato!</p><p>John sent&#237;a que con cada &#8220;dulce&#8221; mor&#237;a un pr&#243;cer. As&#237; que decidi&#243; contraatacar.</p><p>Se pas&#243; toda la tarde imprimiendo fotocopias del Mart&#237;n Fierro. Cada vez que un chico tocaba el timbre, en lugar de caramelos les entregaba un ejemplar engrampado.</p><p>&#8212;Le&#233;, nene. Esto s&#237; alimenta el alma.</p><p>Los chicos lo agarraban por compromiso y a la media cuadra ya lo usaban para hacer avioncitos o directamente lo tiraban en la esquina. John, que espiaba escondido detr&#225;s de la cortina, sal&#237;a disparado como un jubilado persiguiendo a un motochorro.</p><p>&#8212;&#161;Eh! &#161;Respeten a Hern&#225;ndez, manga de salvajes!</p><p>Les hac&#237;a juntar las hojas una por una mientras les tomaba lecci&#243;n.</p><p>&#8212;A ver, vos nene decime qui&#233;n era Cruz.</p><p>Nadie sab&#237;a.</p><p>Entonces los espantaba a los gritos.</p><p>&#8212;&#191;&#161;Dulce o trato!? &#161;Quiero retruco, carajo! &#161;Rajen de ac&#225;!</p><p>Y sal&#237;a a correrlos por toda la cuadra blandiendo un escobill&#243;n como si fuera una lanza. Los pendejos hu&#237;an llorando, Batman perd&#237;a la capa, un Hombre Ara&#241;a se ca&#237;a de una bicicleta y una brujita jur&#243; no volver jam&#225;s a esa casa.</p><p>Tuvo que pedir disculpas en el grupo de WhatsApp de vecinos del barrio que ten&#237;an cuando ley&#243;: </p><p>&#8220;El pr&#243;ximo a&#241;o recuerden no tocar timbre en la casa de John. Entrega literatura gauchesca y persigue menores.&#8221;</p><p>Es por eso que mientras contemplaba su pino chueco se prometi&#243; que no iba a perder la guerra de la navidad tambi&#233;n. Necesitaba artiller&#237;a pesada. Algo tan patri&#243;tico, tan argentino y tan exagerado que hiciera parecer el jard&#237;n de Mario un local de decoraci&#243;n en liquidaci&#243;n.</p><p>As&#237; que decidi&#243; dar la batacada final.</p><p>Consigui&#243; un uniforme militar de segunda mano y le cosi&#243; con una prolijidad casi quir&#250;rgica un parche de las Islas Malvinas. Tambi&#233;n compr&#243; un casco de pl&#225;stico. Era una r&#233;plica barata, pero cumpl&#237;a su funci&#243;n.</p><p>Despu&#233;s colg&#243; banderas argentinas y de las Malvinas por toda la casa. En el jard&#237;n cav&#243; dos trincheras orientadas estrat&#233;gicamente hacia el v&#243;mito azul, rojo y blanco que decoraba la propiedad de Mario.</p><p>Como no quer&#237;a perder el esp&#237;ritu navide&#241;o, rescat&#243; el viejo pino que hab&#237;a sobrevivido a veinte diciembres. Estaba torcido, pelado y con una rama sostenida por cinta aisladora.</p><p>&#8212;As&#237; quedaron nuestros soldados &#8212;pens&#243; mientras le acomodaba la estrella en la punta&#8212;Rotos, pero de pie.</p><p>Hab&#237;a patria en ese &#225;rbol. Aunque dudaba que Mario pudiera entender semejante simbolismo. Con suerte, pens&#243; John, hab&#237;a terminado la primaria copi&#225;ndose.</p><p>Estaba terminando de acomodarle sus ramitas despeluchadas cuando un cami&#243;n estacion&#243; frente a la casa de Mario y descarg&#243; una m&#225;quina de nieve artificial.</p><p>Mario apareci&#243; con una gorra que dec&#237;a I love Santa.</p><p>&#8212;&#161;John! Si esto funciona, en Navidad te hago un mu&#241;eco de nieve en el campo de batalla para que juegues a los soldaditos.</p><p>John sinti&#243; que una vena de la frente le empezaba a palpitar y al d&#237;a siguiente fue a una pirotecnia y compr&#243; de todo, ca&#241;itas voladoras, tortas de cien disparos, estruendos, bater&#237;as, volcanes y una caja enorme de cuetes que dec&#237;a &#8220;Mata Suegras&#8221;. La mir&#243; con decepci&#243;n.</p><p>&#8212;Qu&#233; l&#225;stima que no exista el &#8220;Mata Vecinos&#8221;.</p><p>Pag&#243; sin preguntar el precio.</p><p>Aquella Navidad iba a bombardear el festejo yanqui del est&#250;pido de Mario S&#225;nchez. Lo hac&#237;a por la patria, por Malvinas y por los ca&#237;dos. </p><p>Lo &#250;nico que lamentaba era que Mario no fuera fan&#225;tico de Inglaterra. Le habr&#237;a simplificado much&#237;simo el discurso. Pero, despu&#233;s de todo, los estadounidenses tambi&#233;n hab&#237;an metido la cuchara en aquella historia. Con eso le alcanzaba para justificar semejante operativo.</p><p>La Nochebuena, John cen&#243; solo, como hac&#237;a desde hac&#237;a varios a&#241;os. La Navidad nunca le hab&#237;a parecido una fecha importante. Estaba convencido de que era un invento del capitalismo para vender sidra con nombre franc&#233;s y pan dulce con tres pasas de uva.</p><p>As&#237; que sigui&#243; su tradici&#243;n algo de carne, pionono relleno y una botella de champ&#225;n que destapar&#237;a a las doce con la firme decisi&#243;n de comer pan dulce hasta que el cuerpo dijera basta.</p><p>Del otro lado de la calle, Mario S&#225;nchez tambi&#233;n cenaba solo. Desde la ventana de la cocina, John pod&#237;a verlo impecablemente peinado con gomina hacia un costado. Por una vez no llevaba una gorra rid&#237;cula. Hab&#237;a preparado un banquete para veinte personas aunque estaba solo y sonre&#237;a como si estuviera conduciendo un especial navide&#241;o de la televisi&#243;n estadounidense.</p><p>En un momento sus miradas se cruzaron. Levantaron las copas y brindaron a trav&#233;s del vidrio. Y, por primera vez en meses, la paz rein&#243; en ambas casas.  </p><p>El alto al fuego dur&#243; exactamente hasta las doce menos cinco.</p><p>John fue a su habitaci&#243;n, abri&#243; el placard y se puso el uniforme militar. Se acomod&#243; el casco de pl&#225;stico, se lustr&#243; las botas y, con un poco de bet&#250;n, se pint&#243; dos gruesas franjas negras sobre las mejillas. Se mir&#243; al espejo.</p><p>Parec&#237;a un soldado, si los soldados compraran el equipo en una jugueter&#237;a.</p><p>Mientras tanto, en la casa de enfrente, Mario terminaba de ponerse el traje de Pap&#225; Noel, ensay&#243; frente al espejo un Ho Ho Ho hasta que estuvo seguro que sonaba igual que el Santa Claus de la publicidad de Coca Cola. </p><p>Cuando el reloj marc&#243; las doce, las puertas de ambas casas se abrieron al mismo tiempo.</p><p>John Dientes sali&#243; con una bolsa negra repleta de fuegos artificiales.</p><p>Mario S&#225;nchez apareci&#243; cargando un enorme saco de arpillera lleno de regalos baratos.</p><p>Se quedaron mirando unos segundos.</p><p>&#8212;Merry Christmas, soldado.</p><p>&#8212;Feliz Navidad, Pap&#225; Noel.</p><p>Mario camin&#243; hasta la m&#225;quina de nieve artificial y accion&#243; el interruptor. El aparato empez&#243; a toser, vibrar y escupir espuma como una hidrolavadora pose&#237;da. Despu&#233;s de unos segundos, el ca&#241;&#243;n qued&#243; apuntando directamente hacia el campo de batalla que John hab&#237;a construido en su jard&#237;n.</p><p>&#8212;&#161;Ho, ho, ho!</p><p>Eso fue suficiente.</p><p>&#8212;&#161;Por Malvinas!</p><p>John prendi&#243; la primera torta.</p><p>&#8212;&#161;Por Argentina!</p><p>La segunda.</p><p>&#8212;&#161;Por el Diego!</p><p>La tercera.</p><p>El cielo explot&#243; en colores mientras una tormenta de espuma cubr&#237;a las trincheras, las banderas y hasta el pobre pino patri&#243;tico de John.</p><p>Los vecinos, que hab&#237;an salido para brindar con sus familias, terminaron acomod&#225;ndose en las veredas como si estuvieran viendo una final del mundo. Algunos alentaban a Mario, otros gritaban por John. </p><p>Y m&#225;s de uno ya estaba convencido de que esa era, por lejos, la mejor Navidad que hab&#237;a tenido el barrio.</p><p>La espuma que Mario disparaba con una punter&#237;a sospechosamente buena cay&#243; de lleno sobre una de las tortas de cien disparos de fuegos artificiales que John hab&#237;a dejado preparada.</p><p>John la encendi&#243; sin advertir que el cart&#243;n, empapado, se hab&#237;a deformado.</p><p>Los primeros dos cohetes salieron hacia arriba. El tercero sali&#243; de costado. Y los noventa y siete restantes decidieron que la gravedad no exist&#237;a.</p><p>Lo que hasta ese momento hab&#237;a sido la atracci&#243;n navide&#241;a del barrio se convirti&#243; en una evacuaci&#243;n de emergencia. Los chicos pasaron de gritar de emoci&#243;n a llorar desconsolados. Las madres los levantaban en brazos y corr&#237;an hacia las casas mientras los padres intentaban adivinar de d&#243;nde iba a salir el pr&#243;ximo proyectil.</p><p>Uno atraves&#243; el ventanal del comedor de Mario y explot&#243; adentro, ti&#241;endo toda la habitaci&#243;n de un intenso color rojo. Al menos fue un color que, casualmente, era su favorito. Otro hizo estallar una luminaria de la calle. Tres rebotaron sobre los techos de los autos, disparando alarmas que terminaron desafinando los villancicos que sonaban por los parlantes de Mario.</p><p>Y uno, celeste y blanco como si tambi&#233;n tuviera vocaci&#243;n patri&#243;tica, impact&#243; de lleno contra el &#225;rbol de Navidad. En menos de diez segundos, el pino enorme ard&#237;a como una antorcha.</p><p>John se&#241;alaba el incendio muerto de risa.</p><p>&#8212;&#161;Viva la patria!</p><p>Mario dej&#243; de re&#237;r. Mir&#243; su &#225;rbol y luego mir&#243; a John. Y tom&#243; una decisi&#243;n profundamente navide&#241;a. Cruz&#243; la calle corriendo.</p><p>Lo que sigui&#243; fue un espect&#225;culo dif&#237;cil de explicar un Pap&#225; Noel morocho y regordete contra un supuesto veterano de Malvinas cuyo uniforme todav&#237;a conservaba la etiqueta del local de disfraces se cagaban a trompadas en el medio de la calle.</p><p>Pi&#241;a va. Pi&#241;a viene.</p><p>En medio del caos, John vio una de sus enormes paletas salir despedida en c&#225;mara lenta. La sigui&#243; con la mirada como quien observa caer un viejo compa&#241;ero de batalla.</p><p>&#8212;&#161;Nooo!</p><p>La paleta rebot&#243; dos veces sobre el asfalto.</p><p>John levant&#243; la vista, apret&#243; los dientes, o mejor dicho, el diente que le quedaba al frente y le acomod&#243; a Mario un derechazo que le estall&#243; en la boca. Esta vez fue un diente perfecto, blanco y prolijo el que sali&#243; despedido de la boca de Mario.</p><p>Los dos quedaron inm&#243;viles unos segundos, contemplando las piezas dentales desparramadas sobre el pavimento.</p><p>La batalla, por fin, estaba empatada.</p><p>Cuando lleg&#243; la polic&#237;a, los dos segu&#237;an revolc&#225;ndose sobre el asfalto entre espuma, papel picado y restos de fuegos artificiales.</p><p>Hicieron falta cuatro agentes para separarlos. Los esposaron.Los subieron al patrullero. Y aun sentados en el asiento trasero, con un oficial apretado entre ambos para evitar otra pelea, encontraron la manera de seguir d&#225;ndose codazos durante todo el camino hasta la comisar&#237;a.</p><p>Una vez en la celda, Mario se aferr&#243; a los barrotes.</p><p>&#8212;&#161;Necesito llamar a mi abogado! &#161;Voy a perder la visa! &#161;No puedo terminar deportado por culpa de un loco vestido de soldado!</p><p>John, en cambio, estaba hecho un ovillo en un rinc&#243;n. Ten&#237;a la cabeza entre las manos y una expresi&#243;n de derrota absoluta. Despu&#233;s de un largo silencio levant&#243; la vista.</p><p>&#8212;Ahora voy a tener que ir al dentista por tu culpa. Con lo que yo odio los dentistas. - le reclam&#243; John-.</p><p>Mario se toc&#243; la boca y solt&#243; un quejido.</p><p>&#8212;&#191;Y yo qu&#233;? Me arrancaste un colmillo idiota. &#191;Sab&#233;s cu&#225;nto duele un implante?.</p><p>John lo mir&#243; con desconfianza.</p><p>&#8212;&#191;Te dan miedo los dentistas?</p><p>Mario hizo una mueca de horror.</p><p>&#8212;P&#225;nico.</p><p>John enderez&#243; la espalda.</p><p>&#8212;&#191;En serio?</p><p>&#8212;Desde chico.</p><p>&#8212;&#191;Por qu&#233;?</p><p>Mario baj&#243; la mirada.</p><p>&#8212;Mi viejo era dentista.</p><p>John esper&#243; el remate. No lleg&#243;.</p><p>&#8212;&#191;Y?</p><p>&#8212;Me abandon&#243; cuando ten&#237;a cinco a&#241;os.</p><p>Hubo un silencio inc&#243;modo. John carraspe&#243;.</p><p>&#8212;El m&#237;o era estadounidense.</p><p>Mario levant&#243; una ceja.</p><p>&#8212;&#191;Y?</p><p>&#8212;Tambi&#233;n me abandon&#243;. En realidad no sabe de m&#237; existencia, que es peor.</p><p>Los dos permanecieron callados unos segundos.</p><p>&#8212;Par&#225;&#8230; &#8212;dijo Mario&#8212; &#191;Vos odi&#225;s a los estadounidenses porque tu viejo era yanqui?</p><p>&#8212;S&#237;.</p><p>&#8212;Qu&#233; infantil. Yo los amo porque mi padrastro era estadounidense.</p><p>&#8212;Eso es bastante m&#225;s infantil.</p><p>&#8212;&#191;Y vos por qu&#233; odi&#225;s tanto a los dentistas? &#8212;pregunt&#243; Mario.</p><p>John suspir&#243;.</p><p>&#8212;&#191;Nunca escuchaste mi apellido?</p><p>&#8212;Dientes.</p><p>John asinti&#243; lentamente, como si acabaran de confirmar una tragedia familiar.</p><p>&#8212;Exacto. Dientes. &#191;Vos sab&#233;s lo que es crecer con ese apellido? En la primaria fui &#8220;Colgate&#8221;. En la secundaria, &#8220;Odolito&#8221;. Hubo un a&#241;o en que un profesor directamente me dijo &#8220;muela&#8221; porque se hab&#237;a quedado sin creatividad.</p><p>Mario intent&#243; no re&#237;rse.</p><p>&#8212;Durante a&#241;os escuch&#233; los mismos tres chistes: el Rat&#243;n P&#233;rez, el dentista y si todav&#237;a ten&#237;a todos los dientes.</p><p>John se acomod&#243; en la silla, indignado.</p><p>&#8212;As&#237; que s&#237;, puede parecer exagerado, pero despu&#233;s de una vida entera siendo v&#237;ctima de chistes dentales, creo que odiar a los dentistas es lo m&#237;nimo. Es una cuesti&#243;n de dignidad.</p><p>Mario hizo un esfuerzo enorme por contener la risa. Dur&#243; tres segundos y se larg&#243; a carcajadas. John intent&#243; ofenderse pero no pudo y empez&#243; a re&#237;r junto a &#233;l.</p><p>Los dos quedaron doblados de la risa en el piso de la celda, uno con una paleta menos y el otro sin un colmillo.</p><p>El oficial de guardia los mir&#243; y neg&#243; con la cabeza.</p><p>&#8212;Hace una hora se quer&#237;an matar.</p><p>&#8212;Ahora encontraron un enemigo en com&#250;n &#8212;dijo otro polic&#237;a.</p><p>&#8212;&#191;Cu&#225;l?</p><p>&#8212;Los dentistas.</p><p>Y esta fue la historia de John Dientes. Un tipo normal, con un trabajo normal, una casa normal que algunos a&#241;os despu&#233;s logro terminar de pagarla al banco y una vida tan com&#250;n que, durante a&#241;os, el acontecimiento m&#225;s importante  fue su odio por los yanquis y por los dentistas.</p><p>Pero lo que no era normal es que su mejor amigo terminara siendo Mario S&#225;nchez, un cordob&#233;s petiso, panz&#243;n y morocho pero m&#225;s estadounidense que la mantequilla de man&#237;, el mismo que una Navidad le arranc&#243; un diente de una trompada.</p><p>Porque, a veces, las mejores amistades no nacen de tener cosas en com&#250;n. Nacen de descubrir que uno odia exactamente las mismas cosas que el otro.</p><p>Y, en ese aspecto, John Dientes y Mario S&#225;nchez ten&#237;an un enemigo en com&#250;n.</p><p>Los dentistas.</p><p>Y los dentistas estadounidenses, todav&#237;a m&#225;s. Por suerte Mario era muy buen ingeniero como para estudiar odontolog&#237;a.</p><p></p><p></p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!1a9o!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Feb4e6d28-a9c9-49af-969e-7383dbe2dd71_1254x1254.png" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!1a9o!, /__u/catular.substack.com/w_424, /__u/catular.substack.com/c_limit, /__u/catular.substack.com/f_webp, /__u/catular.substack.com/q_auto:good, /__u/catular.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Feb4e6d28-a9c9-49af-969e-7383dbe2dd71_1254x1254.png 424w, /__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!1a9o!, /__u/catular.substack.com/w_848, /__u/catular.substack.com/c_limit, 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src="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!1a9o!,w_1456,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Feb4e6d28-a9c9-49af-969e-7383dbe2dd71_1254x1254.png" width="1254" height="1254" data-attrs="{&quot;src&quot;:&quot;https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/eb4e6d28-a9c9-49af-969e-7383dbe2dd71_1254x1254.png&quot;,&quot;srcNoWatermark&quot;:null,&quot;fullscreen&quot;:null,&quot;imageSize&quot;:&quot;normal&quot;,&quot;height&quot;:1254,&quot;width&quot;:1254,&quot;resizeWidth&quot;:null,&quot;bytes&quot;:0,&quot;alt&quot;:null,&quot;title&quot;:null,&quot;type&quot;:&quot;&quot;,&quot;href&quot;:null,&quot;belowTheFold&quot;:true,&quot;topImage&quot;:false,&quot;internalRedirect&quot;:null,&quot;isProcessing&quot;:false,&quot;align&quot;:null,&quot;offset&quot;:false}" class="sizing-normal" alt="" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!1a9o!, /__u/catular.substack.com/w_424, 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sombras y en silencio a la familia que habita en Santa Helena. Que lo disfrutes&#8230;]]></description><link>https://catular.substack.com/p/los-secretos-de-santa-helena</link><guid isPermaLink="false">https://catular.substack.com/p/los-secretos-de-santa-helena</guid><dc:creator><![CDATA[Catular]]></dc:creator><pubDate>Sat, 04 Jul 2026 01:30:58 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!uzF2!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fb68d1c17-a2e5-4231-836d-2ad23e1870cc_1200x1189.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>La fiesta por el vig&#233;simo quinto aniversario de la Consultora Financiera Vallarino y Asociados hab&#237;a sido un &#233;xito. Aquella madrugada falleciente, <em>Santa Helena</em>, la residencia de la familia Vallarino, amanec&#237;a convertida en el eco desordenado de lo que hab&#237;a sido una gran celebraci&#243;n.</p><p></p><p>Sobre la alfombra del pasillo que conduc&#237;a a las habitaciones yac&#237;a un vestido rojo. Lo alz&#243; entre las manos y el peso de la tela le impact&#243;, deb&#237;an de ser las piedras bordadas con minuciosa precisi&#243;n, una por una, cosidas a mano como diminutos fragmentos que parec&#237;an chispas de fuego.</p><p></p><p>Descendi&#243; por las anchas escaleras blancas de m&#225;rmol, acariciando las barandas doradas hasta el sal&#243;n principal.</p><p></p><p>En el aire todav&#237;a flotaban a&#250;n los perfumes dulces y costosos de las damas que hab&#237;an asistido la noche anterior. Entre ellos persist&#237;a tambi&#233;n el humo denso de cigarros y habanos, que maridaban con aquellos de una forma que no le result&#243; desagradable.</p><p></p><p>Los arreglos florales comenzaban a vencerse sobre s&#237; mismos, inclinando sus tallos bajo el peso de las horas, como si tambi&#233;n ellos hubieran agotado la &#250;ltima energ&#237;a en la fiesta.</p><p></p><p>Contempl&#243; el piano de cola, imponente y antiqu&#237;simo, que se encontraba en un rinc&#243;n. Sobre su tapa descansaba una botella de whisky a&#241;ejo que brillaba bajo luces tenues que nadie se hab&#237;a molestado en apagar.</p><p>Las teclas, apenas iluminadas, parec&#237;an cansadas despu&#233;s de haber sostenido la m&#250;sica que hab&#237;a alegrado la noche. Y sigui&#243; esas notas que a&#250;n parec&#237;an sonar hasta el centro del sal&#243;n.</p><p></p><p>Emilia Vallarino, la hija menor, envuelta horas antes en aquel vestido rojo que ahora yac&#237;a abandonado a las puertas de su habitaci&#243;n, se hab&#237;a convertido en el centro inevitable de los murmullos apenas la orquesta anunci&#243; el primer baile.</p><p></p><p>El vestido le ce&#241;&#237;a el cuerpo con la precisi&#243;n de un guante hecho a medida, abrazando cada l&#237;nea de su figura esbelta con una devoci&#243;n casi cruel. Giraba junto a su padre en perfecta sinton&#237;a bajo la luz tibia de las ara&#241;as de cristal, y all&#237; donde avanzaban, las miradas los segu&#237;an, pero sobre todo a ella que parec&#237;a flotar sobre el m&#225;rmol con la liviandad de una pluma, apenas rozando el suelo, como si la m&#250;sica misma la sostuviera. Hombres y mujeres la contemplaban con una fascinaci&#243;n silenciosa, cautivados por aquella perfecci&#243;n delicada, tan precisa que resultaba casi irreal.</p><p></p><p>Lo que ninguno de ellos alcanzaba a sospechar era lo que habitaba detr&#225;s de aquella belleza impecable; el hambre feroz que lat&#237;a bajo sus costillas marcadas, la disciplina muda que le hab&#237;a ense&#241;ado a domesticar el vac&#237;o y ese sacrificio convertido un rito secreto, hasta volverlo parte de s&#237;.</p><p></p><p>Su padre le susurraba palabras de orgullo y amor al o&#237;do, pero Emilia apenas lograba o&#237;rlas. Toda su atenci&#243;n estaba librada a otra batalla, la de mantener el abdomen hundido bajo la prisi&#243;n elegante de su vestido e ignorar el vac&#237;o que le devoraba por dentro las entra&#241;as.</p><p>Y aunque danzaba y sonre&#237;a para todos, obediente al comp&#225;s, su mirada terminaba siempre desliz&#225;ndose hacia la mesa de los postres coronada por&nbsp; una cascada de chocolate espeso y caliente , derram&#225;ndose con una lentitud hipn&#243;tica que parec&#237;a llamarla por su nombre.</p><p></p><p>Emilia deseaba hundirse all&#237;, dejarse tragar por aquella dulzura oscura, desaparecer en ella. Quer&#237;a devorar chocolate hasta borrar el dolor, hasta silenciar el hambre que la atormentaba. Pero no pod&#237;a. No deb&#237;a.</p><p></p><p>En el ba&#241;o de invitados todav&#237;a quedaban manchas de sangre, varias gotas gordas y espesas que, la noche anterior, hab&#237;an sido rojas y ahora se hab&#237;an oxidado en un triste tono marr&#243;n. La mirada se detuvo all&#237; apenas un instante, lo justo para sentir el peso inc&#243;modo de lo que no encajaba. Pero no hab&#237;a tiempo para eso.</p><p></p><p>Ignacio Vallarino, el hijo mayor, hab&#237;a elegido ese mismo ba&#241;o para encerrarse a fumar marihuana durante la fiesta. Un acto peque&#241;o de rebeld&#237;a privada. Pero la puerta se abri&#243; y su padre lo encontr&#243;. El golpe lleg&#243; antes que cualquier palabra, duro, exacto, ejecutado con una frialdad violenta. Despu&#233;s vino la sangre, tibia brotando de su nariz y un serm&#243;n que escuch&#243; disociando, como si ya no estuviera del todo ah&#237;. El hijo drogadicto. La verg&#252;enza de la familia.</p><p></p><p>Ignacio fumaba marihuana a diario para soportar la crudeza de un mundo que parec&#237;a no entenderlo.</p><p></p><p>Para los invitados, Ignacio Vallarino era el heredero brillante del imperio familiar, el hijo ejemplar, destinado a continuar el legado. Cursaba con notas sobresalientes la carrera de Econom&#237;a, como su padre.</p><p>Lo que nadie sab&#237;a era que, detr&#225;s de esa sonrisa perfecta y de sus discursos precisos sobre mercados y pol&#237;tica, Ignacio llevaba otra vida paralela donde bajo un seud&#243;nimo, hab&#237;a creado una cuenta en TikTok, all&#237; tocaba la guitarra con maestr&#237;a, escrib&#237;a canciones y las cantaba para un pu&#241;ado de desconocidos que, sin saber qui&#233;n era, parec&#237;an entenderlo mejor que su propia familia.</p><p></p><p>Ah&#237;, entre acordes distorsionados y videos grabados a escondidas, Ignacio dejaba de ser un Vallarino. Ah&#237; era el due&#241;o de su vida.</p><p></p><p>Sigui&#243; recorriendo la estancia que anoche hab&#237;a albergado la diversi&#243;n de tantas almas y que ahora solo conservaba sus restos.</p><p>Atraves&#243; el sal&#243;n principal y avanz&#243; hacia la cocina. Ah&#237; el lujo terminaba. Las bandejas de plata se acumulaban unas sobre otras en las mesadas interminables. Hab&#237;a copas con marcas de labial de diferentes colores, platos apenas tocados, cubiertos sucios y botellas vac&#237;as alineadas junto a la bacha.</p><p></p><p>M&#225;s all&#225; de la cocina estaba el lavadero, oculto detr&#225;s de una puerta angosta. Entre manteles blancos manchados e incontables servilletas de telas finas, un reflejo llam&#243; su atenci&#243;n. En el piso descansaba, solitario, un aro dorado peque&#241;o, delicado, inconfundiblemente femenino.</p><p></p><p>Lo sostuvo entre los dedos, observando c&#243;mo la piedra incrustada en el oro le devolv&#237;a destellos diminutos.</p><p></p><p>Era el mismo aro que unas horas antes decoraba el joven rostro de la secretaria del anfitri&#243;n.</p><p></p><p>Le&#243;n Vallarino, el padre, era un hombre impecable. Se paseaba por la fiesta repartiendo sonrisas, tomado de la mano de su bella esposa, mientras saludaba a sus invitados con esa elegancia tranquila que solo poseen quienes est&#225;n acostumbrados a ser admirados.</p><p></p><p>Los elogios lo segu&#237;an como un s&#233;quito invisible. All&#237; todos sab&#237;an qui&#233;n era Le&#243;n, un economista brillante, arquitecto de un imperio levantado con inteligencia y ambici&#243;n, un padre ejemplar, un esposo atento, la columna perfecta de su familia, todos ellos elegantes, perfectos, inalcanzables.</p><p></p><p>Nadie all&#237; parec&#237;a notar la forma en que los ojos de Le&#243;n terminaban busc&#225;ndola siempre a ella, su secretaria, demasiado joven, demasiado viva.</p><p></p><p>Ella entr&#243; al sal&#243;n, envuelta en un vestido negro demasiado fino y elegante para alguien de su puesto. Le&#243;n la hab&#237;a recibido con un beso en la mejilla, apenas un segundo m&#225;s largo de lo permitido, un roce diminuto cargado de una intimidad que solo ellos pod&#237;an reconocer. Un gesto peque&#241;o, enterrado bajo el brillo de la fiesta, invisible para casi todos.</p><p>Llevaban a&#241;os sosteniendo aquel romance en la sombra, aliment&#225;ndolo en oficinas vac&#237;as, hoteles discretos y mensajes borrados antes del amanecer.</p><p></p><p>Cuando la fiesta alcanz&#243; ese punto exacto en que el alcohol aflojaba las risas y empujaba a todos hacia la pista, Le&#243;n la busc&#243; entre la gente y el ruido. Apenas alz&#243; una ceja. Fue suficiente para que ella lo entendiera a la perfecci&#243;n.</p><p></p><p>Primero desapareci&#243; &#233;l, con la naturalidad de quien solo se ausenta un instante. Minutos despu&#233;s, ella lo sigui&#243;, desliz&#225;ndose fuera del sal&#243;n como una sombra elegante.</p><p></p><p>Se encontraron en el lavadero, ese rinc&#243;n oscuro de la mansi&#243;n donde iban a morir las manchas, los restos y todo aquello que no deb&#237;a verse. Y all&#237; se aferraron el uno al otro con urgencia. Se amaron r&#225;pido y con desesperaci&#243;n. No hubo palabras solo respiraciones entrecortadas, gemidos sofocados por besos y caricias violentas cargadas de pasi&#243;n.</p><p></p><p>Cerr&#243; la puerta del lavadero que a&#250;n parec&#237;a contener el eco del pecado de la noche anterior y regres&#243; al sal&#243;n. All&#237;, unas luces encendidas provenientes del estudio de arte llamaron su atenci&#243;n.</p><p>Al entrar, un olor agrio a whisky viejo le golpe&#243; el rostro haciendo que arrugara la nariz. Sus zapatos esquivaban los cristales rotos desparramados sobre el piso de madera.</p><p></p><p>Varios frascos destrozados formaban un peque&#241;o cementerio de vidrio de colores sobre el piso. Los pinceles yac&#237;an abandonados entre charcos de acr&#237;lico diluido que se extend&#237;an sobre el parquet como heridas mal cerradas. La &#250;nica botella intacta descansaba vac&#237;a, volcada junto a un sill&#243;n.</p><p></p><p>El aire que se respiraba era denso, cargado de alcohol, pintura y tristeza.</p><p></p><p>Helena Vallarino, la madre, la tarde anterior caminaba por el sal&#243;n de la residencia que llevaba su nombre y con gracia fr&#237;a impart&#237;a&nbsp;&#243;rdenes a camareros y decoradores, una autoridad aprendida mucho antes de convertirse en esposa. La fiesta que esa noche deslumbraba a todos los invitados llevaba su sello en cada detalle; las flores exactas, la disposici&#243;n de las luces, el brillo impecable de la cristaler&#237;a, la m&#250;sica calculada para sostener el encanto.</p><p></p><p>Antes de portar el apellido Vallarino, Helena ya pertenec&#237;a a una de esas familias que el pa&#237;s entero pronunciaba con respeto y envidia. Hab&#237;a nacido entre dinero y poder. Y la fortuna de su sangre fue la que empuj&#243; a Le&#243;n hacia la cima del &#233;xito. Helena lo sab&#237;a.</p><p></p><p>Sab&#237;a tambi&#233;n que ciertas mujeres eran educadas no para ser felices, sino para sostener imperios con la espalda recta y la boca cerrada. Desde ni&#241;a hab&#237;a aprendido a sonre&#237;r incluso cuando lo &#250;nico que deseaba era romper algo con las manos.</p><p></p><p>Y aquella noche volvi&#243; a hacerlo. Tomada del brazo de Le&#243;n, que la exhib&#237;a por el sal&#243;n como una obra de arte valiosa, hermosa e in&#250;til, Helena sonri&#243; a cada invitado con una elegancia ensayada. Sin embargo, detr&#225;s de aquella sonrisa precisa, algo dentro suyo llevaba a&#241;os resquebraj&#225;ndose en silencio y nadie parec&#237;a notarlo.</p><p></p><p>Helena en un momento de la fiesta comenz&#243; a sentirse asfixiada por la multitud. Hab&#237;a perdido de vista a su esposo hac&#237;a varios minutos y ya no ten&#237;a energ&#237;a para sostener otra conversaci&#243;n vac&#237;a con nadie m&#225;s. As&#237; que aprovech&#243; el ruido del baile y desapareci&#243; silenciosamente hacia el &#250;nico rinc&#243;n de la mansi&#243;n que cobijaba sus penas; el estudio de pintura en donde Helena ya no pintaba.</p><p></p><p>All&#237; en soledad abri&#243; uno de los armarios y sac&#243; una botella de whisky caro, el mismo que tomaba su padre cuando era a penas una ni&#241;a, no lo sirvi&#243;, bebi&#243; directo de la botella.</p><p></p><p>El l&#237;quido ambarino le quem&#243; la garganta y sinti&#243; alivio. El vestido le apretaba el pecho, la cintura, la vida entera. Se arranc&#243; las joyas con desesperaci&#243;n y comenz&#243; a borrarse el maquillaje a manotazos bruscos, como si intentara arrancarse tambi&#233;n la m&#225;scara del personaje que interpretaba esa noche. En la intimidad de su estudio, desnuda de todo aquello que la atormentaba se quebr&#243; y rompi&#243; todo lo que encontr&#243; a su alrededor.</p><p></p><p>Los frascos de pintura estallaron contra el piso, dejando estelas de color y vidrio. Los pinceles salieron despedidos en distintas direcciones, como si tambi&#233;n ellos hubieran querido huir del estallido.</p><p></p><p>Llor&#243; hasta quedarse sin fuerzas. Y cuando ya no le qued&#243; nada por expulsar, se acurruc&#243; en un sill&#243;n y se durmi&#243;.</p><p></p><p>Fue Le&#243;n quien la encontr&#243; al finalizar la fiesta.</p><p>Entr&#243; en el estudio con la calma de quien reconoce el desastre sin sorprenderse. La observ&#243; un instante en silencio y con cuidado, la levant&#243; entre sus brazos como hab&#237;a hecho tantas otras noches. Atraves&#243; con su mujer en los brazos los pasillos silenciosos de Santa Helena, y una vez en la habitaci&#243;n la acost&#243; con ternura en la enorme cama que compart&#237;an desde hac&#237;a d&#233;cadas. La bes&#243; en la boca antes de acurrucarse a su lado. Y tambi&#233;n se durmi&#243;.</p><p></p><p>El sol comenzaba a atravesar t&#237;mido los ventanales de Santa Helena cuando cerr&#243; la puerta del estudio de arte y volvi&#243; al sal&#243;n principal. Sus ojos recorrieron los rincones del lugar, donde a&#250;n quedaba la resaca de una fiesta que hab&#237;a sido &#233;xito.</p><p></p><p>Entonces suspir&#243;. Quedaba demasiado por esconder.</p><p></p><p>En el lavadero puso en remojo el vestido rojo de Emilia. Ese maldito vestido, dos talles m&#225;s peque&#241;o, por el que la ni&#241;a llevaba meses sin comer. Record&#243; los platos intactos escondidos bajo la cama, las excusas absurdas para evitar la cena, las horas interminables de ejercicio, las ojeras cada vez m&#225;s profundas apagando su bello rostro y el sonido de las arcadas atravesando la puerta cerrada del ba&#241;o en mitad de la madrugada.</p><p></p><p>Levant&#243; del suelo las colillas de los cigarros de marihuana que Ignacio arrojaba por la ventana de su habitaci&#243;n y que siempre terminaban cayendo cerca de la entrada principal. Y mientras lo hac&#237;a, rez&#243; en silencio para que dejara de tapar con drogas aquello que realmente amaba y se animar&#225; a mostrarle al mundo ese talento que le brotaba de su alma en canciones que tantas veces hab&#237;a escuchado a trav&#233;s de las paredes de la mansi&#243;n.</p><p></p><p>Escondi&#243; lo que quedaba del whisky en el fondo del placard donde Helena guardaba las botellas, como si ocultarlas pudiera retrasar, aunque fuera un poco, la pr&#243;xima reca&#237;da.</p><p>Recogi&#243; los pinceles esparcidos por el piso y los acomod&#243; de mayor a menor. Volvi&#243; a colocar el atril blanco e impoluto en su posici&#243;n y dese&#243;, con una tristeza silenciosa, que alg&#250;n d&#237;a Helena volviera a pintar.</p><p></p><p>Puso el saco italiano de Le&#243;n a orearse cerca de la ventana, esperando que el aire borrara de la tela cualquier rastro del perfume floral de su amante. Del mismo modo en que tantas veces hab&#237;a frotado a mano los cuellos de sus camisas caras para borrarles manchas de carm&#237;n antes de que su esposa pudiera notarlas.</p><p></p><p>Herminia P&#233;rez, la mucama, cuando todo estuvo limpio y ordenado al fin, meti&#243; la mano en el bolsillo de su uniforme perfectamente planchado y tom&#243; el aro que hab&#237;a encontrado en el lavadero un rato antes.</p><p></p><p>Lo sostuvo apenas unos segundos entre sus dedos arrugados y maltratados por tantos a&#241;os de limpieza. Observ&#243; el objeto con atenci&#243;n, gir&#225;ndolo levemente bajo la luz. Oro. Y un peque&#241;o brillante que, no necesitaba mucha imaginaci&#243;n para saber que Le&#243;n lo habr&#237;a comprado para su amante.</p><p></p><p>Luego lo volvi&#243; a guardar. Como si no significara nada.</p><p></p><p>Por la tarde lo empe&#241;ar&#237;a en una peque&#241;a casa de compra y venta de joyas. Un lugar lejos de los barrios elegantes, de los salones iluminados y de los nombres pronunciados con respeto.</p><p>Un sitio donde un Vallarino jam&#225;s pondr&#237;a un pie.</p><p></p><p>Ese aro ser&#237;a su paga. Su peque&#241;a y miserable recompensa por haber sido esa noche, como tantas otras noches, la encargada de custodiar secretos que no le pertenec&#237;an</p><p></p><p></p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!uzF2!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fb68d1c17-a2e5-4231-836d-2ad23e1870cc_1200x1189.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!uzF2!, /__u/catular.substack.com/w_424, /__u/catular.substack.com/c_limit, /__u/catular.substack.com/f_webp, /__u/catular.substack.com/q_auto:good, /__u/catular.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fb68d1c17-a2e5-4231-836d-2ad23e1870cc_1200x1189.jpeg 424w, /__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!uzF2!, 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No pude elegir uno, as&#237; que tom&#233; de cada uno algo. Es un cuento oscuro, tiene misterio, fantas&#237;a y suspenso. Disfruta y espero conquistarte]]></description><link>https://catular.substack.com/p/el-simio-blanco</link><guid isPermaLink="false">https://catular.substack.com/p/el-simio-blanco</guid><dc:creator><![CDATA[Catular]]></dc:creator><pubDate>Thu, 02 Jul 2026 00:42:10 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!TZrh!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fc449d34a-6b33-4526-b0b9-0448d1a6f2ad_3024x4032.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p><br>En tierra firme, Ronan preparaba su barco para salir a navegar. Era hijo y nieto de hombres que hab&#237;an entregado la vida al oficio de la pesca, profanos del oc&#233;ano, hombres de manos curtidas que arrancaban al mar sus secretos con redes pesadas y paciencia feroz.</p><p>Pero Ronan hered&#243; algo m&#225;s que el oficio de pescador, guardaba como un tesoro el diario de su abuelo una libreta vieja, gastada por la sal y los a&#241;os, donde cada traves&#237;a hab&#237;a quedado escrita junto a misterios que ning&#250;n mundano pod&#237;a explicar.</p><p></p><p>Entre sus p&#225;ginas viv&#237;a la historia que lo hab&#237;a condenado. Su abuelo contaba que una noche, en la lejan&#237;a gris del horizonte, vi&#243; a una foca desprenderse de su piel como quien abandona un vestido antiguo, y bajo ella apareci&#243; una mujer de belleza impresionante, una sirena pero distinta. Desnuda, danz&#243; sobre una roca blanca, libre como la espuma, con el viento enredado en el cabello y la luna brillando sobre su piel.</p><p></p><p>Su abuelo la observ&#243; desde lejos y dibuj&#243; cada gesto en aquel diario. Y desde entonces qued&#243; perdido. La busc&#243; hasta gastar la vida. Volvi&#243; a navegar las mismas costas una y otra vez, persiguiendo el recuerdo de aquella aparici&#243;n. Pero jam&#225;s volvi&#243; a verla.</p><p></p><p>Ronan, a diferencia de su padre, jam&#225;s crey&#243; que su abuelo hubiera estado loco. Mientras su padre hablaba de aquellas p&#225;ginas como delirio de un viejo consumido por la soledad del mar, Ronan ve&#237;a en ellas una verdad. Una verdad salvaje, imposible, pero cierta.</p><p></p><p>Sab&#237;a con esa fe ciega que solo nace de la obsesi&#243;n que todo lo escrito en aquel diario hab&#237;a sucedido. Que aquella mujer foca hab&#237;a existido. Que hab&#237;a danzado desnuda bajo la luna sobre una roca blanca, y que su abuelo la hab&#237;a visto. Y esa certeza creci&#243; con &#233;l como un anzuelo clavado en el coraz&#243;n. As&#237;, lo que para su familia era simplemente el oficio de generaciones, para Ronan se convirti&#243; en algo m&#225;s.</p><p></p><p>Cada salida al mar era trabajo pero tambi&#233;n era b&#250;squeda. Una persecuci&#243;n silenciosa.</p><p>Mientras arrojaba redes y recog&#237;a peces, sus ojos recorr&#237;an las costas, las islas desiertas, las piedras ba&#241;adas por la marea, esperando ver lo imposible.</p><p></p><p>Con los a&#241;os ley&#243; todo cuanto pudo encontrar.</p><p>Libros antiguos, leyendas celtas, cuentos de marineros y textos prohibidos donde aparec&#237;a siempre el mismo nombre &#8220;Las selkies o mujeres foca&#8221;.</p><p></p><p>Eran criaturas del mar, que cuando la luna alzaba llena las mareas hasta volver extraordinaria la calma del oc&#233;ano, pod&#237;an desprenderse de su piel y tomar forma humana. Ronan estudi&#243; cada detalle con devoci&#243;n enfermiza. Aprendi&#243; que la piel era m&#225;s que un abrigo y que si un hombre lograba ocultarla antes de que la selkie pudiera recuperarla, ella quedar&#237;a atrapada. Condenada a permanecer en tierra. Condenada a seguirlo. Algunos relatos hablaban de amor, otros de esclavitud. La mayor&#237;a terminaban en tragedia.</p><p>Pero Ronan nunca se detuvo en esas partes.</p><p></p><p>Solo hab&#237;a una idea que ard&#237;a en su cabeza como fiebre, capturar una. Ver con sus propios ojos aquello que hab&#237;a perseguido su abuelo. Poseer la prueba o quiz&#225;, en lo m&#225;s oscuro de s&#237; mismo, poseer a la criatura.</p><p></p><p>Nessa era una hermosa joven Selkie, y con la llegada de la adultez hab&#237;a aprendido a mudar su piel. Pero aquella magia ten&#237;a un precio. Lejos de su manto, una selkie comenzaba a olvidar. Cu&#225;nto m&#225;s se alejaba m&#225;s olvidaba, primero el sonido del oleaje, luego el idioma de la marea, y despu&#233;s su propio nombre.</p><p></p><p>Es por eso que las m&#225;s j&#243;venes eran las m&#225;s vulnerables. Las focas viejas instru&#237;an a las j&#243;venes con paciencia ancestral les ense&#241;aban a reconocer el camino de regreso, a escuchar el llamado del mar incluso dentro de un cuerpo humano, y a no apartarse demasiado de donde escond&#237;an su piel. Porque sin ella no hab&#237;a regreso.</p><p></p><p>En la manada corr&#237;an historias antiguas como las mareas. Algunas hablaban de hermanas que se hab&#237;an enamorado de piratas y hab&#237;an elegido la tierra antes que el mar. Otras contaban destinos m&#225;s crueles pieles robadas, cuerpos cautivos, vidas enteras atrapadas entre hombres, que no regresaron jam&#225;s.</p><p>Por eso, desde peque&#241;as, aprend&#237;an a mantenerse lejos de los humanos y transformarse solo cuando el mar lo exigiera.</p><p></p><p>Nessa era una foca rebelde, la hija menor del l&#237;der de la colonia que habitaba. Hab&#237;a crecido entre corrientes bravas, aprendiendo a esquivar tiburones, a burlar orcas y a re&#237;rse en la cara del peligro como si el mar mismo la hubiera parido para desafiarlo. Desde peque&#241;a llevaba en la sangre una inquietud salvaje, un hambre de mundo que ni las aguas m&#225;s hondas pod&#237;an contener. Y cuando aprendi&#243; a mudar la piel, el universo entero se abri&#243; ante ella.</p><p></p><p>Mientras sus hermanas usaban sus cuerpos humanos para danzar sobre la arena, calentarse lejos del hielo del oc&#233;ano o entregarse al breve placer de tierra firmes inhabitables. Nessa eleg&#237;a otra clase de libertad.</p><p></p><p>Ella usaba su poder para cazar. Se deslizaba entre la niebla como una aparici&#243;n, trepaba convertida en mujer desnuda a los barcos pesqueros bajo la sombra de la noche y robaba sus redes rebosantes de peces plateados, arranc&#225;ndoselas a los hombres para luego regresar triunfante y ofrecer festines a su colonia. Le divert&#237;a el peligro.</p><p></p><p>Y aunque los ancianos le advert&#237;an que los hombres eran m&#225;s crueles que cualquier bestia del oc&#233;ano, Nessa jam&#225;s escuchaba. Porque para ella, el miedo era apenas otra ola que aprender a atravesar.</p><p></p><p>Fue una noche de luna llena, cuando la plata del cielo comenzaba a derramarse sobre las olas, que Nessa supo que podr&#237;a cazar.</p><p>Los d&#237;as anteriores hab&#237;a avistado un barco viejo, ajado por el tiempo, anclado a unas millas de donde dorm&#237;a su clan.</p><p>A esas alturas, pens&#243; que sus redes, deb&#237;an estar cargadas de peces. Y gracias a ella esa noche la manada comer&#237;a bien.</p><p></p><p>Conoc&#237;a bien aquel ritual. Busc&#243; la cueva de piedras blancas, escondida entre acantilados donde el mar rug&#237;a bajo pero jam&#225;s entraba. All&#237; mudar&#237;a su piel, desprendi&#233;ndola con el cuidado de quien abandona un secreto. Ese era su santuario y custodiar&#237;a su manto mientras ella caminaba con piernas prestadas.</p><p></p><p>Despu&#233;s, con su forma humana, nadar&#237;a hasta la barcaza. Porque esa versi&#243;n de mujer &#225;gil, silenciosa, peque&#241;a, le permit&#237;a colarse donde una foca jam&#225;s podr&#237;a. Y Nessa conoc&#237;a bien a los marineros, sab&#237;a que a esas horas dormir&#237;an desparramados sobre la madera h&#250;meda, vencidos por el cansancio y el vodka barato, roncando como bestias torpes mientras el mar segu&#237;a trabajando por ellos.</p><p></p><p>Entonces ella se aprovechar&#237;a de su torpeza, liberar&#237;a con sus manos r&#225;pidas la red dormida en el fondo oscuro, atrapada bajo el peso del agua llena de peces&nbsp; y despu&#233;s la arrastrar&#237;a mar adentro, hacia su clan, como trofeo.</p><p></p><p>Un regalo para su pueblo. Una burla para los hombres. Porque Nessa, hija menor del rey de las focas grises, hab&#237;a aprendido desde peque&#241;a que el oc&#233;ano no le pertenec&#237;a a los pescadores. Y robarle a los ladrones nunca hab&#237;a sido pecado.</p><p></p><p>Lo que Nessa no sab&#237;a era que unos ojos la observaban. Y era los mismos ojos que la hab&#237;an observado durante semanas.</p><p>La hab&#237;an seguido entre las olas, aprendiendo sus rutas, sus h&#225;bitos, el lugar exacto donde descansaba con su clan y sobre todo la cueva a la que recurr&#237;a con un especial &#233;nfasis.</p><p></p><p>Los ojos de Ronan. Ardientes de deseo y certeza. Convencido de que aquella luna llena le dar&#237;a al fin la prueba que hab&#237;a perseguido toda su vida, hab&#237;a dejado su vieja embarcaci&#243;n anclada mar adentro, con las redes hundidas y cargadas como un se&#241;uelo. Sin capit&#225;n. Esper&#225;ndola.</p><p></p><p>Sab&#237;a que una criatura como ella no podr&#237;a resistirse. Mientras tanto, oculto entre las sombras de la costa a la que hab&#237;a llegado en una peque&#241;a balsa y aguardaba inm&#243;vil entre las piedras, con el coraz&#243;n lati&#233;ndole tan fuerte que tem&#237;a que pudiera o&#237;rlo.</p><p></p><p>Ten&#237;a las manos h&#250;medas por la ansiedad. Y cuando vio a Nessa desprenderse de su piel, tal como hab&#237;a sido escrito d&#233;cadas atr&#225;s, el aire se le ator&#243; en el pecho. Era real.</p><p></p><p>Una mujer hermosa de piel oscura emergi&#243; de entre los cueros. Su cabello largo y negro ca&#237;a pesado sobre la espalda, empapado, ondulando como algas vivas pegadas a su cuerpo.</p><p></p><p>Ronan sinti&#243; el picor feroz en las manos un impulso salvaje, solo deb&#237;a esperar a que ella se alejara y entonces la tendr&#237;a. No a ella sino a aquello que la ataba al mar. Su piel.</p><p></p><p>Cuando la mujer emprendi&#243; aquel nado r&#225;pido e inhumano hacia el barco, Ronan no dud&#243;.</p><p>Sali&#243; de su escondite como un animal hambriento. Tom&#243; la piel todav&#237;a tibia y resbaladiza y la embuti&#243; dentro de una vieja maleta de cuero que cerr&#243; con manos temblorosas.</p><p></p><p>No mir&#243; atr&#225;s. Se lanz&#243; a la peque&#241;a balsa que lo hab&#237;a llevado hasta aquella orilla y rem&#243; en direcci&#243;n contraria a su barco, huyendo como un ladr&#243;n. Rem&#243; durante un d&#237;a entero.</p><p>Pod&#237;a jurar que incluso dentro de la maleta la piel segu&#237;a viva. Que se retorc&#237;a, que respiraba, que a veces emit&#237;a un leve gemido.</p><p></p><p>Cuando al fin lleg&#243; a la isla donde viv&#237;a, arrastr&#243; la maleta hasta su casa y all&#237; en la intimidad de la soledad la abri&#243; . El hedor lo golpe&#243; primero, algo animal, espeso golpe&#243; su rostro haciendo que sus fosas nasales aletearan.</p><p></p><p>Meti&#243; las manos. La toc&#243;, la piel segu&#237;a h&#250;meda, viscosa en algunas partes, fr&#237;a en otras, como carne reci&#233;n arrancada. Sus dedos &#225;speros recorrieron las costuras naturales del cuero, las cicatrices, la grasa pegada a la superficie.</p><p></p><p>Sinti&#243; un estremecimiento oscuro atravesarle el cuerpo. La acerc&#243; m&#225;s a su rostro y entonces pas&#243; la lengua por una de sus grietas saladas, prob&#225;ndola.</p><p></p><p>El deseo lo golpe&#243; de repente, brutal e involuntario. Una erecci&#243;n dura empuj&#243; contra sus pantalones sucios y lo sorprendi&#243;. Hab&#237;a algo obsceno en aquello y por un instante quiso seguir toc&#225;ndola.</p><p></p><p>Con un esfuerzo casi doloroso cerr&#243; la maleta de golpe y la arrastr&#243; hasta el patio trasero de su casa. All&#237; cav&#243; un pozo y la enterr&#243; bajo tierra, como quien esconde un pecado, o un tesoro.</p><p></p><p>Fue reci&#233;n al d&#237;a siguiente que volvi&#243; a tomar la balsa. Hab&#237;a pasado la noche despierto, con la imagen de aquella mujer clavada detr&#225;s de los ojos, ahora le pertenec&#237;a. O eso era lo que las leyendas dec&#237;an. Si &#233;l ten&#237;a su piel, ella no podr&#237;a volver a ser foca. No podr&#237;a regresar al mar.</p><p></p><p>Y sin el mar, tarde o temprano, estar&#237;a perdida esper&#225;ndolo en el mismo lugar donde &#233;l la hab&#237;a despojado de s&#237; misma.</p><p></p><p>Mientras remaba en su balsa de regreso hacia su viejo barco pesquero, Ronan divis&#243; varias de sus redes vac&#237;as, balance&#225;ndose como cad&#225;veres en la marea. Sonri&#243;. Hab&#237;a estado all&#237; y hab&#237;a mordido el anzuelo.</p><p></p><p>Subi&#243; a la embarcaci&#243;n con rapidez, pero no encontr&#243; a la mujer que sus ojos hab&#237;an visto la noche anterior. Entonces tom&#243; el largavistas heredado de su abuelo, aquel mismo con el que durante tantas noches hab&#237;a escudri&#241;ado horizontes vac&#237;os persiguiendo fantasmas.</p><p></p><p>Apunt&#243; hacia la costa donde estaba la cueva de piedras blancas. Y all&#237; la vi&#243;, caminando en c&#237;rculos como un animal herido, con el cabello pegado al cuerpo y la mirada perdida en el mar</p><p></p><p>Ronan sinti&#243; el pulso golpearle con violencia en las sienes. Era ella. Sin dudarlo, levant&#243; el ancla y desclav&#243; el barco de las aguas quietas. El casco cruji&#243; al girar, naveg&#243; directo hacia su encuentro, como quien por fin alcanza aquello que hab&#237;a perseguido toda una vida.</p><p></p><p>Nessa llevaba dos d&#237;as girando alrededor de aquellas piedras blancas, buscando su piel.</p><p>Ten&#237;a las manos abiertas y sangrantes de tanto escarbar entre moluscos aferrados a la roca, con las u&#241;as rotas, llenas de arena y sal.</p><p></p><p>Una y otra vez se sumerg&#237;a en el agua helada, convencida de que la marea pod&#237;a haber arrastrado su piel mar adentro. Pero nunca estaba.</p><p></p><p>El cuerpo de mujer era in&#250;til para aquello, era fr&#225;gil y tembloroso. El fr&#237;o le mord&#237;a los huesos cada vez que sal&#237;a del agua, y la piel se le volv&#237;a azul bajo el viento. As&#237; que alternaba entre nados cortos y largas esperas sobre la piedra, encogida sobre s&#237; misma, intentando conservar algo de calor.</p><p></p><p>Intentando conservar algo de s&#237;. Repet&#237;a su nombre en su mente como un rezo, Nessa. Porque sab&#237;a lo que ocurr&#237;a, las viejas del clan se lo advert&#237;an desde cachorra, lejos de la piel, lejos del mar, los recuerdos comenzaban a pudrirse.</p><p></p><p>Y con el paso de las horas, su nombre empez&#243; a sonar extra&#241;o dentro de su propia cabeza. Ya no sab&#237;a qui&#233;n era, ni d&#243;nde estaba, ni qu&#233; buscaba con tanta desesperaci&#243;n.</p><p></p><p>Cuando Ronan lleg&#243; a la costa, no esper&#243; salt&#243; del barco al agua helada sin importarle empaparse y avanz&#243; torpemente entre las piedras hasta alcanzarla.</p><p></p><p>Nessa lo vi&#243; venir y el miedo le atraves&#243; el cuerpo antes de comprender por qu&#233;. Retrocedi&#243; de inmediato y le mostr&#243; los dientes. De su garganta brotaron sonidos &#225;speros, guturales que a Ronan le helaron la sangre porque sonaban exactamente como el llamado de una foca herida. No eran palabras.</p><p></p><p>Ronan alz&#243; las manos, intentando parecer inofensivo, bajando la postura como har&#237;a con un animal asustado. Le habl&#243; despacio, con voz baja, como si eso pudiera borrar lo que hab&#237;a hecho. Pero Nessa segu&#237;a resisti&#233;ndose, lista para huir y aun as&#237; no corr&#237;a, no porque confiara en &#233;l sino porque no sab&#237;a hacia d&#243;nde hacerlo. El mar ya no la reconoc&#237;a y la tierra le era ajena.</p><p></p><p>A Ronan no le qued&#243; otra que amarrarla con una soga para subirla al barco. La at&#243; de las mu&#241;ecas y la arrastr&#243; con cuidado bruto sobre la madera h&#250;meda mientras ella se retorc&#237;a, lanzando esos sonidos &#225;speros e incomprensibles. Ahora deb&#237;a llevarla a casa, ense&#241;arle a vivir en tierra, ense&#241;arle a obedecer, y quiz&#225;, con el tiempo, convertirla en su mujer.</p><p></p><p>Una vez en la casa, Ronan la encerr&#243; en el s&#243;tano y le encaden&#243; una pierna a la pared de piedra con un viejo grillete oxidado. Hab&#237;a preparado aquel lugar a&#241;os atr&#225;s, mucho antes de encontrarla. Durante noches enteras hab&#237;a imaginado ese momento, pero ahora que la ten&#237;a delante, desnuda y salvaje, le costaba creer que fuera real.</p><p></p><p>En una jaula oxidada, colgada en un rinc&#243;n alto del s&#243;tano, un peque&#241;o mono albino que hab&#237;a comprado a&#241;os atr&#225;s en el puerto a un barco chino gritaba y se aferraba a los barrotes mezclando el sonido agudo y constante de sus chillidos con los gritos guturales de la mujer.</p><p>Ronan lo observ&#243; apenas un instante, sin detenerse demasiado en &#233;l, y pens&#243; con una extra&#241;a calma que ya no estar&#237;a solo all&#237; abajo, al menos hasta que ella aprendiera a comportarse.</p><p></p><p>Intent&#243; alimentarla desde el primer d&#237;a. Le llev&#243; pan duro, trozos de carne cocida y agua limpia, pero ella no prob&#243; nada. Permanec&#237;a encogida en un rinc&#243;n, observ&#225;ndolo con esos ojos oscuros llenos de miedo y rabia, mostrando los dientes cada vez que &#233;l se acercaba demasiado. Los d&#237;as pasaron y su cuerpo comenz&#243; a cambia los p&#243;mulos se marcaron, las costillas se hicieron visibles y la piel perdi&#243; ese brillo h&#250;medo que hab&#237;a tra&#237;do del mar. Ronan empez&#243; a preocuparse, no por compasi&#243;n, sino por temor a que muriera.</p><p></p><p>Fue varios d&#237;as despu&#233;s, al volver de trabajar, cuando descubri&#243; qu&#233; era lo &#250;nico que ella reconoc&#237;a como alimento. Hab&#237;a pasado toda la tarde fileteando peces y todav&#237;a llevaba las manos impregnadas de sangre, grasa y ese olor tan habitual. Cuando baj&#243; al s&#243;tano para darle agua, ella se qued&#243; inm&#243;vil por primera vez y alz&#243; la cabeza, olfateando el aire con una atenci&#243;n feroz. Entonces se acerc&#243; lentamente, arrastrando la cadena, y hundi&#243; el rostro en sus manos con desesperaci&#243;n.</p><p></p><p>Lamiendo entre sus dedos, arrancaba con la lengua cada resto de pescado que encontraba. Ronan sinti&#243; c&#243;mo ese gesto, tan animal y tan &#237;ntimo a la vez, le revolv&#237;a algo oscuro adentro.</p><p>Movido por ese deseo extra&#241;o que lo ven&#237;a persiguiendo desde la noche en que la vio mudar la piel, estir&#243; la mano y trat&#243; de tocarle el pecho. La ropa que le hab&#237;a llevado segu&#237;a hecha trizas por el suelo, destrozada porque ella no comprend&#237;a su uso ni soportaba el peso de nada sobre la piel. Apenas sus dedos la rozaron, ella reaccion&#243; clav&#225;ndole los dientes en la mu&#241;eca con una violencia que le arranc&#243; un grito.</p><p></p><p>Ronan se apart&#243; maldiciendo, con la sangre escurri&#233;ndole hasta el codo, pero la vio seguir olfateando su mano herida con la misma necesidad que antes, como si el olor a pescado siguiera all&#237; mezclado ahora con su sangre. Entonces, en lugar de apartarse, volvi&#243; a acercarle la mano sucia y ella la tom&#243; otra vez entre los labios, succionando cada resto.</p><p>Ronan observ&#243; aquella escena con la respiraci&#243;n agitada y calm&#243; su deseo masturb&#225;ndose.</p><p></p><p>Al d&#237;a siguiente, Ronan sinti&#243; algo parecido a la culpa, aunque enseguida se convenci&#243; de que ella no hab&#237;a entendido nada de lo que hab&#237;a ocurrido. Para compensarlo, le llev&#243; filetes de merluza frescos que ella devor&#243; sin respirar.</p><p></p><p>Los d&#237;as pasaron y se volvieron semanas. La mujer no aprendi&#243; a hablar, no respondi&#243; a los intentos de contacto, no acept&#243; la ropa que Ronan dejaba junto a ella. La destrozaba o la ignoraba, dependiendo del momento. Pasaba largos ratos quieta, observando a trav&#233;s de una&nbsp; ventana algo peque&#241;a que ten&#237;a el s&#243;tano, siempre en la misma direcci&#243;n, como si algo la llamara desde afuera. Ronan not&#243; que no era simple inquietud ni azar, su atenci&#243;n se fijaba siempre en el mismo punto, hacia la zona donde &#233;l hab&#237;a enterrado la piel, como si entre ambas cosas existiera una conexi&#243;n invisible.</p><p></p><p>Cuando Nessa fijaba la mirada en aquel mismo punto, empezaba a gritar. No era un grito humano ni reconocible del todo, era un sonido agudo, casi animal, como el de un cachorro herido atrapado en alg&#250;n lugar demasiado profundo. A ese ruido se le sumaban los gritos del mono albino que desde la jaula, le respond&#237;a con una desesperaci&#243;n nerviosa, golpeando los barrotes como si pudiera escapar de lo que estaba ocurriendo debajo. El conjunto de sonidos llenaba la casa y con el tiempo, empez&#243; a corroer la mente de Ronan.</p><p></p><p>No sab&#237;a si lo que lo volv&#237;a loco era el ruido constante o la incapacidad de ella de adaptarse a &#233;l, de reconocerlo y de amarlo.</p><p></p><p>Los d&#237;as se volvieron cada vez m&#225;s densos. Hab&#237;a momentos en los que bajaba al s&#243;tano sin control, dominado por una mezcla confusa de deseo, ira y obsesi&#243;n, y se quedaba mir&#225;ndola en silencio demasiado tiempo, hasta que el aire se volv&#237;a insoportable. A veces, incapaz de ordenar lo que sent&#237;a, terminaba descargando sobre ella esa tensi&#243;n obscena de formas que despu&#233;s no quer&#237;a pensar. Otras veces se quedaba quieto, observ&#225;ndola como si ella pudiera darle respuestas a sus problemas.</p><p></p><p>Tambi&#233;n hab&#237;a d&#237;as en los que la culpa lo deten&#237;a. Bajaba con comida mejor, salmones frescos que eleg&#237;a entre sus redes, y los dejaba cerca de ella como una tregua torpe entre dos criaturas que no hablaban el mismo lenguaje.</p><p></p><p>Pero nada de eso alcanzaba.</p><p></p><p>Fue una noche, mientras intentaba ba&#241;arla porque el olor acumulado en el s&#243;tano ya era insoportable, cuando todo se quebr&#243;.</p><p>La mujer reaccion&#243; a su tacto con una violencia instintiva, mordiendo uno de esos dedos y arranc&#225;ndole una falange que mastic&#243; frente a &#233;l. El dolor fue inmediato y brutal. En ese mismo instante el mono empez&#243; a gritar desde su jaula, golpeando los barrotes con m&#225;s furia que nunca, como si todo el lugar estuviera vivo y pudri&#233;ndose al mismo tiempo.</p><p></p><p>La reacci&#243;n de Ronan fue r&#225;pida, desbordada. La furia lo tom&#243; sin pensar, se arranc&#243; el cint&#243; de cuero y descarg&#243; todo el enojo contenido de meses contra ella. El s&#243;tano se llen&#243; de golpes, de ruido, de caos, hasta que el cansancio lo oblig&#243; a detenerse.</p><p></p><p>Antes de irse de aquel lugar que ahora le asqueaba descarg&#243; lo &#250;ltimo que quedaba de su frustraci&#243;n sobre la jaula del mono blanco, sacudi&#233;ndola con violencia lo que hizo que caiga al piso, all&#237; la pate&#243; unas cuantas veces&nbsp; hasta que el monito qued&#243; reducido a un temblor de miedo y en silencio.</p><p></p><p>La mujer se arrastr&#243;, golpeada, sucia y con el cuerpo a&#250;n temblando de dolor hasta donde la jaula del mono descansaba torcida. La cadena que le sujetaba el tobillo apenas le alcanzaba para moverse, pero le permiti&#243; acercarse lo suficiente como para apoyarse y arrastrar el objeto hacia s&#237;.</p><p></p><p>El mono la observaba en silencio desde dentro. Ya no gritaba. Sus ojos, grandes y atentos, segu&#237;an cada uno de sus movimientos con una calma extra&#241;a. No parec&#237;a verla como una amenaza, sino como una presencia m&#225;s dentro de aquella prisi&#243;n.</p><p></p><p>La mujer acerc&#243; los dedos a la jaula y la toc&#243; con cuidado, sintiendo el fr&#237;o del metal. La estudi&#243; durante unos segundos, inclinando la cabeza, con una curiosidad infantil. Entonces, sin demasiada reflexi&#243;n, movi&#243; la traba con una precisi&#243;n inesperada. La pieza cedi&#243; con un peque&#241;o sonido seco y la puerta se abri&#243;.</p><p></p><p>El mono permaneci&#243; quieto un instante, mir&#225;ndola, como si no terminara de creerlo. Y con movimientos cautelosos, acerc&#225;ndose a la abertura sin dejar de observarla de a poquito sali&#243;.</p><p></p><p>Su peque&#241;o cuerpo comenz&#243; a moverse con una curiosidad desordenada por el s&#243;tano, inspeccionando cada rinc&#243;n. Derram&#243; agua de un cuenco, prob&#243; restos de comida olvidada, trep&#243; a un mueble alto con una agilidad nerviosa, y fue all&#237;, entre objetos acumulados, donde algo cay&#243; al suelo con un sonido seco una llave y no cualquiera, era la llave del grillete que ten&#237;a atada a esa mujer al muro.</p><p></p><p>El mono descendi&#243; con cautela y la empuj&#243; hacia la mujer hasta dejarla junto a la cadena que la reten&#237;a a la pared. Luego se apart&#243; de inmediato, regresando a lo alto del mueble, observando en silencio como si su parte en aquello ya estuviera cumplida.</p><p></p><p>Ella tard&#243; varios minutos en entender lo que ten&#237;a delante. Hab&#237;a visto aquella cerradura tantas veces que su mente la reconoc&#237;a como parte de su cuerpo. Cuando por fin introdujo la llave y el metal cedi&#243; con un clic.</p><p></p><p>El aire del s&#243;tano le pareci&#243; demasiado peque&#241;o. Demasiado humano. No dud&#243; demasiado. No pens&#243; en nada que pudiera sostenerla all&#237; abajo. Simplemente se lanz&#243; hacia la ventana, rompi&#233;ndola con el cuerpo, sin medir el dolor ni las heridas.</p><p></p><p>Corri&#243; con sus piernas in&#250;tiles del encierro por el jard&#237;n hacia eso que no sab&#237;a bien que era pero que la llamaba desde hac&#237;a meses con una fuerza imposible de ignorar.</p><p>Cay&#243; de rodillas y comenz&#243; a escarbar con desesperaci&#243;n, hundiendo las manos en el suelo h&#250;medo dejando en ello varias de sus u&#241;as, hasta que por fin encontr&#243; la maleta. La abri&#243; con los dientes y las manos, arrancando la tierra, rasgando la tela y todo lo que la separaba de aquello.</p><p></p><p>Y entonces la vi&#243;. Su piel.</p><p></p><p>El recuerdo volvi&#243; como una ola silenciosa, no como pensamiento sino como algo que siempre hab&#237;a estado ah&#237;, esperando. Las l&#225;grimas le corrieron por el rostro y su sabor salado le devolvi&#243; el mar antes de que pudiera nombrarlo.</p><p></p><p>Sin dudarlo, se envolvi&#243; en su manto. Y como si el cuerpo recordara antes que la mente. Las piernas dejaron de ser carga, la forma humana se disolvi&#243; en algo m&#225;s antiguo, m&#225;s verdadero, y el oc&#233;ano, que hasta entonces hab&#237;a sido solo un llamado lejano, se convirti&#243; en una certeza absoluta.</p><p></p><p>Nessa. Su nombre era Nessa. Y lo grit&#243; en un aullido antes de dejar que su cuerpo terminara de recordar lo que era.</p><p></p><p>Se arrastr&#243; hacia la costa, que estaba a apenas unos metros, sintiendo c&#243;mo cada impulso la acercaba al mar. Detr&#225;s de ella, Ronan la segu&#237;a&nbsp; porque hab&#237;a escuchado su voz quebrarse en ese sonido que ya no era humano, y corri&#243; tras ella sin entender del todo que estaba perdi&#233;ndola. Los pasos pesados de &#233;l golpeaban la arena h&#250;meda, mezcl&#225;ndose con el chapoteo del cuerpo de ella acerc&#225;ndose al borde del agua.</p><p></p><p>Pero el mar lo hab&#237;a visto antes. Y el mar no olvida.</p><p></p><p>El viento cambi&#243; de direcci&#243;n con una brusquedad helada, levantando la superficie del oc&#233;ano como si algo inmenso respirara desde adentro. La marea avanz&#243; con una fuerza imposible, cerr&#225;ndose sobre la orilla en un movimiento que no parec&#237;a natural, sino intencional, como si el agua misma estuviera extendiendo los brazos para alcanzarla.</p><p></p><p>Nessa sinti&#243; el agua envolverle el cuerpo y en ese instante el mundo dej&#243; de ser tierra.</p><p>Nessa nad&#243; tanto como crey&#243; conveniente para estar a salvo, y luego se anim&#243; a mirar atr&#225;s, una &#250;nica vez.</p><p></p><p>El mar hab&#237;a levantado su espuma, congel&#225;ndola en el aire con forma de picos de hielo, flechas blancas que parec&#237;an brotar del oc&#233;ano mismo, como si el agua hubiera decidido endurecerse para marcar un l&#237;mite entre dos mundos.</p><p></p><p>Uno de esos picos atraves&#243; el coraz&#243;n podrido de Ronan, que a&#250;n temblaba agonizante sobre aquel hielo.</p><p></p><p>Nessa cerr&#243; sus ojos con fuerza y se perdi&#243; en el agua. Y aunque la luna llena lo quisiera jam&#225;s volver&#237;a a mudar su piel.</p><p></p><p>Y eso cuentan a&#250;n las leyendas, no te metas nunca con una selkie, porque ellas son las hijas antiguas de la marea, hechas de memoria salada y nombre que solo el oc&#233;ano sabe pronunciar.</p><p></p><p>El agua siempre las recuerda primero. Y lo que el mar recuerda, siempre pero siempre vuelve a buscarlo. </p><p></p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!TZrh!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fc449d34a-6b33-4526-b0b9-0448d1a6f2ad_3024x4032.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!TZrh!, /__u/catular.substack.com/w_424, /__u/catular.substack.com/c_limit, /__u/catular.substack.com/f_webp, /__u/catular.substack.com/q_auto:good, /__u/catular.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fc449d34a-6b33-4526-b0b9-0448d1a6f2ad_3024x4032.jpeg 424w, /__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!TZrh!, /__u/catular.substack.com/w_848, /__u/catular.substack.com/c_limit, 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Espero que te diviertas tanto como yo mientras lo escrib&#237;a.]]></description><link>https://catular.substack.com/p/los-amantes</link><guid isPermaLink="false">https://catular.substack.com/p/los-amantes</guid><dc:creator><![CDATA[Catular]]></dc:creator><pubDate>Mon, 29 Jun 2026 00:03:31 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!Edxu!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F5c9cac80-8fb9-4d04-943c-c98ed058cce5_1412x1114.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p><br>Se acercaba la fecha donde la &#250;ltima promoci&#243;n que egres&#243; del Liceo Naval Militar Capit&#225;n de Fragata Carlos Mar&#237;a Moyano, en Necochea se reun&#237;a para celebrar su aniversario.</p><p></p><p>En 1996 el colegio cerr&#243; por falta de presupuesto y ellos fueron los &#250;ltimos en abandonar aquellas aulas fr&#237;as que ol&#237;an transpiraci&#243;n, cera de botas y humedad. Los &#250;ltimos cadetes en formar en el patio bajo el viento helado que ven&#237;a del mar. Los &#250;ltimos en escuchar el eco de los rifles pesados golpeando los cuerpos r&#237;gidos de los oficiales a cargo de la instituci&#243;n.</p><p></p><p>No eran solo alumnos terminando una etapa, eran el final de una historia. Y para Miguel eso estaba bien.</p><p></p><p>Miguel a sus casi cincuenta no era ingeniero, piloto, m&#233;dico, abogado ni politico como tantos de sus compa&#241;eros. El era pintor, y uno muy bueno.</p><p></p><p>Sali&#243; de ese colegio y de Necochea con el pelo rapado, un par de billetes arrugados en el bolsillo y una t&#237;a que lo esperaba en la Capital.</p><p></p><p>All&#237; se anot&#243; a una carrera de esas que para la sociedad son bien vistas, pero a penas su padre muri&#243; de cancer Miguel se cambio a Bellas Artes, siempre hab&#237;a querido ser pintor, dibujaba a escondidas del mundo y as&#237; calmaba su mente. Se dej&#243; el pelo largo, tomo clases de teatro e inspirado por la gente que lo rodeaba empez&#243; a explorar su sexualidad. En sus primeros a&#241;os se presentaba como bisexual, pero &#191;a qui&#233;n quer&#237;a enga&#241;ar? Si la &#250;nica mujer que hab&#237;a tocado era una prostituta colombiana en un cabaret, al que su padre lo llev&#243; a debutar despu&#233;s de encontrarlo prob&#225;ndose a escondidas, un labial de su madre. Era gay de pies a cabeza. Y all&#237; en esa gran ciudad donde nadie lo conoc&#237;a aprendi&#243; a ser libre.</p><p></p><p>Miguel no tard&#243; mucho en empezar a vender sus obras, era realmente bueno. Siendo muy joven hab&#237;a alcanzado lo que todo artista sue&#241;a y expon&#237;a en galer&#237;as conocidas de Buenos Aires. Vend&#237;a cuadros en d&#243;lares que se iban perfectamente embalados en barco a diferentes ciudades del mundo.</p><p></p><p>Era exitoso, un pintor reconocido y estaba en pareja hace a&#241;os con el due&#241;o de una galer&#237;a de arte en Palermo. Ten&#237;an un caniche, un piso y all&#237; en la ciudad que abraza al mundo entero en su diversidad eran ser felices.</p><p></p><p>En cambio a Claudio, su ex compa&#241;ero le hab&#237;a costado todo en la vida, lo hab&#237;a criado su abuela con much&#237;simo esfuerzo, su madre se hab&#237;a suicidado despu&#233;s de una larga depresi&#243;n y su padre hab&#237;a muerto cuando a penas era un beb&#233;. Pero aquel apellido lo hizo acceder a peque&#241;os privilegios.</p><p></p><p>La educaci&#243;n militar hab&#237;a dejado en la vida de Claudio algunas cosas interesantes. La disciplina que le ense&#241;aron all&#237; le hab&#237;a servido para pelear incansablemente por cumplir sus metas. El Moyano todav&#237;a segu&#237;a viviendo en el. Quiz&#225;s en la obstinaci&#243;n. Quiz&#225;s en la necesidad de exigirse siempre un poco m&#225;s. O tal vez era esa vieja costumbre de levantarse temprano para salir a correr como si todav&#237;a escuchara, a lo lejos, el silbato de formaci&#243;n.</p><p></p><p>Cuando Claudio egres&#243; no hab&#237;a plata para irse a estudiar. De su familia apenas le qued&#243; un apellido que todav&#237;a era capaz de abrir algunas puertas y una libreta de contactos de su padre que cuidaba como un tesoro, all&#237; se encontraban los nombres de hombres importantes escritos con tinta azul, que todav&#237;a pesaban en ciertos clubes. Con eso y una disciplina feroz logr&#243; entrar a la Escuela Naval.</p><p></p><p>Estudi&#243; para oficial naval con un esfuerzo silencioso y obstinado. Mientras otros compa&#241;eros ten&#237;an respaldo familiar, &#233;l sobreviv&#237;a gracias a becas, favores y a la costumbre aprendida en el liceo de no mostrar jam&#225;s el cansancio. Durante a&#241;os crey&#243; que la Armada ser&#237;a su vida entera. El uniforme le daba algo parecido a un lugar en el mundo.</p><p>Pero el pa&#237;s cambi&#243;. La milicia perdi&#243; prestigio, presupuesto y poder. Lo retiraron demasiado joven para sentirse viejo y demasiado viejo para empezar de nuevo. Entonces acept&#243; un trabajo en la custodia del puerto. Desde hace m&#225;s de diez a&#241;os que vigilaba contenedores, supervisaba ingresos y caminaba los muelles con la misma rectitud con la que antes recorr&#237;a la cubierta de un buque. Y lo hac&#237;a con la frente en alto, porque ten&#237;a una familia que sostener.</p><p></p><p>Se cas&#243; a sus veinte con una joven maestra a la que dej&#243; embarazada, y se hizo cargo porque eso era lo que correspond&#237;a.</p><p>Hab&#237;an logrado a pesar de todo tener una vida bonita. Una casa chica pero pintoresca, viajaban de vacaciones una vez al a&#241;o y ten&#237;an un hijo sano estudiando en la Universidad.</p><p></p><p>Todos los diciembres, a Claudio, a Miguel y a todos esos muchachos que hab&#237;an egresado del Moyano en 1996, les llegaba el mismo email enviado por Lucas, otro ex compa&#241;ero del liceo. El alma de aquel grupo. El m&#225;s divertido. El &#250;nico capaz de hacerlos sentir otra vez de dieciocho.</p><p></p><p>&#8220;<em>Se cumple un a&#241;o m&#225;s y nos juntamos a celebrarlo. El pr&#243;ximo s&#225;bado, a las 20:00, los espero en casa. Sin mujeres, sin hijos. Aguante los cadetes del 96.&#8221;</em></p><p></p><p>Lucas llevaba casi treinta a&#241;os reuni&#233;ndolos. Ya lo hac&#237;a cuando eran apenas cadetes flacos, insolentes y llenos de miedo detr&#225;s de esa arrogancia adolescente. Lideraba a todos con una mezcla extra&#241;a de carisma y rebeld&#237;a. Era el primero en enfrentarse a los oficiales cuando castigaban a alguno por una macana m&#237;nima. Si hac&#237;an correr a un compa&#241;ero hasta vomitar en medio del patio, ah&#237; aparec&#237;a Lucas protestando, discutiendo, empujando los l&#237;mites. Y siempre terminaban todos castigados.</p><p>Por culpa de uno. O mejor dicho, por culpa de Lucas, que arrastraba a los dem&#225;s con esa lealtad suicida que s&#243;lo existe en la juventud.</p><p></p><p>Miguel antes de salir de su casa se mir&#243; al espejo. Hab&#237;a elegido una camisa azul y un pantal&#243;n color caqui perfectamente planchado. Un conjunto sobrio, discretamente masculino, bastante distinto de la ropa que usaba habitualmente en Capital, donde se permit&#237;a colores m&#225;s suaves, anillos, pa&#241;uelos de seda y cierta elegancia art&#237;stica que le era personal.</p><p>Se subi&#243; a su porche, y manej&#243; hasta Necochea de un tir&#243;n.</p><p></p><p>Todos sus ex compa&#241;eros sab&#237;an que Miguel era homosexual. Lo hab&#237;an visto dando entrevistas, apareciendo en revistas junto a actores y artistas. Nadie ignoraba qui&#233;n era. Sin embargo, frente a ellos, Miguel todav&#237;a actuaba una vieja versi&#243;n de s&#237; mismo.</p><p></p><p>Con ellos se vest&#237;a &#8220;normal&#8221;, endurec&#237;a la postura, hablaba un poco m&#225;s grave, se re&#237;a m&#225;s fuerte de ciertos chistes y cuidaba cada movimiento de las manos como quien vuelve a ponerse un uniforme antiguo que ya no le entra del todo, pero que todav&#237;a aprieta en los mismos lugares.</p><p></p><p>Claudio, en cambio, eligi&#243; una de las tres camisas que guardaba para ocasiones especiales. Escogi&#243; la amarilla pastel, la menos gastada, y la acomod&#243; prolijamente dentro de un pantal&#243;n que ya ten&#237;a varios a&#241;os, pero que todav&#237;a le quedaba bien.</p><p></p><p>Su bella esposa lo observ&#243; desde la puerta de la habitaci&#243;n y le dijo que estaba bien as&#237;. Claudio sonri&#243; con una timidez casi adolescente y le respondi&#243; con un beso cari&#241;oso, acostumbrado.</p><p></p><p>Antes de irse bes&#243; tambi&#233;n la cabeza calva de su hijo, que estudiaba para un parcial en la mesa del comedor.</p><p></p><p>Se subi&#243; a su M&#233;gane 2004 impecablemente limpio y manej&#243; un par de kil&#243;metros hasta lo de Lucas. Iba sonriendo solo. Feliz de volver a verlos. Emocionado como todos los diciembres, como si durante unas horas pudiera regresar a una &#233;poca donde todav&#237;a eran j&#243;venes con miedos y un futuro por delante.</p><p></p><p>Lucas hac&#237;a el asado para todos. Parado frente a la parrilla, con una copa de vino en la mano y la remera ya impregnada de humo, segu&#237;a ocupando el centro de la escena igual que treinta a&#241;os atr&#225;s. El humo de la carne se mezclaba con otros humos habanos caros, cigarrillos negros y tabaco armado a mano. Sobre la mesa, las botellas de vino tinto se descorchaban una detr&#225;s de otra mientras la noche avanzaba lenta.</p><p></p><p>El tiempo hab&#237;a hecho estragos en todos ellos y, justamente por eso, pod&#237;an re&#237;rse. De las calvas brillosas bajo la luz del quincho, de las panzas blandas empujando las camisas, de las rodillas que ya cruj&#237;an al levantarse de una silla.</p><p></p><p>Siempre hab&#237;a un divorciado reciente incorpor&#225;ndose oficialmente al club, contando desgracias con una mezcla de bronca y alivio, mientras alg&#250;n divorciado veterano mostraba orgulloso en el celular fotos de alguna novia de turno, demasiado joven para cualquiera de ellos.</p><p></p><p>Las an&#233;cdotas de la juventud aparec&#237;an inevitablemente, acompa&#241;adas de carcajadas fuertes y palmadas sonoras en la espalda. Historias repetidas tantas veces que ya pertenec&#237;an m&#225;s al ritual que a la memoria. Y en alg&#250;n momento de la noche, como ocurr&#237;a todos los a&#241;os, alguno agarraba un silbato y hac&#237;a la imitaci&#243;n del director del Moyano. Entonces todos volv&#237;an a re&#237;rse como adolescentes, aunque conocieran cada gesto, cada pausa y cada chiste de memoria.</p><p></p><p>Pero la historia de Miguel en aquel colegio en el 96 segu&#237;a siendo la favorita del grupo. Un oficial le hab&#237;a encontrado un poema de amor escondido entre sus apuntes. Sobre la hoja donde se escrib&#237;a aquella poes&#237;a, un Miguel adolescente, rapado y demasiado flaco para el uniforme que llevaba puesto, hab&#237;a dibujado con l&#225;piz negro a dos soldados bes&#225;ndose. Ten&#237;an casco, borcegos y uniforme militar. No hab&#237;a rostros ni nombres.</p><p></p><p>El escarmiento fue brutal, sacaron a toda la compa&#241;&#237;a al patio para mirar al maric&#243;n. De alg&#250;n lado apareci&#243; una falda vieja, nadie supo nunca de d&#243;nde, porque era una instituci&#243;n de varones, y obligaron a Miguel a pon&#233;rsela sobre el uniforme. Despu&#233;s lo hicieron tirarse al barro para empezar una serie interminable de abdominales bajo una lluvia helada de invierno.</p><p></p><p>Lucas mand&#243; a la mierda a un oficial delante de todos. Fue apenas una chispa que hizo encender al grupo.</p><p>Despu&#233;s llegaron los empujones, los insultos y finalmente los pu&#241;etazos. Todos recordaban como Claudio hab&#237;a partido la nariz del oficial Su&#225;rez. Eran cadetes de dieciocho a&#241;os enfrent&#225;ndose torpemente contra hombres entrenados para matar.</p><p></p><p>Cuando la pelea finaliz&#243;, quedaron todos castigados, haciendo abdominales en silencio, empapados, cubiertos de barro.</p><p></p><p>Cuando en la mesa surg&#237;a esa an&#233;cdota, Claudio buscaba siempre la mirada de Miguel, solo para corroborar que estaba bien.</p><p>Y con un gesto m&#237;nimo, un parpadeo lento o una sonrisa silenciosa, que para cualquiera de los hombres all&#237; presentes era imperceptible Miguel le dec&#237;a que estaba todo bien.</p><p></p><p>En esos encuentros cuando Claudio le daba una palmada en la espalda, el contacto siempre duraba un segundo m&#225;s de lo necesario. Una caricia diminuta escondida. Se sentaban uno junto al otro, solo para rozarse los me&#241;iques o la punta de los zapatos debajo de la mesa.</p><p></p><p>Si uno se levantaba para ir a la cocina, el otro encontraba una excusa para seguirlo. Entonces, lejos del humo y de las voces, quedaban unos segundos solos entre botellas vac&#237;as y platos apilados. All&#237; hablaban en voz baja, demasiado cerca. Claudio le acomodaba distra&#237;damente el cuello de la camisa a Miguel o Miguel le limpiaba con el pulgar una mancha de vino en la comisura de los labios.</p><p>Y en esa intimidad breve, robada, se promet&#237;an cosas para el final de la noche.</p><p></p><p>Cuando la noche terminaba, se desped&#237;an como los amigos que eran. Abrazos fuertes, chistes repetidos de qui&#233;n ser&#237;a el pr&#243;ximo divorciado para el siguiente diciembre, se promet&#237;an como cada a&#241;o, volver a verse antes, a sabiendas de que ninguno cumplir&#237;a. Despu&#233;s cada uno tomaba su auto y emprend&#237;a el regreso a casa.</p><p></p><p>Pero Claudio y Miguel nunca iban realmente a casa.</p><p></p><p>Como cada diciembre desde hac&#237;a m&#225;s de treinta a&#241;os, se encontraban en el mismo motel de mala muerte. El cartel de ne&#243;n medio roto, las s&#225;banas &#225;speras rojas y brillantes parec&#237;an formar parte ya de un ritual antiguo y sagrado.</p><p></p><p>All&#237;, embriagados por el alcohol, la nostalgia y todo lo que nunca hab&#237;an podido vivir a plena luz del d&#237;a, se besaban con desesperaci&#243;n, como si durante todo el a&#241;o hubieran estado conteniendo la respiraci&#243;n s&#243;lo para llegar hasta ese momento. Entre abrazos torpes, caricias urgentes se arrancaban la ropa, volv&#237;an a llamarse amor en voz baja, y se susurraban te amo como dos hombres que todav&#237;a temieran que alguien pudiera escucharlos detr&#225;s de la puerta.</p><p></p><p>Se amaban &#250;nicamente esa noche. Una vez al a&#241;o.</p><p>En secreto, como hab&#237;an aprendido a hacerlo desde j&#243;venes.</p><p></p><p>Y all&#237;, lejos de sus familias, segu&#237;an siendo los mismos dos soldados que Miguel hab&#237;a dibujado d&#233;cadas atr&#225;s sobre aquella hermosa poes&#237;a. Dos amantes finalmente desnudos, sin uniforme, sin casco, sin castigo y sin miedo.</p><p></p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!Edxu!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F5c9cac80-8fb9-4d04-943c-c98ed058cce5_1412x1114.png" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!Edxu!, /__u/catular.substack.com/w_424, /__u/catular.substack.com/c_limit, /__u/catular.substack.com/f_webp, /__u/catular.substack.com/q_auto:good, /__u/catular.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F5c9cac80-8fb9-4d04-943c-c98ed058cce5_1412x1114.png 424w, /__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!Edxu!, /__u/catular.substack.com/w_848, /__u/catular.substack.com/c_limit, 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Espero que te guste, lo disfrutes y te dejes llevar &#9829;&#65039;]]></description><link>https://catular.substack.com/p/el-arte-de-amar</link><guid isPermaLink="false">https://catular.substack.com/p/el-arte-de-amar</guid><dc:creator><![CDATA[Catular]]></dc:creator><pubDate>Sat, 27 Jun 2026 03:58:43 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!0hZL!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F4aabe2a2-1072-456e-84e3-882270b25d2e_750x500.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p></p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!0hZL!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F4aabe2a2-1072-456e-84e3-882270b25d2e_750x500.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source 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Contempl&#243; la cartelera en blanco y negro, un precioso retrato del rostro de Marina Abramovi&#263; emerg&#237;a entre un ramo de flores blancas. Debajo, unas letras minimalistas anunciaban el nombre de la muestra perform&#225;tica: The Artist Is Present.</p><p><br>Marina llevaba m&#225;s de un mes sent&#225;ndose frente a desconocidos que quisieran experimentar junto a ella. No era la primera vez que entraba en contacto con el p&#250;blico, gran parte de su arte giraba alrededor de eso. Las reglas eran pocas, no se pod&#237;a hablar, no se pod&#237;a tocar, solo mirar.</p><p>&nbsp;<br>Las personas iban pasando de a una, se sentaban frente a la artista e interactuaban solo con la mirada durante un minuto.</p><p>&nbsp;<br>Las reacciones eran variadas y eso lo hac&#237;a a&#250;n m&#225;s interesante algunos se re&#237;an, otros no soportaban el contacto visual y se levantaban antes de tiempo y algunos, simplemente, conectaban.</p><p>&nbsp;<br>Marina permanec&#237;a sentada durante seis horas al d&#237;a en ese sal&#243;n. Era una artista de renombre, y gente de todo el mundo llegaba con la intenci&#243;n de participar o simplemente observar.</p><p><br>&#8220;La madre del arte perform&#225;tico&#8221;, la llamaban en el mundo entero. Hab&#237;a ganado con creces ese t&#237;tulo tras m&#225;s de cuarenta a&#241;os de carrera. Odiaba el cine, el teatro y la actuaci&#243;n, ella no conceb&#237;a la idea de fingir cuando pod&#237;a expresar el arte a trav&#233;s de lo real.</p><p><br>Marina hab&#237;a convertido su cuerpo en un experimento. En RITMO, una de sus primeras obras, utiliz&#243; veinte cuchillos con los que jug&#243; a clavarse entre los dedos a un ritmo constante, mientras una grabadora reten&#237;a cada error, cada respiraci&#243;n y cada corte. Despu&#233;s volv&#237;a a escucharlo todo e intentaba repetir la herida con exactitud, como si el pasado pudiera volver a sangrar de la misma manera.</p><p><br>Dentro de esa misma l&#237;nea unos meses m&#225;s tarde cre&#243; RITMO 0, la obra que la volver&#237;a mundialmente conocida. Quiso descubrir hasta d&#243;nde pod&#237;an desdibujarse los l&#237;mites entre artista y p&#250;blico. Sobre una mesa dispuso setenta y dos objetos: uvas, rosas, tijeras, cuchillos, l&#225;tigos e incluso un arma y una bala. Despu&#233;s anunci&#243; las reglas, el &#250;nico objeto de la obra ser&#237;a ella y durante seis horas, pod&#237;an hacer con su cuerpo lo que quisieran.</p><p>Al principio la trataron con delicadeza. Le dieron de comer, la peinaron, acariciaron su piel. Pero con el paso de las horas, algo comenz&#243; a pudrirse entre los presentes. Le cortaron la ropa y el cabello, le clavaron espinas de rosas en su abdomen, cortaron su piel, la pintaron, un hombre apoy&#243; el arma sobre su cabeza, alguien m&#225;s lo detuvo. Marina permaneci&#243; inm&#243;vil durante las seis horas, tal como hab&#237;a prometido a su audiencia.</p><p>&nbsp;<br>Realiz&#243; numerosas obras de ese estilo, ofreciendo el cuerpo en cada una de ellas. Sus performances despertaban emociones contradictorias incomodidad, fascinaci&#243;n, rechazo y admiraci&#243;n.</p><p>&nbsp;<br>&#191;C&#243;mo no iba a valer la pena esperar tantas horas para ver aunque fuera durante un minuto, a semejante artista? se pregunt&#243; Ulay.</p><p>Aunque, en realidad, intentaba pensar en cualquier otra cosa. Estaba nervioso, las manos le sudaban m&#225;s de lo normal y no pod&#237;a dejar de zarandear una de sus zapatillas Converse negras a un ritmo fren&#233;tico.</p><p><br>El encargado de la fila le hizo un gesto con la mano y le record&#243; las reglas: no tocar, no hablar, solo mirar. Un minuto.</p><p><br>Ulay entr&#243; en escena y no supo si alguien del p&#250;blico lo reconoci&#243;, al fin y al cabo hab&#237;an pasado veintid&#243;s a&#241;os y el deterioro de la vejez hab&#237;a hecho lo suyo con &#233;l. Cuando vi&#243; a Marina con ese vestido rojo pens&#243; que as&#237; se deber&#237;a ver un &#225;ngel en el infierno. Estaba sentada en una silla y entre ambos, hab&#237;a un escritorio frente al que &#233;l deb&#237;a tomar asiento. Ella ten&#237;a los ojos cerrados. Maravillosa e impoluta.</p><p>Se acomod&#243; con cuidado, sacudi&#243; pelusas inexistentes de su saco, respir&#243; profundo y esper&#243; a que ella abriera los ojos y lo mirara. Lo que ocurri&#243; despu&#233;s fue magia. Bast&#243; un microsegundo para que sus almas se reconocieran y los recuerdos de diez a&#241;os de amor se transformaran en un sinf&#237;n de im&#225;genes dentro de su mente.</p><p><br>El d&#237;a que Ulay la vio por primera vez, en un bar de &#193;msterdam, supo que la amar&#237;a hasta el &#250;ltimo de sus d&#237;as. El flechazo fue mutuo, tan fuerte, que terminaron esa misma noche haciendo el amor borrachos hasta altas horas de la madrugada.</p><p>&nbsp;<br>Vi&#243; las noches interminables en la casa rodante que hab&#237;an comprado, mientras atravesaban pa&#237;ses buscando inspiraci&#243;n. Marina no dorm&#237;a, porque imaginaba obras absurdas y maravillosas, y a &#233;l le encantaba porque cuando aquellas ideas tomaban forma, la alegr&#237;a de ella se traduc&#237;a con sexo y caricias para Ulay.</p><p>&nbsp;<br>Se vi&#243; a s&#237; mismo convirti&#233;ndose en artista, y record&#243; aquel beso de diecisiete minutos en el que respiraron &#250;nicamente el aire que expulsaba el otro, hasta absorberse el alma y convertirse en uno solo, cayendo ambos inconscientes por culpa del di&#243;xido de carbono colmando sus pulmones.</p><p></p><p>Vi&#243; la fama perseguirlos y alcanzarlos. Y palp&#243; la euforia que sent&#237;an cuando los nombraban la pareja m&#225;s emblem&#225;tica del arte conceptual.&nbsp;<br><br>Se escuch&#243; en los gritos que desgarraron su garganta durante aquella performance en la que grit&#243; frente al rostro de su amada, intentando mostrarle al p&#250;blico la violencia del dominio.</p><p></p><p>Sinti&#243; tambi&#233;n la tensi&#243;n quem&#225;ndole la nuca, como aquella vez en que ataron sus cabellos largos, durante horas frente a una multitud para demostrar que ambos eran uno.</p><p><br>Se le estruj&#243; el est&#243;mago y lo invadi&#243; el terror como cuando sostuvo la flecha apuntando al coraz&#243;n de Marina, una Marina que suspendida en aire sosten&#237;a el arco con su propio peso, cuatro minutos fue lo que dur&#243; la muestra que a&#250;n hoy parec&#237;an horas, largas, pesadas y crey&#243; escuchar nuevamente sus latidos mezcl&#225;ndose con los de ella como aquel d&#237;a. Sinti&#243; la angustia&nbsp; de haber tenido el control absoluto sobre la vida de la mujer que amaba.</p><p><br>Vi&#243; c&#243;mo el mundo perform&#225;tico de Marina absorb&#237;a lentamente todo lo que ella era, hasta volver imposible distinguir d&#243;nde terminaba la artista y comenzaba la mujer.</p><p><br>Vi&#243; otra vez la decepci&#243;n en los ojos de ella cuando &#233;l le confes&#243; que tem&#237;a por su vida, y que el arte iba a terminar acab&#225;ndolos. Escuch&#243; las discusiones, los gritos, el cansancio, los insultos y el sonido de su coraz&#243;n, quiz&#225;s el de ambos, rompi&#233;ndose en mil pedazos.&nbsp;</p><p><br>Y observ&#243; el final, o lo que ellos cre&#237;an que hab&#237;a sido el final, la &#250;ltima performance juntos, la caminata sobre la Muralla China. Record&#243; el punto de partida, ese desierto y los m&#225;s de dos mil ochocientos kil&#243;metros que recorri&#243; caminando, casi noventa d&#237;as solo para encontrarla a ella, que avanzaba desde el lado opuesto atravesando la misma distancia. Sinti&#243; el abrazo y el beso de la mujer de cabello negro m&#225;s hermosa que sus ojos vieron nunca, y lo destruy&#243; esa despedida en la que ambos se prometieron no volver a verse jam&#225;s.&nbsp;</p><p><br>Entonces las im&#225;genes que se reprodujeron en su mente como una pel&#237;cula de los diez a&#241;os m&#225;s hermosos y ca&#243;ticos de su vida, se acabaron y la realidad lo golpe&#243;. All&#237; estaba Marina, hermosa, perfecta, la misma mujer a la que le hab&#237;a entregado su alma veintidos a&#241;os atr&#225;s, recorri&#243; cada parte de ella como si quisiera inmortalizar ese recuerdo para siempre, su cabello azabache como la noche, sus ojos verdes brillosos por las l&#225;grimas acumuladas, las mejillas rosas y empapadas. Ella era una obra de arte. Siempre hab&#237;a sido ella.</p><p><br>Marina, la mujer que hab&#237;a construido reglas infranqueables para cada una de sus performances y que jam&#225;s hab&#237;a roto una sola en m&#225;s de cuarenta a&#241;os, ni siquiera cuando su vida corri&#243; peligro, quebr&#243; frente a todo su p&#250;blico la m&#225;s importante de todas: no tocar.</p><p><br>Inclin&#243; el cuerpo hacia adelante y extendi&#243; las manos buscando las de Ulay. Se aferraron con fuerza mientras la sala entera estallaba en aplausos. &#201;l le sonri&#243;, se levant&#243; y se fu&#233;.</p><p>&nbsp;<br>Marina, en ese instante, comprendi&#243; que el p&#250;blico no hab&#237;a presenciado una simple conexi&#243;n, sino que hab&#237;a podido ver, sentir y o&#237;r a dos corazones reconoci&#233;ndose.</p><p></p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!hYk7!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F647ad888-66cf-47d9-b702-6aaabb73f097_1200x750.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!hYk7!, /__u/catular.substack.com/w_424, /__u/catular.substack.com/c_limit, /__u/catular.substack.com/f_webp, /__u/catular.substack.com/q_auto:good, 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Espero que te guste.]]></description><link>https://catular.substack.com/p/belek-el-enano-vampiro</link><guid isPermaLink="false">https://catular.substack.com/p/belek-el-enano-vampiro</guid><dc:creator><![CDATA[Catular]]></dc:creator><pubDate>Thu, 25 Jun 2026 02:39:35 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!7vHk!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Ff9d6fffe-f51d-4a88-a36c-750efa23e701_769x600.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Corr&#237;an los a&#241;os 80. Era una tarde invernal y gris cuando Carmen se mir&#243; al espejo, se pint&#243; los labios finos y arrugados con un l&#225;piz labial rosa perlado, se puso un abrigo de piel, se calz&#243; en la mu&#241;eca una la bolsa de compras y sali&#243; de su casa a media tarde en busca de lo necesario para la cena.</p><p><br>Se detuvo en una verduler&#237;a cercana a su casa de su querido barrio de Flores y tom&#243; del exhibidor de la vereda algunas verduras que necesitar&#237;a. La campanita de la puerta anunci&#243; su entrada al local.</p><p>&nbsp;<br>&#8212;Buenos d&#237;as, Carmen &#8212;salud&#243; Hugo, el verdulero, con la efusividad que lo caracterizaba&#8212;&#191;Qu&#233; se le ofrece?</p><p><br>&#8212;Buenos d&#237;as, don Hugo. No he encontrado ajo, p&#233;seme esto&#8230; &#8212;solt&#243; Carmen mientras vaciaba su bolsa de compras sobre un viejo mostrador de madera.</p><p><br>&#8212;Se lo debo, Carmen. Me he quedado sin. Hoy se cumple un a&#241;o de la desaparici&#243;n de Belek, el enano vampiro. Mire&#8230; &#8212;indic&#243;, levantando un diario de una pila para mostrarle la noticia que anunciaba el aniversario.</p><p><br>Carmen tom&#243; el diario y, sin darle demasiada importancia, lo guard&#243; dentro de la bolsa de compras.</p><p><br>&#8212;Las se&#241;oras del barrio se han llevado todo el ajo. Ya sabe, tienen miedo de que vuelva a atacar esta noche.</p><p><br>&#8212;Puras tonter&#237;as, don Hugo. La gente vive de fantas&#237;as y, por culpa de eso, yo me quedo sin saz&#243;n para la sopa. &#191;A usted le parece?</p><p>&nbsp;<br>Carmen ingres&#243; a su casa, se quit&#243; el abrigo, lo colg&#243; en un antiguo perchero de la entrada y se dirigi&#243; a la cocina.</p><p>&nbsp;<br>All&#237; vaci&#243; la bolsa de compras y se dispuso a cocinar. Cort&#243; varias verduras de forma milim&#233;trica y algunas otras cosas que encontr&#243; en la heladera, que luego puso a hervir en una cacerola.</p><p>Mientras esperaba la cena, se sirvi&#243; una copa de vino, se prendi&#243; un cigarrillo, subi&#243; un poquito sus lentes hasta que encajaron en el hueso de su puntiaguda nariz y se sent&#243; junto a una peque&#241;a mesa de comedor que hab&#237;a en la cocina para leer el diario.</p><p><strong>&nbsp;</strong><br><strong>&#8220;Se cumple un a&#241;o de la desaparici&#243;n de Belek, el enano vampiro&#8221;</strong>, declaraba un titular en letras negritas, en la portada.</p><p>&nbsp;<br>Carmen buf&#243;, largo una bola de humo hacia arriba, lami&#243; uno de sus dedos y pas&#243; la hoja, conoc&#237;a esa historia a la perfecci&#243;n.</p><p>&nbsp;<br>A fines de los a&#241;os 80, el circo ruso de San Petersburgo llegaba al bajo Flores para ofrecer un espect&#225;culo lleno de misterio y diversi&#243;n. Su funci&#243;n exhib&#237;a una amplia colecci&#243;n de fen&#243;menos y animales ex&#243;ticos. Entre los artistas m&#225;s celebrados por el p&#250;blico estaban la mujer barbuda, una vieja elefanta, el hombre bala, la mona Titi Vera y un enano llamado Kirki.</p><p>&nbsp;<br>Kirki era un enano h&#250;ngaro de una fuerza extraordinaria que nunca dorm&#237;a y por eso sus ojos eran rojos y sangrientos al igual que su cabello rizado, encendido como el fuego, todo eso en un cuerpo de escasos cincuenta cent&#237;metros de altura provocaron euforia con rapidez tanto en ni&#241;os como en adultos. El circo ruso era un &#233;xito y llenaba su carpa noche tras noche.</p><p>&nbsp;<br>A pesar del &#233;xito, el circo no permaneci&#243; en el barrio tanto tiempo como se esperaba. Los rumores dec&#237;an que su due&#241;o hab&#237;a encontrado varios animales muertos en circunstancias misteriosas aparec&#237;an desangrados y con marcas de colmillos.</p><p>El director del circo encontr&#243; una noche a Kirki en su carromato, succion&#225;ndole la sangre a la monita Vera y por temor a que el espect&#225;culo ganara mala reputaci&#243;n decidi&#243; no denunciarlo.</p><p>Levant&#243; la enorme carpa amarilla durante la madrugada y desapareci&#243; junto con toda su gente, salvo Kirki, a quien abandon&#243; a su suerte en el barrio por haber matado a una de sus principales atracciones.</p><p><br>El enano, sin dinero ni recursos, encontr&#243; una casa abandonada en la ciudad y decidi&#243; convertirla en su hogar. Viv&#237;a all&#237; solo y, como no hablaba nada de espa&#241;ol y su nombre resultaba tan dif&#237;cil de pronunciar, los vecinos lo apodaron r&#225;pidamente como Belek, el enano.</p><p><br>Poco tiempo despu&#233;s de su llegada al barrio, varios animales del vecindario comenzaron a desaparecer. Algunos vecinos empezaron a sospechar de Belek porque sol&#237;an verlo deambular por las noches, su aspecto era raro y ten&#237;a una mirada terror&#237;fica.&nbsp;</p><p><br>Por esas mismas fechas, un hombre asegur&#243; que Belek lo hab&#237;a atacado, por suerte no le hizo da&#241;o pero hab&#237;a mordido una de sus botas, dejando en ella dos grandes marcas que parec&#237;an colmillos. &#201;l juraba que el enano, era un vampiro. La repercusi&#243;n fue tal que las se&#241;oras del barrio comenzaron a colgar ajos en sus puertas y a encerrar a sus hijos y animales cuando ca&#237;a el sol.</p><p><br>El cura del barrio intent&#243; exorcizar a Belek a pedido de la comunidad cristiana, pero cuando fueron a buscarlo solo encontraron la casa vac&#237;a, dentro una especie de cama improvisada con un caj&#243;n de manzanas, una manta roja y grabado sobre uno de los tablones, su verdadero nombre: KIRKI. Tambi&#233;n hab&#237;a suciedad acumulada y montones de libros apilados en los rincones.</p><p>&nbsp;<br>Una mujer y un beb&#233; murieron de maneras misteriosas, y algunos juraban haber visto marcas en sus cuellos. El barrio Flores hab&#237;a pasado de la duda al p&#225;nico. Un vampiro enano amenazaba la tranquilidad de las familias.</p><p><br>Una tarde, un grupo de j&#243;venes decidi&#243; capturarlo. Los adolescentes aseguraron haber logrado encontrarlo y atraparlo con la red de un arco de f&#250;tbol, pero Belek sac&#243; una navaja de su bolsillo, cort&#243; la red y consigui&#243; escapar.</p><p><br>Desde aquel d&#237;a, nadie volvi&#243; a saber de &#233;l. Las malas lenguas dicen haberlo visto deambulando por el cementerio durante las noches, aliment&#225;ndose de peque&#241;os animales. Otros aseguran que escap&#243; hacia C&#243;rdoba.</p><p><br>Carmen se levant&#243; de la silla donde le&#237;a el diario, cerr&#243; todas las cortinas de la casa, se acerc&#243; a la cocina, apag&#243; el fuego y llen&#243; un taz&#243;n con un contenido viscoso de color rojo y camin&#243; por un pasillo oscuro que conduc&#237;a a las habitaciones. Luego golpe&#243; una puerta.</p><p>&nbsp;<br>&#8212;Pasa&#8230; &#8212;dijo desde adentro una voz gruesa, aunque extra&#241;amente amable.</p><p>&nbsp;<br>Carmen abri&#243; la puerta, que emiti&#243; un chirrido t&#233;trico, y entr&#243;. Un peque&#241;o hombre con anteojos se encontraba encorvado, haciendo algo bajo la luz titilante de una l&#225;mpara de mesa.</p><p><br>&#8212;Buenas noches, Kirki.</p><p>&nbsp;<br>&#8212;Buenas noches, Carrrrmen &#8212;dijo, arrastrando las erres&#8212;hacer collar para gato hoy &#8212;exclam&#243; mientras levantaba una peque&#241;a chapita que dec&#237;a COPO, el nombre de su gato.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;Su mal espa&#241;ol hizo sonre&#237;r a Carmen. Dej&#243; el taz&#243;n humeante sobre la mesita y acarici&#243; con cari&#241;o la cabeza ahora calva de Kirki.</p><p><br>&#8212;Toma la sopa antes de que se enfr&#237;e. Es de remolacha y tomate, como te gusta. No tiene ajo, no consegu&#237;.</p><p></p><p>Kirki la mir&#243; con los ojos brillosos de gratitud. Sosten&#237;a la taza entre las manos peque&#241;as y huesudas como si se tratara de un tesoro. Sonri&#243;. Una sonrisa extra&#241;a, rota, llena de huecos, le faltaban varios dientes y entre ellos, dos colmillos sobresal&#237;an sin pudor, casi infantiles, como si jam&#225;s hubieran aprendido a esconderse del mundo.</p><p><br>Carmen observ&#243; a su amigo Kirki, aquel peque&#241;o hombre que un a&#241;o atr&#225;s hab&#237;a aparecido entre los arbustos de su jard&#237;n, encogido sobre s&#237; mismo, temblando como un animal herido. Ven&#237;a huyendo de una sociedad cruel que le hab&#237;a ense&#241;ado el rechazo antes que el abrazo, la violencia antes que el refugio. Lo hab&#237;an corrido a gritos, a golpes, lo hab&#237;an convertido en un monstruo que no era.</p><p><br>El coraz&#243;n de Carmen volvi&#243; a encogerse al pensar en todo lo que Kirki hab&#237;a tenido que soportar hasta llegar a ella. Sacudi&#243; apenas la cabeza, como queriendo espantar las im&#225;genes, y camin&#243; despacio hasta la puerta. Antes de cerrarla, mir&#243; una &#250;ltima vez a su amigo que ahora peleaba tiernamente con su gato mientras le pon&#237;a su nuevo collar. Entonces cerr&#243; la puerta con suavidad, casi como quien protege una llama del viento.</p><p><br>Carmen era una mujer dispuesta a cuidar aquello que otros hab&#237;an intentado destruir.</p><p>Y mientras Kirki quisiera quedarse, su peque&#241;o coraz&#243;n estar&#237;a a salvo.</p><p></p><p></p><p></p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!7vHk!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Ff9d6fffe-f51d-4a88-a36c-750efa23e701_769x600.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!7vHk!, /__u/catular.substack.com/w_424, /__u/catular.substack.com/c_limit, /__u/catular.substack.com/f_webp, /__u/catular.substack.com/q_auto:good, 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isPermaLink="false">https://catular.substack.com/p/debajo-de-la-mesa</guid><dc:creator><![CDATA[Catular]]></dc:creator><pubDate>Tue, 23 Jun 2026 00:09:12 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!t1Xm!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F2c72a2ba-4720-4c28-a71f-70e9ff10dc56_1170x1450.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Este a&#241;o no me hab&#237;a tocado A&#241;o Nuevo de guardia y eso supon&#237;a una desgracia para m&#237;. Intent&#233; hasta el &#250;ltimo segundo cambiar turnos con alg&#250;n compa&#241;ero, pero no tuve suerte. Nunca la ten&#237;a, para ser sincera.</p><p>Y s&#237;, prefer&#237;a pasar la noche rodeada de borrachos con comas et&#237;licos, quemados por fuegos artificiales o depresivos con ideaci&#243;n suicida. La compa&#241;&#237;a de cualquier paciente siempre ser&#237;a mejor que el A&#241;o Nuevo con la familia.</p><p>&#8212;&#191;Qu&#233; estaba pensando cuando ped&#237; esta fecha? &#8212;me pregunt&#233; mientras golpeaba la cabeza contra el volante del auto.</p><p>Y entonces lo record&#233; mis padres ya estaban grandes y esas pod&#237;an ser sus &#250;ltimas fiestas vivos.</p><p>Llegu&#233; a casa temprano y sub&#237; en ascensor. Me mir&#233; en el espejo y ah&#237; estaba yo una mujer vestida con un ambo celeste manchado de vaya a saber qu&#233; fluidos, un rodete despeinado y algunas canas que no alcanc&#233; a tapar escapando como alambres alrededor de mi rostro. Los cuarenta y dos no hab&#237;an venido solos con arrugas.</p><p>Y para coronar unas ojeras violetas evidenciaban el cansancio acumulado de mis &#250;ltimos meses de trabajo y estudio, el posgrado en cirug&#237;a tor&#225;cica me hab&#237;a envejecido a&#241;os. Ten&#237;a pocas horas para lograr mejorar algo mi imagen para la noche de hoy.</p><p>Las puertas del ascensor se abrieron. Practiqu&#233; una sonrisa antes de bajarme y camin&#233; hacia la puerta de casa. </p><p>Estaba haciendo jueguitos con la llave mientras intentaba abrir cuando Fabiana lo hizo por m&#237;.</p><p>&#8212;Hola, mi amor.</p><p>&#8212;Hola &#8212;respond&#237;, y deposit&#233; un corto beso en sus labios.</p><p>A Fabiana la conoc&#237; cuando ten&#237;a dieciocho a&#241;os y es mi pareja desde hace m&#225;s de veinte. Nos conocimos en primer a&#241;o de la facultad. Fue la primera persona que me invit&#243; a estudiar a su casa.</p><p>En pocos meses pasamos de ser compa&#241;eras a mejores amigas, y eran tantas las horas al d&#237;a que est&#225;bamos juntas que esa amistad termin&#243; convirti&#233;ndose en amor. Nos enamoramos sin m&#225;s. Ella siempre supo que era lesbiana, yo, en cambio, lo descubr&#237; con ella.</p><p>Fabiana abandon&#243; la carrera y se cambi&#243; a Veterinaria, mientras yo segu&#237; con Medicina. Sin embargo, nunca dejamos de ser compa&#241;eras de estudio. Ella dec&#237;a que la vida de los animales val&#237;a m&#225;s la pena que la de los humanos. Y creo que ten&#237;a raz&#243;n.</p><p>Dej&#233; todas mis bolsas en el piso y me dirig&#237; a la cocina. All&#237; me sent&#233; en una banqueta, apoy&#233; la frente sobre el m&#225;rmol fr&#237;o del desayunador y suspir&#233;.</p><p>&#8212;No quiero ir.</p><p>Escuch&#233; a Fabiana pararse detr&#225;s de m&#237; y sent&#237; sus peque&#241;as y dulces manos posarse sobre mis cansados hombros. Los masaje&#243; con ternura.</p><p>&#8212;Te compr&#233; tintura &#8212;me dijo con una voz sonriente&#8212;Dale, que te pongo linda para hoy.</p><p>Me sent&#233; a rega&#241;adientes en el sill&#243;n y me dej&#233; hacer la tintura. Mientras yo cebaba unos mates para las dos, ella jugaba a la peluquer&#237;a con mi cabeza.</p><p>El celular son&#243; y, con esas pintas, atend&#237; la videollamada del est&#250;pido de mi hermano Federico.</p><p>&#8212;&#191;A qu&#233; hora sal&#237;s para ac&#225;?</p><p>&#8212;Federico, te dije que llego a tiempo, no jodas.&#8212;le respond&#237; con mala gana.</p><p>&#8212;Mir&#225; que los pap&#225;s te esperan. &#191;Ven&#237;s con tu amiga?</p><p>Esa &#250;ltima palabra la solt&#243; con asco, marcando cada letra, como si no supiera que desde hac&#237;a m&#225;s de veinte a&#241;os Fabiana era mi pareja.</p><p>&#8212;Hola, Fede &#8212;salud&#243; Fabi desde atr&#225;s m&#237;o- No voy, estoy de guardia en la vete hoy.</p><p><br>&#8212;Hola. Bueno, nos vemos en casa. <br>La ignor&#243;. Y cort&#243;.</p><p></p><p>Federico era mi hermano mayor. Y un pelotudo. Si no fuese mi hermano, estoy segura de que hoy no tendr&#237;a ninguna relaci&#243;n con &#233;l.</p><p> Y me afectaba tener que verlo, pero amaba a sus hijos con locura. Y, al fin y al cabo, era mi familia.</p><p>Durante a&#241;os intent&#233; justificar que su forma de pensar, su homofobia y su odio injustificado hacia mi manera de vivir eran culpa de nuestra crianza. &#201;ramos el fruto de un matrimonio extremadamente conservador una mam&#225; religiosa y un pap&#225; militar.</p><p>Pero fue la psic&#243;loga la que me hizo entender que no hay justificaci&#243;n para el odio. Y que podar el &#225;rbol familiar, a veces, era necesario para florecer.</p><p></p><p>Cuando me recib&#237; me qued&#233; ejerciendo en Buenos Aires y no volv&#237; a Rosario. Solo lo hac&#237;a para fechas especiales casamientos, nacimientos, cumplea&#241;os y las malditas fiestas.</p><p>Al principio, a muchas de ellas fui acompa&#241;ada por Fabiana, pero para ellos siempre fue mi amiga, la amiga de la eterna &#8220;solterona&#8221;.</p><p>Fabiana se adapt&#243; a ese rol y se banc&#243; comentarios pasivo-agresivos de todo tipo. Con el tiempo y la terapia entend&#237; que quer&#237;a resguardarla, y por eso dej&#233; de llevarla a la casa de mis padres.</p><p>Tuvimos a causa de eso, varias peleas en nuestra juventud porque jam&#225;s me anim&#233; a defender nuestra relaci&#243;n ante mi familia. Pero, cansada de luchar contra mis miedos, termin&#243; resign&#225;ndose.</p><p>M&#225;s tarde, salud&#233; a mi novia con tristeza, la abrac&#233; fuerte y esper&#233; que notara en mis ojos las disculpas por, una vez m&#225;s, dejarla sola. Me sub&#237; al auto, puse m&#250;sica y manej&#233; hasta Rosario de un tir&#243;n.</p><p>Cuando llegu&#233; a casa, mam&#225; me recibi&#243; con un abrazo fr&#237;o y me dijo algo sobre mis ojeras, que hab&#237;a maquillado horas antes con tanto esfuerzo, al parecer, sin demasiado &#233;xito.</p><p>Gracias a Dios, mi sobrina interrumpi&#243; a mi madre, que seguramente hubiese encontrado algo m&#225;s para seguir criticando.</p><p>La Titi se me colg&#243; de la espalda y me dio un beso sonoro en la mejilla.</p><p>&#8212;Hola, t&#237;a, te extra&#241;&#233;. &#161;Qu&#233; lindaaaaaa! &#8212;dijo, extendiendo las aes en un chillido que me hizo re&#237;r.</p><p>La Titi, la primog&#233;nita de Federico, era la luz de mi vida. Luc&#237;a preciosa, vestida toda de negro, seguro estaba atravesando su &#233;poca punk. Estudiaba primer a&#241;o de Medicina, como yo alguna vez, aunque en la universidad de Santa Fe. Y era, por esc&#225;ndalo, mi sobrina preferida.</p><p>Los dos mellizos que ten&#237;a de hermanos eran dos demonios, pero igualmente me mataban de amor.</p><p>&#8212;&#191;D&#243;nde est&#225;n los enanos?</p><p>&#8212;Jugando por ah&#237;, qu&#233; s&#233; yo. &#191;Y Fabi? T&#237;a, te tengo que contar tantas cosas. &#191;Te qued&#225;s todo el fin de semana? &#8212;se apur&#243; a decir, toda verborr&#225;gica, como siempre, como si no habl&#225;ramos por WhatsApp a diario.</p><p>Mientras mi sobrina me persegu&#237;a por la casa haci&#233;ndome preguntas sobre medicina y cont&#225;ndome sobre la facultad y sus nuevas amigas, salud&#233; a todos los presentes. T&#237;os, primos y sobrinos se esparc&#237;an por el living enorme de la casa en donde me cri&#233;.</p><p>Pap&#225; estaba en su silla de ruedas, en la punta de la mesa. Los hijos de puta le hab&#237;an puesto el uniforme militar, como en cada fiesta.</p><p>&#8212;Hola, papi.</p><p>Lo bes&#233; con ternura. Sus ojos celestes, brillantes y vac&#237;os, me miraron.</p><p>A pap&#225; un ACV lo hab&#237;a dejado parapl&#233;jico, y el odio profundo que sinti&#243; al no poder valerse por s&#237; mismo termin&#243; por enmudecerlo. Desde hac&#237;a a&#241;os que, con suerte, escuch&#225;bamos alguna que otra palabra salir de su boca.</p><p>Me sent&#233; a su lado, tom&#233; su arrugada mano y lo puse al d&#237;a con mis cosas. Solo habl&#233; yo.</p><p>La cena comenz&#243; con tranquilidad. Un banquete de platos deliciosos desbordaba la mesa larga, los chistes y an&#233;cdotas familiares llenaban los silencios. Y la noche transcurri&#243; en paz. </p><p>Yo me dediqu&#233; a embriagarme con mis primas, que se encargaron de elegir un buen vino de la bodega de pap&#225;. Lo necesitar&#237;a para soportar lo que quedaba de la noche.</p><p>Cuando se hicieron las doce, mi t&#237;o Alberto golpe&#243; con una cuchara la copa que llevaba en la mano y anunci&#243; el ritual:</p><p>&#8212;Las mujeres solteras debajo de la mesa, a ver si el a&#241;o entrante les trae pareja.</p><p>Las hijas de mis primos, emocionadas y a los gritos, comenzaron a meterse debajo de la mesa. Vi c&#243;mo arrastraban a la Titi de la mano hacia abajo. Las ni&#241;as m&#225;s peque&#241;as de la familia tambi&#233;n desaparec&#237;an bajo el mantel blanco, haciendo re&#237;r a todos en el sal&#243;n.</p><p>&#8212;Dale, hermanita, falt&#225;s vos &#8212;solt&#243; Federico con la voz pesada por el alcohol.</p><p>La parte que m&#225;s odiaba del A&#241;o Nuevo hab&#237;a llegado. El ritual horrible al que me somet&#237;an a&#241;o tras a&#241;o. Tener que meterme, a mis cuarenta y dos a&#241;os, debajo de una mesa como si fuese una adolescente esperando pareja me avergonzaba. Mi pareja a estas horas seguramente estaba en Buenos Aires atendiendo alg&#250;n perro accidentado, sola y por culpa m&#237;a. Y mi hermano lo sab&#237;a.</p><p>El calor me subi&#243; a las mejillas. No s&#233; si fue el vino, la bronca o la humillaci&#243;n que sent&#237;, tal vez un poco de todo.</p><p>Dej&#233; la copa sobre la mesa y lo mir&#233; fijo. Despu&#233;s mir&#233; a mam&#225;, que me hizo un gesto con las cejas, como cuando era chica. Un gesto que significaba &#8220;hac&#233; caso&#8221;.</p><p>Y me agach&#233;.</p><p>Debajo de la mesa, ni&#241;as de entre cinco y veinte a&#241;os me esperaban. Cada a&#241;o era m&#225;s humillante. El mantel tap&#243; mi verg&#252;enza y yo quise desaparecer.</p><p>&#8212;&#191;Qu&#233; hac&#233;s ac&#225;, t&#237;a? &#8212;susurr&#243; una Titi decepcionada que me estruj&#243; el coraz&#243;n.</p><p>&#8212;Yo&#8230; &#8212;no me salieron las palabras. La verdad era que ni yo sab&#237;a qu&#233; hac&#237;a ah&#237;.</p><p>&#8212;Yo soy como vos, t&#237;a &#8212;me agarr&#243; las manos y las apoy&#243; sobre su peque&#241;o rostro, buscando mi mirada.</p><p>&#8212;&#191;C&#243;mo yo? &#8212;pregunt&#233;, confundida.</p><p>&#8212;Soy lesbiana, t&#237;a. Tengo novia. Salgamos de ac&#225;.</p><p>Mientras afuera los hombres contaban los minutos para las doce y auguraban novios para las mujeres que nos encontr&#225;bamos debajo de la mesa, a m&#237; se me aceleraba el pulso.</p><p>El coraje invadi&#243; cada c&#233;lula de mi cuerpo. La realidad me peg&#243; un cachetazo y no s&#233; c&#243;mo, pero tom&#233; a mi Titi de la mano y la saqu&#233; de ah&#237;.</p><p>El conteo se detuvo cuando nos vieron salir, pero los murmullos se transformaron en un silencio sepulcral cuando la Titi, frente a todos, dijo:</p><p>&#8212;Yo no necesito novio. Tengo novia y se llama Manuela.</p><p>Un vaso cay&#243; de la mano de mi madre y ese fue el sonido que desat&#243; el caos.</p><p>Mi hermano cachete&#243; a su hija frente a todos. Titi comenz&#243; a llorar en mis brazos. Un t&#237;o intentaba calmar a Federico, que tiraba cosas de la mesa a su paso y se arrancaba los pocos pelos que le quedaban con las manos. Otra t&#237;a abanicaba a mi madre, que al parecer se hab&#237;a descompensado sobre una silla.</p><p>A eso le sigui&#243; un sinf&#237;n de insultos hacia mi persona, que esas eran ideas m&#237;as, que yo era una mala influencia. </p><p>Torcida de mierda escuche a alguien decirme en el o&#237;do.</p><p>La hija chiquita de mi primo cantaba y saltaba alrededor de la mesa al grito de &#8220;soy lesbiana&#8221;, y los mellizos aplaud&#237;an detr&#225;s de ella.</p><p>&#8212;&#161;BASTA!</p><p>El grito de mi padre, acompa&#241;ado de un golpe sobre la mesa, hizo que toda la sala enmudeciera.</p><p>Todas las cabezas giraron hacia el viejo general parapl&#233;jico y mudo.</p><p>&#8212;Se sientan todos ya. A partir de hoy no se hace m&#225;s este est&#250;pido ritual. Nadie se va a meter bajo esta mesa nunca m&#225;s. </p><p>Tosi&#243; antes de continuar.</p><p>&#8212;Hace una hora que no tengo bebida en la copa y ninguno de ustedes se dio cuenta, carajo.</p><p>El beb&#233; de alguien comenz&#243; a re&#237;r a carcajadas y todos en la sala lo siguieron.</p><p>La cena de A&#241;o Nuevo hab&#237;a pasado del caos a la risa sin escalas.</p><p>Re&#237;mos hasta llorar. Lloramos hasta sanar, al menos un poco. Y brindamos porque nunca m&#225;s nadie de esta familia volver&#237;a a meterse debajo de esa mesa.</p><p></p><p></p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!t1Xm!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F2c72a2ba-4720-4c28-a71f-70e9ff10dc56_1170x1450.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!t1Xm!, /__u/catular.substack.com/w_424, /__u/catular.substack.com/c_limit, /__u/catular.substack.com/f_webp, /__u/catular.substack.com/q_auto:good, /__u/catular.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F2c72a2ba-4720-4c28-a71f-70e9ff10dc56_1170x1450.jpeg 424w, /__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!t1Xm!, /__u/catular.substack.com/w_848, 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