<script data-pm-proxy="intercept"></script><?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" version="2.0" xmlns:itunes="http://www.itunes.com/dtds/podcast-1.0.dtd" xmlns:googleplay="http://www.google.com/schemas/play-podcasts/1.0"><channel><title><![CDATA[Como se pudo]]></title><description><![CDATA[Este es un espacio donde cuento, a mi manera, lo que he aprendido emprendiendo, trabajando en familia, en crisis, en otro país y a contrarreloj. Ideas, errores, golpes, más golpes y alguna que otra victoria… contadas tal como salieron: como se pudo.]]></description><link>https://comosepudo.substack.com</link><image><url>https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!VgvY!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F645936f0-94bf-473e-8186-eacb41d4a896_1024x1024.png</url><title>Como se pudo</title><link>https://comosepudo.substack.com</link></image><generator>Substack</generator><lastBuildDate>Tue, 01 Sep 2026 09:59:08 GMT</lastBuildDate><atom:link href="/__u/comosepudo.substack.com/feed" rel="self" type="application/rss+xml"/><copyright><![CDATA[Pablo Andres Cappellin]]></copyright><language><![CDATA[es]]></language><webMaster><![CDATA[comosepudo@substack.com]]></webMaster><itunes:owner><itunes:email><![CDATA[comosepudo@substack.com]]></itunes:email><itunes:name><![CDATA[Pablo Cappellin]]></itunes:name></itunes:owner><itunes:author><![CDATA[Pablo Cappellin]]></itunes:author><googleplay:owner><![CDATA[comosepudo@substack.com]]></googleplay:owner><googleplay:email><![CDATA[comosepudo@substack.com]]></googleplay:email><googleplay:author><![CDATA[Pablo Cappellin]]></googleplay:author><itunes:block><![CDATA[Yes]]></itunes:block><item><title><![CDATA[El vaporetto equivocado]]></title><description><![CDATA[Sobre equivocarse por creer que sabemos demasiado, aprender a corregir el rumbo y no convertir cada desv&#237;o en una tragedia.]]></description><link>https://comosepudo.substack.com/p/el-vaporetto-equivocado</link><guid isPermaLink="false">https://comosepudo.substack.com/p/el-vaporetto-equivocado</guid><dc:creator><![CDATA[Pablo Cappellin]]></dc:creator><pubDate>Sat, 29 Aug 2026 20:04:44 GMT</pubDate><enclosure url="https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/2c69b986-9c13-4a99-8b20-14c8117bff60_1122x1402.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span>Perderse en Venezia es bastante com&#250;n. Yo cre&#237;a sabermela de memoria porque hab&#237;a pasado mes y medio all&#237; con mis abuelos y mi primo mayor, Andr&#233;s. A esa edad, mes y medio es suficiente para apropiarse mentalmente de una ciudad: uno empieza a reconocer puentes, callejones, embarcaderos, plazas y atajos, y termina caminando con seguridad de quien cree ser local. Mi primo y yo pas&#225;bamos los d&#237;as recorri&#233;ndola como si fuera nuestra. Hicimos cualquier cantidad de travesuras que un par de ni&#241;os de 8 y 13 a&#241;os pod&#237;an hacer sin supervisi&#243;n de un adulto.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Uno o dos a&#241;os m&#225;s tarde regres&#233; con mis padres y mis hermanos, y llegu&#233; con una ventaja que, en retrospectiva, probablemente fue tambi&#233;n el problema: yo ya conoc&#237;a la ciudad. No llegaba como turista. No necesitaba mirar un mapa a cada rato ni preguntar d&#243;nde quedaba San Marco. Me sent&#237;a c&#243;modo, incluso un poco local, en la medida en que un ni&#241;o de diez a&#241;os puede sentirse en una ciudad italiana en la que no vive. Un d&#237;a fuimos al Lido y alquilamos unas bicicletas de esas que son como carritos, donde varias personas pueden pedalear al mismo tiempo. El paseo fue fant&#225;stico. Fuimos a ver la casa donde hab&#237;a nacido mi Nonno, pasamos por la playa &#8212;era invierno, as&#237; que ir a la playa consist&#237;a b&#225;sicamente en verla&#8212;, vimos el Casino, comimos gelatto y recorrimos la isla durante horas. Era uno de esos d&#237;as familiares que, mientras ocurren, parecen normales y treinta a&#241;os despu&#233;s uno recuerda con una precisi&#243;n absurda.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Cuando terminamos regresamos al embarcadero para tomar el vaporetto de vuelta a San Marco. Mientras los dem&#225;s empezaban a moverse hacia el barco, yo me qued&#233; en un kiosco mirando una copia de </span><em><span>La Gazzetta dello Sport.</span></em><span> Para quien no la conozca, </span><em><span>La Gazzetta </span></em><span>es un m&#237;tico peri&#243;dico deportivo italiano de p&#225;ginas rosadas. Y aquello era adem&#225;s durante una de las grandes &#233;pocas de la Serie A, cuando leer noticias de f&#250;tbol pod&#237;a consumir perfectamente la atenci&#243;n de un ni&#241;o como yo. Me qued&#233; ah&#237;, leyendo, completamente tranquilo. No vi cu&#225;ndo mi padre, mis hermanos y los amigos que estaban con nosotros caminaron hacia el vaporetto. Cuando termin&#233;, levant&#233; la cabeza, vi un barco y sub&#237;. No pregunt&#233; ad&#243;nde iba. No revis&#233; nada. No busqu&#233; a mi familia antes de entrar. Hice exactamente lo que uno hace cuando cree saber perfectamente lo que est&#225; haciendo.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Me sent&#233; junto a una ventana y durante unos minutos no pas&#243; nada. Me pareci&#243; curioso no ver a mi padre, pero pens&#233; que seguramente estar&#237;a en otra parte del barco. Hasta que mir&#233; por la ventana hacia el vaporetto de al lado. All&#237; estaban todos: mi padre, mis hermanos y nuestros amigos. Y entonces ocurri&#243; una de esas escenas que la memoria conserva en c&#225;mara lenta, para darle dramatismo al asunto. Los dos barcos comenzaron a separarse, lentamente al principio, casi en paralelo, hasta que cada uno tom&#243; una direcci&#243;n distinta. Ellos iban hacia San Marco. Yo hacia las islas de la laguna. Sal&#237; corriendo hacia la cabina del capit&#225;n y le expliqu&#233; que me hab&#237;a confundido, que mis padres estaban en el otro barco y que t&#233;cnicamente estaba perdido. El hombre me mir&#243; con una tranquilidad extraordinaria y me dijo que no pasaba nada, que aquel vaporetto tambi&#233;n terminar&#237;a llegando a San Marco. Solo que antes recorrer&#237;a varias islas y tardar&#237;a dos o tres horas m&#225;s.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>No hab&#237;a mucho que negociar. No pod&#237;a bajarme. No exist&#237;an m&#243;viles, WhatsApp, Google Maps ni ubicaci&#243;n compartida. Nadie pod&#237;a abrir una aplicaci&#243;n y ver un peque&#241;o punto azul desplaz&#225;ndose tranquilamente por la laguna mientras su familia estaba en otra parte. As&#237; que hice lo &#250;nico disponible: regres&#233; a mi asiento y mir&#233; por la ventana. Total, no ten&#237;a nada mejor que hacer. No recuerdo haber tenido miedo. Recuerdo m&#225;s bien una mezcla de resignaci&#243;n y curiosidad. Me hab&#237;a equivocado de barco, s&#237;, pero el capit&#225;n me hab&#237;a dicho que eventualmente llegar&#237;a a San Marco y aquello me pareci&#243; informaci&#243;n suficiente. Unas horas despu&#233;s llegamos y uno de los empleados del vaporetto decidi&#243; que, por mucho que yo insistiera en que sab&#237;a volver solo a casa, dejar a un ni&#241;o de diez a&#241;os caminando por Venezia quiz&#225; no era la mejor idea. Me llev&#243; a una estaci&#243;n de Carabinieri cerca de la plaza.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>La oficina parec&#237;a sacada de una pel&#237;cula italiana antigua. Era grande, oscura, casi vac&#237;a, con una l&#225;mpara iluminando un escritorio detr&#225;s del cual estaba sentado un Carabiniere mayor, uniformado, rodeado de papeles. Ten&#237;a un cigarrillo en la mano y un cenicero lleno. A un lado hab&#237;a otro hombre, delgado, con gafas, que parec&#237;a su asistente. El empleado del barco explic&#243; lo ocurrido y me dej&#243; all&#237;. El polic&#237;a dio una calada al cigarrillo, me mir&#243; y pregunt&#243; si estaba perdido. Yo le expliqu&#233; que no, que simplemente me hab&#237;a confundido de vaporetto. Que mi familia estaba en tal direcci&#243;n. Que mi Nonno ten&#237;a un piso ah&#237;. Que yo conoc&#237;a Venezia y pod&#237;a regresar solo. Todo aquello me parec&#237;a un argumento impecable. Al Carabiniere, curiosamente, no.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Me pregunt&#243; si sab&#237;a el tel&#233;fono de la casa de mi abuelo. No ten&#237;a ni idea. En aquella &#233;poca eso complicaba bastante las cosas. No hab&#237;a contactos guardados ni internet. Hab&#237;a una gu&#237;a telef&#243;nica blanca y paciencia. El polic&#237;a sac&#243; una de aquellas gu&#237;as enormes, me pregunt&#243; mi apellido y empez&#243; a buscar Cappellin. Hab&#237;a varios. &#8220;&#191;Gianni?&#8221;. No. &#8220;&#191;Anna?&#8221;. No. Otro nombre. Otro no. Hasta que finalmente dijo: &#8220;&#191;Paolo?&#8221;. Ese. Anot&#243; el n&#250;mero y tom&#243; uno de aquellos tel&#233;fonos de rueda. Cada d&#237;gito era un peque&#241;o ritual: girar, soltar, esperar a que la rueda regresara y marcar el siguiente. La llamada parec&#237;a durar una eternidad antes incluso de empezar. Finalmente son&#243;. Al otro lado se escuch&#243; un &#8220;&#191;Pronto?&#8221;. Era la voz de mi padre.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>El polic&#237;a le explic&#243; formalmente la situaci&#243;n: ten&#237;a a su hijo en la estaci&#243;n de Carabinieri y deb&#237;a venir un adulto a recogerlo. Mi padre respondi&#243; con absoluta tranquilidad: &#8220;Ah, d&#237;gale que se venga a casa. &#201;l sabe llegar&#8221;. Todav&#237;a puedo imaginar la cara del polic&#237;a. Me mir&#243; de reojo con una expresi&#243;n que dec&#237;a algo parecido a: el ni&#241;o parece estar bien; quiz&#225; deber&#237;amos preocuparnos por la familia. Insisti&#243; en que yo ten&#237;a diez a&#241;os y que alguien deb&#237;a venir a buscarme. Entonces mi padre tuvo que explicar un peque&#241;o detalle: durante el paseo en bicicleta hab&#237;a metido el pie entre los pedales del carrito y se hab&#237;a fracturado un dedo, por lo que no pod&#237;a caminar. Mandar&#237;a a un amigo suyo, a quien nosotros llam&#225;bamos t&#237;o, a recogerme. El Carabiniere acept&#243;. Al rato apareci&#243; mi t&#237;o y me llev&#243; a casa. Mi padre estaba sentado con el pie levantado. Me vio entrar y pregunt&#243;: &#8220;&#191;D&#243;nde estabas?&#8221;. Y poco m&#225;s.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Durante mucho tiempo pens&#233; que aquella era simplemente la historia de la vez que me perd&#237; en Venezia. Ahora creo que la palabra &#8220;perdido&#8221; no es del todo correcta. Me hab&#237;a equivocado de barco. Y lo curioso es que el error no ocurri&#243; porque no conociera la ciudad, sino precisamente porque cre&#237;a conocerla demasiado bien. Si hubiera sido mi primera vez probablemente habr&#237;a seguido a mi padre a veinte cent&#237;metros de distancia, preguntado tres veces qu&#233; vaporetto tomar y comprobado que mi familia estuviera dentro antes de sentarme. Pero yo sab&#237;a, o al menos cre&#237;a saber. La experiencia tiene esa peque&#241;a trampa: cuando no sabemos algo prestamos atenci&#243;n; cuando creemos dominarlo, dejamos de mirar. Uno no siempre se equivoca por ignorancia. A veces se equivoca porque est&#225; demasiado convencido de que sabe lo que est&#225; haciendo.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Tambi&#233;n se repite mucho eso de que de los errores se aprende, pero no siempre es verdad. Equivocarse, por s&#237; solo, no ense&#241;a demasiado. Para aprender hay que aceptar que uno se equivoc&#243;, entender qu&#233; pas&#243;, por qu&#233; pas&#243; y decidir qu&#233; hacer despu&#233;s. Una vez que los dos vaporetti comenzaron a separarse, yo ya no pod&#237;a cambiar lo ocurrido. Pod&#237;a entrar en p&#225;nico, llorar y pasar las siguientes tres horas convencido de que aquello era una tragedia. O pod&#237;a hablar con el capit&#225;n y preguntar d&#243;nde demonios terminaba el barco. Eso fue lo que hice. Entend&#237; el problema, pregunt&#233; cu&#225;les eran mis opciones y descubr&#237; que no hab&#237;a una soluci&#243;n inmediata: tocaba esperar. As&#237; que me sent&#233; junto a la ventana. No porque a los diez a&#241;os tuviera una filosof&#237;a extraordinaria sobre la vida, sino porque dramatizar no iba a hacer que el vaporetto fuera m&#225;s r&#225;pido.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Con los a&#241;os creo que esa es la parte de la historia que m&#225;s sentido tiene. Nos equivocamos trabajando, haciendo negocios, confiando en personas o tomando decisiones que parec&#237;an perfectamente razonables cuando las tomamos. A veces el error es peque&#241;o y otras puede salir bastante caro. Pero muchas veces a&#241;adimos al problema original una segunda capa innecesaria: el drama. Algo sale mal y enseguida pensamos que todo sali&#243; mal. Un retraso se convierte en fracaso, una mala decisi&#243;n en una cat&#225;strofe y un error en la prueba de que nunca debimos intentarlo. El problema sigue siendo exactamente el mismo, solo que ahora adem&#225;s tenemos que cargar con toda la pel&#237;cula que construimos alrededor.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Eso no significa que todos los barcos equivocados terminen m&#225;gicamente donde queremos llegar. Algunos no lo har&#225;n. A veces tocar&#225; bajarse en la siguiente parada, retroceder, cambiar de ruta o aceptar que aquello sali&#243; mal. Pero incluso entonces la actitud cambia mucho el proceso. Podemos gastar toda la energ&#237;a castig&#225;ndonos por habernos equivocado o utilizarla para entender qu&#233; ocurri&#243; y empezar a corregirlo. El error puede ser exactamente el mismo y, sin embargo, la experiencia puede ser completamente distinta.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Y quiz&#225; ah&#237; est&#233; realmente el aprendizaje. Cuando finalmente uno vuelve a la estaci&#243;n correcta, ya no es exactamente la misma persona que sali&#243;. Quiz&#225; mira mejor los carteles antes de subir. Quiz&#225; pregunta ad&#243;nde va el barco. Quiz&#225; aprende a desconfiar un poco de esa sensaci&#243;n tan peligrosa de &#8220;yo esto ya me lo s&#233;&#8221;. O quiz&#225; simplemente descubre que puede encontrarse en un lugar inesperado, entender lo que est&#225; pasando y resolverlo sin que el mundo se termine.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Todav&#237;a me hace gracia imaginar a mi padre al otro lado de aquel tel&#233;fono, escuchando a un Carabiniere explicarle solemnemente que hab&#237;an encontrado a su hijo perdido en Venezia y respondiendo: &#8220;D&#237;gale que se venga a casa. &#201;l sabe llegar&#8221;. Quiz&#225; yo no sab&#237;a llegar tan bien como &#233;l pensaba. De hecho, unas horas antes hab&#237;a demostrado exactamente lo contrario. Pero para cuando finalmente llegu&#233; a casa sab&#237;a un poco m&#225;s.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Probablemente de eso se trate. No de no equivocarse nunca, porque tarde o temprano todos terminamos subi&#233;ndonos a alg&#250;n vaporetto que no era. Se trata de reconocerlo, entender por qu&#233; ocurri&#243;, buscar una soluci&#243;n y no convertir autom&#225;ticamente el desv&#237;o en una tragedia. Y si por el momento no hay nada m&#225;s que podamos hacer, quiz&#225; lo m&#225;s sensato sea sentarnos junto a la ventana y mirar la laguna.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Despu&#233;s de todo, el barco seguir&#225; avanzando igual. Y por mucho que haya aprendido aquella tarde, probablemente volver&#237;a a coger el vaporetto equivocado. Vamos, que me ha pasado cientos de veces desde entonces &#8212;si no, preg&#250;ntenle a mi esposa&#8212;. Pero al menos hay algo que s&#237; puedo asegurar: cuando me bajo, nunca soy exactamente el mismo que cuando sub&#237;.</span></p><div class="subscription-widget-wrap-editor" data-attrs="{&quot;url&quot;:&quot;https://comosepudo.substack.com/subscribe?&quot;,&quot;text&quot;:&quot;Suscribirse&quot;,&quot;language&quot;:&quot;es&quot;}" data-component-name="SubscribeWidgetToDOM"><div class="subscription-widget show-subscribe"><div class="preamble"><p class="cta-caption"></p></div><form class="subscription-widget-subscribe"><input type="email" class="email-input" name="email" placeholder="Escribe tu correo electr&#243;nico..." tabindex="-1"><input type="submit" class="button primary" value="Suscribirse"><div class="fake-input-wrapper"><div class="fake-input"></div><div class="fake-button"></div></div></form></div></div>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[El precio de irse]]></title><description><![CDATA[El coste invisible de construir una vida lejos de casa.]]></description><link>https://comosepudo.substack.com/p/el-precio-de-irse</link><guid isPermaLink="false">https://comosepudo.substack.com/p/el-precio-de-irse</guid><dc:creator><![CDATA[Pablo Cappellin]]></dc:creator><pubDate>Fri, 21 Aug 2026 09:21:38 GMT</pubDate><enclosure url="https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/8f2dda0d-a525-474b-a1f2-83da90981755_1672x941.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Emigrar suele ser una decisi&#243;n de vida y geograf&#237;a. Antes viv&#237;a en un lugar y ahora vives en otro nuevo. Esta decisi&#243;n conlleva cambios importantes: Cambia de casa, de trabajo, posiblemente de moneda, de costumbres, de clima, de comida, de horarios y, algunas veces, hasta de idioma. Uno aprende que la gente cena a otra hora, que determinadas palabras significan cosas distintas y que algunas costumbres que consideraba universales eran, en realidad, profundamente locales. Con suficiente tiempo uno aprende los c&#243;digos, entiende los chistes, sabe d&#243;nde comprar, d&#243;nde comer, a qu&#233; hora pasa el bus para llegar a un lugar y hasta empieza a quejarse de las mismas cosas que los locales. Desde afuera, el proceso parece como si se cerrara: uno se integr&#243;. Pero hay otra parte de la migraci&#243;n no visible que ocurre simult&#225;neamente y que probablemente nunca termina. Es la migraci&#243;n emocional. Porque cuando uno se va no solamente entra en un lugar nuevo; empieza tambi&#233;n, muy lentamente, a salirse del lugar anterior. Hasta llegar a una situaci&#243;n bastante extra&#241;a: ya no pertenece completamente al sitio de donde vino, pero tampoco perteneces del todo al lugar al que llegaste. Uno queda atrapado en una especie de purgatorio geogr&#225;fico y emocional que probablemente sea uno de los puntos menos comentados de emigrar.</p><p>La decisi&#243;n de emigrar suele basarse, en la mayor&#237;a de los casos, con una l&#243;gica econ&#243;mica. Incluso quienes nunca han escuchado hablar del coste de oportunidad terminan haciendo exactamente ese c&#225;lculo. Comparamos salarios, seguridad, educaci&#243;n, estabilidad, vivienda, posibilidades profesionales, futuro de nuestros hijos y calidad de vida. Si creemos que el conjunto de oportunidades que ofrece el nuevo destino es superior al del origen, eso como dir&#237;an mis hijos &#8220;est&#225; chupado&#8221; (facilito). En t&#233;rminos econ&#243;micos podr&#237;a verse y tratarse como una inversi&#243;n: renunciamos a determinados activos presentes esperando recibir un rendimiento mayor en el futuro. El problema es que la contabilidad de ese c&#225;lculo est&#225; incompleta. Sabemos perfectamente cu&#225;nto cuesta un alquiler, cu&#225;nto ganaremos en un nuevo empleo o cu&#225;nto pagaremos de impuestos, pero somos extraordinariamente malos poniendo precio a las cosas que dejamos atr&#225;s. &#191;Cu&#225;nto vale tener a tus padres a veinte minutos de casa? &#191;Cu&#225;nto vale conservar una amistad dentro de la cotidianeidad? &#191;Cu&#225;nto vale pertenecer a un lugar sin necesidad de aprender a pertenecer? &#191;Cu&#225;nto vale que tus hijos crezcan junto a sus abuelos y primos? Como ninguna de esas cosas tiene un precio fijo, tendemos a cometer un error bastante com&#250;n: confundimos aquello que no tiene precio con aquello que no tiene coste.</p><p>Al principio la ruptura casi no se nota. Uno sigue hablando con los mismos amigos, participa en los mismos grupos de WhatsApp, conoce los problemas de todo el mundo y regresa peri&#243;dicamente sintiendo que estuvo fuera durante un tiempo, y ya. Pero con los a&#241;os entra una variable contra la que es muy dif&#237;cil lidiar: la presencia. Empiezan a aparecer historias que no conoces y no eres parte de ellas, personas nuevas, parejas que se forman o se separan, ni&#241;os que nacen y crecen, restaurantes nuevos, negocios que cambian, gente que ocupa profesionalmente tu puesto. Incluso dentro de los grupos de amigos se produce algo perfectamente natural pero emocionalmente muy duro: otras personas empiezan a ocupar tu espacio. No porque alguien te haya sustituido, sino porque ya no est&#225;s. Las relaciones humanas necesitan presencia y la distancia aumenta ese coste de mantenerla. Una birra improvisada, un sushi un domingo, un paseo a la playa, ayudar a alguien con algo, encontrarse casualmente por la calle o conversar sobre un problema tan peque&#241;o que jam&#225;s justificar&#237;a una llamada internacional parecen cosas insignificantes, pero forman gran parte de la estructura b&#225;sica de una relaci&#243;n. El cari&#241;o puede no cambiar pero lo cotidiano desaparece. Es triste porque uno puede seguir teniendo a una persona quien es su amigo, pero cada d&#237;a te das cuenta que sabes menos de su vida. Es una cosa dif&#237;cil y jodida.</p><p>Lo extra&#241;o es que mientras pierdes poco a poco ese espacio en el lugar de donde vienes, tampoco terminas necesariamente de adquirirlo en el nuevo. Puedes llevar diez a&#241;os, hablar el idioma, trabajar, pagar impuestos, tener amigos, comprar una casa y conocer mejor la ciudad que muchas personas que nacieron all&#237;. Pero siempre existir&#225;n conversaciones en las que te faltan treinta a&#241;os de contexto. No fuiste al mismo colegio, no viste los mismos programas de televisi&#243;n, no conociste aquellas discotecas, no viviste determinadas crisis y no compartes esa memoria colectiva que hace que dos desconocidos nacidos en el mismo lugar puedan reconocerse culturalmente en cuesti&#243;n de minutos. Entonces ocurre una de las paradojas de la migraci&#243;n: tus hijos s&#237; tendr&#225;n todo eso. El pa&#237;s que para uno siempre tendr&#225; alg&#250;n componente de extranjero ser&#225; para ellos su casa. Ellos tendr&#225;n los recuerdos, los amigos de infancia, los c&#243;digos, el acento y las referencias que t&#250; tuviste que aprender conscientemente. Uno emigr&#243;. Ellos simplemente crecieron ah&#237;. Me acuerdo un d&#237;a viajamos a Caracas, y mi hija me dijo: &#8220;Pap&#225;, estoy cansada, me quiero ir a mi casa en San Sebasti&#225;n&#8221;. Y yo asombrado le dije: &#8220;Gorda, pero &#191;por qu&#233;? Mira que rico todo esto!. A lo que ella me respondi&#243; algo, con un nivel de madurez que me dej&#243; fr&#237;o para alguien de 5-6 a&#241;os en ese momento: &#8220;Pap&#225; yo entiendo que t&#250; quieras estar aqu&#237; porque has vivido toda tu vida, pero yo he vivido toda mi vida all&#225; y quiero estar en casa con mis amigas&#8221;.</p><p>Esto convierte la migraci&#243;n en una inversi&#243;n bastante peculiar, porque quien paga buena parte del coste no necesariamente es quien recibe la mayor parte del rendimiento. La primera generaci&#243;n absorbe los costes de la transici&#243;n: pierde capital social, reconstruye contactos, aprende c&#243;digos, puede retroceder profesionalmente, abandona determinados privilegios, vive lejos de su familia y compara permanentemente dos realidades. La segunda recibe buena parte de los beneficios sin asumir muchos de esos costes. Los hijos entran al colegio siendo como cualquier otro ni&#241;o, construyen sus amistades desde peque&#241;os, hablan como los dem&#225;s, entienden intuitivamente las normas sociales y desarrollan una red que sus padres tuvieron que construir desde cero. Quiz&#225;s por eso la frase que repiten tantos inmigrantes &#8212;&#8220;lo hicimos por nuestros hijos&#8221;&#8212; deber&#237;a interpretarse menos como una declaraci&#243;n sentimental y m&#225;s como una descripci&#243;n econ&#243;mica bastante precisa. Emigrar puede ser una transferencia de riqueza entre generaciones, solo que la riqueza que se transfiere no est&#225; necesariamente en una cuenta bancaria. Son oportunidades, estabilidad, seguridad, cultura, educaci&#243;n, conexiones y pertenencia. Una generaci&#243;n paga el precio de entrada para que la siguiente pueda entrar gratis.</p><p>Pero probablemente el coste m&#225;s dif&#237;cil de contabilizar sea otro. Cuando uno se marcha relativamente joven tiene la sensaci&#243;n irracional de que sus padres permanecer&#225;n exactamente como los dej&#243;. Regresas en Navidad, verano o Semana Santa y durante algunos a&#241;os todo parece m&#225;s o menos igual. Hasta que deja de serlo. Caminan algo m&#225;s despacio. Se cansan antes. Aparecen medicamentos. Alguna conversaci&#243;n comienza a repetirse. Y entonces descubres que mientras estabas construyendo una nueva vida ellos estaban envejeciendo. Sab&#237;amos que ocurrir&#237;a, por supuesto, pero saber algo intelectualmente y comprenderlo emocionalmente son cosas diferentes. Si vivieras cerca quiz&#225; ver&#237;as a tus padres casi todos los d&#237;as. Viviendo lejos puedes terminar compartiendo con ellos diez, veinte o treinta d&#237;as, con suerte. Si quedan veinte a&#241;os, la diferencia real no son veinte a&#241;os de distancia. Puede ser la diferencia entre compartir miles de d&#237;as o apenas unos cuantos. Y el intercambio es bidireccional: t&#250; te pierdes parte de su vejez mientras ellos se pierden parte de tu vida adulta. Se pierden cumplea&#241;os, partidos de los nietos, funciones del colegio, comidas familiares y domingos en los que aparentemente no ocurre nada. Precisamente esos momentos que pueden ser insignificantes pero, cuando se acumulan, resultan ser la vida entera.</p><p>Por eso quiz&#225; la pregunta de si emigrar &#8220;vali&#243; la pena&#8221; sea demasiado simple. Obliga a convertir una decisi&#243;n muy compleja en un resultado binario: ganamos o perdimos. Pero uno puede ganar seguridad y perder pertenencia, ganar oportunidades profesionales y perder tiempo con sus padres, ofrecerles posibilidades extraordinarias a sus hijos y sentir nostalgia por aquello que tuvo que sacrificar para conseguirlas. Uno puede estar objetivamente mejor y echar mucho de menos la vida que dej&#243;. No hay ninguna contradicci&#243;n. Simplemente existen beneficios y costes que se contabilizan en unidades diferentes. El salario aparece todos los meses en la cuenta bancaria; el cumplea&#241;os al que no fuiste no aparece en ninguna parte. La seguridad puede medirse estad&#237;sticamente; la ausencia de un abuelo en la infancia de un ni&#241;o es mucho m&#225;s dif&#237;cil de convertir en una cifra por m&#225;s que se vean todos los d&#237;as por v&#237;deo. Quiz&#225;s por eso tendemos a sobrevalorar aquello que podemos medir y a infravalorar aquello que solamente podemos sentir.</p><p>Entonces es ah&#237; donde aparece una posibilidad inc&#243;moda: emigrar puede haber sido la decisi&#243;n correcta y aun as&#237; haber tenido un precio mucho mayor del que imagin&#225;bamos cuando hicimos las maletas. Porque el verdadero coste de oportunidad no es simplemente aquello que elegimos frente a aquello que rechazamos; es tambi&#233;n la vida alternativa que dej&#243; de suceder como consecuencia de nuestra decisi&#243;n. Nunca sabremos qui&#233;nes habr&#237;amos sido si nos hubi&#233;ramos quedado, qu&#233; amigos seguir&#237;an cerca, cu&#225;nto tiempo habr&#237;amos pasado con nuestros familiares o qu&#233; relaci&#243;n tendr&#237;an nuestros hijos con aquel lugar. Tampoco sabemos qui&#233;nes habr&#237;an sido nuestros hijos si no nos hubi&#233;ramos ido. Solo conocemos la vida que finalmente ocurri&#243; y es la que es. Tal vez ah&#237; est&#233; la verdadera econom&#237;a de emigrar: intercambiamos cosas que sabemos medir por otras cuyo valor descubrimos demasiado tarde. Pero, aun as&#237;, podemos mirar a nuestros hijos, y observar la vida que est&#225;n construyendo gracias a aquella decisi&#243;n y concluir que el intercambio tuvo sentido, o esperar eso. Quiz&#225;s esa sea la paradoja final del inmigrante: pasar buena parte de la vida pagando personalmente el precio de una decisi&#243;n que, precisamente porque est&#225; funcionando, hara que nuestros hijos nunca se tengan que cuestionar lo que vivimos nosotros para que ellos tengan la vida que tienen y los conflictos internos que vivimos para lo que ellos consideran su vida cotidiana.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[El precio oculto de la comodidad]]></title><description><![CDATA[Una caminata por la Costa Brava y una pregunta sobre esas incomodidades que parecen estorbar hasta que desaparecen.]]></description><link>https://comosepudo.substack.com/p/el-precio-oculto-de-la-comodidad</link><guid isPermaLink="false">https://comosepudo.substack.com/p/el-precio-oculto-de-la-comodidad</guid><dc:creator><![CDATA[Pablo Cappellin]]></dc:creator><pubDate>Sun, 16 Aug 2026 07:02:15 GMT</pubDate><enclosure url="https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/a7b0578c-4f79-4dd2-ba1e-4206a57c1937_1448x1086.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p><span>Hay una pregunta que probablemente nadie se hace mientras carga un toldo, varias toallas, una mochila con bebidas y hielo, bolsas y ni&#241;os peque&#241;os bajo el sol de la Costa Brava: &#191;cu&#225;ntas incomodidades hacen falta antes de que algo deje de valer la pena? Yo empec&#233; a plante&#225;rmela a los pocos minutos de caminata. Hab&#237;amos conseguido escaparnos de casa unos d&#237;as y, despu&#233;s de un a&#241;o lleno de cambios, rutinas alteradas y demasiado tiempo viendo los mismos espacios, simplemente salir ya se sent&#237;a como una especie de lujo. No hac&#237;a falta ir muy lejos. Bastaba con cambiar el paisaje, dormir en otra cama, desayunar en otro sitio y mirar por una ventana diferente. Terminamos en Calella de Palafrugell, un peque&#241;o pueblo de la Costa Brava que hab&#237;amos conocido a&#241;os atr&#225;s durante otra de esas escapadas espont&#225;neas que se organizan casi sin pensar y que, por alg&#250;n motivo, terminan dejando m&#225;s huella que muchos viajes cuidadosamente planeados. Calella nos hab&#237;a marcado entonces por sus casas blancas, las peque&#241;as barcas sobre la arena, sus calles estrechas, su gastronom&#237;a &#8212;todav&#237;a se me hace la boca agua al recordar un arroz negro que comimos all&#237;&#8212; y esa geograf&#237;a tan propia de la Costa Brava donde parece existir una regla sencilla: cuanto m&#225;s bonito es un lugar, m&#225;s probable es que haya que esforzarse para llegar hasta &#233;l.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Alguien nos recomend&#243; una playa cercana. &#8220;Es incre&#237;ble&#8221;, nos dijeron. &#8220;Tienen que ir.&#8221; Las recomendaciones suelen tener un problema bastante curioso: describen con enorme entusiasmo el beneficio y casi nunca explican el coste. En este caso, la letra peque&#241;a era caminar quince o veinte minutos bajo el sol. No parece demasiado hasta que introduces algunas variables en la ecuaci&#243;n: el toldo, las toallas, la comida, el agua, los juguetes y, sobre todo, los ni&#241;os. De repente, veinte minutos dejan de ser una medida de tiempo y se convierten en un problema log&#237;stico. A mitad del camino ya estaba haciendo ese c&#225;lculo mental que hacemos cuando empezamos a sospechar que una decisi&#243;n de vacaciones quiz&#225; no ha sido brillante: &#191;de verdad merece la pena todo esto? Porque hay playas mucho m&#225;s c&#243;modas. Aparcas cerca, bajas unas escaleras, extiendes la toalla y listo. Aqu&#237;, en cambio, hab&#237;a que caminar, cargar, bajar y sudar. Y mientras lo haces, dudas. En ese momento, la dificultad parece simplemente un defecto del lugar.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Probablemente mi reacci&#243;n ten&#237;a tambi&#233;n algo de cultural. Yo vengo de Venezuela y crec&#237; con una idea de la playa bastante distinta. En muchas playas venezolanas puedes llegar pr&#225;cticamente con el coche hasta la arena y, cuando uno se va de vacaciones, una parte del acuerdo t&#225;cito consiste precisamente en que te atiendan. Que aparezca alguien con una mesita de pl&#225;stico, te traiga una cerveza fr&#237;a o un refresco y, si todo va bien, termine llegando un pescado frito con tostones a la orilla del mar. &#191;A qui&#233;n no le gusta eso? Para m&#237;, durante mucho tiempo, comodidad y vacaciones pertenec&#237;an a la misma ecuaci&#243;n: si he venido a descansar, &#191;por qu&#233; voy a complicarme la vida? Por eso caminar veinte minutos cargando media casa para llegar a una playa donde, adem&#225;s, no hab&#237;a tumbonas, ni camareros, ni nadie esperando para traerte nada, requer&#237;a cierto reajuste mental. Aqu&#237; llegas con lo tuyo, cargas lo tuyo, montas lo tuyo y te vas con lo tuyo. Incluso el concepto de qu&#233; significa &#8220;estar preparado para la playa&#8221; parece distinto. Uno puede pasar un rato eligiendo el ba&#241;ador de la marca X y, veinte minutos despu&#233;s, llegar a una cala y descubrir que el se&#241;or que tienes al lado ha decidido que el mejor ba&#241;ador es no tener. Ah&#237; entiendes que incluso algo tan aparentemente universal como estar c&#243;modo en la playa depende mucho m&#225;s de d&#243;nde vienes de lo que uno imagina.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Y quiz&#225; por eso aquella caminata me molestaba tanto. No era solo el peso del toldo. Contradec&#237;a mi idea de lo que deber&#237;an ser unas vacaciones. Pero resulta que esa misma l&#243;gica &#8212;si algo puede hacerse m&#225;s f&#225;cil, hag&#225;moslo m&#225;s f&#225;cil&#8212; no es &#250;nicamente venezolana ni americana. Es probablemente una de las ideas dominantes de nuestra &#233;poca. Gran parte de la innovaci&#243;n de las &#250;ltimas d&#233;cadas ha consistido precisamente en eliminar fricciones. Amazon redujo la distancia entre querer algo y comprarlo. Netflix, entre querer ver algo y encontrarlo. Uber, entre necesitar un coche y tenerlo delante. Los pagos sin contacto eliminaron incluso los segundos necesarios para sacar efectivo o introducir un c&#243;digo. En los negocios, la fricci&#243;n es casi siempre el enemigo. Cada clic adicional puede hacer que alguien abandone una compra. Cada minuto de espera puede reducir la satisfacci&#243;n. Cada paso innecesario parece una oportunidad para dise&#241;ar algo mejor. En la mayor&#237;a de los casos, tiene todo el sentido. Nadie siente nostalgia por las filas interminables, los tr&#225;mites absurdos o las p&#225;ginas web que necesitan siete pantallas para resolver algo sencillo. El problema empieza cuando convertimos una buena regla en una regla universal y asumimos que todo ser&#237;a necesariamente mejor si fuera m&#225;s r&#225;pido, m&#225;s f&#225;cil y m&#225;s accesible.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Entonces llegamos. El sendero termin&#243; y apareci&#243; el mar. Primero el azul entre los &#225;rboles, despu&#233;s las rocas y finalmente una cala peque&#241;a, encerrada entre vegetaci&#243;n y acantilados, con el agua transparente movi&#233;ndose contra la orilla. Dejamos las cosas sobre las piedras, solt&#233; el toldo, los ni&#241;os corrieron hacia el agua y todo el c&#225;lculo anterior desapareci&#243;. Pero hubo algo m&#225;s que me llam&#243; la atenci&#243;n: no estaba abarrotada. Hab&#237;a gente, por supuesto, pero no esa sensaci&#243;n de tener que negociar cada cent&#237;metro de playa con el desconocido de al lado. Entonces pens&#233; en algo que no se me hab&#237;a ocurrido durante la caminata. Quiz&#225; aquel sendero que unos minutos antes me parec&#237;a un inconveniente no era simplemente un problema que alguien todav&#237;a no hab&#237;a resuelto. Quiz&#225; estaba haciendo un trabajo. Quiz&#225; esos veinte minutos bajo el sol eran una de las razones por las que aquella cala todav&#237;a se parec&#237;a a la cala que nos hab&#237;an recomendado.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Normalmente pensamos en el coste como dinero, pero acceder a algo tambi&#233;n tiene precios que nunca aparecen en una factura: tiempo, esfuerzo, incomodidad, incertidumbre. Y esos costes cambian nuestro comportamiento. Una cala a la que hay que llegar caminando recibe menos visitantes que una playa con un aparcamiento a veinte metros. Un mirador al que se accede despu&#233;s de una hora de subida tendr&#225; menos gente que otro al que llega un ascensor. No hace falta que nadie proh&#237;ba la entrada. La propia dificultad selecciona. Desde el punto de vista individual, eso puede parecer negativo: naturalmente preferimos caminar menos y llegar antes. Pero desde el punto de vista del conjunto, la respuesta ya no es tan sencilla. Lo que para una persona es una molestia puede ser precisamente lo que evita que miles de personas tomen la misma decisi&#243;n al mismo tiempo.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Imaginemos que ma&#241;ana alguien decide solucionar el &#8220;problema&#8221; de aquella cala. Construye un aparcamiento cerca y una pasarela c&#243;moda hasta el agua. Ser&#237;a f&#225;cil defender el proyecto: m&#225;s accesibilidad, m&#225;s visitantes, m&#225;s actividad econ&#243;mica. Y seguramente producir&#237;a exactamente eso. Llegar&#237;a m&#225;s gente. Con m&#225;s gente aparecer&#237;a demanda para un chiringuito, ba&#241;os, tumbonas, alquileres y otros servicios. Ninguna de esas cosas es mala en s&#237; misma. Algunas incluso mejorar&#237;an enormemente la experiencia de muchas personas y har&#237;an posible que otras, que hoy no pueden recorrer ese sendero, tambi&#233;n pudieran disfrutar de la playa. Pero las mejoras no ocurren en el vac&#237;o. Cambian los incentivos y, cuando cambian los incentivos, cambia el comportamiento. Hacer m&#225;s f&#225;cil llegar a un lugar no solo modifica cu&#225;nto tardamos en alcanzarlo; tambi&#233;n cambia qui&#233;n llega, cu&#225;ntos llegan y qu&#233; actividades empiezan a resultar rentables alrededor. Con suficiente tiempo, podr&#237;amos acabar haciendo mucho m&#225;s accesible aquello que quer&#237;amos conocer y, al mismo tiempo, transform&#225;ndolo en algo diferente.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Ese es quiz&#225; uno de los problemas de nuestra obsesi&#243;n por optimizar. Vemos con mucha claridad lo que una fricci&#243;n nos cuesta, pero no siempre vemos lo que esa fricci&#243;n protege. El sendero te obliga a caminar, pero tambi&#233;n limita el n&#250;mero de personas que llegan. La distancia hace m&#225;s dif&#237;cil visitar un lugar, pero a veces ayuda a conservar precisamente aquello por lo que alguien quiere visitarlo. No toda fricci&#243;n cumple esa funci&#243;n, por supuesto. Una fila de dos horas en un aeropuerto no est&#225; protegiendo nada valioso. Una p&#225;gina web mal dise&#241;ada no se convierte en una mejor p&#225;gina porque sea dif&#237;cil de usar. Perder una maleta tampoco a&#241;ade profundidad espiritual a las vacaciones. Hay fricciones que son simplemente ineficiencias y cuanto antes desaparezcan, mejor. Pero quiz&#225; la pregunta interesante no sea simplemente c&#243;mo eliminarlas, sino qu&#233; ocurre despu&#233;s de hacerlo. Qu&#233; comportamientos cambian. Qu&#233; demanda aparece. Qu&#233; equilibrio, que antes ni siquiera sab&#237;amos que exist&#237;a, empieza a moverse.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Aquella tarde, mirando el agua mientras los ni&#241;os jugaban, pens&#233; que nadie hab&#237;a dise&#241;ado aquel sendero como un sofisticado mecanismo para controlar la demanda. No hab&#237;a nadie escondido entre los pinos calculando cu&#225;ntas personas deb&#237;a admitir la cala por hora. Era simplemente la geograf&#237;a. Pero el efecto estaba ah&#237;. Cada familia que miraba el camino y decid&#237;a que no val&#237;a la pena recorrerlo dejaba un poco m&#225;s de espacio a la que s&#237; lo hac&#237;a. Lo que veinte minutos antes me hab&#237;a parecido una p&#233;sima experiencia de usuario empezaba a parecerse a una caracter&#237;stica del lugar.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Quiz&#225; por eso aquella cala termin&#243; ense&#241;&#225;ndome algo que no esperaba aprender durante unas vacaciones. Ven&#237;a de una cultura en la que, al menos para m&#237;, una buena playa significaba que pudieras llegar f&#225;cilmente, sentarte y dejar que alguien apareciera con una mesita de pl&#225;stico y un pescado frito. Y sigo pensando que pocas cosas superan eso. Pero tambi&#233;n descubr&#237; que existe otra clase de valor, uno que a veces depende de que algo no sea completamente c&#243;modo, inmediato o escalable. No porque sufrir sea bueno, ni porque lo dif&#237;cil tenga autom&#225;ticamente m&#225;s m&#233;rito, sino porque ciertos obst&#225;culos modifican qui&#233;n llega, cu&#225;nto llega y, por tanto, qu&#233; queda cuando finalmente llegamos.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Vivimos intentando hacer que todo sea m&#225;s r&#225;pido, m&#225;s sencillo y m&#225;s accesible. Y casi siempre deber&#237;amos hacerlo. Pero quiz&#225; conviene a&#241;adir una pregunta antes de eliminar cada obst&#225;culo: &#191;qu&#233; m&#225;s cambia cuando lo quitamos? Porque algunas fricciones solo estorban, mientras que otras mantienen equilibrios que apenas percibimos hasta que desaparecen. Tal vez aquella caminata bajo el sol no estaba impidi&#233;ndonos llegar a la cala. Tal vez estaba ayudando a que la cala siguiera siendo una cala.</span></p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[¿Quién necesita a quién?]]></title><description><![CDATA[En un mundo lleno de alternativas, hasta los grandes tienen que convencer.]]></description><link>https://comosepudo.substack.com/p/quien-necesita-a-quien</link><guid isPermaLink="false">https://comosepudo.substack.com/p/quien-necesita-a-quien</guid><dc:creator><![CDATA[Pablo Cappellin]]></dc:creator><pubDate>Sun, 09 Aug 2026 16:44:27 GMT</pubDate><enclosure url="https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/6e34da7d-eee2-4d17-a0a1-8184ab9b00d1_1122x1402.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Cuando era joven compraba much&#237;simo una revista que se llamaba Don Bal&#243;n. Me encantaba. Pod&#237;a pasarme horas leyendo sobre equipos, jugadores, historias, estad&#237;sticas y an&#233;cdotas de clubes que muchas veces ni siquiera pod&#237;a ver jugar. Hay que recordar que aquello ocurr&#237;a en un mundo completamente diferente al actual. No hab&#237;a internet como lo conocemos hoy, ni ten&#237;amos un tel&#233;fono en el bolsillo que nos permitiera ver en treinta segundos el resumen de un partido de la liga inglesa que hab&#237;a terminado diez minutos antes, descubrir a un jugador brasile&#241;o de 17 a&#241;os o recibir una notificaci&#243;n cada vez que marcaba alguno de nuestros equipos favoritos. La informaci&#243;n era limitada y, precisamente por eso, ten&#237;a un valor diferente. Esperabas. Comprabas la revista. La le&#237;as. Y muchas veces volv&#237;as a leerla. Don Bal&#243;n fue durante d&#233;cadas una de las grandes referencias del periodismo futbol&#237;stico espa&#241;ol y, para alguien al que le gustaba el f&#250;tbol, era tambi&#233;n una ventana hacia un mundo que todav&#237;a parec&#237;a enorme y lejano. Hoy tenemos pr&#225;cticamente todo el f&#250;tbol del planeta a tres movimientos del dedo. Entonces hab&#237;a equipos, jugadores y estadios que conoc&#237;amos fundamentalmente porque alguien nos los hab&#237;a contado.</p><p>Hab&#237;a una &#233;poca del a&#241;o que me gustaba especialmente: el verano. Terminaban las competiciones y comenzaba aquel maravilloso mercado de rumores en el que durante unas semanas parec&#237;a que cualquier jugador pod&#237;a terminar jugando en cualquier equipo. &#191;Qui&#233;n fichar&#237;a por el Madrid? &#191;Qu&#233; estrella comprar&#237;a el Barcelona? &#191;D&#243;nde terminar&#237;a aquel delantero del que todo el mundo hablaba? Muchas de aquellas operaciones nunca suced&#237;an, naturalmente, pero eso era casi secundario. Parte de la diversi&#243;n consist&#237;a precisamente en imaginar los equipos de la temporada siguiente. Recuerdo aquella sensaci&#243;n de abrir la revista y descubrir que el Madrid estaba interesado en uno de los mejores jugadores del mundo. Y hab&#237;a algo que, siendo joven, pr&#225;cticamente daba por sentado: si el Real Madrid realmente quer&#237;a a ese jugador, lo normal era que el jugador quisiera ir al Real Madrid. La discusi&#243;n era cu&#225;nto costar&#237;a, qui&#233;n saldr&#237;a o d&#243;nde jugar&#237;a. Lo que casi nunca me planteaba era que el jugador pudiera tener delante la posibilidad de jugar en el Madrid y, sencillamente, preferir otra cosa.</p><p>He vuelto a pensar en aquello este verano a ra&#237;z de todo lo que se ha hablado sobre Rodrigo Hern&#225;ndez y su futuro. Rodri parece el tipo de futbolista que encajar&#237;a perfectamente en el Real Madrid: espa&#241;ol, Bal&#243;n de Oro, uno de los mejores centrocampistas del mundo y, adem&#225;s, capaz de ocupar precisamente una posici&#243;n en la que el equipo ha tenido que reconstruirse despu&#233;s de las salidas de Kroos y Modric. Sin embargo, entre rumores, preferencias y posibles destinos, apareci&#243; una posibilidad que me llam&#243; especialmente la atenci&#243;n: que un futbolista as&#237; pudiera preferir otro proyecto, antes que vestir de blanco. No s&#233; d&#243;nde terminar&#225; jugando Rodri y tampoco pretendo conocer qu&#233; pasa por la cabeza de un futbolista cuando tiene que tomar una decisi&#243;n de ese tama&#241;o. Habr&#225; razones deportivas, personales, econ&#243;micas, familiares, compa&#241;eros, entrenador, estilo de juego y muchas otras que desde fuera ni siquiera conocemos. Pero eso es casi lo de menos. Lo que me interes&#243; fue mi propia reacci&#243;n ante la posibilidad. Porque inmediatamente pens&#233; en aquel adolescente que compraba Don Bal&#243;n y en algo que entonces me habr&#237;a resultado dif&#237;cil de entender: &#191;c&#243;mo pod&#237;a uno de los mejores jugadores del mundo tener la posibilidad de jugar en el Real Madrid y preferir otra cosa?</p><p>Quiz&#225; la respuesta tenga menos que ver con Rodri y mucho m&#225;s con nosotros mismos. Durante mucho tiempo el Real Madrid represent&#243; una forma extraordinariamente poderosa de entender la aspiraci&#243;n. El Madrid era el lugar al que quer&#237;as llegar. La camiseta blanca, el Bernab&#233;u, las Copas de Europa, los mejores jugadores del mundo. Florentino P&#233;rez llev&#243; esa idea probablemente a su m&#225;xima expresi&#243;n con los Gal&#225;cticos: Figo, Zidane, Ronaldo, Beckham, Roberto Carlos. No necesit&#225;bamos sentir que aquellas personas se parec&#237;an a nosotros. Precisamente ocurr&#237;a lo contrario: quer&#237;amos parecernos nosotros a ellos. El poder de la marca estaba en la distancia entre lo que uno era y aquello que aspiraba a ser. El Madrid no ten&#237;a que convencerte demasiado de que pertenecieras a su mundo. Era uno quien quer&#237;a entrar en el mundo del Madrid. Durante muchos a&#241;os, adem&#225;s, esa aspiraci&#243;n parec&#237;a funcionar tambi&#233;n con los propios futbolistas. Llegar al Real Madrid era, para much&#237;simos de ellos, alcanzar el &#250;ltimo y m&#225;ximo escal&#243;n en sus carreras. </p><p>El Barcelona consigui&#243; construir, especialmente alrededor de Cruyff, La Masia y posteriormente Guardiola, un relato diferente. No bastaba con ganar; exist&#237;a una determinada manera de hacerlo. Xavi, Iniesta, Busquets, Puyol o Messi no eran solamente algunos de los mejores futbolistas del mundo. Eran tambi&#233;n parte de una historia. Hab&#237;an crecido all&#237;. Exist&#237;a un estilo, una cantera, una filosof&#237;a y un sentimiento de continuidad. Naturalmente, el Barcelona tambi&#233;n fichaba estrellas, gastaba fortunas y quer&#237;a ganar exactamente igual que el Madrid, y sobretodo a ellos. Y el Real Madrid, por supuesto, tambi&#233;n tiene una identidad y un sentimiento de pertenencia extraordinarios. Ser&#237;a absurdo reducir la historia de dos instituciones gigantescas a una comparaci&#243;n tan sencilla. Me interesan como met&#225;fora. Porque hay una diferencia sutil entre decirle a alguien &#171;mira hasta d&#243;nde puedes llegar&#187; y decirle &#171;mira de qu&#233; puedes formar parte&#187;. Una habla fundamentalmente de aspiraci&#243;n. La otra, de pertenencia.</p><p>Lo curioso es que esa comparaci&#243;n resulta incluso m&#225;s interesante hoy, cuando el Madrid es probablemente una instituci&#243;n m&#225;s poderosa que nunca y el Barcelona viene de atravesar algunos de los a&#241;os m&#225;s complicados de su historia reciente. El Madrid tiene un estadio espectacular, una capacidad econ&#243;mica enorme, una plantilla llena de estrellas, una colecci&#243;n de Champions dif&#237;cil de comprender y una dimensi&#243;n global que muy pocos clubes pueden siquiera imaginar. El Barcelona, mientras tanto, ha convivido con problemas econ&#243;micos, limitaciones para fichar y una enorme inestabilidad institucional. Y, sin embargo, sigue existiendo la posibilidad de que un futbolista mire ambos proyectos y no elija autom&#225;ticamente al m&#225;s poderoso. Puede preferir una forma de jugar, un entrenador, unos compa&#241;eros, una ciudad, una oportunidad o simplemente un lugar en el que siente que encaja mejor. Y ah&#237; aparece una idea que me parece especialmente interesante: ser objetivamente m&#225;s poderoso no garantiza ser subjetivamente m&#225;s deseable. Sobretodo porque adem&#225;s el Barcelona ha tenido muchos mejores resultados futbol&#237;sticos que el Madrid durante los &#250;ltimos a&#241;os. </p><p>Curiosamente, yo tard&#233; muchos a&#241;os en entender algo parecido trabajando como distribuidor (ojo, no estoy diciendo que yo era el Madrid o algo por el estilo). Durante mucho tiempo pens&#233; que mis clientes depend&#237;an de m&#237;. Y no era una sensaci&#243;n completamente absurda. Yo ten&#237;a un producto que ellos necesitaban, conoc&#237;a sus negocios, les daba servicio, solucionaba problemas, consegu&#237;a disponibilidad y constru&#237;a relaciones que en algunos casos duraban cinco, ocho o quince a&#241;os. Sab&#237;a qu&#233; necesitaban antes incluso de que me llamaran. Cuando un cliente te compra regularmente durante tanto tiempo empiezas a asumir, casi sin darte cuenta, que has construido una especie de dependencia. Ellos necesitan aquello que t&#250; les suministras y, por tanto, de alguna manera te necesitan a ti. Esa sensaci&#243;n es c&#243;moda. Te hace pensar que la relaci&#243;n que has construido funciona como una barrera frente a los dem&#225;s y que cada a&#241;o que pasa la hace todav&#237;a m&#225;s dif&#237;cil de romper.</p><p>Hasta que un d&#237;a descubres que no. Aparece otro proveedor. Alguien ofrece otra condici&#243;n. Cambia el comprador. El cliente decide probar otro producto. Aparece una tecnolog&#237;a diferente. O, peor a&#250;n, se marcha tu comercial y descubres que algunos clientes estaban mucho m&#225;s vinculados a aquella persona de lo que estaban a tu empresa. Y entonces empiezan las preguntas inc&#243;modas. Si aquel cliente era supuestamente m&#237;o, &#191;por qu&#233; se fue? Si llevaba diez a&#241;os compr&#225;ndome, &#191;por qu&#233; cambi&#243;? Si mi producto era tan importante para &#233;l, &#191;por qu&#233; encontr&#243; otro? Quiz&#225; porque el cliente nunca hab&#237;a sido m&#237;o. Quiz&#225; tampoco era de mi comercial. Quiz&#225; simplemente hab&#237;a una relaci&#243;n que durante a&#241;os hab&#237;amos conseguido que tuviera sentido para ambas partes y, en alg&#250;n momento, dej&#243; de tenerlo.</p><p>Aquello cambi&#243; bastante mi manera de entender las ventas (lastima que fue muy tarde). El cliente que llevaba a&#241;os compr&#225;ndome no era m&#237;o. Nunca lo hab&#237;a sido. Simplemente llevaba a&#241;os eligi&#233;ndome. Cada pedido era una nueva decisi&#243;n. Cada renovaci&#243;n era una nueva decisi&#243;n. Incluso cada llamada era, en cierto modo, una nueva decisi&#243;n. Mi trabajo no consist&#237;a en conseguir que el cliente dependiera de m&#237;, sino en conseguir que continuara teniendo suficientes razones para elegirme. Parece una diferencia peque&#241;a, casi sem&#225;ntica, pero para m&#237; termin&#243; siendo enorme y con resultados catastr&#243;ficos. Porque cuando piensas que alguien te necesita empiezas inevitablemente a mirar la relaci&#243;n desde tu propio valor: lo que tienes, lo que sabes, lo que ofreces, los a&#241;os que llevas haci&#233;ndolo, lo importante que crees que eres. Cuando entiendes que eres t&#250; quien necesita seguir siendo elegido, la perspectiva cambia por completo. Empiezas a mirar hacia el otro. &#191;Qu&#233; necesita? &#191;Qu&#233; problema le estoy resolviendo? &#191;Qu&#233; est&#225; encontrando en m&#237; que no encuentra en otro sitio? Y, sobre todo, &#191;sigue siendo suficiente hoy aquello por lo que me eligi&#243; hace diez a&#241;os?</p><p>Creo que esta &#250;ltima pregunta es especialmente importante porque el mundo en el que yo compraba Don Bal&#243;n pr&#225;cticamente ha desaparecido. Entonces la informaci&#243;n era escasa. Hoy el problema es exactamente el contrario: tenemos demasiada. Entonces conoc&#237;amos las alternativas que alguien nos ense&#241;aba. Hoy podemos descubrir cientos en cuesti&#243;n de minutos. Y cuando aumenta la informaci&#243;n, aumentan tambi&#233;n las posibilidades de comparar. Un adolescente ya no necesita esperar una semana para que una revista le explique qui&#233;n es un jugador. Puede ver sus mejores jugadas, sus peores partidos, sus entrenamientos, escuchar una entrevista, seguirlo directamente en Instagram o TikTok, leer qu&#233; dicen sus aficionados en Inglaterra y discutir sobre &#233;l con alguien que vive a diez mil kil&#243;metros de distancia. El intermediario ya no controla completamente la relaci&#243;n. Y lo mismo ocurre con casi todo lo que consumimos.</p><p>Durante d&#233;cadas las grandes marcas funcionaron de una manera bastante parecida a aquel Real Madrid que yo ve&#237;a en las p&#225;ginas de Don Bal&#243;n. Ellas estaban arriba y nosotros quer&#237;amos llegar hasta all&#237;. Nos ense&#241;aban qu&#233; significaba triunfar, qu&#233; coche conduc&#237;a una persona exitosa, qu&#233; reloj llevaba, c&#243;mo vest&#237;a, d&#243;nde viajaba o qu&#233; beb&#237;a. El consumidor miraba a la marca y dec&#237;a: alg&#250;n d&#237;a quiero ser eso. Esa l&#243;gica no ha desaparecido. El lujo, el estatus y la aspiraci&#243;n contin&#250;an perfectamente vivos y probablemente siempre lo estar&#225;n. Pero ahora compiten con algo que antes ten&#237;a mucho menos peso: una cantidad pr&#225;cticamente infinita de alternativas. Y cuando existen tantas alternativas, ya no basta con ser deseable. Hay que conseguir ser elegido.</p><p>Ah&#237; creo que aparece una diferencia importante con las generaciones m&#225;s j&#243;venes. Se suele decir que la Generaci&#243;n Z rechaza el lujo, las grandes marcas o el estatus. No estoy seguro de que sea verdad. Basta mirar las zapatillas que compran, los tel&#233;fonos que utilizan, los viajes que quieren hacer o las personas a las que siguen para comprobar que la aspiraci&#243;n contin&#250;a ah&#237;. Lo que s&#237; parece haber cambiado es su relaci&#243;n con ella. No solamente preguntan qu&#233; dice una marca sobre aquello a lo que aspiran; tambi&#233;n preguntan qu&#233; dice esa marca sobre qui&#233;nes son. No solamente quieren acercarse a ella. Esperan que la marca haga tambi&#233;n parte del camino hacia ellos. Y tienen muchas m&#225;s herramientas que nosotros para decidir si lo est&#225; haciendo. Pueden comparar, escuchar otras opiniones, descubrir marcas peque&#241;as, entrar en comunidades extremadamente espec&#237;ficas y cambiar de referencia con una velocidad que hace veinte a&#241;os habr&#237;a sido inimaginable.</p><p>Por eso me resulta tan interesante lo que est&#225; ocurriendo con el alcohol. Durante d&#233;cadas beber fue pr&#225;cticamente una parte autom&#225;tica de convertirse en adulto y de socializar. Salir significaba beber. Celebrar significaba beber. Una cita pod&#237;a significar beber. Una comida de negocios significaba beber. Una noche con amigos significaba beber. El alcohol no necesitaba explicar demasiado cu&#225;l era su funci&#243;n porque formaba parte del ritual. De hecho, durante mucho tiempo ocurr&#237;a algo bastante curioso: quien beb&#237;a no ten&#237;a que explicar por qu&#233; beb&#237;a; era quien no beb&#237;a quien muchas veces ten&#237;a que justificarlo. &#171;Estoy conduciendo&#187;, &#171;ma&#241;ana entreno&#187;, &#171;estoy tomando antibi&#243;ticos&#187;. Cuando una categor&#237;a consigue que no consumirla requiera m&#225;s explicaci&#243;n que consumirla, ha alcanzado una posici&#243;n cultural extraordinariamente poderosa. No era simplemente un producto. Hab&#237;amos construido una parte de nuestra vida social alrededor de &#233;l.</p><p>Pero algo est&#225; empezando a cambiar. No porque las generaciones m&#225;s j&#243;venes hayan dejado de querer salir, conocer gente, ligar, celebrar o pertenecer a un grupo. Quieren muchas de las mismas cosas que quisimos nosotros. Lo que empiezan a cuestionar es que para conseguirlas tengan necesariamente que seguir utilizando los mismos c&#243;digos. De ah&#237; el crecimiento del 0,0, los mocktails, el movimiento sober curious o la aparici&#243;n de formas de socializaci&#243;n vinculadas al deporte, el bienestar, los running clubs, las cafeter&#237;as o comunidades construidas alrededor de intereses espec&#237;ficos. No creo que todo esto pueda explicarse simplemente diciendo que los j&#243;venes son m&#225;s sanos o que ya no les gusta beber. Hay algo m&#225;s interesante detr&#225;s: tienen m&#225;s alternativas para conseguir aquello que antes parec&#237;a inevitablemente asociado al alcohol.</p><p>Y ah&#237; vuelve a aparecer exactamente la misma confusi&#243;n que yo tuve durante a&#241;os con mis clientes. Quiz&#225; la industria del alcohol pudo pensar que la gente necesitaba beber para socializar porque durante generaciones ambas cosas hab&#237;an ocurrido juntas. Pero una cosa es que dos comportamientos est&#233;n asociados y otra muy diferente que uno dependa del otro. La gente nunca necesit&#243; realmente el alcohol. Necesitaba socializar. Necesitaba celebrar, desinhibirse, conocer gente, sentirse parte de un grupo, compartir una experiencia. Durante much&#237;simo tiempo el alcohol fue extraordinariamente bueno ocupando ese espacio. Ahora aparecen otras maneras de hacerlo. Y cuando aparecen alternativas descubres algo inc&#243;modo: no eran ellos quienes depend&#237;an necesariamente de tu producto; eras t&#250; quien depend&#237;a de que siguieran escogi&#233;ndolo.</p><p>Ah&#237; es donde todas estas historias, que aparentemente no tienen nada que ver entre s&#237;, empiezan a conectarse. Un futbolista que puede escoger entre los mejores clubes del mundo, un cliente que lleva a&#241;os trabajando con el mismo proveedor y un joven que decide qu&#233; quiere beber un s&#225;bado por la noche tienen algo fundamental en com&#250;n: tienen alternativas. Y cuando existen alternativas, la relaci&#243;n cambia. La historia, el prestigio, la costumbre, el tama&#241;o o una relaci&#243;n construida durante a&#241;os siguen teniendo valor, a veces much&#237;simo valor, pero dejan de ser garant&#237;as. El Real Madrid puede seguir siendo el Real Madrid y aun as&#237; tener que convencer a un jugador. Una empresa puede llevar cuarenta a&#241;os en el mercado y aun as&#237; tener que convencer nuevamente a su cliente. Una bebida puede haber acompa&#241;ado durante generaciones nuestras celebraciones y aun as&#237; tener que encontrar una raz&#243;n para estar en la siguiente.</p><p>Quiz&#225; durante demasiado tiempo las empresas han confundido ser importantes con ser imprescindibles. Porque alguien nos compra, nos sigue, nos admira o utiliza nuestro producto, asumimos que existe alg&#250;n tipo de dependencia hacia nosotros. Y es una confusi&#243;n peligrosa porque la dependencia genera comodidad. Si creemos que alguien nos necesita, empezamos a preguntarnos qu&#233; podemos obtener de esa posici&#243;n. Si entendemos que puede marcharse, la pregunta cambia completamente: &#191;qu&#233; tenemos que seguir haciendo para que quiera quedarse?</p><p>Tal vez una de las grandes transformaciones de nuestro tiempo sea precisamente esa. Estamos pasando de un mundo en el que unas pocas instituciones ten&#237;an una capacidad enorme para definir qu&#233; significaba pertenecer, triunfar, vestir bien, divertirse o incluso ser adulto, a otro en el que las personas tienen muchas m&#225;s herramientas para construir esas respuestas por s&#237; mismas. El poder no ha desaparecido. El Real Madrid sigue siendo el Real Madrid. Las grandes marcas siguen teniendo un poder extraordinario. Y las categor&#237;as que han acompa&#241;ado a varias generaciones no van a desaparecer de un d&#237;a para otro. Pero el poder se ha repartido. Hay m&#225;s informaci&#243;n, m&#225;s alternativas, m&#225;s comunidades y m&#225;s maneras de construir una identidad. Y eso obliga a cualquier organizaci&#243;n &#8212;sea un club de f&#250;tbol, una empresa industrial o una marca de bebidas&#8212; a hacerse una pregunta bastante m&#225;s inc&#243;moda que antes.</p><p>No &#8220;&#191;por qu&#233; me necesitan?&#8221;, sino &#8220;&#191;por qu&#233; deber&#237;an elegirme?&#8221;.</p><p>Quiz&#225; por eso todo lo que se ha hablado sobre Rodri este verano me llam&#243; tanto la atenci&#243;n. Porque por un instante me devolvi&#243; a aquellos veranos en los que esperaba que llegara Don Bal&#243;n para descubrir qu&#233; estrella fichar&#237;a por qu&#233; equipo. Entonces miraba aquellas p&#225;ginas convencido de que llegar al Real Madrid era pr&#225;cticamente el final del camino. Hoy puedo imaginar a uno de los mejores jugadores del mundo teniendo delante esa posibilidad y escogiendo otra cosa, y pienso que quiz&#225; el f&#250;tbol simplemente est&#233; reflejando algo que est&#225; ocurriendo en muchos otros lugares. No es que el Madrid haya dejado de ser grande. Es que ahora, incluso siendo enorme, tambi&#233;n tiene que ser elegido.</p><p>Yo tard&#233; a&#241;os en entenderlo con mis clientes. Pensaba que ellos depend&#237;an de m&#237;. Lo aprend&#237; a los co&#241;azos: era exactamente al rev&#233;s. Era yo quien necesitaba que, entre todas las alternativas que ten&#237;an delante, decidieran volver a elegirme.</p><p>Ser grande consigue que te tengan en cuenta. Pero nunca garantiza que te vuelvan a elegir.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[La respuesta perfecta...diez años tarde]]></title><description><![CDATA[Por qu&#233; las conversaciones inconclusas ocupan m&#225;s espacio en nuestra mente del que imaginamos.]]></description><link>https://comosepudo.substack.com/p/la-respuesta-perfectadiez-anos-tarde</link><guid isPermaLink="false">https://comosepudo.substack.com/p/la-respuesta-perfectadiez-anos-tarde</guid><dc:creator><![CDATA[Pablo Cappellin]]></dc:creator><pubDate>Wed, 10 Jun 2026 21:36:45 GMT</pubDate><enclosure url="https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/81f54131-d700-48e4-b2b3-8bb395384e7a_1448x1086.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>&#191;Alguna vez te ha pasado que te despiertas a mitad de la noche y, de la nada, encuentras la respuesta perfecta para una conversaci&#243;n que ocurri&#243; hace a&#241;os?</p><p style="text-align: justify;">No una respuesta cualquiera. La respuesta. Esa combinaci&#243;n exacta de inteligencia, firmeza, seguridad y elegancia que en su momento no apareci&#243; por ninguna parte. Esa frase que habr&#237;a puesto las cosas en su lugar. Esa observaci&#243;n brillante que habr&#237;a cambiado el rumbo de la conversaci&#243;n. Esa respuesta que llega con cinco, diez o veinte a&#241;os de retraso, cuando ya nadie la necesita, nadie la espera y probablemente nadie m&#225;s la recuerda.</p><p style="text-align: justify;">Y ah&#237; est&#225;s t&#250;, mirando el techo en la oscuridad, reconstruyendo una escena que ocurri&#243; hace tanto tiempo que los detalles ya son difusos. Quiz&#225;s piensas que, si hubieras dicho aquello en ese preciso momento, las cosas habr&#237;an sido diferentes. Tal vez esa relaci&#243;n habr&#237;a tomado otro rumbo. Tal vez habr&#237;as conseguido aquella oportunidad o negocio. Tal vez habr&#237;as evitado una decepci&#243;n. O tal vez nada habr&#237;a cambiado en absoluto. El problema es que nunca lo sabr&#225;s.</p><p style="text-align: justify;">Hay algo profundamente inc&#243;modo en las historias inconclusas. En las conversaciones que terminaron demasiado pronto. En las decisiones que nunca tomamos. En las llamadas que no hicimos. En las oportunidades que dejamos pasar porque no est&#225;bamos preparados, porque ten&#237;amos miedo o porque simplemente no nos dimos cuenta de lo importantes que eran hasta que ya hab&#237;an desaparecido.</p><p style="text-align: justify;">No pensamos en estas cosas todo el tiempo. Si lo haces de manera obsesiva probablemente deber&#237;as hablar con un profesional, porque vivir permanentemente en una conversaci&#243;n que ocurri&#243; hace quince a&#241;os no parece particularmente saludable. Pero para la mayor&#237;a de nosotros esos recuerdos permanecen almacenados en alguna parte de la mente, apareciendo de vez en cuando sin previo aviso. No est&#225;n presentes todos los d&#237;as. No interfieren constantemente con nuestra vida. Simplemente esperan.</p><p style="text-align: justify;">Esperan mientras trabajamos, mientras criamos hijos, mientras pagamos cuentas, mientras intentamos recordar contrase&#241;as y mientras nos convencemos de que somos personas completamente racionales y enfocadas en el presente. Pero basta una canci&#243;n, una fotograf&#237;a, una conversaci&#243;n casual o una noche de insomnio para que vuelvan a aparecer. Como si hubieran estado sentados pacientemente en una sala de espera mental aguardando el momento adecuado para recordarnos que siguen ah&#237;.</p><p style="text-align: justify;">Eso me hace pensar en que cada cierto tiempo mi esposa me llama frustrada porque su tel&#233;fono se qued&#243; sin memoria. Es una escena que se repite con una frecuencia que ya empieza a parecer una tradici&#243;n familiar. Primero viene la fase de negaci&#243;n: &#8220;No entiendo c&#243;mo pas&#243; si ya borr&#233; much&#237;simas cosas&#8221;. Despu&#233;s llega la fase de limpieza intensiva, donde desaparecen aplicaciones olvidadas, videos repetidos, capturas de pantalla que alg&#250;n d&#237;a iban a ser importantes, una receta que nunca se hizo o un chiste que en el momento era &#8220;comiquisimo&#8221; y fotograf&#237;as que probablemente nadie volver&#225; a mirar. Finalmente aparece la resignaci&#243;n, que es el momento en que me entrega el tel&#233;fono para que intente resolver un problema que tampoco entiendo del todo, pero que por alguna raz&#243;n se asume que deber&#237;a entender.</p><p style="text-align: justify;">Entonces revisamos el almacenamiento. Y es ah&#237; donde aparece el verdadero culpable: El sistema.</p><p style="text-align: justify;">Una cantidad absurda de memoria ocupada por algo llamado simplemente &#8220;sistema&#8221;. Ni fotos. Ni videos. Ni aplicaciones. Una categor&#237;a tan misteriosa que parece dise&#241;ada por el mismo departamento que invent&#243; respuestas como &#8220;son cosas de la vida&#8221; o &#8220;las circunstancias no se dieron&#8221;. T&#233;cnicamente explica algo, pero en realidad no explica nada.</p><p style="text-align: justify;">Lo m&#225;s frustrante es que intentas eliminarlo y no puedes. Buscas tutoriales. Lees foros. Ves videos de personas prometiendo liberar veinte gigabytes en cinco minutos con un truco secreto que las grandes compa&#241;&#237;as tecnol&#243;gicas supuestamente quieren ocultarte. Despu&#233;s de una hora descubres que el &#250;nico resultado concreto es que has perdido sesenta minutos de tu vida y aprendido datos in&#250;tiles sobre la memoria cach&#233;.</p><p style="text-align: justify;">Al final terminas haciendo lo mismo que millones de personas antes que t&#250;: pagas por m&#225;s almacenamiento.</p><p style="text-align: justify;">Es una derrota silenciosa y elegante.</p><p style="text-align: justify;">Aceptas que el problema no se va a resolver y simplemente compras m&#225;s espacio para convivir con &#233;l.</p><p style="text-align: justify;">Hace poco descubr&#237; que existe una explicaci&#243;n psicol&#243;gica para algo muy parecido a todo esto. Se llama efecto Zeigarnik.</p><p style="text-align: justify;">Lo cual es un fen&#243;meno descrito hace casi un siglo que explica por qu&#233; recordamos mejor las tareas interrumpidas o inconclusas que aquellas que ya terminamos. Seg&#250;n esta teor&#237;a, cuando algo queda abierto, el cerebro mantiene una especie de tensi&#243;n interna. Como si una peque&#241;a parte de nuestra atenci&#243;n siguiera conectada a ese asunto, esperando que alg&#250;n d&#237;a se complete.</p><p style="text-align: justify;">Y cuando uno lo piensa, tiene bastante sentido.</p><p style="text-align: justify;">Las cosas que m&#225;s nos persiguen rara vez son aquellas de las que conocemos todas las respuestas. Nos persiguen precisamente las que no las tienen. Las conversaciones que terminaron abruptamente. Las decisiones que nunca llegamos a tomar. Los caminos que no recorrimos. Las preguntas que quedaron suspendidas en el aire.</p><p style="text-align: justify;">Porque una realidad, incluso cuando es dolorosa, tiene l&#237;mites.</p><p style="text-align: justify;">Pero la imaginaci&#243;n no.</p><p style="text-align: justify;">La realidad te dice qu&#233; ocurri&#243;.</p><p style="text-align: justify;">La imaginaci&#243;n te permite inventar mil versiones distintas de lo que podr&#237;a haber ocurrido.</p><p style="text-align: justify;">Y en muchas de esas versiones alternativas somos m&#225;s valientes, m&#225;s inteligentes, m&#225;s decididos y much&#237;simo m&#225;s elocuentes de lo que fuimos en la vida real.</p><p style="text-align: justify;">Nuestro cerebro parece incapaz de cerrar completamente esas puertas. Mantiene una peque&#241;a parte de s&#237; mismo revis&#225;ndolas peri&#243;dicamente, como un guardia nocturno inspeccionando habitaciones vac&#237;as.</p><p style="text-align: justify;">Quiz&#225;s por eso la comparaci&#243;n con la memoria del tel&#233;fono y las respuestas de conversaciones hace a&#241;os me resultan tan familiar. Todos cargamos una enorme cantidad de informaci&#243;n que permanece funcionando en segundo plano. Recuerdos, arrepentimientos, preguntas sin respuesta, conversaciones pendientes y versiones alternativas de nuestra historia personal. No sabemos exactamente d&#243;nde est&#225;n almacenadas. No sabemos exactamente cu&#225;nto espacio ocupan. Tampoco sabemos c&#243;mo eliminarlas.</p><p style="text-align: justify;">Y tal vez nunca podamos.</p><p style="text-align: justify;">Con los a&#241;os he empezado a sospechar que la madurez tiene menos que ver con encontrar respuestas y m&#225;s con aprender a convivir con ciertas preguntas. Algunas historias jam&#225;s tendr&#225;n cierre. Algunas personas nunca escuchar&#225;n lo que ten&#237;amos preparado para decirles. Algunas oportunidades desaparecieron para siempre. Y algunas respuestas brillantes seguir&#225;n llegando diez a&#241;os tarde, cuando ya no sirven para absolutamente nada.</p><p style="text-align: justify;">Pero tambi&#233;n he empezado a sospechar que existe una diferencia importante entre las preguntas que la vida nos deja y las preguntas que nosotros mismos seguimos fabricando. Porque muchas de las conversaciones que nos persiguen durante a&#241;os no quedaron abiertas por accidente. Quedaron abiertas porque no dijimos lo que realmente quer&#237;amos decir. Por miedo al conflicto, por miedo al rechazo, por miedo a incomodar a alguien o simplemente porque pensamos que guardar silencio ser&#237;a m&#225;s sencillo.</p><p style="text-align: justify;">Y durante un tiempo suele parecer una buena decisi&#243;n. Evitamos una discusi&#243;n inc&#243;moda, una reacci&#243;n desagradable o una situaci&#243;n que no sabemos c&#243;mo manejar. Sin embargo, los conflictos que evitamos en el mundo exterior rara vez desaparecen por completo. Muchas veces simplemente cambian de direcci&#243;n. Dejan de existir entre dos personas y comienzan a existir dentro de una sola.</p><p style="text-align: justify;">La otra persona sigue adelante con su vida. Nosotros tambi&#233;n, al menos en apariencia. Trabajamos, hacemos planes, resolvemos problemas cotidianos y nos ocupamos de asuntos mucho m&#225;s urgentes. Pero en alg&#250;n rinc&#243;n de la mente permanece una conversaci&#243;n sin archivar. Una especie de pesta&#241;a que nunca terminamos de cerrar. No ocupa toda nuestra atenci&#243;n, pero tampoco desaparece. Simplemente permanece ah&#237;, consumiendo una peque&#241;a cantidad de espacio mental d&#237;a tras d&#237;a.</p><p style="text-align: justify;">Quiz&#225;s por eso la asertividad es mucho m&#225;s importante de lo que solemos pensar. No porque garantice que las cosas salgan bien ni porque evite los desacuerdos. Tampoco porque nos permita ganar todas las discusiones. Su verdadero valor es otro: reduce la cantidad de asuntos pendientes que dejamos funcionando en segundo plano. Ser asertivo consiste, en gran medida, en aceptar una incomodidad presente para evitar una incomodidad mucho m&#225;s larga en el futuro.</p><p style="text-align: justify;">Significa expresar lo que pensamos, sentimos o necesitamos de forma clara y respetuosa, incluso cuando existe la posibilidad de que la otra persona no reaccione como esperamos. Y aunque eso pueda generar momentos inc&#243;modos, esos momentos suelen durar minutos. A veces horas. Rara vez a&#241;os. Lo que s&#237; puede durar a&#241;os es el silencio. Porque cuando no decimos lo que quer&#237;amos decir, la conversaci&#243;n no termina realmente. Se transforma. Deja de ocurrir en la realidad y empieza a ocurrir en la imaginaci&#243;n.</p><p style="text-align: justify;">Y la imaginaci&#243;n tiene una caracter&#237;stica particularmente problem&#225;tica: no conoce l&#237;mites. Puede reescribir una escena mil veces, inventar respuestas mejores, construir argumentos m&#225;s inteligentes y crear versiones m&#225;s valientes de nosotros mismos. Puede fabricar una realidad alternativa en la que todo sali&#243; exactamente como quer&#237;amos. Por eso las historias inconclusas ocupan tanto espacio. Porque una realidad, incluso cuando es dolorosa, tiene un final. Sabemos qu&#233; ocurri&#243; y sabemos d&#243;nde termin&#243;. La imaginaci&#243;n, en cambio, puede seguir produciendo posibilidades indefinidamente.</p><p style="text-align: justify;">Quiz&#225;s por eso ya no creo que el objetivo sea vaciar completamente la memoria. Siempre habr&#225; recuerdos que regresan, errores que nos gustar&#237;a corregir y decisiones que nos har&#225;n preguntarnos qu&#233; habr&#237;a pasado si hubi&#233;ramos elegido otro camino. Eso forma parte de la experiencia humana. Pero s&#237; creo que podemos evitar seguir llenando el sistema con nuevos archivos pendientes. Podemos hacer las preguntas inc&#243;modas mientras todav&#237;a estamos a tiempo de escuchar la respuesta. Podemos expresar desacuerdos antes de que se conviertan en mon&#243;logos internos. Podemos decir lo que sentimos antes de que pasen diez a&#241;os y aparezca la versi&#243;n perfecta de una conversaci&#243;n que ya no existe.</p><p style="text-align: justify;">Porque liberar espacio mental no siempre consiste en olvidar. A veces consiste en cerrar ciclos mientras todav&#237;a pueden cerrarse. En decir lo que hay que decir cuando todav&#237;a estamos a tiempo de decirlo. No para controlar el resultado, sino para evitar que una parte de nosotros se quede atrapada durante a&#241;os en una conversaci&#243;n que nunca termin&#243;.</p><p style="text-align: justify;">Y quiz&#225;s esa sea una de las formas m&#225;s sencillas de convivir con nuestro propio sistema. No eliminando todo lo que qued&#243; atr&#225;s ni intentando borrar aquello que forma parte de nuestra historia. Eso nunca ser&#225; posible. Pero s&#237; evitando seguir acumulando conversaciones que nunca tuvieron la oportunidad de terminar.</p><p style="text-align: justify;">Porque algunas respuestas llegar&#225;n tarde de todos modos. Eso parece inevitable. Aparecer&#225;n una noche cualquiera, mientras miramos el techo en la oscuridad. Llegar&#225;n perfectas, precisas y elegantes. Exactamente como las habr&#237;amos querido a&#241;os atr&#225;s. Pero para entonces ya no servir&#225;n para cambiar aquella conversaci&#243;n. Lo &#250;nico que podr&#225;n hacer ser&#225; recordarnos algo mucho m&#225;s &#250;til: que todav&#237;a estamos a tiempo de decir lo que pensamos en la siguiente.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[El silencio que queda]]></title><description><![CDATA[Aceptar la duraci&#243;n del viaje, elegir la forma de recorrerlo]]></description><link>https://comosepudo.substack.com/p/el-silencio-que-queda</link><guid isPermaLink="false">https://comosepudo.substack.com/p/el-silencio-que-queda</guid><dc:creator><![CDATA[Pablo Cappellin]]></dc:creator><pubDate>Tue, 03 Mar 2026 08:01:53 GMT</pubDate><enclosure url="https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/7c08069a-7675-4fb4-b8be-62736048181d_1536x1024.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>El otro d&#237;a me enter&#233; de que mi vecino de abajo hab&#237;a fallecido. Era un hombre mayor, estaba algo enfermo y viv&#237;a solo. Durante a&#241;os su presencia fue un sonido: la televisi&#243;n encendida de madrugada, la radio baja pero constante, una tos que atravesaba el suelo y se colaba en nuestras noches. No habl&#225;bamos casi nunca, apenas un saludo en el ascensor. Y, sin embargo, su rutina formaba parte de la nuestra.</p><p>Hubo d&#237;as en que no se escuch&#243; nada. Recuerdo haberlo notado y haber pensado que quiz&#225; estar&#237;a mejor, o quiz&#225; habr&#237;a salido. No pregunt&#233;. La vida sigue, uno asume que todo contin&#250;a. Este fin de semana supe que hab&#237;a muerto hace unos meses, mientras dorm&#237;a.</p><p>La noticia me dej&#243; m&#225;s inquieto de lo que esperaba. No &#233;ramos cercanos, pero su ausencia convirti&#243; esos sonidos cotidianos en un vac&#237;o muy extra&#241;o. Pens&#233; en lo discreto que puede ser el final. Una vida entera &#8212;catedr&#225;tico, d&#233;cadas de trabajo, decisiones, afectos, errores, peque&#241;as alegr&#237;as privadas&#8212; que se apaga en silencio, sin ceremonia, mientras el vecino de arriba duerme sin saberlo.</p><p>Desde entonces he pensado mucho en el final. No desde el miedo, sino desde el significado. &#191;Qu&#233; queda cuando ya no hay tiempo para corregir nada? &#191;C&#243;mo se mide una vida cuando el margen se ha cerrado?</p><p>Esa noticia, casi sin darme cuenta, me llev&#243; a un recuerdo de mi juventud.</p><p>De ni&#241;o viaj&#233; mucho por Venezuela con mi padre y mi hermano. Eran trayectos largos por carretera hacia Guayana o Coro. El calor pegado al asfalto, estaciones de servicio aisladas, el paisaje abri&#233;ndose infinito por la ventana. Mi padre trabajaba y aprovechaba esos viajes para mostrarnos lo que hac&#237;a: canteras de granito, plantas industriales, el Guri imponente. Yo no comprend&#237;a del todo la magnitud de aquello, pero intu&#237;a que hab&#237;a algo importante.</p><p>El nunca me habl&#243; de &#233;xito pero si me hac&#237;a entender lo que es la responsabilidad. De cumplir la palabra. De sostener una estructura con trabajo constante. De no deberle a nadie m&#225;s que respeto. No era un discurso grandilocuente; era una pr&#225;ctica diaria.</p><p>En uno de esos viajes son&#243; en la radio <em>Father and Son</em>, de Cat Stevens. Recuerdo el atardecer naranja filtr&#225;ndose por el parabrisas, el silencio atento dentro del carro. Sin apartar la vista de la carretera, mi padre dijo que cuando muriera quisiera que esa canci&#243;n sonara en su funeral.</p><p>Lo dijo sin dramatismo, casi como quien comenta el clima.</p><p>Yo era demasiado joven para entender lo que implicaba elegir la m&#250;sica para el propio final. Hoy, con la muerte de mi vecino reciente, esa frase ha regresado con otro peso.</p><p>La canci&#243;n es un di&#225;logo entre un padre que aconseja prudencia y un hijo que quiere encontrar su propio camino. No hay gritos, solo una tensi&#243;n inevitable entre seguridad y b&#250;squeda. Permanecer o partir. Proteger o arriesgar.</p><p>Con los a&#241;os entend&#237; que la elecci&#243;n de mi padre no era casual. En esa canci&#243;n hay una aceptaci&#243;n serena: cada generaci&#243;n debe decidir por s&#237; misma. No se puede controlar el rumbo del otro, solo ofrecer ejemplo.</p><p>El estoicismo que vi en casa no estaba en libros, sino en h&#225;bitos. En enfocarse en lo que depende de uno y soltar lo dem&#225;s. Mi padre no pod&#237;a controlar la econom&#237;a, ni las crisis, ni la pol&#237;tica. Pod&#237;a controlar su palabra. Su esfuerzo. Su car&#225;cter. Y es lo que ha hecho siempre.</p><p>No s&#233; por qu&#233; la noticia de mi vecino me record&#243; esa ense&#241;anza de manera abrupta. Porque lo &#250;nico verdaderamente propio, al final, es c&#243;mo hemos vivido. No los t&#237;tulos ni los aplausos, sino la coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos.</p><p>Dudo que alguien, en sus &#250;ltimos momentos, repase balances contables. Imagino m&#225;s bien pensamientos simples: &#191;fui honesto?, &#191;quise bien?, &#191;me atrev&#237; cuando era necesario? He visto arrepentimientos que no nacen del fracaso, sino de la omisi&#243;n. Personas que no lamentan haber perdido, sino no haber intentado.</p><p>El miedo rara vez se presenta como miedo. Se disfraza de prudencia excesiva, de &#8220;no es el momento&#8221;, de &#8220;ya habr&#225; tiempo&#8221;. Y muchas veces tiene sentido; no todo riesgo es sabio. Pero cuando el miedo se convierte en costumbre, termina reduciendo la vida a una versi&#243;n m&#225;s peque&#241;a de lo que podr&#237;a haber sido.</p><p>No hablo de hechos heroicos ni de decisiones espectaculares. Hablo de cosas m&#225;s discretas: decir lo que uno piensa con respeto, cambiar de rumbo cuando la conciencia lo exige, no sacrificar lo esencial por comodidad. Vivir con intenci&#243;n, aunque eso incomode.</p><p>Cuando pienso en mi vecino, no pienso en sus logros. Pienso en su televisi&#243;n encendida a las tres de la ma&#241;ana y en el silencio que la reemplaz&#243;. Pienso en la posibilidad de que su &#250;ltimo momento haya sido completamente solitario. Y esa imagen me confronta m&#225;s que cualquier discurso sobre ambici&#243;n.</p><p>Me obliga a preguntarme qu&#233; tipo de vida estoy construyendo.</p><p>No una vida perfecta; eso es una ilusi&#243;n. Una vida coherente. Una en la que el trabajo no sustituya al afecto. En la que la ambici&#243;n no erosione la integridad. En la que el miedo tenga voz, pero no voto decisivo.</p><p>Yo no quiero una canci&#243;n en mi funeral pero si alg&#250;n d&#237;a suena una canci&#243;n, me gustar&#237;a que no fuera un s&#237;mbolo vac&#237;o. Que quienes la escuchen puedan reconocer en ella algo real. Que puedan decir, con sencillez: vivi&#243; como pensaba. Se equivoc&#243;, s&#237;. Cambi&#243; de opini&#243;n cuando hizo falta. Intent&#243; ser justo. No se escondi&#243; detr&#225;s de excusas elegantes.</p><p>Tal vez eso sea suficiente. No lo s&#233;.</p><p>Lo de mi vecino no fue una tragedia p&#250;blica. Fue un hecho silencioso, casi invisible. Pero en esa discreci&#243;n hay una lecci&#243;n clara: el tiempo es limitado y no siempre anuncia su final. La rutina puede volverse permanente hasta que deja de serlo.</p><p>No s&#233; c&#243;mo vivi&#243; &#233;l. No s&#233; si estaba en paz. Tampoco s&#233; cu&#225;nto tiempo me queda a m&#237;.</p><p>Lo &#250;nico que s&#233; es que, cuando llegue mi propio silencio &#8212;sea dentro de muchos a&#241;os o no&#8212;, me gustar&#237;a recibirlo sin cuentas pendientes con mi conciencia. No porque haya hecho todo bien, sino porque habr&#233; intentado actuar conforme a mis principios.</p><p>Como mi padre, mirando al frente mientras el paisaje cambia, aceptando que no controlamos la duraci&#243;n del viaje, pero s&#237; la manera en que conducimos.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Estructura y vínculo]]></title><description><![CDATA[Crianza, liderazgo y el costo de evitar el silencio]]></description><link>https://comosepudo.substack.com/p/estructura-y-vinculo</link><guid isPermaLink="false">https://comosepudo.substack.com/p/estructura-y-vinculo</guid><dc:creator><![CDATA[Pablo Cappellin]]></dc:creator><pubDate>Tue, 10 Feb 2026 08:01:05 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!VgvY!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F645936f0-94bf-473e-8186-eacb41d4a896_1024x1024.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Soy padre de dos hijos incre&#237;bles. Ni&#241;os buenos, inteligentes, curiosos, ocurrentes. Disfruto estar con ellos, escucharlos, ver c&#243;mo razonan, c&#243;mo se equivocan y c&#243;mo vuelven a intentar. Desde que son peque&#241;os, en casa hemos tratado de sostener una decisi&#243;n que hoy parece casi una locura para muchos: no tabletas, no YouTube como norma. No por una idea moralista contra la tecnolog&#237;a. Todo lo contrario. Entiendo perfectamente lo f&#225;cil y &#250;til que es. El bot&#243;n inmediato que silencia, distrae y compra unos minutos de paz para el adulto. Como casi todos, hemos tambi&#233;n cedido alguna vez, no nos enga&#241;emos. Pero tambi&#233;n hemos observado algo que no se puede ignorar. Cuando se les quita, no solo protestan: se desregulan. Cambian. Aparece una irritabilidad que no es capricho, es dependencia. Y eso, m&#225;s que tranquilizar, deber&#237;a preocuparnos.</p><p>Porque entonces la pregunta deja de ser pr&#225;ctica y se vuelve esencial. No es si entretiene sino en qu&#233; forma. No es si funciona hoy, sino qu&#233; deja ma&#241;ana. Vivimos en un mundo saturado de est&#237;mulos, opiniones, validaciones externas y recompensas r&#225;pidas. Un mundo donde el ruido constante ha sustituido al criterio y donde el silencio empieza a dar miedo. Los ni&#241;os nacen ya dentro de esa l&#243;gica. &#191;De verdad tiene sentido adelantarles a&#250;n m&#225;s esa sobreestimulaci&#243;n? &#191;No vale la pena proteger ese espacio donde todav&#237;a pueden aburrirse, imaginar, frustrarse y resolver sin que una pantalla les entregue la respuesta empaquetada? Prefiero LEGO, pintura, carritos, historias inventadas, peleas que se resuelven hablando (y alg&#250;n co&#241;azito sale ah&#237;). No porque sea rom&#225;ntico, sino porque es formativo. Es mucho m&#225;s lento e inc&#243;modo. Pero precisamente por eso, construye.</p><p>Hay una idea que le&#237; hace tiempo y que vuelve una y otra vez: aprender a estar en silencio en tu propia cabeza. No como retiro espiritual, sino como base m&#237;nima de autonom&#237;a. Sin silencio interior no hay pensamiento propio, solo reacci&#243;n. Y un ni&#241;o &#8212;e incluso un adulto&#8212; que no tolera el silencio, termina buscando est&#237;mulo, validaci&#243;n o aprobaci&#243;n constante. Ah&#237; empieza la fragilidad.</p><p>El mundo es un lugar hostil. Basta con mirar alrededor para notar un deterioro evidente en valores b&#225;sicos: responsabilidad, respeto, capacidad de escuchar, sentido cr&#237;tico. Cada quien filtra la realidad como quiere, pero negar que algo se est&#225; erosionando como sociedad es una forma c&#243;moda de evasi&#243;n. Frente a eso, mi pregunta como padre no es c&#243;mo aislar a mis hijos del mundo &#8212;eso ser&#237;a imposible y no tiene sentido&#8212; sino c&#243;mo prepararlos para habitarlo sin romperse. C&#243;mo ayudarles a distinguir lo que importa de lo que hace ruido. C&#243;mo ense&#241;arles, poco a poco, a no vivir pendientes de la opini&#243;n ajena, a no construir su identidad desde el aplauso externo. Porque la verdad inc&#243;moda es esta: a casi nadie le importa tanto lo que haces. Todos est&#225;n demasiado ocupados con su propio caos. Y entender eso no deber&#237;a generar cinismo, sino libertad.</p><p>Hace poco, una experiencia profesional me devolvi&#243; a esta reflexi&#243;n desde otro &#225;ngulo. En un negocio se presentaron dos alternativas claras para un plan de acci&#243;n. Una centrada en la estabilizaci&#243;n operativa: roles definidos, reglas claras, protocolos de decisi&#243;n, rendici&#243;n de cuentas. La otra enfocada en el fortalecimiento de la cohesi&#243;n: comunicaci&#243;n, expectativas, din&#225;micas relacionales, espacios de introspecci&#243;n compartida. Y, como suele pasar, la discusi&#243;n se plante&#243; como un dilema: &#191;cu&#225;l es el enfoque correcto?</p><p>Y ah&#237; apareci&#243; la misma trampa mental. Pensar que hay que elegir. Pensar que una cosa excluye a la otra. Exactamente el mismo error que cometemos al educar, al liderar o al tomar decisiones importantes: buscar la opci&#243;n perfecta en lugar de construir oportunidades desde un criterio claro.</p><p>En una familia, una estructura r&#237;gida sin v&#237;nculo genera obediencia superficial y resentimiento profundo. Funciona pero no forma. Produce ni&#241;os que cumplen por miedo o que explotan cuando pueden. En el otro extremo, una crianza basada solo en el sentir, en evitar el conflicto, en diluir l&#237;mites en nombre del amor, termina creando inseguridad, ansiedad y falta de referencias. Amor sin marco no es contenci&#243;n, es abandono emocional. En las empresas ocurre exactamente lo mismo. Procesos impecables sin sentido compartido se convierten en control. V&#237;nculos emocionales sin reglas claras se transforman en caos disfrazado de buen clima.</p><p>La madurez &#8212;en familias y en organizaciones&#8212; no est&#225; en elegir entre estructura o v&#237;nculo. Est&#225; en integrar. En entender que la estructura sostiene, pero el v&#237;nculo da sentido. Y sin sentido, nada se sostiene demasiado tiempo.</p><p>No darle una tableta a un ni&#241;o no es negarle el mundo. Es decirle: primero vamos a construir tu base. De la misma manera, no tomar decisiones solo para evitar tensiones o buscar aprobaci&#243;n no es dureza, es responsabilidad. No se trata de no importarte un carajo nada. Se trata de aprender a no darle importancia a lo irrelevante, para poder d&#225;rselo de verdad a lo importante. A los valores, personas, procesos que forman car&#225;cter.</p><p>Ni los ni&#241;os ni los equipos necesitan burbujas. Necesitan criterio. Necesitan personas capaces de tolerar la incomodidad de poner l&#237;mites, de sostener decisiones imperfectas y de no perseguir constantemente la validaci&#243;n externa. Cada vez creo menos en atajos y m&#225;s en fundamentos. Menos en soluciones r&#225;pidas y m&#225;s en procesos lentos. Porque al final, tanto en casa como en el trabajo, no estamos gestionando cosas. Estamos formando personas. Esto exige algo que hoy escasea: silencio interior, coherencia y el coraje de no hacer siempre lo m&#225;s f&#225;cil.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Donde suenan los tambores y crece el alma]]></title><description><![CDATA[Sobre ra&#237;ces, familia y la espiritualidad que se cultiva en lo cotidiano]]></description><link>https://comosepudo.substack.com/p/donde-suenan-los-tambores-y-crece</link><guid isPermaLink="false">https://comosepudo.substack.com/p/donde-suenan-los-tambores-y-crece</guid><dc:creator><![CDATA[Pablo Cappellin]]></dc:creator><pubDate>Tue, 20 Jan 2026 09:39:12 GMT</pubDate><enclosure url="https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/1392c22b-b7ad-421f-a8fd-e1592bbebb8b_1536x1024.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>El 16 de enero de este a&#241;o se cumplieron nueve a&#241;os desde que llegamos a San Sebasti&#225;n. Nueve a&#241;os que, cuando los pienso bien, me parecen una vida entera. No solo por el tiempo transcurrido, sino por todo lo que ha cambiado en m&#237;, en nosotros, desde entonces. Esta ciudad, con su clima duro, su idioma que al principio parec&#237;a lejano, su identidad firme y orgullosa, se convirti&#243; en el escenario donde mi familia creci&#243; y donde, sin buscarlo del todo, comenc&#233; a descubrir una nueva forma de mirar la vida.</p><p>Llegamos como muchos llegan a nuevos lugares: con ilusi&#243;n, pero tambi&#233;n con incertidumbre. Con ganas de avanzar, de hacer, de encontrar oportunidades. Pero lo que no sab&#237;amos entonces era que esta ciudad no solo nos dar&#237;a un espacio donde vivir, sino un lugar donde transformarnos. Porque hay algo en echar ra&#237;ces en tierra ajena que te obliga a reordenarte por dentro. A preguntarte qui&#233;n eres cuando todo lo que dabas por sentado cambia. A construir de nuevo, pero desde otro lugar.</p><p>En ese proceso de adaptaci&#243;n, de criar hijos en un contexto cultural distinto, de sostener la familia, de formar amistades nuevas, de integrarse con respeto pero sin perder la esencia, empec&#233; a sentir con m&#225;s fuerza esa dimensi&#243;n de la vida que durante a&#241;os hab&#237;a tenido omitida: la espiritualidad. No hablo de religi&#243;n en su forma institucional. No soy de misa ni de dogmas. No me siento parte de la Iglesia como estructura. Pero s&#237; reconozco que los valores que hered&#233; &#8212;el amor al pr&#243;jimo, la compasi&#243;n, la justicia, la gratitud, la humildad&#8212; se han convertido en gu&#237;as muy profundas para m&#237;. Y que los vivo, no desde lo aprendido, sino desde las relaciones que m&#225;s me definen: mi familia, mis amigos, mis compa&#241;eros.</p><p>Ser padre en esta ciudad me ha ense&#241;ado m&#225;s que cualquier libro. Ver a mis hijos crecer, adaptarse, hablar en otra lengua, moverse con naturalidad en un mundo que para m&#237; sigue teniendo sus c&#243;digos, me ha confrontado y a la vez me ha sanado. Me ha hecho entender que espiritualidad tambi&#233;n es aprender a soltar. A confiar. A no tener todas las respuestas. A estar ah&#237;. Ser padre en un lugar distinto al que me vio crecer ha sido un acto constante de fe: en ellos, en m&#237;, en la vida.</p><p>Ser esposo en este camino ha sido aprender a construir en equipo incluso cuando todo es nuevo. San Sebasti&#225;n nos puso a prueba como pareja, nos ense&#241;&#243; a ser c&#243;mplices en tierra desconocida. Aprendimos a acompa&#241;arnos, a sostenernos, a re&#237;rnos cuando todo parec&#237;a cuesta arriba, y tambi&#233;n a celebrar lo peque&#241;o: un domingo de sol, una conversaci&#243;n sin prisas, una tarde sin sobresaltos. Cuidar el amor sin que sea un acto heroico, sino una pr&#225;ctica diaria.</p><p>Con los amigos que hemos hecho aqu&#237;, entend&#237; el valor de lo elegido. Amistades que no llegan por historia, sino por afinidad, por humanidad, por resonancia. Y con mis compa&#241;eros de trabajo &#8212;primero como jefe, hoy como empleado&#8212; aprend&#237; que lo importante no es la jerarqu&#237;a, sino c&#243;mo nos tratamos. C&#243;mo nos escuchamos. C&#243;mo nos hacemos la vida m&#225;s f&#225;cil o m&#225;s dif&#237;cil. La espiritualidad tambi&#233;n pasa por ah&#237;: en ser justo cuando nadie lo exige, en agradecer lo invisible, en tratar con respeto incluso cuando uno est&#225; cansado.</p><p>Hoy, nueve a&#241;os despu&#233;s de aquel enero en que llegamos con las maletas llenas de incertidumbres, puedo decir que esta ciudad me ha dado mucho, por no decir todo. Me ha dado oportunidades, pero sobre todo me ha dado una manera nueva de mirar la vida. Aqu&#237; aprend&#237; a estar m&#225;s presente, a valorar lo simple, a dejar de correr detr&#225;s de ideales y empezar a cuidar lo que ya tengo. Aqu&#237; entend&#237; que vivir bien no es vivir sin problemas, sino vivir con sentido. Y que la espiritualidad no est&#225; en el aire ni en los discursos, sino en la forma en que nos relacionamos, en c&#243;mo cuidamos, c&#243;mo hablamos, c&#243;mo damos, c&#243;mo escuchamos, c&#243;mo perdonamos.</p><p>Y hoy, justo hoy, San Sebasti&#225;n celebra su d&#237;a grande. La ciudad entera vibra con los tambores, con las marchas, con la alegr&#237;a desbordada de la Tamborrada. Es imposible no emocionarse. Porque esa m&#250;sica, que hace temblar el suelo, tambi&#233;n despierta algo muy profundo: la sensaci&#243;n de pertenecer, de formar parte de una historia que sigue viva. Me gusta pensar que as&#237; como la ciudad nos acogi&#243;, hoy tambi&#233;n nos celebra. Y que cada golpe de tambor es un latido que marca lo lejos que hemos llegado, y todo lo que todav&#237;a queda por vivir.</p><p>San Sebasti&#225;n me ha ense&#241;ado a ser m&#225;s lento en un mundo r&#225;pido. A ser m&#225;s profundo en una cultura de superficie. A agradecer incluso los inviernos interminables, porque tambi&#233;n ellos nos ense&#241;an algo: paciencia, adaptaci&#243;n, fuerza. Esta ciudad ha visto crecer a mis hijos, ha visto c&#243;mo envejecen mis padres a la distancia, ha sido el escenario de mis aciertos, mis fallos y mis dudas. Es hogar, aunque el acento del lugar todav&#237;a me recuerde que vengo de otro lado.</p><p>Pero quiz&#225;s eso es lo m&#225;s bonito: no se trata de dejar de ser uno, sino de abrirse a ser m&#225;s. De crecer, no por fuera, sino por dentro. Y en ese proceso, d&#237;a a d&#237;a, en lo cotidiano, en lo invisible, voy construyendo una espiritualidad sin etiquetas, sin mapa, sin certezas, pero con mucha gratitud. Y eso, ahora lo s&#233;, es una forma de fe.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[2026: Constancia, ajuste y dirección]]></title><description><![CDATA[Reflexiones sobre cambio, presencia y proceso]]></description><link>https://comosepudo.substack.com/p/2026-constancia-ajuste-y-direccion</link><guid isPermaLink="false">https://comosepudo.substack.com/p/2026-constancia-ajuste-y-direccion</guid><dc:creator><![CDATA[Pablo Cappellin]]></dc:creator><pubDate>Tue, 13 Jan 2026 08:00:39 GMT</pubDate><enclosure url="https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/5699b691-24b7-450d-974e-1b9ac188170f_1536x1024.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Ten&#237;a dos semanas sin escribir. No por falta de ideas, ni por des&#225;nimo. Solo me permit&#237; tomarme un tiempo. Estaba de vacaciones y no sent&#237; la necesidad de hacerlo. No siempre hay que llenar el silencio. Hay momentos en los que dejar de hacer tambi&#233;n es una forma de atenci&#243;n: adem&#225;s es la primera vez en mucho tiempo que tengo vacaciones en esta epoca del a&#241;o.</p><p>El a&#241;o 2025 cerr&#243; con m&#225;s preguntas que respuestas. Fue un a&#241;o duro, &#225;spero, que exigi&#243; humildad, revisi&#243;n y ajuste. No en un sentido tr&#225;gico, sino como parte de ese proceso natural que implica vivir con atenci&#243;n y sin ilusiones prefabricadas. En tiempos como esos, uno se ve obligado a mirar con m&#225;s claridad. A reconocer lo que sobra, lo que pesa, lo que es necesario dejar atr&#225;s. No fue f&#225;cil, pero fue valioso. Porque las dificultades, bien comprendidas, no son obst&#225;culos sino materia prima para la creaci&#243;n de tu mejor versi&#243;n.</p><p>Durante los &#250;ltimos meses me impuse una peque&#241;a meta: entrenar para una carrera. La San Silvestre. Me propuse un objetivo concreto: 44 minutos. No ten&#237;a que ver con competir con otros, sino con calibrar el cuerpo, ponerlo en movimiento con un prop&#243;sito concreto, ordenar el d&#237;a alrededor de esa intenci&#243;n clara. El entrenamiento no solo fortaleci&#243; mi estado f&#237;sico, sino algo m&#225;s profundo: la conciencia de que lo que se cultiva d&#237;a a d&#237;a termina dando fruto. No siempre cuando uno quiere, pero s&#237; con la constancia adecuada. Terminar esa carrera, y haciendo mejor tiempo del objetivo inicial fue un gesto silencioso de afirmaci&#243;n: es posible. Y esa satisfacci&#243;n silenciosa, es muchas veces m&#225;s valiosa que cualquier celebraci&#243;n exterior.</p><p>Esa peque&#241;a victoria se transform&#243; en otra meta: entrenar para el medio marat&#243;n de Madrid. Pero m&#225;s que un nuevo objetivo deportivo, fue una manera de cerrar el a&#241;o con claridad. Como dici&#233;ndome: todo cambia. Lo dif&#237;cil no dura para siempre. Lo que parece inm&#243;vil, se transforma. La tarea no es controlar ese cambio, sino acompa&#241;arlo con presencia. Ajustarse sin ceder lo esencial e importante. </p><p>2026 comenz&#243; con un aire distinto. No m&#225;s liviano, pero s&#237; m&#225;s enfocado a mejorar&#8230; a ser cada dia mejor. Como si, despu&#233;s del desgaste, hubiera espacio para algo m&#225;s limpio: la b&#250;squeda de estabilidad, de direcci&#243;n, de una vida m&#225;s clara. Entonces lleg&#243; la noticia: el 3 de enero, el poder en Venezuela cambi&#243; de forma abrupta. Para quienes llevamos a&#241;os fuera, no fue solo una noticia pol&#237;tica. Fue una grieta en la costumbre. Una sacudida emocional de lo que tenemos deseando desde tanto tiempo. Despu&#233;s de tanto explicar, justificar, relatar la misma historia a quien quisiera &#8212;o no&#8212; escuchar, algo cambi&#243;. Y con el cambio, llegaron las preguntas inevitables: &#191;ser&#225; posible volver? &#191;Ser&#225; sensato? &#191;Hasta qu&#233; punto es deseo y hasta qu&#233; punto es necesidad?</p><p>Uno intenta observar con objetividad. Es f&#225;cil dejarse llevar por la ilusi&#243;n, &#191;c&#243;mo no?. Pero la experiencia ense&#241;a a esperar. A no construir castillos sobre titulares. Sin embargo, algo s&#237; se movi&#243;. Porque, por primera vez en mucho tiempo, lo impensado ocurri&#243;. Y en ello se abre una posibilidad, una ilusi&#243;n, una alegr&#237;a. </p><p>En ese movimiento tambi&#233;n surgi&#243; algo curioso, como siempre que est&#225;s en una etapa de tu vida: la repentina aparici&#243;n de opiniones expertas. Aquellos que durante a&#241;os respond&#237;an con un gesto vago ante el drama venezolano, ahora tienen an&#225;lisis, teor&#237;as, recomendaciones. De pronto, muchos saben lo que es mejor para uno. Es inevitable sentir cierto extra&#241;amiento. Pero m&#225;s que molestia, lo que aparece es una suerte de resignaci&#243;n tranquila. Uno aprende a escuchar con calma, a no entrar en explicaciones innecesarias. Porque lo vivido, lo real, no necesita ser justificado. Hablar desde la ignorancia es muy f&#225;cil&#8230; let them. </p><p>El fondo de todo esto es una comprensi&#243;n simple, pero dif&#237;cil de sostener en tiempos inmediatos: los cambios verdaderos toman tiempo. La sociedad, como la vida interior, no se reconfigura en un mes ni con una noticia. Hay un impulso colectivo por resolver todo de inmediato, por alcanzar soluciones definitivas. Pero la madurez consiste en resistir esa ansiedad. En entender que lo s&#243;lido se construye lento. Que nada digno nace del apuro.</p><p>Entrenar para una carrera ense&#241;a eso con claridad. Al principio el cuerpo protesta. Luego se adapta. M&#225;s tarde encuentra ritmo. Lo mismo ocurre con los procesos personales y colectivos. Hay que estar presente en la repetici&#243;n, en lo peque&#241;o, en lo aparentemente trivial. Ah&#237; es donde ocurre la transformaci&#243;n.</p><p>Lo importante ahora no es si volver o no, sino c&#243;mo vivir aqu&#237; y ahora con integridad. Estar disponibles para el cambio, sin perder el arraigo de lo aprendido. Ser parte del lugar en el que estamos, sin desconectarnos del lugar que somos. No es una contradicci&#243;n: es una constante tensi&#243;n que se habita. Y que, bien asumida, puede dar frutos en ambas direcciones.</p><p>Yo seguir&#233; escribiendo. No para dar respuestas, sino para pensar en voz alta. Para entender lo que siento, ordenar lo que observo, y registrar los movimientos internos que a veces pasan desapercibidos. Escribir, como entrenar, como vivir con atenci&#243;n, es un ejercicio de afinaci&#243;n. No siempre se avanza en l&#237;nea recta, pero se avanza.</p><p>Lo &#250;nico que quiero &#8212;como muchos&#8212; es paz. No en el sentido rom&#225;ntico, sino en el sentido m&#225;s b&#225;sico: estar en equilibrio. Tener lo necesario. Vivir con decencia. Crecer sin destruir. Ser &#250;til, sin perderme. Y si se puede, compartir algo valioso con los dem&#225;s. Aunque sea en forma de una peque&#241;a historia, una palabra o una presencia constante.</p><p>La vida no se entrega lista, como cuando mi mam&#225; me dec&#237;a: &#8220;ser mam&#225; no viene con un manual&#8221;. Se trabaja. Se sostiene. Y, si uno tiene suerte, se comprende un poco m&#225;s con cada paso. No hay atajos duraderos. Solo direcci&#243;n, constancia y cuidado.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[El respeto en los pequeños gestos]]></title><description><![CDATA[Una ma&#241;ana cualquiera, un gesto m&#237;nimo y todo lo que todav&#237;a nos sostiene]]></description><link>https://comosepudo.substack.com/p/el-respeto-en-los-pequenos-gestos</link><guid isPermaLink="false">https://comosepudo.substack.com/p/el-respeto-en-los-pequenos-gestos</guid><dc:creator><![CDATA[Pablo Cappellin]]></dc:creator><pubDate>Tue, 23 Dec 2025 08:01:01 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!VgvY!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F645936f0-94bf-473e-8186-eacb41d4a896_1024x1024.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Esta ma&#241;ana me levant&#233; antes que el sol. Literalmente. A las 5:30 ya estaba de pie y la mente enfocada. Ten&#237;a cosas importantes que resolver en la oficina, y quer&#237;a tener todo niquelado, listo, sin estr&#233;s ni correos interrumpiendo. Llegar a las 6:30, cuando el resto aparece a las 9, es un peque&#241;o lujo silencioso. En ese par de horas, uno siente que se come el mundo. Avanzas sin obst&#225;culos, sin demandas, sin la agenda de nadie m&#225;s meti&#233;ndose en la tuya.</p><p>Sal&#237; de casa con esa energ&#237;a corriendo. No hab&#237;a tr&#225;fico, el aire estaba fr&#237;o pero no g&#233;lido, y hasta los p&#225;jaros parec&#237;an m&#225;s tranquilos. Caminaba con paso ligero, casi corriendo, con ese trote alegre que no es ni ejercicio ni prisa. Sin embargo, un detalle se me escap&#243;: el viernes hab&#237;a dejado en la oficina mi billetera. Peque&#241;o gran detalle.</p><p>A&#250;n as&#237;, optimista, me fui casi trotando hasta la estaci&#243;n. Todo iba bien hasta que, frente a la m&#225;quina del tren, meto la mano al bolsillo&#8230; y nada. Vac&#237;o. Ni tarjeta de transporte, ni monedas, ni billetes peque&#241;os. Solo un billete de 20&#8364;, que la m&#225;quina, por supuesto, no aceptaba para un ticket de 1,95&#8364;. Y tampoco ten&#237;a contactless. Por alguna raz&#243;n misteriosa que la tecnolog&#237;a a&#250;n no ha resuelto, la m&#225;quina estaba anclada al siglo pasado.</p><p>&#8220;Estoy jodido&#8221;, pens&#233;. Ya ve&#237;a el tren partir y con &#233;l, mi ilusi&#243;n de jornada productiva. No ten&#237;a tiempo de volver a casa. No hab&#237;a a qui&#233;n pedir ayuda a esas horas. O eso cre&#237;a.</p><p>Entonces, de la nada, aparece una se&#241;ora. Le pregunt&#233;, con un poco de verg&#252;enza, si por casualidad ten&#237;a cambio. Me mir&#243; con una mezcla de sorpresa y ternura, y sin dudarlo me dijo:</p><p>&#8212;No se preocupe, mijo&#8230; tome, aqu&#237; tiene los 2&#8364; del pasaje.</p><p>Me qued&#233; mudo un segundo. Me sent&#237; inc&#243;modo aceptando dinero de una desconocida. Le dije que no, que de verdad no era necesario. Ella insisti&#243;. Me los puso en la mano como si fuera su hijo. Yo intent&#233; darle el billete de 20 a cambio, como muestra de buena voluntad, pero ella se neg&#243;.</p><p>&#8212;En alg&#250;n momento me lo devolver&#225;. Pero por ahora, llegue usted a donde tenga que llegar.</p><p>Y se fue como si nada. Como si no hubiera hecho algo extraordinario. Como si no acabara de rescatar a un desconocido del naufragio cotidiano.</p><p>Me sub&#237; al tren con una mezcla de gratitud y asombro. En esos dos euros no solo hab&#237;a un gesto, hab&#237;a una filosof&#237;a de vida. Un recordatorio de que todav&#237;a hay bondad en el mundo. De que no todo es ego&#237;smo, prisa y apat&#237;a. Y s&#237;, tal vez suene ingenuo, pero en ese momento, esa se&#241;ora me devolvi&#243; una parte de la fe en los dem&#225;s.</p><p>Es curioso c&#243;mo los gestos m&#225;s peque&#241;os pueden tener el eco m&#225;s largo. A veces uno pasa semanas enteras sin experimentar una verdadera conexi&#243;n humana. Interactuamos por obligaci&#243;n, por rutina, con m&#225;scaras. Pero ese momento fue distinto.</p><p>Llegu&#233; a la oficina finalmente. Como era de esperar, no hab&#237;a nadie. Solo yo, mi teclado, y la sensaci&#243;n persistente de que algo especial hab&#237;a ocurrido. Me sent&#233; frente al ordenador, pero en lugar de abrir el correo, me qued&#233; pensando en la se&#241;ora. &#191;Qui&#233;n era? &#191;A d&#243;nde iba? &#191;Qu&#233; la llev&#243; a tener ese gesto conmigo? &#191;Habr&#225; recibido ella alguna vez una ayuda as&#237;?</p><p>La mayor&#237;a de nosotros vive centrado en lo suyo, con buena raz&#243;n. Hay cuentas que pagar, objetivos que cumplir, hijos que cuidar, noticias que digerir. Pero ese momento me record&#243; que dentro de ese ajetreo diario, a&#250;n hay espacio para los dem&#225;s. No siempre, no constantemente, pero s&#237; lo suficiente como para que el mundo no se deshaga por completo.</p><p>Lo que me impact&#243; a&#250;n m&#225;s fue que se notaba que esa se&#241;ora no nadaba en la abundancia. Era una trabajadora, como yo, como tantos. Parec&#237;a venir de otro pa&#237;s, como yo tambi&#233;n. Y sin embargo, tuvo la grandeza de dar sin dudar, sin esperar. Eso, para m&#237;, es humanidad en estado puro.</p><p>Hubo un momento, minutos despu&#233;s, en que me sent&#237; incluso culpable. &#191;C&#243;mo puede ser que una persona con probablemente menos que uno sea quien te extiende la mano? Esa sensaci&#243;n me incomod&#243;, pero tambi&#233;n me transform&#243;. Me hizo pensar en cu&#225;ntas veces yo podr&#237;a haber ayudado y no lo hice. Cu&#225;ntas veces decid&#237; mirar hacia otro lado por comodidad, por prisa, por desconfianza.</p><p>Vivimos en tiempos donde la desconfianza es norma. Nos han ense&#241;ado a protegernos, a sospechar, a poner barreras. Nadie trata de negarlo. Pero tambi&#233;n hay momentos en los que abrir la puerta, el coraz&#243;n o la cartera tiene un efecto multiplicador. Quiz&#225;s hoy yo no solo llegu&#233; temprano al trabajo, quiz&#225;s tambi&#233;n cargu&#233; con una historia que ahora comparto y que, qui&#233;n sabe, tal vez inspire a alguien m&#225;s a actuar con generosidad.</p><p>En la vida moderna, donde todo parece medirse en productividad, eficiencia y resultados, encontrarse con un acto de bondad inesperado es casi como hallar un oasis en medio del desierto. Algo que te nutre el alma, que te recuerda que no todo est&#225; perdido, que todav&#237;a hay calor humano en esta selva de cemento y pantallas.</p><p>Porque a veces, cooperar entre desconocidos no es solo un acto &#250;til: es una forma de reconocer al otro, de honrar el hecho de que compartimos algo m&#225;s que un espacio. Es una forma silenciosa de decir: &#8220;te veo, y aunque no te conozca, vales lo suficiente como para ayudarte sin pedir nada a cambio&#8221;. Hay algo profundamente civilizado en eso. No se trata de caridad, ni de l&#225;stima. Se trata de respeto. De un respeto que no nace del juicio ni de la admiraci&#243;n, sino de la simple decisi&#243;n de tratar al otro como alguien digno de cuidado.</p><p>Por eso escribo esto. Para recordarme que los peque&#241;os gestos importan. Que ayudar a alguien a llegar a donde tiene que llegar no solo cambia su d&#237;a, sino tambi&#233;n el tuyo. Porque esa se&#241;ora no solo me dio dos euros. Me dio una lecci&#243;n y una sonrisa en medio de la rutina.</p><p>Si alg&#250;n d&#237;a me la vuelvo a cruzar, le devolver&#233; los dos euros, claro. Pero tambi&#233;n le dar&#233; las gracias. No solo por el dinero, sino por recordarme que todav&#237;a hay esperanza. Que todav&#237;a hay gente buena. Que todav&#237;a vale la pena confiar.</p><p>Porque s&#237;, al final del d&#237;a llegu&#233; a la oficina m&#225;s temprano de lo habitual. Trabaj&#233; con eficiencia, como hab&#237;a planeado. Pero lo m&#225;s valioso que me llev&#233; de este lunes fue un gesto simple, hermoso y profundamente humano. Uno que no estaba en la agenda, pero que cambi&#243; completamente el color de mi d&#237;a.</p><p>Quiz&#225;s alg&#250;n d&#237;a me toque a m&#237; ser esa se&#241;ora para alguien m&#225;s. Ojal&#225; tenga el coraje, la presencia y el coraz&#243;n para hacerlo sin dudar. </p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[La trampa de la flexibilidad]]></title><description><![CDATA[Sobre el precio de cambiar sin parar]]></description><link>https://comosepudo.substack.com/p/la-trampa-de-la-flexibilidad</link><guid isPermaLink="false">https://comosepudo.substack.com/p/la-trampa-de-la-flexibilidad</guid><dc:creator><![CDATA[Pablo Cappellin]]></dc:creator><pubDate>Tue, 16 Dec 2025 08:02:14 GMT</pubDate><enclosure url="https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/dabc0c24-929e-45f8-92ad-d6876171a348_2304x1728.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Durante mucho tiempo pens&#233; que mi vida laboral era una historia de adaptaci&#243;n exitosa. Cambios de pa&#237;s, de rol, de sector, de forma de trabajar. Abogado que estudia mientras trabaja, financiero, comercial, director, emprendedor, socio, freelance, project leader. Si alguien mira mi curr&#237;culum sin contexto, puede leer movimiento, resiliencia, aprendizaje constante. Puede incluso admirarlo. Yo mismo lo hice durante a&#241;os. Pero con el tiempo empec&#233; a notar que detr&#225;s de ese relato hab&#237;a algo que no encajaba del todo. No era fracaso, pero tampoco plenitud. Era m&#225;s bien una sensaci&#243;n persistente de estar siempre recomponiendo la historia para que pareciera coherente.</p><p>No escribo esto desde la queja ni desde la nostalgia por un pasado idealizado. Tampoco desde la &#233;pica del &#8220;todo fue aprendizaje&#8221;. Lo escribo desde una pregunta que aparece cada vez con m&#225;s frecuencia, sobre todo en los momentos de pausa: &#191;qu&#233; se va erosionando cuando uno vive permanentemente en modo adaptaci&#243;n? &#191;Qu&#233; se desgasta cuando el cambio deja de ser una etapa y se convierte en la norma?</p><p>Mi t&#237;o me recomend&#243; un escritor, a quien no conoc&#237;a: Richard Sennett y leyendo un poco sobre su idea del capitalismo flexible encontr&#233; un espejo inc&#243;modo. Para quien no sabe, el capitalismo flexible corroe el car&#225;cter porque impide construir una narrativa vital s&#243;lida y coherente, basada en valores como la constancia, el compromiso o el sentido de prop&#243;sito a largo plazo. No habla solo de econom&#237;a ni de nuevas formas de trabajar. Habla del car&#225;cter, de esa parte de uno que se construye con el tiempo, con la repetici&#243;n, con los compromisos que no se rompen a la primera dificultad. Habla de la dificultad de sostener una vida narrable en un mundo que premia el corto plazo, la movilidad constante y la reinvenci&#243;n permanente. La flexibilidad se presenta como libertad, pero muchas veces funciona como una forma de control m&#225;s dif&#237;cil de se&#241;alar. No hay reglas claras que romper, no hay jefe visible al que oponerse, no hay promesas que reclamar. Solo expectativas impl&#237;citas de disponibilidad, adaptaci&#243;n y responsabilidad individual.</p><p>Gran parte de mi recorrido profesional lo he contado como una sucesi&#243;n de decisiones. Y en muchos casos lo fueron. Decid&#237; moverme, asumir riesgos, cambiar de pa&#237;s, empezar de nuevo. Pero tambi&#233;n hubo contextos que empujaron, mercados que se cerraron, proyectos que no depend&#237;an solo de m&#237;, estructuras que se deshicieron sin previo aviso. Sin embargo, el lenguaje dominante no deja mucho espacio para eso. Uno aprende r&#225;pido que no conviene hablar en voz pasiva. No &#8220;me despidieron&#8221;, sino &#8220;decid&#237; cambiar&#8221;. No &#8220;el proyecto fracas&#243;&#8221;, sino &#8220;aprend&#237; y segu&#237; adelante&#8221;. Es un lenguaje que suena fuerte, responsable, incluso virtuoso, pero que tiene una trampa: si todo es elecci&#243;n, entonces toda consecuencia tambi&#233;n lo es.</p><p>Con el tiempo, esa narrativa empieza a pesar. No porque sea falsa, sino porque es incompleta. Borra el contexto y lo deja uno como individuo solo frente a sus resultados. Si algo sale bien, el m&#233;rito es propio. Si sale mal, tambi&#233;n. Y as&#237; se instala una ansiedad silenciosa, dif&#237;cil de explicar, que no tiene tanto que ver con el miedo al fracaso como con la sensaci&#243;n de que nada termina de asentarse. Se aprende mucho, se hace mucho, pero cuesta sentir que algo se acumula de verdad.</p><p>He aprendido much&#237;simo a lo largo de estos a&#241;os. He desarrollado habilidades, criterio, intuici&#243;n, capacidad de leer personas y contextos. He cometido errores y he aprendido de ellos. Pero ese aprendizaje no siempre se ha traducido en m&#225;s estabilidad o en m&#225;s suelo firme. A veces solo me ha permitido caer de pie y seguir corriendo. Antes, el esfuerzo ten&#237;a una l&#243;gica acumulativa. Hoy, el aprendizaje es casi una condici&#243;n m&#237;nima para seguir en movimiento, no una garant&#237;a de nada.</p><p>No es el cambio lo que cansa. Es la imposibilidad de convertirlo en un relato que se sostenga sin demasiadas explicaciones. Es tener que justificar cada etapa, cada giro, cada cierre. Es sentir que uno no puede simplemente decir &#8220;estuve ah&#237;, hice mi trabajo, cumpl&#237;&#8221;, porque enseguida aparece la pregunta de por qu&#233; termin&#243;. Y entonces vuelven las explicaciones, los aprendizajes, las narrativas bien armadas.</p><p>Cuando me preguntan a qu&#233; me dedico, no dudo por falta de capacidades. Dudo porque ninguna etiqueta alcanza para ordenar todo lo vivido. Y recurro a listas, a proyectos, a etapas. Como si enumerar experiencias pudiera reemplazar la falta de continuidad. A veces funciona, pero muchas veces deja un vac&#237;o dif&#237;cil de nombrar.</p><p>En medio de todo eso, hay algo que he intentado proteger casi de forma instintiva: cierta idea de car&#225;cter. No como algo r&#237;gido o moralista, sino como la capacidad de sostener la palabra, de ser leal, de pensar a largo plazo incluso cuando el entorno empuja al corto. No siempre lo he logrado, y no siempre ha sido eficiente. Pero ha sido una forma de resistencia silenciosa.</p><p>Ser padre cambia la perspectiva. Uno empieza a preguntarse qu&#233; est&#225; transmitiendo, no con discursos, sino con la forma de vivir. &#191;Qu&#233; valores se pueden ense&#241;ar cuando la propia vida laboral cambia m&#225;s r&#225;pido de lo que uno puede explicar? &#191;C&#243;mo hablar de compromiso, de paciencia, de constancia, cuando el sistema premia la velocidad y la disponibilidad permanente? No tengo respuestas claras. Solo la intuici&#243;n de que hay cosas que vale la pena sostener, aunque no encajen del todo con la l&#243;gica dominante.</p><p>Hoy, el car&#225;cter ya no viene dado por la instituci&#243;n, por la rutina o por una carrera lineal. Hay que construirlo de manera consciente, a veces a contracorriente. Sostener la palabra en un entorno que se reorganiza constantemente tiene un costo. Mantener lealtades cuando todo invita a optimizar el siguiente movimiento requiere una energ&#237;a extra. Pero renunciar a eso tiene un costo mayor: la sensaci&#243;n de volverse intercambiable, incluso para uno mismo.</p><p>No s&#233; si esta forma de trabajar es sostenible toda una vida. No s&#233; si la acumulaci&#243;n de experiencias terminar&#225; orden&#225;ndose sola con el tiempo. Tampoco creo que la estabilidad sea un valor absoluto ni que el pasado haya sido necesariamente mejor. Pero s&#237; s&#233; que necesito detenerme de vez en cuando a mirar el recorrido sin cinismo y sin &#233;pica. A reconocer lo que se gan&#243; y lo que se perdi&#243;.</p><p>Escribir se ha convertido en una forma de pausa. Una manera de no perderme del todo en el movimiento. De recordar que una vida buena no es necesariamente una vida brillante, sino una vida que puede ser contada sin forzar demasiado el relato. Que la flexibilidad puede ser una herramienta, pero no un fin en s&#237; mismo. Asi que la pregunta no es solo c&#243;mo se pudo, sino qu&#233; vale la pena seguir sosteniendo mientras se sigue adelante.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Correr sin correr]]></title><description><![CDATA[Vacaciones, silencio y una nueva manera de llegar a la meta]]></description><link>https://comosepudo.substack.com/p/correr-sin-correr</link><guid isPermaLink="false">https://comosepudo.substack.com/p/correr-sin-correr</guid><dc:creator><![CDATA[Pablo Cappellin]]></dc:creator><pubDate>Tue, 09 Dec 2025 08:01:47 GMT</pubDate><enclosure url="https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/b6bd8fe9-cab7-4ed4-a294-798bf5238abd_1024x1536.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Durante muchos a&#241;os, diciembre no significaba pausa, ni celebraci&#243;n, ni descanso. Significaba corredera. No la de fin de a&#241;o, no la San Silvestre, sino otra m&#225;s agotadora: la de las entregas, los pedidos, las cestas de Navidad, los correos de &#250;ltimo minuto, las reuniones que se multiplicaban justo cuando uno ya no ten&#237;a energ&#237;a ni para responder mensajes. Trabajaba en la distribuidora, y diciembre era el mes donde todo el mundo necesitaba todo para ayer. Las fiestas navide&#241;as no tra&#237;an calma, sino esa sensaci&#243;n de tener que cumplir con todo y con todos. Desconectar era una fantas&#237;a. El final del a&#241;o se parec&#237;a m&#225;s a una cuesta arriba que a una celebraci&#243;n.</p><p>Este a&#241;o va a ser distinto. Por primera vez en mucho tiempo voy a tener vacaciones de verdad. Vacaciones colectivas. Una pausa impuesta, no negociada, que al principio me dio una angustia sorda, como si me estuvieran empujando a una especie de precipicio. &#191;Y si no hago nada productivo? &#191;Y si el silencio me incomoda? &#191;Y si me doy cuenta de cosas que no quiero mirar? Pero junto a esa ansiedad, tambi&#233;n apareci&#243; algo m&#225;s profundo, m&#225;s simple: las ganas de realmente parar. De no tener que responder a nadie, de no tener que correr todo el tiempo con la sensaci&#243;n de estar llegando tarde a todo. Ha sido un a&#241;o dif&#237;cil para m&#237;, quiero poder cerrarlo con buen pie.</p><p>Es impresionante lo dif&#237;cil que puede ser, para muchos de nosotros, el simple hecho de descansar. Como si el valor personal estuviera medido por cu&#225;nto haces, por cu&#225;nto produces, por qu&#233; tan ocupado est&#225;s. Como si parar fuera un lujo que hay que justificar. Pero el cuerpo habla. Y si uno no lo escucha, se hace escuchar de otras maneras. Yo comenc&#233; a prestarle atenci&#243;n hace un tiempo, cuando decid&#237; hacer ejercicio de manera recurrente. Ya tengo m&#225;s de dos a&#241;os yendo entre tres y cuatro veces por semana al gimnasio. No soy un fan&#225;tico del fitness, pero es un espacio que se ha vuelto esencial para m&#237;. Me doy cuenta de que el ejercicio hace su parte en ayudar a sentirse mejor con uno mismo: te da energ&#237;a, te organiza el d&#237;a, te muestra resultados cuando eres constante. Pero tambi&#233;n me he dado cuenta de algo importante: descansar tambi&#233;n es parte del proceso. No todo es machacarse todos los d&#237;as. Hay que dormir bien, comer cosas de calidad, respetar los tiempos de recuperaci&#243;n. No se trata de exigirse sin pausa, sino de acompa&#241;arse con conciencia.</p><p>Ya tengo 41 a&#241;os. Mi mam&#225; me dir&#237;a: &#8220;Eres un carajito todav&#237;a...&#8221;. Pero yo no lo siento as&#237;. A esta edad, uno sabe que tiene que estar fuerte en varios niveles: f&#237;sico, mental, an&#237;mico. Y para eso no hay atajos. Se construye d&#237;a a d&#237;a, con decisiones peque&#241;as, con espacios para respirar, con la voluntad de escucharse sin juicio. Entend&#237; que no todo se trata de forzarse a rendir, sino de encontrar el ritmo propio. El cuerpo lo agradece. La mente tambi&#233;n.</p><p>Desde hace poco, adem&#225;s del gimnasio, comenc&#233; a entrenar para correr la San Silvestre Donostiarra. No soy corredor profesional ni tengo ambiciones competitivas como ya les cont&#233; en otro art&#237;culo. Pero el entrenamiento me dio algo inesperado: estructura mental. Mientras todo segu&#237;a en su ritmo apurado, yo ten&#237;a un momento para encontrarme conmigo mismo, con el asfalto, con el sonido de mi respiraci&#243;n.</p><p>Correr no se volvi&#243; un escape, sino una manera de regresar. De volver a sentirme en mi cuerpo, en mi tiempo, en mis decisiones. No se trata de ganarle a nadie, ni siquiera a uno mismo. Es simplemente hacerlo. Estar mientras cuesta, mientras duele un poco, mientras el aire se siente m&#225;s denso o las piernas m&#225;s pesadas. Estar cuando todo fluye tambi&#233;n. Aprender a reconocer los d&#237;as buenos sin apegarse a ellos, y los d&#237;as malos sin dramatizarlos.</p><p>Durante a&#241;os sent&#237; que diciembre era una especie de trampa. Todo el mundo hablando de cenas, comidas, balances, de celebraciones, de &#8220;cerrar ciclos&#8221;, y yo apenas pod&#237;a con el d&#237;a a d&#237;a. Este a&#241;o es diferente. Este a&#241;o me toca hacer silencio. Y honestamente no es f&#225;cil, el silencio incomoda. El tiempo libre asusta cuando uno ha vivido a fuerza de urgencia. Pero tambi&#233;n hay algo liberador en saber que no hay que correr todo el tiempo. Que el mundo no se cae si uno se detiene. Que a veces, parar es la forma m&#225;s honesta de seguir.</p><p>No quiero que estas vacaciones sean una lista de tareas pendientes. No quiero llenarlas con la idea de que ahora s&#237; &#8220;voy a aprovechar el tiempo&#8221;. Quiero aprender a estar en el d&#237;a. A despertar sin apuro. A caminar sin rumbo. A correr sin reloj. A escribir solo si me nace. A ver qu&#233; hay dentro de mi cabeza cuando no est&#225; tapada de tareas. Hacer ese cierre de a&#241;o no como un ejercicio de eficiencia, sino de honestidad. Qu&#233; cosas dej&#233; atr&#225;s este a&#241;o. Cu&#225;les sigo cargando. Cu&#225;les deber&#237;a haber soltado ya.</p><p>Me doy cuenta de que muchas veces uno confunde avanzar con moverse. Y no es lo mismo. Uno puede pasar a&#241;os en movimiento sin haber avanzado un cent&#237;metro en lo que de verdad importa. Y tambi&#233;n puede estar quieto por fuera y crecer de formas silenciosas, profundas. Correr me ha ense&#241;ado eso. Que el movimiento con sentido no siempre se ve espectacular, pero se siente diferente. Se siente alineado. Que hay fuerza en ser constante sin estruendo. Que hay poder en hacer las cosas sin que nadie lo aplauda. Sobretodo cuando despu&#233;s de entrenar duro, de vivir las cosas en carne propia, vuelves a repetir la misma ruta por la que empezaste a entrenar y te das cuenta que est&#225;s mucho mejor que la primera vez.</p><p>Tambi&#233;n he aprendido que no se trata de tenerlo todo claro. A veces basta con tener claro lo que ya no queremos. Y desde ah&#237;, comenzar a elegir distinto. Yo no quiero volver al diciembre de antes. No quiero que las fiestas sean solo un peso en la agenda. No quiero regalar cosas sin estar presente. No quiero llegar al final del a&#241;o sintiendo que todo fue demasiado. Quiero respirar. Quiero mirar atr&#225;s con calma. Quiero entrar en el nuevo a&#241;o sin esa sensaci&#243;n de arrastre.</p><p>Por eso corro. Porque en cada zancada hay una forma de soltar. Porque mientras avanzo, me vac&#237;o de lo que no necesito. Y me conecto con lo que s&#237; importa: el ahora, el cuerpo, el ritmo que es solo m&#237;o. Mientras otros celebran con ruido, yo voy a estar corriendo hacia el cierre del a&#241;o. No huyendo, sino llegando. Con los pies en el suelo. Con el aire en los pulmones. Con la mente lo m&#225;s clara posible.</p><p>Y cuando cruce esa meta, cuando el calendario diga que empieza un nuevo a&#241;o, quiero sentir que llegu&#233; distinto. No por lo que logre tachar de la lista, sino por c&#243;mo aprend&#237; a mirar. Por c&#243;mo eleg&#237; detenerme. Por c&#243;mo aprend&#237; a estar sin culpa. Porque hay algo profundamente transformador en eso: en entender que descansar tambi&#233;n es hacer. Que parar tambi&#233;n es avanzar. Que no pensar en nada por un rato no es perder tiempo, sino recuperarlo.</p><p>Este diciembre, por fin, me permito hacerlo. No porque me lo gan&#233;, no porque me lo merezco m&#225;s que nadie, sino porque simplemente es lo que toca. Es lo que necesito. Y porque tal vez, si aprendo a hacerlo bien, el a&#241;o que viene no tendr&#225; que ser tan distinto para sentirse mejor. Tal vez solo haya que seguir corriendo con calma, respirando profundo, escuchando al cuerpo, y confiando en que no siempre hay que hacer m&#225;s para vivir mejor.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[El nuevo ritmo que aprendí a escuchar]]></title><description><![CDATA[La inesperada libertad que encontr&#233; al pasar de emprendedor a empleado y aprender a soltar el control]]></description><link>https://comosepudo.substack.com/p/el-nuevo-ritmo-que-aprendi-a-escuchar</link><guid isPermaLink="false">https://comosepudo.substack.com/p/el-nuevo-ritmo-que-aprendi-a-escuchar</guid><dc:creator><![CDATA[Pablo Cappellin]]></dc:creator><pubDate>Tue, 02 Dec 2025 08:00:48 GMT</pubDate><enclosure url="https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/440cf00d-49f4-4573-a15c-64065c4ab5bb_1024x1024.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Hace poco empec&#233; a trabajar por cuenta ajena, despu&#233;s de un buen tiempo siendo mi propio jefe. Es un cambio grande, m&#225;s profundo de lo que imaginaba. Uno pensar&#237;a que al final del d&#237;a el trabajo es trabajo, pero la forma en que lo vivimos cambia muchas cosas. Sobre todo cuando se trata del control que uno tiene sobre su tiempo, sobre las decisiones, sobre la direcci&#243;n de su vida diaria.</p><p>Dejar de ser quien toma las decisiones puede parecer, en un primer momento, una p&#233;rdida. Y en parte lo es. Ya no soy yo quien decide cu&#225;ndo parar, cu&#225;ndo irme a casa, cu&#225;ndo tomarme un caf&#233; tranquilo a media ma&#241;ana. Ya no soy quien mueve las piezas principales, ni quien asume los grandes riesgos. Pero en esa p&#233;rdida tambi&#233;n hay una forma de alivio. Ceder el control tiene algo de liberador. Cuando no todo depende de uno, el peso tambi&#233;n se reparte, encontrando espacio para respirar.</p><p>Lo que m&#225;s me ha costado es darme cuenta de que ya no soy due&#241;o de mi tiempo. Antes pod&#237;a moldear el d&#237;a a mi antojo. Si quer&#237;a ir a ver a mis hijos a un acto del colegio, pod&#237;a hacerlo. Si necesitaba una hora para despejar la cabeza o para hacer ejercicio a media tarde, simplemente reorganizaba. Ese tipo de libertad era valiosa. La extra&#241;o. No tenerla es un duelo que no se nota tanto por fuera, pero s&#237; por dentro.</p><p>Sin embargo, y con el paso de los d&#237;as, he ido descubriendo algo que no ten&#237;a antes: una especie de silencio mental al final del d&#237;a. Antes, aunque tuviera la libertad de decidir, rara vez, por no decir nunca, me liberaba del todo. El trabajo era una presencia constante. Me acompa&#241;aba en casa, en las cenas, en la noche. Un mensaje pendiente, una factura sin cobrar, un proveedor por pagar. La cabeza segu&#237;a funcionando aunque ya estuviera en el sof&#225; o jugando con los ni&#241;os.</p><p>Ahora eso ha cambiado. Llego a casa y, por primera vez en mucho tiempo, puedo estar presente. Presente de verdad. No solo f&#237;sicamente, sino con la mente libre, sin listas mentales ni llamadas que anticipar. Hay algo profundamente valioso en poder mirar a tus hijos a los ojos y no estar pensando en otra cosa. En poder conversar con tu pareja sin el zumbido de las preocupaciones profesionales revoloteando por detr&#225;s. En tener un momento de calma, sin sentir que se te escapa el tiempo entre los dedos.</p><p>La paz mental no se nota de golpe. No es un antes y un despu&#233;s claro. Es m&#225;s bien una acumulaci&#243;n de peque&#241;os descansos. Darse cuenta, por ejemplo, de que ya no hay que revisar el correo a las diez de la noche. O de que el domingo por la tarde puede ser solo domingo, sin reuniones disfrazadas de urgencias. Poco a poco, uno recupera una parte de s&#237; mismo que hab&#237;a quedado secuestrada por la responsabilidad constante.</p><p>Y esa paz no significa pasividad. Sigo siendo alguien que trabaja con ganas, que busca hacer las cosas bien, que no puede estarse quieto del todo. Pero ahora tengo m&#225;s claridad sobre d&#243;nde est&#225; el l&#237;mite. El trabajo me importa, s&#237;. Pero no me lo llevo puesto como un abrigo mojado a todas partes. He aprendido a dejarlo donde pertenece, y eso me ha hecho mejor persona fuera del horario laboral.</p><p>Tambi&#233;n he aprendido a valorar m&#225;s el tiempo que tengo. Antes, como sent&#237;a que todo el tiempo era m&#237;o, lo desperdiciaba sin querer. Ahora, como s&#233; que hay horas fijas, intento aprovecharlas al m&#225;ximo. Voy al gimnasio temprano, antes de ir a la oficina. Son apenas 40 o 50 minutos, pero se saco la &#8220;<em>chicha</em>&#8221;. Me sirven para empezar el d&#237;a con energ&#237;a, con direcci&#243;n, con ganas. Me organizo mejor, soy m&#225;s eficiente, y eso tiene un efecto domin&#243; en todo lo dem&#225;s.</p><p>El cambio no ha sido f&#225;cil, pero me ha hecho m&#225;s consciente. Me ha obligado a mirarme de frente y preguntarme qu&#233; es lo verdaderamente importante, y sobretodo a preguntarme si estoy contento: lo estoy. He tenido que aprender a soltar ciertas ideas que ten&#237;a sobre el &#233;xito, sobre la libertad, sobre el control. Me he encontrado con una versi&#243;n de m&#237; m&#225;s tranquila, m&#225;s centrada en una cosa, m&#225;s en paz.</p><p>La vida cambia, y uno cambia con ella. Lo importante es no resistirse ciegamente. A veces, lo que parece una p&#233;rdida es solo el espacio que se necesitaba para ganar algo m&#225;s. No todo lo que se deja atr&#225;s era bueno, pero tambi&#233;n no todo lo nuevo es malo por ser diferente. Aprender a vivir con lo que hay, a sacarle el jugo a cada etapa, a encontrar sentido incluso en la rutina, es parte del crecimiento.</p><p>No tengo todas las respuestas. Ni las voy a tener. Antes intentaba tenerlas todas y era agotador. He dejado de buscar certezas absolutas porque entend&#237; que vivir no se trata de tener todo claro, sino de ser capaz de sostenerse en medio de la incertidumbre sin traicionarse a uno mismo.</p><p>Si algo he aprendido en este tiempo, es que vale la pena parar. Mirar. Escuchar el ruido de adentro sin filtros. Porque solo cuando uno se atreve a mirar con honestidad lo que siente &#8212;sin excusas ni tapujos&#8212; es que empiezas a encontrar direcci&#243;n y sentido. (creo que mi psicologo estar&#237;a contento conmigo)</p><p>La verdadera libertad no est&#225; en hacer lo que uno quiere a toda hora. Est&#225; en no tener que escapar de uno mismo. En poder mirar tu vida y decir: <em>esto que estoy haciendo, esta forma de vivir, tiene sentido para m&#237;</em>. Aun cuando no sea perfecta, se tenga que renunciar a ciertas cosas pero te sientas parte de algo.</p><p>La calma no llega por tener el control sino cuando uno deja de pelearse con lo que no puede cambiar, y empieza a cuidar lo que s&#237; puede elegir: c&#243;mo estar, c&#243;mo vivir, c&#243;mo sentirse.</p><p>Eso es lo que tengo ahora: una vida m&#225;s sencilla, tal vez, pero mucho m&#225;s llena. Porque al final, lo que importa no es cu&#225;nta libertad tienes en el papel, sino cu&#225;nta paz te queda al cerrar el d&#237;a, y por ello hasta estoy durmiendo mejor.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Gracias por lo que no funcionó]]></title><description><![CDATA[Una reflexi&#243;n sobre gratitud, errores y evoluci&#243;n.]]></description><link>https://comosepudo.substack.com/p/gracias-por-lo-que-no-funciono</link><guid isPermaLink="false">https://comosepudo.substack.com/p/gracias-por-lo-que-no-funciono</guid><dc:creator><![CDATA[Pablo Cappellin]]></dc:creator><pubDate>Tue, 25 Nov 2025 08:01:44 GMT</pubDate><enclosure url="https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/7ceabfdf-8294-453b-8b80-90bcc19223d0_1024x1536.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Hay momentos en la vida en los que uno se detiene, no porque quiera, sino porque las circunstancias lo obligan. No planeas esa pausa. Simplemente ocurre. Y en ese silencio inesperado, empiezas a ver las cosas con otra luz &#8212;quiz&#225; m&#225;s dura, quiz&#225; m&#225;s honesta&#8212; y justo ah&#237;, en ese punto de inflexi&#243;n entre lo que fue y lo que pudo haber sido, comienza el verdadero acto de gratitud. No ese &#8220;gracias&#8221; social y autom&#225;tico, sino el que nace despu&#233;s del fuego, cuando solo quedan las verdades esenciales.</p><p>Lo curioso de la gratitud es que no aparece en tus mejores d&#237;as. Muchas veces nace de los d&#237;as que quisi&#233;ramos borrar de nuestra memoria para siempre. De los cosas que debian ser pero no fueron, de proyectos que no funcionaron, de las sociedades que se hicieron m&#225;s pesadas que liberadoras, de las decisiones que tomamos con la mejor intenci&#243;n y que igual nos explotaron en las manos. All&#237;, justo en ese borde inc&#243;modo donde uno siente que podr&#237;a haber sido m&#225;s inteligente, m&#225;s r&#225;pido, m&#225;s claro, es donde la gratitud se vuelve casi un acto de rebeld&#237;a. Es decir: podr&#237;a quedarme aqu&#237;, reclamando mis heridas, justificando mis errores &#8230; pero elijo no hacerlo. Elijo agradecer por lo que aprend&#237;, aunque haya dolido. Elijo transformar lo que pudo haberme reducido en algo que me agrande por dentro.</p><p>Con el tiempo, uno descubre que agradecer no es una postura ingenua. Es una herramienta, casi un arma. Una forma de interpretar la vida. Te obliga a mirar atr&#225;s con nuevos ojos y ver que lo que parec&#237;a retroceso era, en realidad, avance disfrazado. Que no creciste por los aciertos, sino por los errores cometidos con ilusi&#243;n, con terquedad, con esperanza. Creciste porque tuviste que replantear ideas, redefinir l&#237;mites, soltar expectativas, perder ilusiones... y aun as&#237; seguir creyendo &#8212;a veces contra toda l&#243;gica&#8212; que val&#237;a la pena continuar.</p><p>La gratitud, entonces, es una forma de claridad. Una que duele antes de iluminar.</p><p>He llegado a pensar que cada persona que cruz&#243; mi camino tuvo un prop&#243;sito que no supe ver en su momento. Algunas vinieron a expandir mis horizontes; otras, a marcarme l&#237;mites. Unas me mostraron c&#243;mo hacer algo; otras, c&#243;mo no quiero volver a hacerlo. Algunas me dieron confianza; otras me la quitaron, oblig&#225;ndome a construirla desde cero. Todos, de una forma u otra, fueron maestros involuntarios de mi mejor versi&#243;n. Y no s&#233; si el universo est&#225; orquestado, si Dios trabaja de manera misteriosa, o si somos nosotros los que hilamos sentido despu&#233;s&#8230; pero lo cierto es que, cuando miro hacia atr&#225;s, todo encaja de una manera casi absurdamente perfecta</p><p>Agradezco las conversaciones dif&#237;ciles, las diferencias irreconciliables, los silencios inc&#243;modos. Agradezco los errores que costaron dinero, energ&#237;a o sue&#241;o. Agradezco las veces que confi&#233; demasiado, y tambi&#233;n aquellas en las que deb&#237; confiar m&#225;s. Porque en esa mezcla de luces y sombras se fue definiendo el contorno de quien soy: m&#225;s prudente, pero no c&#237;nica; m&#225;s firme, pero no r&#237;gida; m&#225;s anal&#237;tica, pero a&#250;n capaz de creer.</p><p>Con los a&#241;os entend&#237; que la gratitud no es hacia los otros, sino hacia uno mismo. Es decirte: gracias por aguantar, por intentarlo, por equivocarte, por lanzarte sin garant&#237;as, por no renunciar a ti mismo aunque los resultados no fueran los esperados. Porque uno puede perder dinero, oportunidades, relaciones... pero lo &#250;nico imperdonable ser&#237;a perder la capacidad de aprender. Y mientras uno siga aprendiendo, no hay derrota sino evoluci&#243;n.</p><p>La gratitud es un ejercicio &#237;ntimo de honestidad. Es mirar lo vivido sin rencor, sin reescribir la historia. Reconocer que tomaste decisiones desde la intuici&#243;n, el miedo o la esperanza desmedida... y que todas fueron parte necesaria del camino. Es aceptar que hubo cosas que no depend&#237;an de ti, que no pod&#237;as salvar aunque lo intentaras, que simplemente ten&#237;an que pasar para que hoy seas quien eres.</p><p>He aprendido que la gratitud tiene una profundidad extra&#241;a: te pone en un lugar de humildad sin quitarte dignidad. Te permite ver tus fallas sin convertirte en ellas. Te recuerda que los dem&#225;s tambi&#233;n hacen lo que pueden, y que a veces no te fallan: simplemente no saben llegar m&#225;s lejos. Y cuando uno entiende eso de verdad, la rabia pierde sentido.</p><p>No estoy maquillando el cansancio con gratitud. No evita que algo duela. No te exime de la responsabilidad de hacerlo mejor. Pero te da una base emocional para avanzar sin culpa innecesaria, sin arrastrar fantasmas, sin hacer de cada tropiezo una identidad.</p><p>Quiz&#225; por eso, cuando pienso en estos &#250;ltimos a&#241;os, no siento resentimiento ni derrota. Siento una paz extra&#241;a, dificil de explicar. Una paz que llega cuando entiendes que nada es en vano, que todo se movi&#243; un cent&#237;metro hacia una versi&#243;n m&#225;s m&#225;s completa de ti. Ese cent&#237;metro silencioso acumulado en dudas y decisiones dif&#237;ciles, al final, marca una gran diferencia.</p><p>Agradecer no es decir: &#8220;me alegra lo que pas&#243;&#8221;, sino decir: &#8220;aprend&#237; gracias a lo que pas&#243;&#8221;.<br>Y tal vez ese sea el principio m&#225;s honesto del crecimiento: no borrar el pasado, sino darle sentido.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[El costo de asumir]]></title><description><![CDATA[Por qu&#233; creer sin verificar te lleva a decisiones impulsivas, expectativas rotas y lecciones que duelen.]]></description><link>https://comosepudo.substack.com/p/el-costo-de-asumir</link><guid isPermaLink="false">https://comosepudo.substack.com/p/el-costo-de-asumir</guid><dc:creator><![CDATA[Pablo Cappellin]]></dc:creator><pubDate>Tue, 18 Nov 2025 08:01:46 GMT</pubDate><enclosure url="https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/4b32a347-bf1d-4094-8651-c45c657c8a2c_1024x1024.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Hace poco escuch&#233; una frase de un personaje que no conoc&#237;a, y que gracias a conectar con personas a trav&#233;s de mis escritos me hizo descubrirlo, Christopher Hitchens, que me gust&#243; mucho: &#8220;<em>Lo que se afirma sin evidencia puede descartarse sin evidencia</em>.&#8221; Es de esas t&#237;picas frases que uno subraya en un libro, repite con convicci&#243;n y siente que entiende. Pero con el tiempo descubr&#237; que hay una distancia enorme entre entender esa, o cualquiera frase y vivirla.</p><p>En mi caso, esa distancia fueron muchas decisiones impulsivas, expectativas mal formadas y golpes de realidad. Me he dado cuenta que pas&#233; a&#241;os operando precisamente al rev&#233;s: creyendo sin evidencia, asumiendo muchas cosas sin verificar, interpretando lo que quer&#237;a que fuera cierto en lugar de lo que realmente era.</p><p>El emprendedor vive entre la ilusi&#243;n y la incertidumbre, es su naturaleza, yo por ejemplo soy un optimista nato. Y al que le guste construir sabe que no existe un camino trazado, no existe una seguridad real. Y quiz&#225;s por eso tendemos a creer m&#225;s de lo que comprobamos. En un mundo donde todo es posible, pero nada est&#225; garantizado, salvo la muerte y los impuestos, la esperanza se vuelve un mecanismo de supervivencia. El problema es que cuando la esperanza sustituye la evidencia, el resultado casi siempre es el mismo: dolor, p&#233;rdidas y esa sensaci&#243;n amarga de que &#8220;deb&#237; haberlo visto venir&#8221;.</p><p>Durante mucho tiempo di por hecho cosas que nunca me hab&#237;an prometido formalmente. El cl&#225;sico ejemplo del cliente que te dice &#8220;conf&#237;a, esto va a salir&#8221;, y t&#250;, con una mezcla de necesidad y optimismo, decides actuar como si la venta ya existiera. Me pas&#243; m&#225;s veces de las que quisiera admitir. Un cliente entusiasmado, una conversaci&#243;n positiva, una frase de compromiso que nunca lleg&#243; a ser compromiso real, y yo moviendo recursos, ajustando inventarios, anticipando compras, y lo peor de todas ilusiones. Todo sin un documento, sin un forecast, sin una orden firmada. La evidencia era inexistente; lo &#250;nico que exist&#237;a era mi deseo de que fuera verdad. Y cuando llegaba la llamada diciendo &#8220;vamos a esperar un poco&#8221;, ya era tarde: el dinero estaba fuera, el tiempo invertido, el riesgo consumado. No era mala suerte. Era mi incapacidad de pedir una prueba concreta antes de actuar.</p><p>Con los socios el asunto es a&#250;n m&#225;s delicado. Uno entra en un proyecto con la ilusi&#243;n de remar al mismo ritmo, con la convicci&#243;n de que el esfuerzo ser&#225; compartido y la visi&#243;n tambi&#233;n. Yo asum&#237; muchas veces que la gente pensaba, sent&#237;a y actuaba como yo. Cre&#237; que el compromiso era sim&#233;trico, que el sacrificio era entendido de la misma forma. Pero cuando no lo era, las prioridades no coincid&#237;an, la energ&#237;a se desbalanceaba, me sorprend&#237;a y decepcionaba. La sorpresa nace siempre de esa expectativa construida sin prueba. Yo nunca ped&#237; claridad absoluta, tampoco la di (debo admitir). Nunca puse por escrito lo que cada uno deb&#237;a aportar. Nunca ped&#237; evidencia de compromiso; simplemente confi&#233;. Aprend&#237; que confiar sin evidencia es, en los negocios, apostar sin c&#225;lculo.</p><p>Lo m&#225;s curioso es que la falta de certeza no solo ven&#237;a de afuera; ven&#237;a tambi&#233;n de m&#237; mismo. Yo me cre&#237; muchas de mis propias historias. Pens&#233; que conoc&#237;a al mercado mejor de lo que lo conoc&#237;a. Pens&#233; que ciertos modelos de negocio &#8220;ten&#237;an que funcionar&#8221; porque a m&#237; me parec&#237;an l&#243;gicos. Pens&#233; que el cliente reaccionar&#237;a de una manera simplemente porque yo cre&#237;a que as&#237; deb&#237;a reaccionar. Pero el mercado no es l&#243;gico ni justo; es real. Y te corrige sin anestesia. Muchas ideas que yo di por obvias nunca hab&#237;an sido probadas, testeadas ni validadas. Solo exist&#237;an en mi cabeza, alimentadas por mi entusiasmo y por esa confianza peligrosa que nace de creer que uno puede anticipar la demanda sin medir nada.</p><p>Miro hacia atr&#225;s y duele un poco porque uno ve claramente todos esos momentos donde una simple pregunta habr&#237;a cambiado todo: &#8220;&#191;cu&#225;l es la evidencia?&#8221;, &#8220;&#191;d&#243;nde est&#225; el compromiso?&#8221;, &#8220;&#191;qu&#233; prueba tenemos?&#8221;, &#8220;&#191;qu&#233; datos lo sustentan?&#8221;. Pero no las hice, o no quise hacerlas. A veces por ingenuidad, a veces por miedo a perder la oportunidad, a veces por evitar una conversaci&#243;n inc&#243;moda. La realidad es que la certeza incomoda porque exige claridad, l&#237;mites y responsabilidad. Mientras que la ilusi&#243;n es suave, reconfortante, te permite avanzar sin cuestionarte demasiado&#8230; hasta que te cobra la factura entera.</p><p>Hoy entiendo que la certeza no es un acto de desconfianza; es un acto de cuidado hacia el negocio, tu tiempo, tu dinero, tu familia y sobre todo a ti mismo. La evidencia no mata la ilusi&#243;n del emprendedor, como yo pensaba. La hace funcional y segura. La hace sostenible. Una ilusi&#243;n que se sostiene solo en deseos es destructiva; una ilusi&#243;n apoyada en datos, pruebas y compromisos reales se convierte en visi&#243;n. Una visi&#243;n clara se convierte en estrategia, y as&#237; es como se construyen las cosas.</p><p>Si algo me ha ense&#241;ado todo este recorrido es que emprender no es creer: es verificar. No es asumir: es preguntar. No es confiar ciegamente: es poner luz donde antes hab&#237;a esperanza. Y aunque sigo siendo una persona que se emociona con las ideas, que sue&#241;a y que proyecta, ahora tengo un principio simple que me acompa&#241;a como un freno sano, un recordatorio adulto: &#8220;Perfecto, pero mu&#233;strame la evidencia.&#8221;</p><p>Porque lo que se afirma sin evidencia puede descartarse sin ella.</p><p>Y lo que se emprende sin evidencia, tarde o temprano, te rompe.</p><p>Lo aprend&#237; tarde, pero lo aprend&#237; como casi todo: como se pudo.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[El día que todo pudo romperse]]></title><description><![CDATA[Una historia sobre el miedo, la culpa y la fuerza de seguir cuando no hay opciones.]]></description><link>https://comosepudo.substack.com/p/el-dia-que-todo-pudo-romperse</link><guid isPermaLink="false">https://comosepudo.substack.com/p/el-dia-que-todo-pudo-romperse</guid><dc:creator><![CDATA[Pablo Cappellin]]></dc:creator><pubDate>Tue, 11 Nov 2025 08:02:00 GMT</pubDate><enclosure url="https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/2f886963-2bc3-47d6-8c8c-2f08aa2fdd05_1024x1536.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Una madrugada de 2021, mi esposa me despert&#243; con una frase que todav&#237;a me retumba en el pecho: &#8220;Pablo, estoy sangrando.&#8221; Est&#225;bamos en la semana 30 del embarazo. Sangre en la cama. Nuestra hija de cuatro a&#241;os dorm&#237;a en la habitaci&#243;n de al lado. Y esa certeza como un rayo: algo muy importante pod&#237;a romperse para siempre.</p><p>Nos vestimos a toda velocidad. No ten&#237;amos con qui&#233;n dejar a nuestra hija. No hab&#237;a tiempo para pensar. Era plena pandemia. Todav&#237;a us&#225;bamos mascarillas. Todo parec&#237;a un eco de urgencias acumuladas. Mi esposa baj&#243; sola en urgencias. Me pidi&#243; que me quedara en el coche con la ni&#241;a. Lo intent&#233;. Le dije que todo estaba bien, que mami solo ten&#237;a que hacerse un chequeo. Pero ella no es tonta. Me miraba sin entender. Asustada. Y yo me sent&#237;a igual, solo que ten&#237;a que fingir que no.</p><p>No aguant&#233;. La tom&#233; de la mano y entramos. No pod&#237;a dejarlas solas a ninguna de las dos.</p><p>A mi esposa la ingresaron. Yo volv&#237; a casa con mi hija. No recuerdo mucho del trayecto, solo un silencio denso, como si el aire pesara m&#225;s de lo normal. En los d&#237;as que siguieron, el tiempo dej&#243; de funcionar. Todo era luces blancas, pasillos fr&#237;os, m&#233;dicos serios detr&#225;s de mascarillas. Palabras t&#233;cnicas. Pocas certezas. Nuestra hija se qued&#243; con sus t&#237;os, que vinieron de Madrid a ayudar.</p><p>Finalmente nos dijeron que har&#237;an una ces&#225;rea de urgencia. Por la salud de ambos. Se la llevaron. Me qued&#233; solo, sintiendo que el mundo se hab&#237;a encogido, reducido a ese instante entre el miedo y la esperanza. No sab&#237;a si en unos minutos iba a ser padre otra vez, o si me iban a partir la vida en dos.</p><p>Cuando por fin me dejaron verlo, estaba en cuidados intensivos. Tan peque&#241;o, no se imaginan. M&#225;s de lo que cre&#237; que pod&#237;a ser un ser humano. Parec&#237;a una pechuga de pollo. Un susurro. Una enfermera me dijo: &#8220;M&#233;todo canguro, Ait&#225;.&#8221; Me pidi&#243; que me quitara la camisa y me sentara. Sac&#243; al beb&#233; de la incubadora y lo puso sobre mi pecho.</p><p>Y ah&#237; pas&#243; algo. No fue un milagro, tampoco una respuesta pero definitivamente fue algo. Como si el tiempo se detuviera. Sent&#237; el calor de ese cuerpo diminuto. El peso m&#237;nimo de su vida. Mi coraz&#243;n haciendo un esfuerzo torpe por no romperse. No pens&#233; en nada profundo. Solo estaba ah&#237;. Presente..</p><p>Pens&#233; en mi esposa, sola en otra sala. En mi hija, que segu&#237;a preguntando cu&#225;ndo volver&#237;amos a casa. En lo mucho que uno puede amar algo que apenas empieza.</p><p>Durante esos d&#237;as me enoj&#233; con todo. Con la vida. Con los m&#233;dicos que no promet&#237;an nada. Con la rutina de los dem&#225;s. Pero sobre todo, conmigo. Porque mientras mi esposa estaba internada, mientras mi hijo peleaba por su vida, mientras mi hija preguntaba si mam&#225; iba a volver, yo ten&#237;a que irme a trabajar.</p><p>Quince d&#237;as antes hab&#237;a firmado como propietario de la distribuidora. La alegr&#237;a dur&#243; un suspiro. Era aut&#243;nomo&#8230; y con eso vino la maldita realidad: si no iba yo, no iba nadie. Si no trabajaba, no com&#237;amos. Mientras todo en mi vida se ca&#237;a a pedazos, ten&#237;a que levantarme, manejar, sonre&#237;rle a los clientes, fingir normalidad. Cada minuto lejos me dol&#237;a como una traici&#243;n a quienes m&#225;s amo en mi vida.</p><p>La cabeza me dec&#237;a: esto tambi&#233;n es cuidar. Pero el coraz&#243;n gritaba: quedate. Est&#225;n all&#225;. Te necesitan ahora. Me part&#237;a en dos. No hab&#237;a decisi&#243;n correcta. A veces, mientras cargaba cajas, pensaba: &#8220;&#191;Y si justo ahora pasa algo? &#191;Y si no llego a tiempo? &#191;Y si lo que necesitan no es dinero, sino que yo est&#233; ah&#237;?&#8221;</p><p>Fue una &#233;poca de culpas imposibles. Algunas todav&#237;a me pasan factura. De angustias superpuestas. De salir del trabajo con el alma apretada, y de volver al hospital sinti&#233;ndome culpable por haber estado lejos. De haber dejado a mi esposa cuando m&#225;s me necesitaba. Una doble vida sin tregua y con el miedo constante de no estar cumpliendo en ning&#250;n lado.</p><p>Me dol&#237;a ver a mi esposa tan fr&#225;gil, tan fuerte. Me dol&#237;a mirar a mi hija y decirle que todo iba a estar bien, sin saber si era cierto. Me dol&#237;a pensar que me estaba perdiendo momentos &#250;nicos por hacer lo que se supon&#237;a que deb&#237;a hacer. Qu&#233; desgracia de dilema. Qu&#233; injusto tener que elegir entre sobrevivir y estar.</p><p>Pero tambi&#233;n, en medio de todo eso, aparec&#237;an momentos m&#237;nimos. Casi invisibles. Una mirada. Una enfermera me explicaba sin decir mucho que estaba progresando. El primer biber&#243;n del beb&#233;. El peso tibio de su cuerpo en mi pecho. Esas peque&#241;as cosas eran todo lo que ten&#237;a para no derrumbarme.</p><p>Y entonces, sin darme cuenta, empec&#233; a cambiar. No me volv&#237; mejor persona. Pero algo se rompi&#243; o tal vez se reorden&#243; en mi. Como si el dolor, la responsabilidad y el amor se mezclaran en otra forma de estar. Ya no ser&#237;a, ni ser&#233;, m&#225;s nunca el mismo. La vida me hab&#237;a mostrado su cara m&#225;s fr&#225;gil y cruel. No pod&#237;a hacer como si no la hubiera visto.</p><p>Hoy mi hijo corre, grita, se r&#237;e, da vueltas por la casa como cualquier ni&#241;o sano. Y cada vez que lo miro, pienso en todo lo que podr&#237;a no haber sido. En la sangre sobre la cama. En la rabia de tener que irme a trabajar cuando todo en m&#237; ped&#237;a quedarme.</p><p>Desde entonces, hay cosas que ya no me importan tanto. Las expectativas. Las peleas sin sentido. Las metas que se corren todo el tiempo. A veces me olvido, claro. Pero algo qued&#243; en mi. Algo que me recuerda que estar no siempre es posible, pero cuando se puede, es lo m&#225;s importante.</p><p>No tengo certezas de lo que hice era lo correcto o no. Pero s&#237; s&#233; esto: la vida es fr&#225;gil y uno puede elegir. No siempre lo que quiere. Pero s&#237; c&#243;mo amar. C&#243;mo sostener. C&#243;mo quedarse, incluso en pedazos. Y a veces, solo a veces, fue como se pudo.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Cuando nada parece pasar]]></title><description><![CDATA[El arte de seguir adelante sin perder la calma]]></description><link>https://comosepudo.substack.com/p/cuando-nada-parece-pasar</link><guid isPermaLink="false">https://comosepudo.substack.com/p/cuando-nada-parece-pasar</guid><dc:creator><![CDATA[Pablo Cappellin]]></dc:creator><pubDate>Tue, 04 Nov 2025 08:01:05 GMT</pubDate><enclosure url="https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/594b7556-4cb4-4a55-a9a4-5f4adf70ec4b_1024x1536.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>A veces haces todo bien y no pasa nada. No llega el resultado, ni el reconocimiento, ni el alivio. Y aunque no quieras, duele. No por el esfuerzo &#8212;eso ya lo ves en tus acciones&#8212; sino por el silencio que queda despu&#233;s. Nadie aplaude, no hay un dato que confirme que vas bien, no hay un correo que diga &#8220;seguimos adelante&#8221;. Y aparece la pregunta de siempre: &#191;y si no lo logro? Nos ense&#241;aron desde peque&#241;os a leer la vida con resultados visibles: notas, ascensos, m&#233;tricas, validaciones externas. Pero la maduraci&#243;n no siempre deja huellas que se puedan medir. A veces pasa algo mucho m&#225;s silencioso: te haces m&#225;s paciente, m&#225;s consciente, m&#225;s justo contigo mismo. Y eso, aunque no se vea, tambi&#233;n cuenta.</p><p>Con el tiempo uno entiende que existen dos relojes. El del mundo, que es ruidoso, competitivo y comparativo,<em> </em>y que mide lo que se ve: los logros, las fechas, los premios, los avances tangibles. Y el interno, que es m&#225;s lento, m&#225;s inc&#243;gnito, m&#225;s sereno, y que marca los procesos internos que nadie aplaude. Uno exige velocidad; el otro pide profundidad. Vivir bien, creo, consiste en aprender a escuchar ambos sin que uno tape al otro. No es tarea f&#225;cil, porque el ruido del mundo es fuerte y tiene m&#233;tricas, <em>likes </em>y auditor&#237;as, mientras que el reloj del alma no tiene notificaciones. Pero si aprendes a escucharlo, te das cuenta de que su pulso es m&#225;s confiable.</p><p>Cuando decimos &#8220;no veo resultados&#8221;, muchas veces lo que realmente queremos decir es &#8220;a&#250;n no reconozco mis avances&#8221;. La cabeza tarda en aceptar lo que el cuerpo y la experiencia ya aprendieron. Un d&#237;a reaccionas distinto ante la misma dificultad, y aunque nadie lo note, t&#250; sabes que algo cambi&#243;. Eso no es glamour: es estructura. Y sin ella, cualquier logro visible se vuelve fr&#225;gil. Hay un tipo de crecimiento que ocurre fuera del radar: la forma en que toleras la incertidumbre, la manera en que ya no necesitas ganar cada discusi&#243;n, la serenidad con la que aceptas lo que no depende de ti. Esos progresos no se miden, pero te sostienen.</p><p>Hay momentos en los que todo parece estancado, pero no lo est&#225;. Solo est&#225; ocurriendo m&#225;s adentro. El crecimiento no siempre se anuncia con fuegos artificiales, como si se hubiera descargado tu aplicaci&#243;n un mill&#243;n de veces. A veces llega como un ajuste leve: una respuesta m&#225;s tranquila, una renuncia sin rabia, una espera sin desesperaci&#243;n. Son peque&#241;as victorias que no publicas, pero que te reordenan. El problema es que confundimos movimiento con sentido y silencio con vac&#237;o. Pero el silencio tambi&#233;n es trabajo. La tierra no florece todo el a&#241;o: necesita inviernos, necesita reposo, necesita que nada parezca pasar para que algo cambie de verdad.</p><p>La paciencia no es pasividad. Es acci&#243;n sin ansiedad. Es trabajar sin convertir la meta en un castigo. Es hacer tu parte sin exigirle al universo que te devuelva resultados inmediatos. Organizarte, formarte, pedir feedback, cuidar el cuerpo, proteger la constancia: esas tareas humildes son las que mantienen el alma afinada. A veces no son glamorosas, pero construyen cimientos que no se ven. La constancia es una forma de fe: creer que lo que haces hoy servir&#225;, aunque a&#250;n no sepas cu&#225;ndo ni c&#243;mo.</p><p>Tambi&#233;n ocurre que das lo mejor de ti y no sucede. Y duele, lo sabemos. Pero puede ser informaci&#243;n, no castigo. Quiz&#225; esa puerta no era la tuya, o esa llave correspond&#237;a a otra puerta. No todo lo que se cae es p&#233;rdida; a veces es direcci&#243;n. Un &#8220;no&#8221; a tiempo ahorra a&#241;os de obstinaci&#243;n elegante y te devuelve a un camino m&#225;s honesto. El fracaso no siempre te detiene; a veces te purifica. Te obliga a revisar las razones detr&#225;s de lo que quer&#237;as, a separar el deseo verdadero del deseo prestado. Lo que no sali&#243; como esperabas puede ense&#241;arte qui&#233;n eres sin disfraces.</p><p>La vida, adem&#225;s, no siempre paga a tiempo. Haces todo con dedicaci&#243;n y el resultado tarda tanto que parece que no llegar&#225; nunca. Pero llega. Casi nunca cuando lo esperas, y casi siempre cuando ya entendiste por qu&#233; ten&#237;a que tardar. Hay recompensas que solo aparecen cuando est&#225;s listo para sostenerlas. Tal vez no es que la vida est&#233; tardando: es que t&#250; est&#225;s madurando para recibir lo que ped&#237;as. A veces el reloj interno retrasa la entrega hasta que aprendes a no sabotearla.</p><p>La madurez tiene algo de reconciliaci&#243;n: con los ritmos, con las pausas, con la incertidumbre. Comprender que no todo depende de tu esfuerzo no es rendirse; es reconocer tus l&#237;mites. No puedes controlar el mercado, ni la mente de los otros, ni el algoritmo. Apretar m&#225;s fuerte no enciende la luz. A veces lo que necesitas no es empujar m&#225;s, sino descansar un poco. Soltar no es abandono, es respeto por el proceso. Soltar no significa que dejes de cuidar, sino que aceptas que ya hiciste tu parte. Es confiar en que no todo depende de ti.</p><p>El miedo a &#8220;quedarse atr&#225;s&#8221; es humano. Nace de compararnos con relojes ajenos. Pero cada vida tiene su propio calendario, y cada uno su propia estaci&#243;n. Lo que para uno es retraso, para otro puede ser la sincron&#237;a perfecta. Preg&#250;ntate: &#191;lento respecto a qui&#233;n? Tal vez no vas tarde. Tal vez vas a tu hora. Y eso ya es mucho. Vivimos obsesionados con llegar, pero nadie nos ense&#241;&#243; a llegar bien. A llegar enteros. A llegar sin perder el alma por el camino.</p><p>Cuando no hay m&#233;trica que te diga si hiciste lo correcto, la se&#241;al suele ser la paz. No euforia, sino calma. Esa quietud sobria que llega despu&#233;s de decisiones dif&#237;ciles: renunciar, pedir ayuda, cerrar un ciclo, poner un l&#237;mite. No se mide en likes ni en balances trimestrales, pero se siente en el cuerpo. Cuando hay paz, aunque no haya aplausos, probablemente est&#225;s de frente. La paz es una forma silenciosa de aprobaci&#243;n interna. No es conformismo: es equilibrio.</p><p>Si ahora sientes que nada se mueve, puede que est&#233; movi&#233;ndose dentro de ti. Sigue, pero no con los dientes apretados: con respeto. Ajusta cuando el feedback lo pida, no cuando el capricho aparezca. Pide ayuda antes de romperte. Y cuando vuelva la pregunta &#8212;porque siempre vuelve&#8212; &#8220;&#191;y si nunca llega?&#8221;, resp&#243;ndete sin prisa: llega cuando t&#250; llegues. Haz tu parte. Da lo mejor. Suelta el resto.</p><p>El reloj interno sabe la hora. Y aunque nadie lo mida, aunque nadie lo aplauda, seguir adelante con serenidad, coherencia y fe en tu propio ritmo ya es, en s&#237; mismo, una forma de eternidad.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Variación de existencias]]></title><description><![CDATA[C&#243;mo un concepto contable me ense&#241;&#243; a ser honesto con lo que ya no est&#225;.]]></description><link>https://comosepudo.substack.com/p/variacion-de-existencias</link><guid isPermaLink="false">https://comosepudo.substack.com/p/variacion-de-existencias</guid><dc:creator><![CDATA[Pablo Cappellin]]></dc:creator><pubDate>Tue, 28 Oct 2025 08:01:06 GMT</pubDate><enclosure url="https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/698f6275-9896-44bc-a083-e075d9ed8edf_1024x1024.webp" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>En contabilidad, la variaci&#243;n de existencias mide la diferencia entre lo que una empresa cree tener y lo que realmente posee. Es el ajuste entre lo que figura en el balance y lo que hay, de verdad, en el almac&#233;n.</p><p>Una empresa puede declarar un stock abundante, pero al cerrar el ejercicio y hacer el recuento, descubre que parte de lo registrado nunca estuvo all&#237;. Entonces aparece la verdad: el papel ment&#237;a.</p><p>Esa discrepancia encierra una comparaci&#243;n poderosa sobre la condici&#243;n humana. Tambi&#233;n nosotros operamos con un inventario interior que rara vez revisamos. Decimos ser de una manera, suponemos contar con ciertos recursos &#8212;paciencia, ilusi&#243;n, fe&#8212;, pero si hici&#233;ramos un recuento honesto, descubrir&#237;amos que muchas de esas reservas se agotaron hace tiempo o ya no tienen el valor que cre&#237;amos.</p><p>La vida, como la contabilidad, acumula p&#233;rdidas invisibles: el desgaste de los d&#237;as, prioridades que cambian, certezas que se diluyen. Aun as&#237;, seguimos gui&#225;ndonos por datos antiguos porque ofrecen una falsa sensaci&#243;n de continuidad.</p><p>Reconocer la variaci&#243;n no es una tragedia, sino un acto de sinceridad. En una empresa, ese ajuste permite saber con qu&#233; se cuenta realmente; en la vida, permite distinguir entre lo que somos y lo que creemos ser. La precisi&#243;n contable se transforma en precisi&#243;n existencial.</p><p>El problema no est&#225; en el cambio, sino en la resistencia a admitirlo. Preferimos mantener la ilusi&#243;n de estabilidad antes que asumir lo que ya no est&#225;. Pero lo que no se ajusta, se distorsiona. Y una vida distorsionada, como una contabilidad falsa, termina quebrando.</p><p>A veces conservamos afectos extinguidos, metas vencidas, ideas heredadas. Sostenemos v&#237;nculos o h&#225;bitos solo porque alguna vez funcionaron. Como una empresa que guarda productos obsoletos por miedo a asumir la p&#233;rdida, acumulamos versiones pasadas de nosotros mismos. Creemos que conservarlas nos protege, pero en realidad nos inmovilizan.</p><p>El alma tambi&#233;n se oxida por exceso de inventario.</p><p>Aceptar el ajuste no empobrece: actualiza. Cada etapa requiere un nuevo balance. Lo que serv&#237;a a los veinte puede volverse irrelevante &#8212;o incluso da&#241;ino&#8212; a los cuarenta. Revisar el inventario interior es una forma de lucidez: saber qu&#233; queda, qu&#233; falta y qu&#233; ya no conviene reponer.</p><p>Tambi&#233;n es un gesto de humildad: asumir que nuestras reservas emocionales, intelectuales o espirituales no son infinitas. Reconocer que algo perdi&#243; valor no es rendirse, sino comprender. Solo con datos sinceros se puede proyectar el futuro. De lo contrario, se toman decisiones con informaci&#243;n vencida.</p><p>Pero no todo es p&#233;rdida. Tambi&#233;n hay ganancias invisibles: aprendizajes que se revalorizan, v&#237;nculos que maduran, experiencias que rinden m&#225;s con el tiempo. La variaci&#243;n no solo se&#241;ala lo que falta, sino tambi&#233;n lo que floreci&#243;. Lo esencial es no mentirse al registrarlo.</p><p>Algunos ven el cambio como amenaza; otros, como auditor&#237;a necesaria. En el fondo, es una &#233;tica del presente: mirar con atenci&#243;n el estado real de las cosas y ajustar la narrativa a la realidad. No se trata de nostalgia ni de culpa, sino de claridad. La memoria sin revisi&#243;n convierte la experiencia en peso, no en capital de trabajo.</p><p>A veces, el mayor signo de madurez es aceptar que el almac&#233;n est&#225; m&#225;s vac&#237;o, pero tambi&#233;n m&#225;s ordenado. Que ya no hay tanto, pero lo que queda es real. El crecimiento interior no se logra acumulando, sino depurando: soltar lo que estorba, conservar lo que nutre, hacer espacio para lo que viene.</p><p>Vivir, en ese sentido, es llevar las cuentas al d&#237;a. No basta con recordar lo que fuimos; hay que actualizarlo con lo que somos para proyectar a lo que queremos ser. Y eso exige coraje, lucidez y tiempo. Porque incluso la verdad, como el valor contable, se revisa con los a&#241;os.</p><p>La variaci&#243;n de existencias ense&#241;a que la identidad no se sostiene por inercia, sino por ajuste. Que nada permanece igual, pero todo puede conservar sentido si se registra con precisi&#243;n. Y que una vida bien llevada no se mide por lo que acumula, sino por la verdad que contiene.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Lo que se hunde y lo que florece]]></title><description><![CDATA[Aprender a soltar, a cuidar la atenci&#243;n, y a reconocer el valor de lo que permanece cuando todo lo dem&#225;s se cae.]]></description><link>https://comosepudo.substack.com/p/lo-que-se-hunde-y-lo-que-florece</link><guid isPermaLink="false">https://comosepudo.substack.com/p/lo-que-se-hunde-y-lo-que-florece</guid><dc:creator><![CDATA[Pablo Cappellin]]></dc:creator><pubDate>Tue, 21 Oct 2025 07:02:36 GMT</pubDate><enclosure url="https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/df8a4048-cb58-471a-8ca8-5440ba085068_1024x1024.webp" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Con el tiempo uno descubre que el recurso m&#225;s valioso no es el dinero, sino el tiempo. Y m&#225;s a&#250;n: la atenci&#243;n. Nada resulta m&#225;s costoso que entregarla sin medida, ni m&#225;s riesgoso que invertirla en personas o proyectos que no la merecen.</p><p>Muchas veces uno lo hace sin darse cuenta: da conversaci&#243;n, consejo, apoyo, lealtad&#8230; incluso cuando no hay reciprocidad. Otras veces, simplemente, uno est&#225; disponible para quien nunca lo est&#225;, o sigue insistiendo en v&#237;nculos que hace rato dejaron de sostenerse solos. Uno da porque cree, porque quiere, porque espera que esa siembra florezca. Pero no todo florece.</p><p>Ah&#237; llega la decepci&#243;n, que termina siendo dolorosa: cuando se hace evidente que la energ&#237;a invertida con cari&#241;o y paciencia no regresa. Que no construye, no acompa&#241;a. Que lo que parec&#237;a una relaci&#243;n era un espejismo. Y uno, sin darse cuenta, le dedic&#243; horas, d&#237;as, incluso a&#241;os.</p><p>Nadie nos ense&#241;a a cortar a tiempo. Nos inculcan m&#225;s bien el orgullo de insistir, de aguantar, de pensar que, si ya se invirti&#243; tanto, abandonar ser&#237;a perder. Nos cuesta aceptar que hay caminos que simplemente se agotan.</p><p>Fue entonces cuando entend&#237; el concepto de <em>costos hundidos</em>. Viene de la econom&#237;a, pero aplica a la vida entera. Representa todo lo que ya se invirti&#243; &#8212;tiempo, esfuerzo, emociones, dinero&#8212; y que no se puede recuperar. Esa parte del camino donde ya no se puede volver atr&#225;s, pero tampoco hay garant&#237;as hacia adelante. Y, aun as&#237;, uno sigue. Por miedo. Por inercia. Por no aceptar que algo se perdi&#243; o simplemente cambi&#243;.</p><p>La l&#243;gica dice que, una vez hundido el costo, hay que decidir desde el presente, no desde el pasado. Pero las emociones no siguen la l&#243;gica. En teor&#237;a es simple: si un proyecto no da resultados, se cierra; si una relaci&#243;n no nutre, se termina. Pero en la pr&#225;ctica hay apego, ego, nostalgia, miedo al vac&#237;o. Uno se convence de que insistir es sin&#243;nimo de fortaleza, cuando en realidad es negaci&#243;n.</p><p>En mi caso, han sido personas, pero tambi&#233;n proyectos. Hay uno en particular que me viene a la cabeza: vino en lata de 250 ml. Una idea brillante en papel: moderna, disruptiva, lista para desafiar una industria tradicional. Ten&#237;amos n&#250;meros, entusiasmo, un producto que gan&#243; premios, un plan s&#243;lido. Pero desde el inicio, todo sali&#243; mal.</p><p>La caja de transporte ten&#237;a capacidad para 23 latas en vez de 24. Un error m&#237;nimo que, multiplicado, se convirti&#243; en un problema log&#237;stico enorme. Luego fall&#243; la etiqueta; el producto qued&#243; retenido meses en la f&#225;brica. Pagamos un cami&#243;n que nunca carg&#243;, contratamos un vendedor que no vendi&#243; una sola lata. Y aun as&#237;, seguimos... cometimos muchisimos m&#225;s, deciamos echando broma que nos sacamos un PhD en Costos Hundidos. No pod&#237;amos parar porque se hab&#237;a invertido demasiado.</p><p>Era como ver hundirse un barco y seguir echando cubos de agua con la esperanza de salvarlo, sabiendo &#8212;en el fondo&#8212; que se part&#237;a por dentro. Pero rendirse parec&#237;a peor que seguir perdiendo. Hasta que comprend&#237; que aferrarse a lo que no funciona, solo por miedo a perder lo invertido, termina saliendo mucho m&#225;s caro.</p><p>Eso me llev&#243; tambi&#233;n a revisar mis v&#237;nculos: las personas a las que les dediqu&#233; tiempo, escucha, cuidado, y que nunca ofrecieron lo mismo. Relaciones donde uno da m&#225;s, esperando una reciprocidad que nunca llega. Y entend&#237; que el patr&#243;n se repite: en lo personal y en lo profesional. Apostar con fe ciega, confiar en el potencial m&#225;s que en los hechos, sostener por costumbre.</p><p>Con el tiempo, uno aprende que no todo lo que empieza debe llegar hasta el final. Que no todo lo que fue importante en su momento debe seguir si&#233;ndolo. Que no todo lo invertido justifica seguir invirtiendo. Y eso no significa fracasar: significa entender, aceptar, aprender. Esto es crecer.</p><p>Hoy me cuesta menos soltar. Me pesa menos decir &#8220;esto no va&#8221;. Puedo identificar antes cu&#225;ndo algo &#8212;una idea, un proyecto, una relaci&#243;n&#8212; ya no tiene sentido. No por dureza, sino por amor propio. He aprendido a cuidar mi tiempo y mi atenci&#243;n. A elegir con qui&#233;n comparto, en qu&#233; me involucro, qu&#233; batallas valen la pena y cu&#225;les no merecen soldados. No por resentimiento, sino por claridad.</p><p>En medio de ese aprendizaje, tambi&#233;n hay luz. Porque cuando todo se desordena, uno espera apoyo de ciertos nombres &#8212;los de siempre, los de toda la vida&#8212;, y a veces no aparece nadie. El tel&#233;fono callado, los mensajes sin respuesta, el cl&#225;sico &#8220;av&#237;same si necesitas algo&#8221; que nunca se concreta. Pero, curiosamente, aparecen otros: personas que no esperabas, que apenas conoc&#237;as, pero que est&#225;n. Sin hacer ruido, preguntan c&#243;mo est&#225;s, te mandan un mensaje sincero, se interesan sin agenda.</p><p>A veces basta un &#8220;&#191;c&#243;mo est&#225;s?&#8221;, dicho con intenci&#243;n. Sin prisa. Sin obligaci&#243;n. Como si de verdad importara. Y ah&#237; uno entiende algo profundo: que no todo el tiempo entregado fue mal invertido. Que incluso entre los costos hundidos hay ganancias invisibles: nuevos v&#237;nculos, amistades inesperadas, gestos honestos. Que de lo que parec&#237;a p&#233;rdida surgen presencias valiosas, reales.</p><p>Esa tambi&#233;n es una forma de ganancia. Porque no todo lo roto es p&#233;rdida. A veces, entre los escombros de lo que no funcion&#243;, florece lo inesperado. Por cada persona que no estuvo, aparece otra que s&#237;&#8230; igual la relaci&#243;n es 3 a 1&#8230; no la que imaginabas, pero justo la que hac&#237;a falta.</p><p>Hoy lo veo as&#237;: los costos hundidos son inevitables, pero tampoco tienen la &#250;ltima palabra. Uno no siempre elige bien ni apuesta bien, pero si se mantiene honesto y abierto, la vida compensa. No siempre donde uno espera, pero s&#237; donde m&#225;s se necesita.</p><p>Entonces, ah&#237; es cuando uno aprende a soltar sin rencor. A agradecer sin idealizar. A reconocer cu&#225;ndo seguir y cu&#225;ndo parar. Y aprende &#8212;a veces tarde, pero siempre a tiempo&#8212; a mirar con m&#225;s atenci&#243;n a quienes est&#225;n. Porque, en un mundo lleno de ruido, alguien que te pregunta sinceramente c&#243;mo est&#225;s puede ser m&#225;s valioso que cualquier plan perfecto.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Pensar no es resolver: es representar]]></title><description><![CDATA[Sobre paternidad, creatividad y el arte de encontrar el problema antes de buscar la soluci&#243;n.]]></description><link>https://comosepudo.substack.com/p/pensar-no-es-resolver-es-representar</link><guid isPermaLink="false">https://comosepudo.substack.com/p/pensar-no-es-resolver-es-representar</guid><dc:creator><![CDATA[Pablo Cappellin]]></dc:creator><pubDate>Tue, 14 Oct 2025 07:01:43 GMT</pubDate><enclosure url="https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/7d0525fa-866f-4450-829f-e1e72e0b649b_1024x1024.webp" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Una de las actividades que m&#225;s me gusta hacer con mis hijos es jugar Lego. Nos sentamos en el piso, agarramos un cubo amarillo lleno de piezas, volcamos todo al centro y empezamos a armar cualquier cantidad de figuras: un coche, un avi&#243;n, una torre, una casa, un restaurante. Los personajes casi siempre son los mismos, tienen nombres propios, pero el contexto del juego cambia seg&#250;n el &#8220;mood&#8221; del d&#237;a.</p><p>En el fondo, lo importante es pasar un buen rato. Es divertido, claro, pero tambi&#233;n es una forma de estar con ellos, de explotar la imaginaci&#243;n sin pantallas de por medio. Nos obliga a estar presentes, algo que hoy en d&#237;a no es tan f&#225;cil. Las distracciones est&#225;n por todos lados.</p><p>Uno, como padre, entiende que estas actividades son momentos &#250;nicos, irrepetibles. El tiempo pasa muy r&#225;pido, ellos crecen, y quiz&#225;s un d&#237;a jugar con Lego ya no les resulte tan atractivo. Por eso intento aprovechar cada una de esas tardes. Pero no me quiero poner melanc&#243;lico. El punto es otro.</p><p>Lo fascinante del Lego es c&#243;mo activa la creatividad. Vas buscando piezas, armando, probando, equivoc&#225;ndote, cambiando de rumbo. No hay instrucciones: hay intenci&#243;n, ensayo, descubrimiento. Y eso, sin que nos demos cuenta, tambi&#233;n ense&#241;a a pensar.</p><p>El otro d&#237;a, mi hija me llam&#243; para ayudarle con matem&#225;ticas. Fui orgulloso a su escritorio y me encontr&#233; con algo completamente nuevo para m&#237;: el m&#233;todo Singapur. Aprenden del concreto a lo abstracto. Primero manipulan objetos, luego dibujan modelos de barras, y reci&#233;n despu&#233;s llegan a los n&#250;meros y f&#243;rmulas. Me encant&#243;: la comprensi&#243;n viene antes que el c&#225;lculo. Hay una &#250;nica respuesta, s&#237;, pero hay muchos caminos para llegar a ella.</p><p>Les ense&#241;an a razonar: comparar mayor o menor, dividir en fracciones, ver relaciones en lugar de operar mec&#225;nicamente.</p><p>Yo, con mi historial traum&#225;tico del libro de Baldor, de ecuaciones repetidas y planillas mon&#243;tonas, asent&#237; con esa mezcla de orgullo y nostalgia. &#8220;A ver, ens&#233;&#241;ame&#8221;, le dije.</p><p>Coloc&#243; frente a m&#237; un problema aparentemente simple. Sac&#243; una regla, dibuj&#243; una barra larga, luego otra m&#225;s corta, pint&#243; un fragmento y dej&#243; otro en blanco. Me habl&#243; de proporciones, relaciones, fracciones. Su explicaci&#243;n era fluida, como quien habla de colores o formas.</p><p>Yo, mientras tanto, me aferr&#233; a mi vieja l&#243;gica: columnas, restas, multiplicaciones. Llegu&#233; a un resultado. Ella lleg&#243; a otro. Nos miramos. Silencio.</p><p>Ese momento separ&#243; dos mundos. Yo estaba seguro de mi respuesta. Ella, de la suya. Empezamos a comparar caminos. Yo explicaba paso a paso c&#243;mo llegu&#233; ah&#237;, como Russell Crowe en <em>Una mente brillante</em>. Ella, sin apurarse, me mostraba c&#243;mo su barra visual revelaba la estructura completa del problema con una claridad que mi m&#233;todo no alcanzaba.</p><p>Despu&#233;s de un rato en un vaiv&#233;n de argumentos y discusiones, hice algo que le dio un giro divertido &#8212;y revelador&#8212; a la tarde. Abr&#237; ChatGPT y escrib&#237;: &#8220;Expl&#237;cale este problema a un padre que aprendi&#243; con Baldor, pero su hija est&#225; usando el m&#233;todo Singapur. Esta es su respuesta; esta es la m&#237;a. &#191;Cu&#225;l es la correcta?&#8221;</p><p>La explicaci&#243;n fue precisa, emp&#225;tica, fr&#237;a como una inteligencia artificial puede ser. Traduc&#237;a su l&#243;gica a la m&#237;a, tend&#237;a un puente entre generaciones. Y con sutileza, sentenci&#243;: la respuesta de ella era la correcta.</p><p>Mi hija no celebr&#243;, ni se burl&#243;. Sonri&#243; apenas, como si siempre lo hubiera sabido. Yo, por dentro, sent&#237; una mezcla de orgullo, humildad&#8230; y una peque&#241;a sacudida interna. No era solo que me hab&#237;a equivocado. Era que mi forma de pensar no es la &#250;nica posible, ni necesariamente la mejor para todas las situaciones.</p><p>Me di cuenta de que lo que hab&#237;a estado defendiendo era un plan: mi plan, mi m&#233;todo, mi historia. Pero el verdadero valor estaba en entender qu&#233; se buscaba, no s&#243;lo c&#243;mo llegar.</p><p>Y entonces me golpe&#243; la conexi&#243;n: esto era igual que nuestras tardes de Lego.</p><p>En Lego, primero imaginamos el &#8220;todo&#8221;: &#191;qu&#233; queremos construir? Luego buscamos las piezas, probamos combinaciones, cambiamos de idea si algo no encaja. No seguimos instrucciones. Creamos una representaci&#243;n.</p><p>El m&#233;todo Singapur funciona igual. No impone un &#250;nico camino. Te da herramientas visuales para entender el problema y explorar formas distintas de resolverlo.</p><p>Y entonces pens&#233;: &#191;cu&#225;ntas veces, en la vida adulta, en el trabajo o en un emprendimiento, sigo operando con mi &#8220;Baldor interno&#8221;? &#191;Cu&#225;ntas veces discuto por el &#8220;c&#243;mo&#8221; sin haber acordado el &#8220;qu&#233;&#8221;? &#191;Cu&#225;ntas veces creo que la soluci&#243;n est&#225; en repetir el plan anterior, en vez de detenerme a entender cu&#225;l es realmente el problema?</p><p>Aquel d&#237;a entend&#237; que no siempre necesito tener la respuesta correcta, sino aprender a formular mejor la pregunta. Que a veces no se trata de imponer mi camino, sino de encontrar la representaci&#243;n que haga visible el problema. Empec&#233; a buscar nuevas formas de pensar, de mirar los desaf&#237;os como si fueran construcciones por hacer, no ecuaciones que resolver a toda velocidad.</p><p>Claro, no voy a mentir. A veces sigue ganando mi versi&#243;n antigua. Me acelero. Corrijo antes de tiempo. Busco certezas como quien pide una ca&#241;a. Pero cuando logro frenar, respirar, mirar el conjunto, trazar la barra y definir qu&#233; estoy buscando, aparece otra m&#250;sica. No se trata solo de llegar al resultado; se trata de comprender el sentido del camino, de construir juntos, paso a paso.</p><p>Me quedo con una escena: mi hija inclinada sobre su cuaderno, la lengua asomando apenas en se&#241;al de concentraci&#243;n; yo, conteni&#233;ndome para no interrumpir con &#8220;mi manera&#8221;; y el silencio entre nosotros, ese espacio donde dos formas de entender el mundo se respetan y se dan lugar.</p><p>Tal vez educar, emprender y vivir se parezca mucho a eso: encontrar la representaci&#243;n justa, aceptar que hay m&#225;s de un camino, y agradecer a quien te ayuda a ver mejor sin tratar de tener la raz&#243;n.</p><p>Esa tarde, cuando cerr&#243; la tarea, mi hija me dijo: &#8220;&#191;Viste? Es como contar una historia, pero con n&#250;meros&#8221;. Ten&#237;a raz&#243;n otra vez. Y pens&#233; que, tal vez, lo que llamamos estrategia es justamente eso: la historia que explica por qu&#233; este camino &#8212;entre muchos posibles&#8212; nos lleva al mismo resultado, pero con m&#225;s sentido.</p><p>Desde entonces, cuando me tienta el viejo reflejo, pienso en el dibujo una barra o pienso en la caja de Lego. No es magia. Es un recordatorio:</p><p>Primero, entender juntos. Luego, avanzar.</p>]]></content:encoded></item></channel></rss>