<script data-pm-proxy="intercept"></script><?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" version="2.0" xmlns:itunes="http://www.itunes.com/dtds/podcast-1.0.dtd" xmlns:googleplay="http://www.google.com/schemas/play-podcasts/1.0"><channel><title><![CDATA[Acá escribe Nacho Merlo]]></title><description><![CDATA[Un blog, como en los albores de internet. ]]></description><link>https://nachomerlo.substack.com</link><image><url>https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!iLGP!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Ff25a8917-2179-40d5-a1cd-abe55184c22b_400x400.png</url><title>Acá escribe Nacho Merlo</title><link>https://nachomerlo.substack.com</link></image><generator>Substack</generator><lastBuildDate>Tue, 01 Sep 2026 18:34:05 GMT</lastBuildDate><atom:link href="/__u/nachomerlo.substack.com/feed" rel="self" type="application/rss+xml"/><copyright><![CDATA[Nacho Merlo]]></copyright><language><![CDATA[es]]></language><webMaster><![CDATA[nachomerlo@substack.com]]></webMaster><itunes:owner><itunes:email><![CDATA[nachomerlo@substack.com]]></itunes:email><itunes:name><![CDATA[Nacho Merlo]]></itunes:name></itunes:owner><itunes:author><![CDATA[Nacho Merlo]]></itunes:author><googleplay:owner><![CDATA[nachomerlo@substack.com]]></googleplay:owner><googleplay:email><![CDATA[nachomerlo@substack.com]]></googleplay:email><googleplay:author><![CDATA[Nacho Merlo]]></googleplay:author><itunes:block><![CDATA[Yes]]></itunes:block><item><title><![CDATA[A veces nos olvidamos]]></title><description><![CDATA[En medio de tantos comentarios en contra de mi pa&#237;s, los 39 d&#237;as de tregua que vivimos durante el Mundial fueron eso: una celebraci&#243;n de la amistad y del valor de so&#241;ar despiertos.]]></description><link>https://nachomerlo.substack.com/p/a-veces-nos-olvidamos</link><guid isPermaLink="false">https://nachomerlo.substack.com/p/a-veces-nos-olvidamos</guid><dc:creator><![CDATA[Nacho Merlo]]></dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jul 2026 17:56:22 GMT</pubDate><enclosure url="https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/371c43c6-80d4-4a1a-972a-1dbd61f3e56d_2560x1707.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<div><hr></div><p style="text-align: center;"><a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/veces-olvidamos_129_13406064.html">Originalmente publicado en ElDiarioAR</a></p><div><hr></div><p><span>Vivo en un pa&#237;s que tiene la belleza y la desgracia del que hace lo que puede. Como si las reglas, los compromisos, las obligaciones y todo el paquete completo del </span><em><span>deber ser</span></em><span> fueran cosas de otros. Ac&#225;, en esta tierra larga al sur del Sur, las cosas las hacemos como nos salen y cuando podemos: somos una masa viva e inabarcable de millones de hombres y mujeres que pelean cada uno por sus propias cosas y con sus propias armas, y que muy de vez en cuando, escuchan al mismo tiempo el eco de algo que les sacude las emociones y los pone a mirar para el mismo lado. Y eso pasa, &#250;nicamente, si nos convoca la ilusi&#243;n o si nos golpea la puerta la desgracia. El resto de los d&#237;as &#8212;los grises, los de siempre, los parecidos, la mayor&#237;a&#8212; nos olvidamos de nosotros mismos y vamos de un lado a otro atomizados, boyando por la existencia, sin tener del todo claro qu&#233; tenemos en com&#250;n con aquel que camina por la vereda de enfrente o con el que nos saluda desde m&#225;s lejos.</span></p><p><span>Pero resulta que ahora el resto del planeta, Mundial mediante, quiere contarnos a nosotros mismos cu&#225;les son las cosas que sabemos hacer  bien y cu&#225;les las que hacemos mal. Y cada vez que nos traen la cuenta, el saldo nos da negativo.</span></p><p><span>Que no sabemos perder.</span></p><p><span>Que somos tramposos.</span></p><p><span>Que somos ordinarios.</span></p><p><span>Que somos racistas.</span></p><p><span>Que nuestro pa&#237;s es el peor del planeta&#8230;</span></p><div class="image-gallery-embed" data-attrs="{&quot;gallery&quot;:{&quot;images&quot;:[{&quot;type&quot;:&quot;image/jpeg&quot;,&quot;src&quot;:&quot;https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/60eb7abc-7a6c-4005-912a-20c38ead7c53_1044x786.jpeg&quot;},{&quot;type&quot;:&quot;image/webp&quot;,&quot;src&quot;:&quot;https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/4aa3b308-167b-4d56-a6fa-7a1ae903d62b_790x444.webp&quot;},{&quot;type&quot;:&quot;image/jpeg&quot;,&quot;src&quot;:&quot;https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/c28c1176-df97-46bb-a7e4-5884b95cba82_547x365.jpeg&quot;},{&quot;type&quot;:&quot;image/jpeg&quot;,&quot;src&quot;:&quot;https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/0eba1504-2cdd-4700-8dd5-8a0bc9605dbe_746x411.jpeg&quot;},{&quot;type&quot;:&quot;image/jpeg&quot;,&quot;src&quot;:&quot;https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/f8e5dd96-2b7c-4070-a4b3-462bd1d33385_678x452.jpeg&quot;},{&quot;type&quot;:&quot;image/webp&quot;,&quot;src&quot;:&quot;https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/c828539f-1924-48a2-9836-9bb4f677e81d_920x520.webp&quot;}],&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;alt&quot;:&quot;&quot;,&quot;staticGalleryImage&quot;:{&quot;type&quot;:&quot;image/png&quot;,&quot;src&quot;:&quot;https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/ed402365-7005-4765-9da6-bdc39409a97a_1456x964.png&quot;}},&quot;isEditorNode&quot;:true}"></div><p></p><p><span>La lista sigue. El &#8220;ruido de las redes&#8221; o la inocencia de un tuit marcando la agenda de la vida real. &#191;En qu&#233; momento nos olvidamos que lo pasa en las pantallas no es la realidad? Lo hab&#237;amos aprendido bastante bien a inicios del siglo con la televisi&#243;n y con el cine, pero pareciera que no pudimos hacer el clic con las redes sociales, y todo lo que ocurre &#250;nicamente dentro del tel&#233;fono empieza a echar ra&#237;ces en la vida real. Y entonces, s&#237;, hay que salir a defender la bandera de nuestro pueblo contra un enemigo que naci&#243; inofensivo pero que autom&#225;ticamente deja de serlo apenas trasciende el algoritmo y se instala en la discusi&#243;n pol&#237;tica, en la organizaci&#243;n de los pueblos y en la felicidad y el sentido colectivo de la sociedad.</span></p><p><span>&#8220;Vivo en un pa&#237;s que tiene la belleza y la desgracia del que hace lo que puede&#8221;, dec&#237;a al principio de este texto. Esa frase, quiz&#225;s con alguna palabra cambiada, se la rob&#233; Pupi Soldi, mi primer amigo muerto. Yo ten&#237;a quince y el cincuenta, y nos cruz&#225;bamos todas las tardes en el club donde aprend&#237; a fumar, a jugar a las cartas por plata, a hacer carambolas en el billar o mentir una falta envido para ver si pod&#237;a ganar el partido. &#201;l tomaba ginebra y recitaba verdades que nunca eran ciertas, pero como pasa con todo lo que est&#225; mal, algo de verdad arrastraba. &#8220;Cuidate siempre del que te se&#241;ala, eh &#8212;repet&#237;a Pupi mientras se le deshilachaba el h&#237;gado, el p&#225;ncreas y el tiempo&#8212; y cuid&#225; siempre a los tuyos&#8221;. Yo escuchaba inocente y &#233;l repet&#237;a como si fuera un mantra. &#8220;Los hijos de puta est&#225;n por todos lados; pero estos son nuestros hijos de puta. Y si vienen de otro club a hablar mal de los nuestros, primero los vamos a defender&#8221;. No entend&#237;a del todo qu&#233; dec&#237;a, pero por las dudas lo memorizaba.</span></p><p><span>Ahora estoy m&#225;s cerca de la edad de Pupi y entiendo un poco m&#225;s. Fue en este pa&#237;s y no en otro a donde llegaron miles de barcos plagados de gente que se escapaba de las guerras y del hambre en busca de una vida en colores, de un abrigo a la existencia y de un refugio ante la tragedia. Y fuimos nosotros, este pueblo tantas veces sometido a la necesidad de ser explicado, los que les abrimos las puertas a todos los que llegaban. Fue ac&#225;, en esta tierra, donde hicimos de la amistad un culto por sobre todas las cosas. &#8220;Un amigo es uno mismo con otro cuero&#8221;, dijo alguna vez Atahualpa Yupanqui citando a un paisano suyo. Porque ac&#225;, en este pa&#237;s en donde casi todas las cosas nos salen mal, nos llegan tarde o nos cuestan m&#225;s, nos gusta creer que a veces podemos ser felices porque s&#237;, sin m&#225;s. Por cosas que no importan, por cosas que no sirven.</span></p><p><span>Ahora, que parece que nos portamos peor que nunca, que ca&#237;mos en la aberraci&#243;n de haberle mostrado al mundo los dientes de nuestras carcajadas rotas de alegr&#237;a durante el Mundial, somos arrogantes, irrespetuosos, soberbios y no s&#233; cu&#225;ntas cosas m&#225;s. El &#250;nico goce permitido, parece, es y ser&#225; siempre el de los due&#241;os del mundo; el resto, debemos medir nuestra alegr&#237;a.</span></p><p><span>Los treinta y nueve d&#237;as de tregua que vivimos desde el primero al &#250;ltimo de los d&#237;as del Mundial fueron eso: una celebraci&#243;n de la amistad y del valor que le dan algunos pueblos como este al placer de so&#241;ar despiertos, creyendo que puede que todav&#237;a quede algo m&#225;gico e inexplicable que nos invite a abrazarnos con los nuestros, aunque sea solo por un rato. Y como pasa siempre que el roto se r&#237;e, alguien lo juzga, subido al pedestal de una supuesta moral nacida en su propio ADN. &#191;Qui&#233;nes somos nosotros para venir a estar felices? &#191;A prop&#243;sito de qu&#233; vamos a alegrarnos? &#191;C&#243;mo nos damos el lujo de mirarnos las caras y estar contentos? &#191;Qu&#233; festejamos?</span></p><p><span>La contracara de la felicidad es &#8212;y ha sido y siempre ser&#225;&#8212; motivo de bronca de alguien. Dos caras de una misma moneda que nunca es nuestra: no somos dignos de sentirnos felices; no estamos habilitados para morirnos de la risa y saltar bajo la lluvia, el fr&#237;o, el hambre o cualquier otra desgracia que nos pase cerca.</span></p><p><span>Pero nosotros sabemos caminar con eso sobre nuestras espaldas. Festejamos, entonces, tambi&#233;n eso: saber que podemos ser felices cuando queramos. Que si de repente se nos antoja vamos a emborracharnos de felicidad y festejaremos las veces que queramos, sin tener que pedirle permiso a nadie. Y que en medio de la fiesta, si uno se cae otro lo va a levantar. Porque la felicidad existe cuando nos re&#237;mos todos. A veces nos olvidamos, s&#237;. Pero no existen d&#237;as m&#225;s felices para esta patria que los que nos damos cuenta de qui&#233;nes somos y cu&#225;n felices podemos ser, incluso por cosas que no sirven para nada.</span></p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Que Solari se muera]]></title><description><![CDATA[Escribo estas l&#237;neas para explicarles a mis hijas por qu&#233; este barbudo enorme y viejo est&#225; llorando con los ojos clavados en la Plaza de Mayo llena de gente, un viernes gris del fin del oto&#241;o.]]></description><link>https://nachomerlo.substack.com/p/que-solari-se-muera-e5d</link><guid isPermaLink="false">https://nachomerlo.substack.com/p/que-solari-se-muera-e5d</guid><dc:creator><![CDATA[Nacho Merlo]]></dc:creator><pubDate>Wed, 01 Jul 2026 13:59:20 GMT</pubDate><enclosure url="https://api.substack.com/feed/podcast/204443837/9bd57edbf5228890224800427532152d.mp3" length="0" type="audio/mpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Escribo estas l&#237;neas para explicarles a mis hijas por qu&#233; este barbudo enorme y viejo est&#225; llorando con los ojos clavados en la Plaza de Mayo llena de gente, un viernes gris del fin del oto&#241;o.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[La novedad permanente]]></title><description><![CDATA[La cosa a disposici&#243;n de uno y no al rev&#233;s. Nostalgia de un tiempo donde todo estaba por suceder. Donde todav&#237;a pod&#237;amos decidir cu&#225;ndo y c&#243;mo aburrirnos.]]></description><link>https://nachomerlo.substack.com/p/la-novedad-permanente</link><guid isPermaLink="false">https://nachomerlo.substack.com/p/la-novedad-permanente</guid><dc:creator><![CDATA[Nacho Merlo]]></dc:creator><pubDate>Sat, 27 Jun 2026 18:43:05 GMT</pubDate><enclosure url="https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/2ce80903-3dbf-4edd-9230-90ad1788dfd2_1672x941.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a href="https://www.eldiarioar.com/opinion/novedad-permanente_129_13327678.html">Originalmente publicado en ElDiarioAR</a></p><div><hr></div><p><span>A veces mis hijas, como si fueran arque&#243;logas de la nostalgia, me preguntan antes de dormirse c&#243;mo era mi vida cuando yo ten&#237;a su edad. Se hunden en mi memoria para conocer un mundo que no existe m&#225;s y entonces yo les cuento. Siempre les cuento. &#8220;Papi, &#191;me cont&#225;s c&#243;mo era tu vida cuando ten&#237;as cinco?&#8221;, pregunta una, tratando de estirar el tiempo antes de que el d&#237;a se apague. Y yo le cuento. &#8220;&#191;Y cuando ten&#237;as diez?&#8221;, quiere saber la mayor, que hace de cuenta que no escucha, pero est&#225; ah&#237; prestando atenci&#243;n a todo. Y tambi&#233;n le cuento. Les voy dando postales de una infancia que queda cada vez m&#225;s lejos. Para ellas soy prehist&#243;rico; crec&#237; en el siglo pasado, en una ciudad del interior que entonces era un pueblo al que no llegaba nunca nada y las novedades eran algo que estaba reservado para Buenos Aires.</span></p><p><span>Antes de contarles, pienso con nostalgia en el fin de la era del aburrimiento y c&#243;mo todo se est&#225; volviendo insoportable. Pensar en nada se convirti&#243; en algo inalcanzable, un deseo a la altura de volar o de ser inmortal. Algo que no existe y desvela a toda la humanidad; una utop&#237;a. Los d&#237;as de no hacer nada se terminaron para siempre. Mirar el horizonte, caminar sin rumbo, perderse en un atardecer o desafiar al apuro y a la urgencia para colgarse sin hacer nada. Dos minutos, diez, quince. Lo que fuera. Hoy es imposible.</span></p><p><span>Pero no siempre fue igual.</span></p><p><span>Yo tendr&#237;a diez a&#241;os. Viajaba mucho a Buenos Aires, a visitar a mis abuelos o a mis primos. De todos ellos tengo alg&#250;n recuerdo, pero con Pablo &#8212;el mayor de todos los primos&#8212;, busc&#225;bamos siempre alguna excusa para que durmiera en su casa y nos qued&#225;bamos hasta cualquier hora viendo cosas nuevas en la tele o pel&#237;culas que no exist&#237;an en el videoclub de mi pueblo y &#233;l me las ense&#241;aba. Absolutamente siempre ten&#237;a una novedad, Pablo. A guita de hoy, era un </span><em><span>geek</span></em><span> o un </span><em><span>techie</span></em><span> o la palabra que se use en este momento para describir a un pibe que tiene todas las novedades antes que nadie. Yo cruzaba la puerta para entrar a su cuarto y me sent&#237;a Marty McFly cuando en la segunda pel&#237;cula de la trilog&#237;a viaja al futuro y nada se parece a su vida ordinaria. Videojuegos, pel&#237;culas, joysticks, pantallas, CD&#8217;s, cartuchos, consolas: todas las cosas nuevas estaban siempre antes en su casa, como si nacieran directamente adentro de esa habitaci&#243;n alfombrada. Rogaba porque nunca se terminaran los d&#237;as y las noches que compart&#237;a con mi primo siete a&#241;os mayor, pero en alg&#250;n momento sonaba el bocinazo del Dodge de mi viejo para volver a mi casa larga distancia. Pas&#225;bamos cualquier cantidad de horas en la ruta, cruzando kil&#243;metros y kil&#243;metros sin nada, hasta encontrar a mis amigos infantiles que me rodeaban para que les contara. Cuando por fin llegaba, me iba directo a verlos, sin hacer ni una escala en casa. Y ah&#237; estaban: hac&#237;an un silencio que todav&#237;a puedo escuchar mientras yo les contaba. Volv&#237;a con la novedad y la urgencia, y me fascinaba verlos abrir los ojos y las bocas, incr&#233;dulos, como si mis palabras les trajeran un pedazo de un futuro lejano e inabarcable para su imaginaci&#243;n. A la vuelta de uno de todos esos viajes les cont&#233; que mi primo me hab&#237;a hecho jugar a un jueguito de pelea que se llamaba Mortal Kombat, donde pod&#237;as arrancarle la cabeza a tu enemigo y me trataron de mentiroso. Nunca los hab&#237;a visto as&#237;.</span></p><p><span>&#8212;&#191;Y podemos jugar ahora? &#8212;quiso saber el Tomi, envuelto en su ingenuidad infantil.</span></p><p><span>El Sega era una novedad incluso en Buenos Aires, as&#237; que era imposible encontrarlo en mi pueblo. Pero enseguida le buscamos la vuelta y nos pusimos a inventar un Mortal Kombat de cart&#243;n, con personajes que articulaban sus brazos y sus piernas, incluso. Estuvimos una tarde entera pintando y poni&#233;ndoles nombres a los mu&#241;ecos, porque yo no me acordaba m&#225;s que de Sub Zero. A decir verdad, la pas&#233; mejor jugando a inventar con mis amigos que escondido del sol atrapado con los jueguitos en la pieza de mi primo Pablo en Buenos Aires. &#8220;El Mortal Kombat de cart&#243;n dur&#243; un par de semanas, no me acuerdo por qu&#233; lo reemplazamos, creo que por la Copa Am&#233;rica del 93&#8221;, les digo a mis hijas, que sospecho que ya no me escuchan porque se durmieron.</span></p><p><span>Me freno ah&#237;. Necesito googlearlo: &#191;en qu&#233; a&#241;o pas&#243; esto? Tengo la necesidad de saber qu&#233; nene era yo entonces; &#191;tendr&#237;a nueve? &#191;Once? No tengo idea. Entonces agarro el tel&#233;fono y cuando quiero abrir Google para escribir &#8220;Mortal Kombat fecha de lanzamiento&#8221; en el buscador, aparece la notificaci&#243;n urgente y parpadeante: hay una nueva actualizaci&#243;n para el sistema operativo de mi celular que promete que va a revolucionar la forma en que nos vamos a comunicar desde ahora. &#8220;Lleva la comunicaci&#243;n a otro nivel: habla con naturalidad con la nueva IA de Siri&#8221;, me propone la pantalla que, ahora que la miro bien, tiene el vidrio marcado por alg&#250;n golpe que no tengo idea cu&#225;ndo fue.</span></p><p><span>Rechazo el intento, solo quiero saber en qu&#233; fecha pas&#243; algo sin sentido, hace m&#225;s de treinta a&#241;os. Toco </span><em><span>cancelar</span></em><span> y me advierte, como cuando mi vieja me preguntaba si estaba convencido de salir con poco abrigo: &#8220;&#191;Est&#225;s seguro de que quer&#233;s perderte las novedades que la nueva IA de Siri tiene para vos?&#8221;.</span></p><p><span>Me tomo el tiempo de pensar en la pregunta mientras escucho el cambio de ritmo en la respiraci&#243;n de mis hijas, que confirma que ya se durmieron. Como si no supiera que es ret&#243;rica, nom&#225;s. &#8220;&#191;Est&#225;s seguro?&#8221;, me torea. S&#237;: estoy convencido de no necesitar ninguna nueva versi&#243;n de nada que me haga hablar con naturalidad con algo que no existe.</span></p><p><span>Quiz&#225;s sea por estar llegando al punto de la vida donde comienza la bajada, pero solo quiero eso: poder googlear algo e irme a dormir. Nada m&#225;s que eso. La cosa a disposici&#243;n de uno y no al rev&#233;s. Siento algo parecido a la nostalgia, a&#241;oranza de un tiempo donde todo estaba por suceder. Donde todav&#237;a pod&#237;amos decidir cu&#225;ndo y c&#243;mo aburrirnos.</span></p><p><span>Quiero ir de un lado a otro de la ciudad sin preguntarle al waze qu&#233; camino agarrar para tardar siete segundos menos. Segundos que voy a perder mirando alg&#250;n reel bajo la l&#243;gica del clickbait o la pol&#233;mica o lo que fuere que est&#233; de moda seg&#250;n un algoritmo que, a esta altura, nadie sabe ni qui&#233;n maneja ni c&#243;mo se comporta.</span></p><p><span>Quiero poder salir a caminar cuando se me ocurra y no cuando me llegue la notificaci&#243;n que dice que hace mucho tiempo que estoy sentado sin moverme.</span></p><p><span>Quiero volver a acordarme cu&#225;ndo vencen las cosas que tengo que pagar o cu&#225;les son los n&#250;meros tengo que marcar para poder hablar con mis amigos.</span></p><p><span>Quiero juntarme a pasar tiempo sin que nadie diga: &#8220;Viste el video ese que&#8230;&#8221; y todos saquemos los tel&#233;fonos al mismo tiempo y de repente empecemos a mirar para abajo en silencio.</span></p><p><span>Estamos ah&#237;, pero no estamos. Todos lobotomizados en el scroll infinito, en la vidriera de estupideces m&#225;s grande y menos inocente que alguna vez los humanos tuvimos frente a nuestros ojos. Y sin embargo, no salimos, no queremos, no podemos, no sabemos: scroll infinito, como perros que buscan morderse su propia cola persiguiendo algo que no existe.</span></p><p><span>Vuelvo a veces con la memoria a los d&#237;as en que jugaba con mi primo Pablo al jueguito m&#225;s nuevo de todos. Hab&#237;a un tiempo para eso, pero tambi&#233;n hab&#237;a un tiempo para re&#237;rnos mir&#225;ndonos a los ojos. Para que no exista nada m&#225;s que pasarla bien compartiendo el momento, sin que nada ni nadie nos golpee la puerta de la urgencia. No nos faltaba el aire cuando se cortaba la luz ni depend&#237;amos de estar conectados para ser. &#201;ramos as&#237;, sin nada.</span></p><p><span>Y esta noche, cuando mis hijas vuelvan a querer estirar el tiempo antes de dormirse y me pregunten c&#243;mo era mi vida cuando ten&#237;a su edad, les dir&#233; que hubo un momento, hace algunos a&#241;os, donde pod&#237;amos simplemente estar haciendo una sola cosa a la vez. Que camin&#225;bamos mirando para adelante y si hac&#237;amos contacto visual con alguien nos dec&#237;amos buenos d&#237;as, buenas tardes, buenas noches. Y que esa monoton&#237;a de los a&#241;os anal&#243;gicos nos llev&#243; a la b&#250;squeda de la hiperconexi&#243;n permanente. Y que ahora, que por fin lo logramos, estamos empezando a sentir nostalgia por los tiempos donde todo costaba un poco m&#225;s.</span></p><p><span>Y, para ser sincero, les dir&#233; que no estaba tan mal.</span></p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Peter Shilton, mi enemigo]]></title><description><![CDATA[Todas las ma&#241;anas abro Twitter y lo busco, con desesperaci&#243;n forense: &#191;d&#243;nde est&#225;s, Peter Shilton?]]></description><link>https://nachomerlo.substack.com/p/peter-shilton</link><guid isPermaLink="false">https://nachomerlo.substack.com/p/peter-shilton</guid><dc:creator><![CDATA[Nacho Merlo]]></dc:creator><pubDate>Mon, 22 Jun 2026 14:24:39 GMT</pubDate><enclosure url="https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/6e533517-f996-4358-a349-20bc4518926a_1920x1080.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Es 2011, trabajo en un banco y lo &#250;nico que quiero es distraerme de esta realidad espantosa donde sello y firmo cosas, mientras hablo con gente gris y enojada que solamente piensa en guita las 24 horas del d&#237;a. </p><p>Entonces alguien en la radio, creo que Pergolini, cuenta de qu&#233; se trata esto, una nueva red social en los albores del 4g. Me registro, somos pocos. Ah&#237; est&#225; Paul McCartney, la cuenta oficial de los Beatles, dos o tres contactos m&#225;s. Se ramifica: avanza, como todo lo malo, con una velocidad espantosa. </p><p>Cada tanto me olvido y paso meses enteros sin ver nada. Pero, si me acuerdo, vuelvo a entrar y lo busco: Peter Shilton. Nada, no hay resultados. </p><p>Si por casualidad se cumple un aniversario del Argentina-Inglaterra de M&#233;xico 86, lo busco. Peter Shilton: no se han encontrado resultados. Y as&#237; podr&#237;a haber pasado la vida entera hasta que un d&#237;a recibo un mail que lo cambia todo. Twitter es el remitente: me est&#225; buscando, es obvio. &#8220;Peter Shilton ahora est&#225; en Twitter&#8221;, dice la bandeja de entrada. Descuelgo el tel&#233;fono, no estoy para nadie. Entro con urgencia y lo busco. Ah&#237; est&#225;:</p><p>@Peter_Shilton y una cara de arquero humillado que no se puede creer. Me r&#237;o, soy un nene a punto de hacer una travesura. &#8220;&#191;Lo puteo?&#8221;, pienso. Mejor no. Le escribo:</p><p><em>Hi! We were waiting for you. I&#8217;m really happy to know you&#8217;re here, Peter!</em></p><p>Enviar. </p><p>Al rato, me llega un mail: es Peter Shilton, que le puso me gusta.</p><p>&#8220;Cagaste&#8221;, pienso.</p><p>Desde ese momento paso d&#237;as y noches enteras pensando obsesivamente en Peter Shilton. Cierro los ojos y lo veo revolcado en suelo del Estadio Azteca mientras Diego escapa para el festejo. Tambi&#233;n lo veo patalear reclamando una mano inexistente &#8212;todos sabemos que fue la mano de Dios&#8212;. Por eso me propuse dedicar la vida entera a mantener vivo en su memoria el recuerdo de su tarde horrible, la que sirvi&#243; de revancha para los nuestros, la que hizo que Diego dejara de ser el mejor jugador de f&#250;tbol de la historia para pasar a ser un superh&#233;ore, creado a imagen y semenanjza de los propios.</p><p>Y podr&#237;a haber seguido una vida entera, si no fuera porque un d&#237;a Twitter agreg&#243; un bot&#243;n que lo cambi&#243; todo. Desde esa tarde en que Peter y yo dejamos de comunicarnos, guardo entre mis trofeos, mis diplomas y mis recuerdos m&#225;s importantes, el d&#237;a que, por fin, supe que algo todo lo que le hab&#237;a dicho le hab&#237;a causado dolor. </p><p>Y me hizo un regalo hermoso.</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!8wXh!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fbf554217-9aab-43ac-b5fd-6d0bee2ea1a6_1179x505.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!8wXh!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_424, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, /__u/nachomerlo.substack.com/f_webp, /__u/nachomerlo.substack.com/q_auto:good, 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principio.]]></description><link>https://nachomerlo.substack.com/p/la-boyita</link><guid isPermaLink="false">https://nachomerlo.substack.com/p/la-boyita</guid><dc:creator><![CDATA[Nacho Merlo]]></dc:creator><pubDate>Sun, 21 Jun 2026 09:30:40 GMT</pubDate><enclosure url="https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/74fa8fda-8c56-4d61-a9c0-8cda1f81cbf5_1869x981.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p><span>En mi infancia estaba de moda la pesca. Cada vez que pod&#237;an, los hombres de la familia se escapaban a pescar con sus amigos, hart&#237;simos de la rutina familiar. Para eso, mi viejo ten&#237;a una t&#233;cnica que manejaba a su antojo. Como en los ochenta todo el mundo fumaba, se val&#237;a de un Parliament para encarar a mi vieja en busca de aprobaci&#243;n. &#171;Este fin de semana&#8230;&#187;, dec&#237;a con un pucho por la mitad colgando del bigote, y justo ah&#237;, en la palabra &#171;semana&#187;, daba una pitada. &#171;Este fin de semana&#8230;&#187;, repet&#237;a y volv&#237;a a pitar, &#171;vamos a&#8230;&#187;, otra pitada, &#171;vamos a ir a pescar con Nando y el Cabez&#243;n&#187;.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Cuando terminaba la oraci&#243;n, apretaba la colilla en el cenicero met&#225;lico que estaba en la mesita ratona del living y empezaba a exhalar con lentitud exagerada todo el humo que hab&#237;a acumulado. Primero, por la nariz; despu&#233;s, el humo asomaba entre los bigotes. Esto ocurr&#237;a, por lo general, un martes. Mi viejo plantaba la semilla de la duda y la dejaba germinar. Durante ese d&#237;a y los dos siguientes, mis viejos se pasaban poca pelota. Aunque era un nene, yo me daba cuenta de qu&#233; forma mi vieja le alcanzaba el salero a mi viejo o cu&#225;nto comentaban acerca de lo que ve&#237;amos en la tele durante la sobremesa.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Si, luego de cenar, mis viejos se iban a su cuarto y se escuchaban risas, estaban viendo </span><em><span>Benny Hill</span></em><span> o </span><em><span>No toca bot&#243;n</span></em><span>. O hab&#237;an culeado. En cambio, si mi vieja se llevaba el televisor al living para ver </span><em><span>Tiempo nuevo</span></em><span> y mi viejo se iba a leer el diario a la habitaci&#243;n, las cosas no andaban bien. Muchos a&#241;os m&#225;s tarde, pude entender por qu&#233; mi viejo odia a Piazzolla &#8212;en general&#8212; y a su &#171;Fuga y misterio&#187; &#8212;en particular&#8212;.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Lo cierto es que, cuando mi viejo dec&#237;a que se acercaba un fin de semana de pesca, mi vieja se enculaba, el clima se volv&#237;a espeso y las sobremesas no ten&#237;an postre.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Un d&#237;a de oto&#241;o, a fines de los ochenta, mi vieja escuch&#243; &#8212;otra vez&#8212; el argumento de &#233;l.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>&#8212;Este fin de semana nos vamos a ir con Nando y el Cabez&#243;n a pescar &#8212;iniciaba el relato con timidez fingida, siempre despu&#233;s del primer plato de comida&#8212; porque arranc&#243; la temporada de pejerreyes y est&#225;n sacando unos bichos de m&#225;s de treinta cent&#237;metros.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Pero esa vez, en lugar de encularse, le retruc&#243; con maldad:</span></p><p style="text-align: justify;"><span>&#8212;&#191;Y por qu&#233; no lo llev&#225;s a Nacho?</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Mi viejo se congel&#243;.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Siempre fue de hablar poco mi viejo. Sin embargo, ten&#237;a &#8212;tiene&#8212; un don: cuando hablaba todav&#237;a menos, se notaba m&#225;s. Nadie transmite el silencio mejor que &#233;l. Se distingue f&#225;cilmente: el bigote se le pausa, las fosas nasales se vuelven dos c&#237;rculos perfectos por los que cabr&#237;a un pulgar, la frente se le pone lisa. Sin decir una palabra, acerc&#243; el plato para que mi vieja le sirviera m&#225;s fideos. Y de a poco, como quien deja macerar un rato la idea dentro del cr&#225;neo, empez&#243; a decir que s&#237; con la cabeza. Lento pero decidido.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>&#8212;Nacho, el s&#225;bado nos vamos a pescar &#8212;me orden&#243;.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Yo hab&#237;a esperado esas palabras de la boca de mi viejo durante toda mi vida. Ir de pesca era jugar en las grandes ligas, salir del anonimato, empezar a tener sombra de bigote, fumar, probar whisky del pico, manejar en cuero escuchando Creedence. En mi imaginaci&#243;n, ir a pescar era todo eso. Era la libertad. No tengo recuerdos de haber terminado la cena. Fui a mi cuarto y empec&#233; a preparar mi ropa: una camisa le&#241;adora que us&#233; hasta la adolescencia, cuando pegu&#233; el estir&#243;n; una remera de Boca que ahora usa mi hija menor, las zapatillas Topper celestes que tengo en todas las fotos de cumplea&#241;os entre 1986 y 1991.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>La semana transcurri&#243; lento. Cuando por fin lleg&#243; el viernes a la noche, me acost&#233; con tanta ilusi&#243;n que, por primera vez, hice fuerza para dormir. Gir&#233; un par de veces sobre mi cuerpo, le di cuerda al reloj con alarma que ten&#237;a en la mesita de luz y, finalmente, lo logr&#233;.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Cerca de las seis de la ma&#241;ana, mi viejo me despert&#243; con una t&#233;cnica que aprendi&#243; en la colimba o en alg&#250;n libro de torturas: consiste en apoyar las yemas de los dedos &#237;ndice y mayor justo sobre la nuez de ad&#225;n y presionar muy levemente hasta que la v&#237;ctima &#8212;su hijo de menos de diez a&#241;os, en este caso&#8212; comience a tragar saliva con dificultad, como si se hubiese comido un chicle. Si el proceso dura m&#225;s de veinte segundos, la v&#237;ctima se despertar&#225; con los ojos abiertos de par en par. Si dura m&#225;s de cuarenta segundos, es porque se muri&#243;. Garantizado.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Me despert&#233; exaltado y ah&#237; estaba mi viejo, con un dedo &#237;ndice sobre el bigote indic&#225;ndome que hiciera silencio.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>&#8212;Ven&#237; &#8212;me dijo exagerando las muecas, como si hablara con un sordomudo.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Camin&#233; en silencio hasta la cocina. Nos paramos los dos al borde de la mesada y estuvimos un buen rato viendo el amanecer por la ventana. &#201;l hac&#237;a y yo imitaba. Me mostr&#243; c&#243;mo se asomaba el sol y asegur&#243; que no habr&#237;a lluvia. Prepar&#243; mate para &#233;l y me hizo una chocolatada a la que no le puse az&#250;car: necesitaba demostrar hombr&#237;a de alg&#250;n modo.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Terminamos de desayunar y empezamos a cargar las cosas en el ba&#250;l de la rural amarilla. Cuando est&#225;bamos por salir, mi viejo volvi&#243; unos pasos sobre s&#237; y fue hasta el tel&#233;fono. Meti&#243; el &#237;ndice en el disco y comenz&#243; a girar.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>&#8212;Nando, &#191;c&#243;mo est&#225;s? &#8212;susurr&#243;&#8212;. S&#237;, bien. En realidad, no, m&#225;s o menos. Posterguemos la pesca, no me siento bien.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Cort&#243; e hizo silencio. Yo empec&#233; a desinflarme como un globo que pasa una tarde al sol en la luneta de un auto. Cruzamos las miradas y se qued&#243; callado. Siempre supo manejar muy bien el suspenso. Me mir&#243; y, antes de que le preguntara por qu&#233; no &#237;bamos a ir a pescar, me dijo c&#243;mplice:</span></p><p style="text-align: justify;"><span>&#8212;Hoy te sent&#225;s adelante. Nos vamos solos.</span></p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!t0-B!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F7708d04e-7387-4fd0-8c12-8d44ca598808_1448x1086.png" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!t0-B!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_424, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, /__u/nachomerlo.substack.com/f_webp, /__u/nachomerlo.substack.com/q_auto:good, /__u/nachomerlo.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F7708d04e-7387-4fd0-8c12-8d44ca598808_1448x1086.png 424w, /__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!t0-B!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_848, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, /__u/nachomerlo.substack.com/f_webp, 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Dejamos el auto a media cuadra del r&#237;o y empezamos a caminar entre los yuyos al costado de la ruta, bajando hacia la orilla. El olor de esa ma&#241;ana lo llevo conmigo: mezcla de humedad, bosta de caballo y nostalgia. Nos sentamos cada uno en una piedra, separados por dos metros, y empezamos a hablar mirando el agua. Supongo que los dos lo aprendimos del cine: en mis recuerdos, estamos de perfil, nunca mirando a c&#225;mara, con la vista perdida en un punto del horizonte. Un padre y un hijo que hablan en serio, mirando al frente.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Despu&#233;s me ense&#241;&#243; a encarnar.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>&#8212;Agarr&#225;s la lombriz y la ensart&#225;s en el anzuelo. Que cubra todo el gancho. Cuando termin&#225;s, pas&#225;s la ca&#241;a hacia atr&#225;s del hombro y tir&#225;s al agua la boya y el anzuelo. Eleg&#237; un lugar y apunt&#225;. Trat&#225; de tirar a donde creas que pueda haber pique. Y esper&#225;. Esper&#225; todo lo que sea necesario hasta que la boya se hunda. Cuando pasa eso, significa que pic&#243; algo.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Respir&#233; profundo y tir&#233; la boya al r&#237;o. Cuando cay&#243; y empez&#243; a hacer c&#237;rculos conc&#233;ntricos, dej&#233; de hablar y abr&#237; la boca bien grande. Pasamos as&#237; varias horas y yo nunca saqu&#233; la mirada de la pelotita de telgopor amarilla. Hab&#237;a so&#241;ado tanto ese momento que, mientras ocurr&#237;a, us&#233; todos los sentidos para retenerlo.</span></p><p style="text-align: justify;"><span>Cuando por fin la boya se hundi&#243;, tir&#233; por reflejo de la ca&#241;ita de madera y enganch&#233; un pececito feo, marr&#243;n y sin gracia. Y entonces supe &#8212;y jam&#225;s olvid&#233;&#8212; que de eso se trata: de so&#241;ar, de tirar la boya lo m&#225;s lejos posible para despu&#233;s ir a buscarla. Lo &#250;nico importante de la vida es la boyita.</span></p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Que Solari se muera]]></title><description><![CDATA[Escribo estas l&#237;neas para explicarles a mis hijas por qu&#233; este barbudo enorme y viejo est&#225; llorando con los ojos clavados en la Plaza de Mayo llena de gente, un viernes gris del fin del oto&#241;o.]]></description><link>https://nachomerlo.substack.com/p/que-solari-se-muera</link><guid isPermaLink="false">https://nachomerlo.substack.com/p/que-solari-se-muera</guid><dc:creator><![CDATA[Nacho Merlo]]></dc:creator><pubDate>Sat, 06 Jun 2026 15:24:36 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!CDCa!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F58fded61-cdd2-4850-81c9-0a3c05f51fc8_1672x941.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><strong><mark data-color="#fff2cc" style="background-color: rgb(255, 242, 204); color: rgb(0, 0, 0);">Este contenido tambi&#233;n se puede escuchar en Spotify</mark></strong></p><iframe class="spotify-wrap podcast" data-attrs="{&quot;image&quot;:&quot;https://i.scdn.co/image/ab6765630000ba8a927f39b4f54ac8b520fdf077&quot;,&quot;title&quot;:&quot;Que Solari se muera&quot;,&quot;subtitle&quot;:&quot;Nacho Merlo&quot;,&quot;description&quot;:&quot;Episode&quot;,&quot;url&quot;:&quot;https://open.spotify.com/episode/19eGpLjlcY599sdUjhx0oC&quot;,&quot;belowTheFold&quot;:false,&quot;noScroll&quot;:false}" src="https://open.spotify.com/embed/episode/19eGpLjlcY599sdUjhx0oC" frameborder="0" gesture="media" allowfullscreen="true" allow="encrypted-media" data-component-name="Spotify2ToDOM"></iframe><div><hr></div><p>&#8212;&#191;Por qu&#233; llor&#225;s, papi? &#8212;me preguntan.</p><p>&#8212;&#191;Por qu&#233; lloro? &#8212;me pregunto.</p><p>Yo ni s&#233; por qu&#233; escuchaba los redondos ni por qu&#233; ten&#237;a todos sus discos ni por qu&#233; sonaba en cualquier juntada, pero, como los ruidos de esas m&#225;quinas que est&#225;n siempre prendidas en las f&#225;bricas, en cada uno de los momentos de mi adolescencia hubo un parlante en donde aparec&#237;a y se colaba la voz del Indio, su prosa retorcida, las canciones que cant&#225;bamos mal, los solos de Skay que todos quer&#237;amos copiar. Siempre sonaba: siempre hab&#237;a un casete o un cd trucho que giraba y giraba y giraba hasta morirse gastado acompa&#241;ando un asado o una tribuna o un viaje en la ruta o lo que fuere. </p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!CDCa!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F58fded61-cdd2-4850-81c9-0a3c05f51fc8_1672x941.png" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!CDCa!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_424, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, /__u/nachomerlo.substack.com/f_webp, /__u/nachomerlo.substack.com/q_auto:good, /__u/nachomerlo.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F58fded61-cdd2-4850-81c9-0a3c05f51fc8_1672x941.png 424w, 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Y fuimos grandes y sonaba. Y sufrimos y sonaba: siempre sonaba su voz, como esos mensajes que se repiten y se repiten y se repiten, hasta que los entendemos. La voz de alguien que sabe o que quiere saber. &#8220;Che, quiz&#225;s sea por ac&#225;&#8221;. La voz de alguien un&#225;nime: un pedazo de todos los que somos y de todos los que fuimos. Porque todos los argentinos somos ricoteros o peronistas o maradonianos o lo que carajo fuere: a ver si nos vamos a creer el verso ese de que lo que no nos interpela no nos construye. &#191;Te gusta el Indio? Sos ricotero. &#191;No te gusta? Tambi&#233;n sos ricotero: nadie es intrascendente a la voluntad popular; lo que el pueblo elige, es. </p><p>Dej&#233; el auto a un par de cuadras de la Plaza y empec&#233; a caminar con mi familia, siguiendo el ritual, buscando el fuego alrededor del que se cantan las canciones y se cuentan las historias. Y ah&#237; empec&#233; a entender: no estamos tristes. O, mejor dicho, no estamos solamente tristes; estamos desamparados, pero con una ventaja: nos tenemos a nosotros. Ese se&#241;or, de ah&#237;, que llega rengueando; esa nena con el gorrito que dice Patricio Rey; esa parejita de all&#225; que toma del pico la birra n&#250;mero doce mil; el grupito de gente que sale escupido de la boca del subte gritando <em>los red&#243;, los red&#243;, vamo&#8217; los red&#243;</em>; el vendedor de banderas; el de la campera de jean con corderito que no tiene remera abajo y llora mirando al cielo mientra suena <em>Juguetes perdidos</em>. </p><p>Todos estamos del mismo lado de una l&#237;nea que imagino que divide el dolor y la desgracia de los d&#237;as comunes y corrientes. A un lado de la l&#237;nea, la vida de todos los d&#237;as, el reloj que suena a la misma hora, las rutinas con cada tic y cada tac acomodados con precisi&#243;n; de este lado, la historia escribi&#233;ndose adelante de mis ojos. Otro d&#237;a m&#225;s de esos en los que todos podemos contestar qu&#233; est&#225;bamos haciendo a determinada hora. </p><p>Ahora pienso en qu&#233; me pasa cada vez que la muerte aparece as&#237;, filosa, y golpea. Me pierdo: despu&#233;s de que sonara el tel&#233;fono y me dijeran que s&#237;, que finalmente hab&#237;a muerto mi vieja, me par&#233; y empec&#233; a caminar en c&#237;rculos alrededor de la mesa del bar donde estaba esperando el desenlace. Lento, como aturdido, sin entender del todo qu&#233; significaban las palabras que formaban la oraci&#243;n que acababa de escuchar: &#8220;Se muri&#243; tu mam&#225;&#8221;. </p><p>Ahora lo mismo. La desorientaci&#243;n, el desamparo, el dolor definitivo de sepultar junto al ser querido un mont&#243;n de pedazos de quienes somos y quienes fuimos. Volvernos historia, desempolvar los recuerdos, recordar qui&#233;nes fuimos y adivinar ahora d&#243;nde nos queda el Norte. </p><p>Pero tambi&#233;n algo asoma. Los momentos definitivos tienen esa dimensi&#243;n inabarcable que solo se entienden mirando para atr&#225;s. Ahora deambulo por las calles de la ciudad m&#225;s incre&#237;ble que conoc&#237; en mi vida y noto que hay algo diferente. En medio de la tristeza &#8212;de todas las tristezas de este tiempo&#8212;, hay luz: en todas las esquinas suenan las canciones que escuch&#233; en susurros o a todo volumen, yendo o viniendo a cualquier lugar. Y la gente llora o se abraza o se r&#237;e o chupa o canta o grita o sufre o se besa o baila. Celebra la vida de alguien que, s&#237;, quiz&#225;s en una de esas se muri&#243;, pero desde este momento, desde esta ma&#241;ana horrible en donde el curso de los tiempos cambi&#243; el sentido, se volvi&#243; inmortal para siempre. </p><p>A mi no me queda claro ni me interesa tanto saber cu&#225;n ricotero soy, pero s&#237; fue una de los Redondos la primera canci&#243;n que aprend&#237; en la guitarra: <em>Gualicho</em>. Me acuerdo perfecto: RE, La menor, Do. Me costaba un huevo pasar de un acorde a otro, pero ah&#237; iba:</p><div class="preformatted-block" data-component-name="PreformattedTextBlockToDOM"><label class="hide-text" contenteditable="false">Text within this block will maintain its original spacing when published</label><pre class="text"><em>El zumba se colg&#243;</em>
<em>del bondi a Finisterre</em>
<em>rajando del amor</em>
<em>detr&#225;s de un beso nuevo.</em></pre></div><p>Por eso, si todav&#237;a hay alg&#250;n desprevenido que no sabe qu&#233; se siente perder a un padre, bueno, listo: bienvenido a la experiencia. Desde ahora, la angustia y el desamparo son colectivos. Somos todos un poco m&#225;s hu&#233;rfanos que ayer, pero nos tenemos a nosotros. Para cantar sus canciones. Para contar su vida. Para recordar qui&#233;nes fuimos mientras nos junt&#225;bamos, qui&#233;nes fuimos en los a&#241;os en que compartimos su tiempo. Y entonces s&#237;, que Solari se muera. Que Carlos Solari haga lo que se le antoje con su vida, con su tiempo, con su historia y con su muerte. Porque ahora el Indio, a nosotros que crecimos con &#233;l, nos queda para siempre. Y lloro, ahora entiendo, porque lo vamos a extra&#241;ar todos los d&#237;as.  </p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Muerto mi amigo, muertos todos]]></title><description><![CDATA[Reci&#233;n llegado al conurbano, encontr&#233; refugio en un club de barrio que trascendi&#243; las fronteras de la amistad y se convirti&#243; en un hogar.]]></description><link>https://nachomerlo.substack.com/p/muerto-mi-amigo-muertos-todos</link><guid isPermaLink="false">https://nachomerlo.substack.com/p/muerto-mi-amigo-muertos-todos</guid><dc:creator><![CDATA[Nacho Merlo]]></dc:creator><pubDate>Fri, 15 May 2026 22:24:57 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!kJ5G!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F0fed8245-bed7-403c-8a67-d27c4675c93e_1774x887.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Una de todas las tardes en que llegu&#233; al club y me sent&#233; en la mesa de Pupi a charlar con &#233;l de la vida, jugar al truco de a dos o humedecerme los labios con alcohol, lo encontr&#233; err&#225;tico, con la mirada perdida: el &#250;nico ojo bueno que ten&#237;a se iba por ah&#237;, a alg&#250;n rinc&#243;n en el techo del sal&#243;n, o se cerraba un rato detr&#225;s de los &#171;ahumados&#187;, como le gustaba llamar a los lentes oscuros que usaba los d&#237;as de sol. Hab&#237;an pasado cinco a&#241;os de ir cada tarde a ver viejos jugando a las cartas y pele&#225;ndose por dos mangos. Ten&#237;amos un v&#237;nculo. Le rob&#233; un Le Mans suave corto y nos pusimos a fumar en silencio. Yo ten&#237;a diecis&#233;is, y &#233;l, cincuenta. Siempre me contaba alguno de sus pesares, aunque maquillado, y yo le contaba alguno de los m&#237;os, que por entonces ser&#237;an una mala nota en el colegio o alguna chica que no me daba bola.</p><p style="text-align: justify;">&#8212;El a&#241;o que viene me muero &#8212;me dijo. Despu&#233;s sopl&#243; humo por la nariz y se le escondi&#243; el bigote.</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!kJ5G!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F0fed8245-bed7-403c-8a67-d27c4675c93e_1774x887.png" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!kJ5G!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_424, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, /__u/nachomerlo.substack.com/f_webp, /__u/nachomerlo.substack.com/q_auto:good, /__u/nachomerlo.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F0fed8245-bed7-403c-8a67-d27c4675c93e_1774x887.png 424w, /__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!kJ5G!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_848, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, 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1456w" sizes="100vw"><img src="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!kJ5G!,w_1456,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F0fed8245-bed7-403c-8a67-d27c4675c93e_1774x887.png" width="1456" height="728" 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El siguiente ya tendr&#237;a que haber resuelto qu&#233; iba hacer con mi vida y darle sentido al ser humano que crec&#237;a adentro de esa criatura desproporcionada que era. Y fue el &#250;ltimo verano de verdadera juventud: nunca m&#225;s tendr&#237;a tres meses enteros de vacaciones ni tiempo para ver todos los partidos de un campeonato de f&#250;tbol o para prenderme en todas las fiestas de todos los amigos que me cruzara en el camino. Pero mientras viv&#237; ese verano, el &#250;ltimo de verdadera y absoluta libertad, llor&#233; por primera vez la muerte de un amigo.</p><p style="text-align: justify;">Yo hab&#237;a vuelto a Buenos Aires atado a la soga que colgaba del cuello de mi viejo. Los noventa nos hab&#237;an pasado por encima. Todos aquellos que hab&#237;an llegado j&#243;venes y profesionales al pueblo del interior en el que viv&#237;a empezaban a irse a ritmo de vals, en autos cargados de muebles y de derrota, otra vez a sus lugares de origen. As&#237; la vida me devolvi&#243; &#8212;telegrama de despido mediante&#8212; al coraz&#243;n del conurbano bonaerense. Ten&#237;a doce a&#241;os y dejaba R&#237;o Tercero siendo un nene para instalarme en Lomas de Zamora sin amigos, sin recuerdos y sin sentido.</p><p style="text-align: justify;">Los primeros meses fueron de apat&#237;a y suspenso. Caminaba las mismas cuarenta cuadras todos los d&#237;as para ir y venir del colegio. Cuando llegaba, me encerraba en mi habitaci&#243;n &#8212;compartida, alquilada y llena de cajas apiladas&#8212; a leer alguna revista, jugar al Sega o hacer la tarea. Me iba muy bien en el industrial, y era aburrid&#237;simo. A mitad de a&#241;o conoc&#237;a todas las fatalities del <em>Mortal Kombat</em> y estaba harto de escuchar a mis viejos quejarse, a mis hermanas pelear entre s&#237; y a mi conciencia decirme &#171;ten&#233;s que hacer amigos nuevos&#187;. Entonces, sal&#237;a a la calle a hacer contacto visual con alg&#250;n vecino de edad parecida a la m&#237;a. Hasta que un d&#237;a apareci&#243; el N&#237;vor. Nunca supe si fue una salvaci&#243;n o un castigo, pero ese hermoso y delirante ser fue la puerta de entrada a un mundo distinto a todo lo que hab&#237;a conocido en mi manso y lejano pueblo cordob&#233;s. Me present&#243; una docena de pibes de mi edad, cada uno con sus complejos, sus virtudes y sus egos. Nos hicimos amigos esa misma tarde. Alguno de ellos tuvo la idea de jugar al f&#250;tbol: &#171;Vayamos al club a patear un rato&#187;, propuso el Tola.</p><p style="text-align: justify;">La diferencia entre el f&#250;tbol amateur e infantil de R&#237;o Tercero y el de Lomas era colosal. All&#225; ten&#237;amos un polideportivo inmenso con canchas de once, pasto y arcos de verdad, en medio de un predio rodeado por eucaliptus interminables. Ac&#225; los pibes pagaban diez pesos por hora para jugar en un cuadrado de cemento espantoso con techo de chapa y paredes despintadas. En ambas canchas, yo era p&#233;simo. De haberme cruzado entonces con el genio de la l&#225;mpara, mi primer deseo habr&#237;a sido que me concediera la habilidad de saber patear m&#225;s de dos veces una pelota sin que pique el suelo. Poder devolver de primera. Pegarle de tres dedos. Pisarla con la suela. Amagar para un lado y salir para el otro. Algo. Cualquier habilidad futbol&#237;stica. Pero no. Dios o quien fuera me dio destrezas para escribir sin errores, tocar instrumentos y ganar sorteos, pero ni por casualidad tuve la fortuna que todo var&#243;n argentino desea desde que nace: ser elegido primero en un pan y queso. Y si hubiera podido pedirle un deseo m&#225;s, habr&#237;a sido eliminar el recuerdo de lo mal que jugu&#233; siempre a la pelota, y, en su lugar, implantarme un par de buenos recuerdos falsos: alg&#250;n gol ol&#237;mpico, una chilena, una parada de pecho, un pase de primera.</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!GuMk!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F68fc26dd-c093-456d-b75e-268f0256600f_1774x887.png" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!GuMk!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_424, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, /__u/nachomerlo.substack.com/f_webp, /__u/nachomerlo.substack.com/q_auto:good, 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se parec&#237;a a un deporte o a una actividad relacionada con el bienestar. Las tardes en el 9 de Julio &#8212;mi club cordob&#233;s&#8212;, en cambio, estaban repletas de tipos atl&#233;ticos y se&#241;oras que jugaban tenis; de nenes que practicaban tres o cuatro deportes por semana; de nenas que hac&#237;an piruetas sobre un caballete. Pero ac&#225; no. Desde que volv&#237; a vivir en Buenos Aires, en mi mente el concepto de &#171;club&#187; se asocia a un mont&#243;n de viejos gordos o escu&#225;lidos &#8212;sin t&#233;rminos medios&#8212; jugando al truco y al tute, chupando desde las cinco de la tarde, doblados de resaca a las nueve de la noche, durante todos esos a&#241;os que ocurren entre la jubilaci&#243;n y la muerte. Si un extraterrestre hubiese bajado a la Tierra cualquier d&#237;a en el instante en el que el R&#237;o del Sud abr&#237;a sus puertas, jam&#225;s habr&#237;a sospechado que ah&#237; adentro se hac&#237;a alg&#250;n tipo de pr&#225;ctica deportiva. Sin embargo, cruzando ese pat&#237;bulo con cuatro mesas redondas rodeadas de viejos al borde del &#243;xido y del olvido definitivo, hab&#237;a una cancha de f&#250;tbol, quiz&#225;s la m&#225;s triste que hab&#237;a visto en mi vida. Sin pasto, sin redes, sin bander&#237;n de c&#243;rner. La pelota ni siquiera picaba bien. De los miles de partidos que jugu&#233; ah&#237; adentro, jam&#225;s podr&#233; decir que hubo un d&#237;a en que la cancha estuvo vestida a la altura del compromiso.</p><p style="text-align: justify;">Durante los primeros partidos que jugu&#233; con mis nuevos amigos, nobleza obliga, se comportaron como verdaderos caballeros, muy lejos de lo que realmente son. No tuvieron el coraje de dejarme &#250;ltimo en ning&#250;n pan y queso, lo cual habla de que, cuando eran ni&#241;os, eran cabales y respetuosos. Es muy feo dejar &#250;ltimo en la elecci&#243;n de jugadores al m&#225;s nuevo del barrio. Hoy se llama &#171;bullying&#187;, pero siempre fue &#171;forrear&#187;. Al primer o segundo mes, not&#233; una merma en la efusividad con la que era elegido. Hab&#237;a dejado de ser una excentricidad, un pibe con ideas, acento y costumbres nuevas, para ser uno m&#225;s y, probablemente, el peor de todos los que pisaban la cancha. Y me fui aburriendo. As&#237;, opt&#233; por un lugar m&#225;s c&#243;modo y busqu&#233; alg&#250;n pretexto para poder quedarme en la antesala, viendo c&#243;mo un grupo de viejos con el alma pobr&#237;sima se sacaban la guita unos a otros jugando a las cartas. Me parec&#237;a fascinante. En R&#237;o Tercero, los tipos de esa edad &#8212;a partir de los sesenta&#8212; eran hombres de campo, independientemente de su riqueza. Hacendados o peones, pero exhalaban paz y parsimonia. En cambio, ac&#225; era dantesco y preocupantemente seductor verlos desgranarse de angustia, pobreza y desaz&#243;n.</p><p style="text-align: justify;">Pasaron poco m&#225;s de dos semanas para que perdiese por completo el entusiasmo por jugar f&#250;tbol cinco y la ilusi&#243;n de hacerlo bien. As&#237;, me fui volcando poco a poco a las cartas y, en menos de un mes, ya conoc&#237;a todo el pa&#241;o, las nuevas se&#241;as, qui&#233;nes eran de Banfield y qui&#233;nes de Los Andes; cu&#225;l era capaz de matar porque no le hab&#237;an pagado un Gancia y cu&#225;l otro era capaz de matarte por tom&#225;rselo.</p><p style="text-align: justify;">De las cuatro mesas que ten&#237;a el club, dos de ellas &#8212;la uno y la tres&#8212; eran para habitu&#233;s; otra &#8212;la cuatro&#8212; era para cuestiones menores (como partidos de domin&#243;, cata de escabeches y chimichurris o reuniones de comisi&#243;n directiva), y en la restante &#8212;la mesa dos&#8212;, todas las tardes estaba sentado el mismo viejo solitario. En la mesa uno se jugaba al tute, y en la mesa tres, al truco. La mesa tres se llevaba casi toda la atenci&#243;n. Lo importante no eran los que estaban sentados ni qu&#233; cartas jugaban o cu&#225;n bien mezclaban la baraja. El verdadero espect&#225;culo estaba en las tribunas. Cada tarde, seis viejos se sentaban a jugar y un n&#250;mero similar los rodeaba de pie. Era placentero ver a esos, los perif&#233;ricos, haciendo se&#241;as para batir las cartas que ten&#237;a uno u otro. Entre los m&#225;s tramposos, recuerdo a los turcos, dos mellizos relativamente j&#243;venes y pelados. Eran enormes y, adem&#225;s, eran los mellizos de mayor edad que hab&#237;a visto en mi vida. Hasta entonces, todos los mellizos que hab&#237;a conocido eran como yo o menores, quiz&#225;s producto de que antiguamente se jugaba menos con las fertilizaciones in vitro y la gen&#233;tica. Lo cierto es que siempre estaban haciendo gestos de besitos o mordi&#233;ndose los labios para anunciar un dos o un tres, gui&#241;ando los ojos, levantando la frente. Y, cada tanto, alguno se enojaba.</p><p style="text-align: justify;">Recuerdo con detalle la tarde en que lo cagaron a Atilio, un viejo de ojos achinados que usaba bombacha de gaucho, gordo y con pinta de milico retirado de la Bonaerense. Uno de los mellizos hizo mal la se&#241;a a prop&#243;sito, y Atilio, receptor del dato de contrabando, cant&#243; confiado: &#171;&#161;Truco a esa mierda!&#187;. Cuando le dijeron que s&#237;, que quer&#237;an, y que retrucaban, y que le iban a querer cualquier otra mierda que cantase, Atilio se puso de pie, tir&#243; sobre la mesa cuatro billetes marrones con la cara de Belgrano junto a un tres de espadas y empez&#243; a cagarse de risa: &#171;&#161;&#191;Qu&#233; mierda ten&#233;s?! &#161;&#191;Qu&#233; mierda ten&#233;s?!&#187;, prepoteaba a Vicente, un viejito impecablemente vestido, siempre de trajecito y sombrero, al cual hab&#237;amos bautizado &#171;Humphrey Bogart&#187;. Vicente, como un caballero, se acomod&#243; primero el bigote y despu&#233;s el sombrero. Le clav&#243; los ojos a Atilio y se supo el centro de todas las miradas del club, por lo cual demor&#243; el suspenso y llev&#243; a su pecho la &#250;nica carta que le quedaba. &#171;&#191;Sab&#233;s qu&#233; tengo, Atilio?&#187;, pregunt&#243; sereno. &#171;Tengo un verm&#250; gratis que vas a pagar vos y que voy a tomar ahora mismo con ellos, mis compa&#241;eros de equipo&#187;. Y revole&#243; con suavidad un siete bravo sobre la mesa. Atilio se puso bord&#243;. Todos pens&#225;bamos en un infarto, algo posible a su edad y acorde a su peso. Pero no; era todo ira. Llev&#243; los ojitos achinados a la cara de uno de los dos mellizos y lo empez&#243; a putear como se puteaba antes, con altura y con violencia: &#171;&#161;Pero mir&#225; que ten&#233;s que ser hijo de puta para hacerme entrar as&#237;, y la reput&#237;sima madre que los pari&#243;, a vos y al forro ese igual a vos!&#187;, pataleaba, y se fue caminando sin sus cuatro marrones, que ya pagaban otra ronda en la barra del viejo Esteban, el bufetero de turno.</p><p style="text-align: justify;">Rechinando las alpargatas y algo torcido por la hora y por los vinos, Vicente interrumpi&#243; a Esteban y pidi&#243; dos copas m&#225;s, una para cada mellizo. &#171;El triunfo es de todos&#187;, dijo, y empezaron a re&#237;rse a espaldas de Atilio. Nos re&#237;mos. Por lejos, yo era el menor del grupo, pero hab&#237;a aprendido a pasar desapercibido, y ah&#237; estaba, rodeado de viejos con costumbres y manejos muy distintos a los que yo conoc&#237;a.</p><p style="text-align: justify;">Mientras todos se re&#237;an, Pupi jugaba a hundir un hielito en su vaso de ginebra Bols. El gesto era magn&#233;tico. Cuando el bullicio del festejo empez&#243; a volverse difuso, me acerqu&#233; por primera vez hasta la mesa dos del sal&#243;n. Quer&#237;a saber por qu&#233; Pupi no festejaba, por qu&#233; siempre estaba solo, por qu&#233; no se re&#237;a como los dem&#225;s. &#171;&#191;Puedo sentarme ac&#225;?&#187;, pregunt&#233; con inocencia. &#171;No&#187;, me contest&#243; mientras apagaba un pucho de filtro blanco en un cenicero pl&#225;stico de Coca-Cola al que se le ve&#237;an apenas algunas letras. Me qued&#233; inm&#243;vil, pero lo respet&#233;. &#171;Tendr&#225; sus razones&#187;, pens&#233; y me fui a mi casa.</p><p style="text-align: justify;">Desde entonces, cada tarde que fui al club &#8212;es decir, todas las tardes de todos los d&#237;as desde que volv&#237; a Buenos Aires y hasta que ten&#237;a diecisiete a&#241;os&#8212; la dediqu&#233; a entender a ese hombre viejo, solitario y distante que me cautivaba y a quien sent&#237;a cercano. Cada d&#237;a, a fuerza de &#171;buenas tardes&#187; y &#171;hasta luego&#187;, comenc&#233; a construir un v&#237;nculo que se fue estrechando muy de a poco. &#171;Buenas tardes, Pupi&#187;, dec&#237;a con respeto. &#201;l parec&#237;a no enterarse, pero yo insist&#237;a. Fui repitiendo mi &#171;buenas tardes&#187; todos los d&#237;as hasta que me sent&#237; reconocido.</p><p style="text-align: justify;">&#171;Hola, bar&#243;n&#187;, me salud&#243; un d&#237;a sin mirarme. Me acerqu&#233;. &#171;Bar&#243;n. Bar&#243;n con be de &#8220;buen pibe&#8221;&#187;, dijo, e hizo un gesto para que me sentara en su mesa. Entonces empezamos a conocernos. Parec&#237;a una de esas relaciones que se dan de forma repentina entre la vieja del barrio y el perro que un d&#237;a aparece en su cuadra. Los primeros d&#237;as, la vieja lo saca a escobazos porque le me&#243; el malv&#243;n o le mordi&#243; la ruda. Pero los d&#237;as pasan y el perro sigue ah&#237;, firme, solo, sucio, tiritando, y la vieja &#8212;que es vieja pero no de piedra&#8212; decide que es hora de darle las sobras. Y entonces, el mismo final. Que lo hubieses visto, que pobrecito, que debe de estar perdido. Y de buenas a primeras, sin entender bien cu&#225;ndo empez&#243; todo, un d&#237;a el perro duerme a sus pies mientras ella hace un ovillo con la lana y mira la novela a la hora de la siesta. Algo as&#237; ocurri&#243; con Pupi, un viejo hermoso que, sin saberlo, se convirti&#243; en mi primer amigo viejo. Y tambi&#233;n, en mi primer amigo muerto.</p><p style="text-align: justify;">Empezamos a ense&#241;arnos cosas. Un d&#237;a ca&#237; en el club con una filmadora, y &#233;l la examin&#243; con una atenci&#243;n que nunca volv&#237; a ver en nadie. Otro d&#237;a me puse a explicarle derivadas, trigonometr&#237;a y cuadr&#225;ticas. &#171;Las matem&#225;ticas son una mierda, bar&#243;n&#187;. Yo me re&#237;a. Me gustaban las matem&#225;ticas, pero tambi&#233;n me gustaba ese espacio de confianza que hab&#237;a encontrado en un viejo con historias que en mi casa no pasaban. &#171;&#191;Te cont&#233; del d&#237;a que me cog&#237; a una renga?&#187;, me preguntaba con curiosidad docente. Yo siempre le dec&#237;a que no: quer&#237;a escuchar las historias que sal&#237;an de atr&#225;s de sus bigotes en las pocas ocasiones en las que no estaba callado o fumando.</p><p style="text-align: justify;">Con el tiempo, me fue ense&#241;ando trucos: para jugar al pool, para hacer carambolas en el billar, para cantar las cuarenta en el tute. Todos saberes que todav&#237;a tengo y que no se aprenden en ning&#250;n aula. A nuestro alrededor, los personajes jugaban truco y se puteaban, festejaban goles que se ve&#237;an borrosos en un televisor de catorce pulgadas sobre la barra, y se iban yendo, de a poco, siempre antes que Pupi, que era el primero en llegar y el &#250;ltimo en irse.</p><p style="text-align: justify;">En esos encuentros, nos fue creciendo la amistad. Yo le contaba alguna pena, y &#233;l me inventaba alguna historia donde siempre estaba a punto de tocar la cima, pero se escapaba por la puerta de atr&#225;s. Que lo hab&#237;an elegido presidente del Rotary Club, pero que eso era para los hijos de puta, as&#237; que no acept&#243;. Que lo hab&#237;an postulado para gerente de un banco, pero &#233;l prefiri&#243; seguir con lo suyo.</p><p style="text-align: justify;">&#171;Lo suyo&#187; siempre fue una inc&#243;gnita: nunca le conoc&#237; una ocupaci&#243;n ni supe c&#243;mo pagaba los vicios. Pero ah&#237; estaba, con la garganta siempre h&#250;meda y los pulmones explotados de humo, cada tarde, cada noche.</p><p style="text-align: justify;">Era diciembre. Llegu&#233; a la mesa dos con un diario <em>Ol&#233;</em> para repasar los partidos con Pupi y lo vi apagad&#237;simo. Gris.</p><p style="text-align: justify;">&#8212;El a&#241;o que viene me muero &#8212;solt&#243;.</p><p style="text-align: justify;">Lo mir&#233; extra&#241;ado y solo atin&#233; a preguntarle de d&#243;nde mierda hab&#237;a sacado esa informaci&#243;n. Me enoj&#233; y le dije que no era vidente, que no ten&#237;a idea de lo que estaba diciendo y que, probablemente, ten&#237;a que dejar de tomar un poco. Protest&#243; con un chistido y levant&#243; los dos primeros dedos de la mano derecha, como hac&#237;a siempre, para llamar a Ponte, el nuevo bufetero del club.</p><p style="text-align: justify;">&#8212;Una ginebrita, Ponte &#8212;pidi&#243;, y sac&#243; un billete de cinco pesos del bolsillo de la camisa para pagar&#8212;. Qued&#225;te con el cambio &#8212;orden&#243;.</p><p style="text-align: justify;">Los dos d&#237;as siguientes, Pupi falt&#243; al club, y yo no lo persegu&#237; ni quise saber de &#233;l. Di por sentado que tendr&#237;a alguna gripe o un cumplea&#241;os familiar; algo impostergable.</p><p style="text-align: justify;">Despu&#233;s del fin de semana, nos encontramos nuevamente en la mesa dos del club. Pupi tra&#237;a las advertencias en un sobre de pl&#225;stico lleno de siglas y de porcentajes contundentes: su h&#237;gado era una esponja desvencijada, incapaz de absorber nada y a punto de pudrirse. &#171;Est&#225;s al borde de una cirrosis&#187;, le hab&#237;a advertido el m&#233;dico unas horas antes, sin reparo, mientras revisaba sus estudios.</p><p style="text-align: justify;">&#8212;Sub&#237; al colectivo, saqu&#233; boleto y me vine para ac&#225;. No puedo ir a mi casa a contar que me voy a morir, porque se pondr&#237;an mal &#8212;me dijo con nostalgia, aunque sereno. Pupi ten&#237;a una familia a la que ve&#237;a solo cuando el club cerraba, en ese tiempo entre la cena y la cama.</p><p style="text-align: justify;">Mientras me contaba, yo lo miraba preocupado.</p><p style="text-align: justify;">Levant&#243; los dedos en ve corta y llam&#243; a Ponte con un chiflido.</p><p style="text-align: justify;">&#8212;&#161;Ponte, por favor, ven&#237;!</p><p style="text-align: justify;">Ponte se acerc&#243;. Pupi dio una vuelta lenta al celof&#225;n del Le Mans para estirar el momento. Los fumaba hac&#237;a cuarenta a&#241;os. Despu&#233;s sac&#243; un cigarrillo, lo pas&#243; dos veces por sobre el bigote, inhalando por la nariz. Dud&#243; en encenderlo, pero finalmente cedi&#243;. Pit&#243; profundo un par de veces sin soltar el humo, hasta que habl&#243;:</p><p style="text-align: justify;">&#8212;Me queda poca cuerda, barones &#8212;nos dijo a m&#237; y a Ponte, y empez&#243; a echar humo hacia el techo, sin mirarnos. Una bocanada larga y finita. Manejaba muy bien el suspenso y lo sab&#237;a.</p><p style="text-align: justify;">Yo, que estaba al tanto de su sospecha y conoc&#237;a los resultados de los estudios, me qued&#233; mudo. Ponte se qued&#243; petrificado. Entonces, Pupi dio las &#243;rdenes.</p><p style="text-align: justify;">&#8212;Por favor, tra&#233;me un Terma &#8212;mand&#243;.</p><p style="text-align: justify;">Ponte abri&#243; los ojos como nunca. En sus a&#241;os de bufetero, jam&#225;s le hab&#237;an pedido algo sin alcohol, salvo los chicos que iban a jugar a la pelota, que cuando ten&#237;an sed sol&#237;an comprar alguna Coca-Cola en envase de vidrio. En cambio, los viejos &#8212;permanentes y discontinuos, ocasionales o fijos&#8212; funcionaban solo con alcohol. Un poco sonri&#243;, Ponte, y le repregunt&#243;:</p><p style="text-align: justify;">&#8212;&#191;Terma? &#191;No ser&#225; ginebra? &#8212;y le gui&#241;&#243; un ojo buscando complicidad.</p><p style="text-align: justify;">Pupi no se rio.</p><p style="text-align: justify;">&#8212;Hagamos esto, mejor: de ahora en adelante &#8212;comenz&#243; a explicar&#8212;, te voy a pedir una ginebrita, como siempre. Para no perder el h&#225;bito. Pero vos vas a ir al otro lado del mostrador, vas a abrir la heladera marr&#243;n y me vas a preparar un Terma con agua fr&#237;a y dos cubitos. Va a ser nuestro c&#243;digo. No puedo tomar nunca m&#225;s porque me muero, Ponte. Tengo el h&#237;gado arruinado, igual que todos esos viejos hijos de puta de all&#225; &#8212;dijo se&#241;alando al reba&#241;o de timberos que jugaban en la misma mesa de siempre, por la misma guita de siempre y con los mismos artilugios tramposos de siempre. Pupi los odiaba. Odiaba ser parte de ese antro, ser una pieza fundamental, aunque diferente a todas; compartir su tiempo, su aire viciado; sentirse tan de otro costal. Pidi&#243; confidencialidad, y Ponte y yo juramos cumplirle.</p><p style="text-align: justify;">Pasaron los d&#237;as, las tardes y los meses de aquel verano extra&#241;amente corto en mi recuerdo. A las cinco de la tarde &#8212;puntual&#8212;, Ponte daba dos vueltas de llave para abrir el club y, algunos minutos m&#225;s tarde, como las palomas que se acercan a comer migas de pan en la Plaza de Mayo o los cirujas que salen a cartonear despu&#233;s de que pasan los basureros, un pu&#241;ado de viejos iba apareciendo y gritaba alguna consigna repetida. Alguna arenga. &#171;&#161;A ver los del tute!&#187;, convocaba Valdo, siempre bronceado y sonriente. &#171;&#161;Boca y Banfield!&#187;, pregonaba Mi&#241;o. Pupi entraba solo e iba directo a su silla, la &#250;nica que nadie tocaba jam&#225;s. Se sentaba, jugaba una vez m&#225;s con el celof&#225;n del Le Mans y, un rato m&#225;s tarde, asomaba un billete de San Mart&#237;n para llamar a Ponte: &#171;&#161;Una ginebrita, N&#233;stor!&#187;. Ponte respond&#237;a: en el mismo vaso de cada tarde, serv&#237;a un Terma con agua helada y dos piedritas de hielo. Pupi repet&#237;a el juego del dedo que le pegaba al hielo y, de vez en cuando, se humedec&#237;a los bigotes. Tomaba un traguito. A veces fondeaba. A decir verdad, creo que odiaba tomar Terma tanto como amaba tomar ginebra, pero quer&#237;a seguir viviendo, aunque no supiera por qu&#233; ni para qu&#233;, como me hab&#237;a confesado varias de las veces que lo acompa&#241;&#233; borracho hasta su casa despu&#233;s de que el club cerrara. &#171;La vida es una mierda, bar&#243;n. Pero me encanta&#187;, se contradec&#237;a.</p><p style="text-align: justify;">El ritual del Terma y la ginebra se repiti&#243; cada tarde, entre diciembre del noventa y ocho y abril del noventa y nueve. Aunque hab&#237;a dejado de tomar alcohol y fumaba cada vez menos, Pupi se fue convirtiendo en algo cada vez peor: engord&#243; varios kilos, ol&#237;a mal y el humor se le fue secando.</p><p style="text-align: justify;">La tarde de mi cumplea&#241;os, me dio un abrazo y despu&#233;s se fue al ba&#241;o a vomitar.</p><p style="text-align: justify;">&#8212;Voy a morirme al ba&#241;o y vuelvo, bar&#243;n &#8212;me dijo con risa de payaso triste. Se apagaba.</p><p style="text-align: justify;">Despu&#233;s volvi&#243; a su mesa, p&#225;lido como un papel, y estir&#243; la mano con otro San Mart&#237;n flameando.</p><p style="text-align: justify;">&#8212;&#161;Ponte, una ginebrita!</p><p style="text-align: justify;">Los resultados de los estudios hab&#237;an llegado a las manos de Ponte: &#237;ndices desacomodados, enzimas fuera de control, muestras por arriba de todos los valores normales. &#171;Es c&#225;ncer&#187;, hab&#237;a dicho el m&#233;dico. Ponte miraba la nada desde la barra del club, perdido en el eco de la palabra m&#225;s grave de todas. &#171;C&#225;ncer&#187;, repet&#237;a mientras se palpaba la garganta, arrepinti&#233;ndose de los a&#241;os fumados y pensando en su mujer.</p><p style="text-align: justify;">De pronto escuch&#243; el grito de Pupi, que lo despabil&#243; un poco.</p><p style="text-align: justify;">&#8212;&#161;Ponte, una ginebrita!</p><p style="text-align: justify;">Con la cabeza en otro lado, sin la seguridad de un futuro, Ponte abri&#243; las puertas de la heladera que estaba a sus espaldas, sac&#243; el sif&#243;n de soda y destap&#243; una botella de color marr&#243;n: ginebra Bols. Puso dos hielos y llen&#243; el vaso.</p><p style="text-align: justify;">No lo supe en ese momento, pero estaba sentado en la platea preferencial a punto de ver la previa del funeral de mi amigo. Una especie de funeral en vida. Ponte camin&#243; los pasos que separaban la barra de tragos y la mesa dos del club con la misma velocidad de siempre: lento. Sac&#243; un posavasos de Cynar, lo apoy&#243; delante de Pupi, dej&#243; el vaso transparente y se fue con la mirada perdida. Una vez m&#225;s, Pupi jug&#243; con el vaso. Matizaba la espera punteando los hielos con el dedo hacia el fondo para ver c&#243;mo se deshac&#237;an. Mientras, contaba historias largu&#237;simas e inveros&#237;miles, como esa del d&#237;a que se cogi&#243; a una mina a la que le faltaba una pierna: &#171;Era renga, pero cog&#237;a como la puta madre&#187;, detallaba sabiendo que me encantaba. O la de la tarde que mat&#243; a un custodio en un galp&#243;n en Florencio Varela: &#171;Hab&#237;a quilombo, ruidos. Yo era sereno. Me par&#233; y dije: &#8220;Quieto o disparo&#8221;. Y se movi&#243;: tuve que hacerlo cagar&#187;. Aunque nunca cre&#237; en sus historias, me causaban el mismo efecto que el f&#250;tbol o la magia: s&#233; que lo que veo es mentira, sin embargo, creo, me emociono, me enojo, puteo, me asombro.</p><p style="text-align: justify;">En medio de alg&#250;n silencio, Pupi se llev&#243; el vaso a la boca. Cuando humedeci&#243; los bigotes con alcohol, las agujas de todos los relojes del mundo se frenaron de golpe y cambiaron su curso. Los ojos se le volvieron chiquitos. La cara se empez&#243; a preocupar y la comisura del labio dibuj&#243; una media sonrisa.</p><p style="text-align: justify;">&#8212;&#161;La concha de mi puta madre! &#8212;protest&#243; de placer&#8212;. &#161;La reconcha de mi puta madre! &#8212;repiti&#243;.</p><p style="text-align: justify;">Jam&#225;s en todos los a&#241;os que hab&#237;a vivido hasta entonces y jam&#225;s en los que llevo vividos, vi a un adulto con una mueca de felicidad y amor tan grande como la que esa tarde reflej&#243; Pupi Soldi al reencontrarse con la ginebra: su debilidad, su musa y su amante. Primero, fue un traguito t&#237;mido y culposo, lleno de terror; despu&#233;s, otro un poco m&#225;s grande. Finalmente, dirigi&#243; la pera al cielo y choc&#243; el cubito contra sus paletas. Pidi&#243; dos m&#225;s. Pidi&#243; una tercera y otra m&#225;s despu&#233;s. Unas horas m&#225;s tarde, pidi&#243; ayuda.</p><p style="text-align: justify;">&#8212;Llev&#225;me a casa, por favor &#8212;suplic&#243; con felicidad de borracho y de inocente.</p><p style="text-align: justify;">Caminamos aquellos pasos hasta su casa por &#250;ltima vez. Lo dej&#233; en la puerta, le di un abrazo, toqu&#233; el timbre y me fui antes de tener que explicarle a nadie esa amistad entre un viejo arruinado y un pendejo que no sab&#237;a patear una pelota.</p><p style="text-align: justify;">El siguiente recuerdo que tengo es de unos d&#237;as despu&#233;s, en la terapia intensiva. Pupi cay&#243; internado, su situaci&#243;n era irreversible, pero al menos me daba la oportunidad de despedirlo:</p><p style="text-align: justify;">&#8212;&#191;Por qu&#233;? &#8212;le pregunt&#233; como si fuera su culpa; como si hubiera sido posible que su destino fuera otro.</p><p style="text-align: justify;">Desesperado pero en paz, lleno de cables en una cama de hospital p&#250;blico, me agarr&#243; de las manos y me dijo:</p><p style="text-align: justify;">&#8212;Bar&#243;n, esa ginebra fue como besar a la mujer m&#225;s hermosa del infierno &#8212;y cerr&#243; los ojos.</p><p style="text-align: justify;">Despu&#233;s de eso vinieron la tos, la sangre, la emergencia, el desconsuelo. La manta blanca, los familiares llorando. El silencio.</p><p style="text-align: justify;">En el club, un cartel dec&#237;a: &#171;Los restos de Juan Carlos Soldi ser&#225;n velados esta noche en Bonafin&#187;. Los viejos hicieron silencio un rato y apenas se lamentaron. Enseguida volvieron a cantar truco y falta envido. Pero ya no hab&#237;a nadie en aquella silla de la mesa dos mir&#225;ndolos luchar contra sus miserias.</p><div><hr></div><iframe class="spotify-wrap podcast" data-attrs="{&quot;image&quot;:&quot;https://i.scdn.co/image/ab6765630000ba8a52f1e2c3c5987f79ea1006ca&quot;,&quot;title&quot;:&quot;Muerto mi amigo, muertos todos&quot;,&quot;subtitle&quot;:&quot;Comunidad Orsai&quot;,&quot;description&quot;:&quot;Episode&quot;,&quot;url&quot;:&quot;https://open.spotify.com/episode/5CIHLan4yc8eB5MA2SXwOP&quot;,&quot;belowTheFold&quot;:true,&quot;noScroll&quot;:false}" src="https://open.spotify.com/embed/episode/5CIHLan4yc8eB5MA2SXwOP" frameborder="0" gesture="media" allowfullscreen="true" allow="encrypted-media" loading="lazy" data-component-name="Spotify2ToDOM"></iframe><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" 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class="image-caption">Este cuento y 18 historias m&#225;s forman parte de <em>Quemarse vivo</em>. Lo public&#243; Orsai, el pr&#243;logo lo escribi&#243; <strong>Hern&#225;n Casciari</strong> y lo mando autografiado a cualquier rinc&#243;n del universo, por m&#225;s lejano que parezca.</figcaption></figure></div><p class="button-wrapper" data-attrs="{&quot;url&quot;:&quot;https://drive.google.com/file/d/1vjCBCtx8kMjwlKdW_sqRh0vm8kgnACha/view&quot;,&quot;text&quot;:&quot;PDF Gratis&quot;,&quot;action&quot;:null,&quot;class&quot;:null}" data-component-name="ButtonCreateButton"><a class="button primary" href="https://drive.google.com/file/d/1vjCBCtx8kMjwlKdW_sqRh0vm8kgnACha/view"><span>PDF Gratis</span></a></p><p class="button-wrapper" data-attrs="{&quot;url&quot;:&quot;https://tienda.orsai.org/products/quemarse-vivo&quot;,&quot;text&quot;:&quot;Comprar&quot;,&quot;action&quot;:null,&quot;class&quot;:null}" data-component-name="ButtonCreateButton"><a class="button primary" href="https://tienda.orsai.org/products/quemarse-vivo"><span>Comprar</span></a></p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Trueque de fe]]></title><description><![CDATA[M&#225;s all&#225; de las pascuas.]]></description><link>https://nachomerlo.substack.com/p/trueque-de-fe</link><guid isPermaLink="false">https://nachomerlo.substack.com/p/trueque-de-fe</guid><dc:creator><![CDATA[Nacho Merlo]]></dc:creator><pubDate>Tue, 31 Mar 2026 11:37:43 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!j9Oy!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Ffe8f87a9-30d6-40d2-8b5b-fde4c55e71de_1536x1024.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Hoy no es un domingo m&#225;s: es veinticuatro de marzo de 2002 y falta una semana para festejar las Pascuas. Afuera, la mayor&#237;a de los negocios est&#225;n cerrados: pero no porque sea domingo; est&#225;n cerrados de hambre, de tristeza, de desilusi&#243;n. Cerrados de angustia. En cambio, nosotros estamos en la cresta de la estupidez, no hay un fin de semana mejor que el otro: si el N&#237;vor no termina doblado vomitando, es porque me toca a m&#237;; si el Tola no balbucea en ruso, es porque directamente no puede hablar. Y hoy, cuando el sol empez&#243; a colarse por las ventanas del bar al que vamos siempre, quisimos ir a m&#225;s:</p><p style="text-align: justify;">&#8212;&#191;Y si tomamos la catedral de Lomas? </p><p style="text-align: justify;">La catedral de Lomas es &#8212;hablando con propiedad&#8212; una bas&#237;lica menor, un t&#237;tulo otorgado por el papa de turno para distinguirla de otros lugares sagrados. Yo no tengo idea de nada de esto: mi &#250;nico contacto con la religi&#243;n es eso que yo llamo &#171;el &#225;lbum de figuritas&#187;, una carpeta llena de fotos de santos y v&#237;rgenes a los que mi vieja les reza siempre: cuando las cosas van mal, cuando no hay consuelo o cuando hay desesperaci&#243;n. Y seguramente les rezar&#237;a cuando las cosas fueran bien, pero eso no pasa hace rato.</p><p style="text-align: justify;">El Tola dice que no, el N&#237;vor dice que s&#237;, yo desempato:</p><p style="text-align: justify;">&#8212;Vamos.</p><p style="text-align: justify;">Salimos heridos de Dubh Linn, un barcito con estilo irland&#233;s en el centro de Lomas, y empezamos a recorrer el camino con una determinaci&#243;n que yo no sab&#237;a que ten&#237;a hasta esa madrugada. El Tola intenta frenarnos con argumentos incomprensibles para cualquier adolescente crecido en los noventa:</p><p style="text-align: justify;">&#8212;No seamos boludos, nos puede pasar algo, se puede armar quilombo.</p><p style="text-align: justify;">Creo que no entiende que la idea de que pueda armarse quilombo funciona como combustible para nosotros.</p><p style="text-align: justify;">&#8212;Pero por supuesto que se va armar quilombo, Tola &#8212;retruca el N&#237;vor mientras hace fondo blanco a un vaso con T&#237;a Mar&#237;a que sac&#243; del bar a escondidas.</p><p style="text-align: justify;">Y durante todo el viaje quiere convencernos de que no es una buena idea, de que se pueden enojar, de que con la Iglesia no se jode, de que respetemos a los dem&#225;s.</p><p style="text-align: justify;">&#8212;Qu&#233; mierda, vamos que ya llegamos &#8212;digo mientras me desabrocho la camisa.</p><p style="text-align: justify;">En los noventa, mi cuerpo era incapaz de producir sombra: pesaba cincuenta y ocho kilos y med&#237;a un metro ochenta y siete. Era imposible juntar esas dos variables en un mismo ser humano. Una cosa sin sentido, como un albino negro o un diputado honesto. Y, como si fuera poco, me compraba siempre la ropa m&#225;s cachivache del perchero. Ese d&#237;a ten&#237;a puesta una camisa blanca con palmeras marrones que me hab&#237;an regalado para un cumplea&#241;os. Cuando me la desabroch&#233;, daba m&#225;s l&#225;stima que cuando la ten&#237;a cerrada.</p><p style="text-align: justify;">Entonces, llegamos a la iglesia.</p><p style="text-align: justify;">&#8212;No sean pelotudos&#8230; &#8212;intenta una vez m&#225;s el Tola. Pero su advertencia es totalmente al pedo.</p><p style="text-align: justify;">En diciembre de 2001, la Argentina se prendi&#243; fuego. Y despu&#233;s del fuego, ni las cenizas quedaron. En ese mundo crec&#237; y tuve que rearmarme. Pasamos de ser pobres a ser muy pobres, lo cual fue una ventaja: no perdimos ahorros porque no ten&#237;amos nada.</p><p style="text-align: justify;">Al calor del fuego de diciembre, l&#243;gicamente, un nuevo contrato de alquiler nos cort&#243; la respiraci&#243;n y volvimos a jugar al tetris: la vida en cajas, cientos de recuerdos apilados entre s&#237; movi&#233;ndose en camionetas prestadas para ahorrarnos el flete. Y, en medio de ese caldo, afloraron las iglesias evang&#233;licas: cadenas televisivas nocturnas de pastores brasileros hablando portu&#241;ol y vendiendo la cruz con el aceite consagrado en Israel. Todo formaba un relato que engranaba perfecto en la trasnoche de cualquier casa conurbana de principios de siglo.</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!j9Oy!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Ffe8f87a9-30d6-40d2-8b5b-fde4c55e71de_1536x1024.png" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!j9Oy!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_424, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, /__u/nachomerlo.substack.com/f_webp, /__u/nachomerlo.substack.com/q_auto:good, /__u/nachomerlo.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Ffe8f87a9-30d6-40d2-8b5b-fde4c55e71de_1536x1024.png 424w, /__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!j9Oy!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_848, 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Afuera, en las puertas de la casa de Dios, hay mesitas improvisadas de gente haciendo trueque, pidiendo limosnas, llorando en voz alta: se van volviendo invisibles. Adentro, camino con determinaci&#243;n por la pasarela de las novias. Entre las puertas de la catedral &#8212;dos hojas de madera lustrada gigantes&#8212; y el altar, hay unos cuarenta metros: si todo sale como quiero, dentro de veinte segundos voy a estar detr&#225;s del altar. Pero todav&#237;a no s&#233; qu&#233; voy a decir. Escucho al Tola balbucear; est&#225; inc&#243;modo pero atravesado por la intriga:</p><p style="text-align: justify;">&#8212;No pod&#233;s ser tan hijo de puta&#8230;</p><p style="text-align: justify;">&#8212;Eu posso &#8212;respondo.</p><p style="text-align: justify;">Nos miramos a los ojos: &#233;l sabe perfectamente todo lo que est&#225; por pasar. En paralelo, el N&#237;vor empieza a hacer el moonwalk de Michael Jackson. Y entonces, reci&#233;n entonces, empiezo a escuchar los murmullos.</p><p style="text-align: justify;">&#8212;Es una falta de respeto &#8212;dice una viejita a mi lado.</p><p style="text-align: justify;">Cuando hacemos contacto visual, le tiro un beso.</p><p style="text-align: justify;">&#8212;&#191;Qui&#233;nes son estos? &#8212;pregunta un pelado a mitad de camino.</p><p style="text-align: justify;">&#8212;&#161;Son hijos del se&#241;or! &#8212;grita otro desde atr&#225;s.</p><p style="text-align: justify;">En las noches de fines de 2001, me costaba dormir. Dejaba el tele prendido y siempre me despertaba alg&#250;n pastor hablando en portu&#241;ol. A veces, sus voces aparec&#237;an en mis sue&#241;os: las fui sintiendo cercanas. La voz de uno de ellos me cautiv&#243;: la del pastor Adelmar. Y, un poco en joda, empec&#233; a imitarlo en las sobremesas. Dos meses m&#225;s tarde, eu falava portu&#241;ol perfeitamente.</p><p style="text-align: justify;">En menos de tres segundos, llego al altar: si fuese una novia que se casa, estoy en el punto exacto en el que mi pap&#225; me suelta el brazo, totalmente a desgano, para que me vaya a vivir mi vida nueva con un s&#225;trapa. Miro a la izquierda y veo al Tola taparse la cara con las dos manos; creo que empieza a llorar. Miro a la derecha y veo al N&#237;vor con una caja llena de hostias que acaba de agarrar del &#171;kiosquito&#187;, como le decimos cari&#241;osamente a esa especie de cabina telef&#243;nica de madera donde se confiesan los cristianos. Entonces me doy vuelta y doy la cara a la iglesia. Se produce un silencio, pero no es un silencio normal; es un silencio grueso, espeso: ocupa lugar entre las paredes de la catedral. Y, entonces, no puedo evitarlo m&#225;s:</p><p style="text-align: justify;">&#8212;Irm&#227;os&#8230; Irm&#227;s&#8230; Hoje &#233; um dia especial. Voc&#234; se sente triste? Voc&#234;s est&#227;o se sentindo sem esperan&#231;a? Voc&#234; acha que n&#227;o h&#225; futuro? Estou com os pastores Tola e N&#237;vor para nos livrar do dem&#244;nio que invade seus corpos.</p><p style="text-align: justify;">Y, como si no alcanzara, saco un cigarrillo del bolsillo de la camisa, lo prendo y me pongo a hacer aritos de humo perfectos bajo la luz cenital del sol que se cuela por el vitr&#243;.</p><p style="text-align: justify;">Tres segundos cuento hasta que escucho las primeras puteadas:</p><p style="text-align: justify;">&#8212;Hereje hijo de mil putas.</p><p style="text-align: justify;">&#8212;&#191;No ten&#233;s madre vos?</p><p style="text-align: justify;">&#8212;&#161;Est&#225; endemoniado!</p><p style="text-align: justify;">Podr&#237;a seguir un rato largo, pero alguien pronuncia las palabras m&#225;gicas:</p><p style="text-align: justify;">&#8212;Es un hijo de Dios como todos nosotros.</p><p style="text-align: justify;">Y, de golpe, la quietud total. Como esos entrenadores de animales asesinos, el encantador de fieles con t&#250;nica y ribetes dorados se para delante de m&#237;, dice esas palabras una atr&#225;s de la otra y calma a las fieras.</p><p style="text-align: justify;">&#8212;&#191;Qu&#233; les pasa? &#8212;pregunta el padre Ricardo.</p><p style="text-align: justify;">El padre Ricardo tiene la misma cara de fiesta que nosotros tres, pero es m&#225;s grande y m&#225;s h&#225;bil. Con la excusa del pr&#243;jimo, el amor y los mandamientos, nos abraza como puede y nos va llevando, como el flautista de Hamel&#237;n, hasta una trastienda, una suerte de camar&#237;n: ah&#237; est&#225;n la ropa de civil del cura, un paquete con medialunas, un atado de Le Mans &#8212;que fuma a escondidas&#8212; y una radio Spika en donde, nos cuenta, escucha los partidos de f&#250;tbol de la fecha entre misa y misa.</p><p style="text-align: justify;">&#8212;&#191;Quieren comer algo?</p><p style="text-align: justify;">No llego a contestar.</p><p style="text-align: justify;">&#8212;Hostias &#8212;dice el N&#237;vor.</p><p style="text-align: justify;">El &#250;ltimo tramo del intento por tomar la catedral de Lomas lo veo desde la parte de atr&#225;s de un Fiat Siena de la Polic&#237;a Bonaerense. Ah&#237; vamos los tres, acusados de desacato al clero y deshonra a los s&#237;mbolos sagrados de la fe cristiana, llorando de risa, de miedo y de sue&#241;o. Cada tanto nos re&#237;mos de la nada.</p><p style="text-align: justify;">&#8212;Voc&#234; acha que pode ser um bom pastor, irm&#227;o Tola? Voc&#234; n&#227;o gostaria que expuls&#225;ssemos o dem&#244;nio, irm&#227;o N&#237;vor? &#8212;pregunto esposado.</p><p style="text-align: justify;">El Fiat acelera y las risas quedan pegadas para siempre al aire que sobrevuela los recuerdos de aquellos a&#241;os, los m&#225;s grises hasta entonces. Cada tanto, en asados que hacemos ahora que tenemos canas, alguno pregunta algo en portugu&#233;s y yo amago a desabrocharme la camisa.</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!TQS5!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F8bda7cc5-bfa1-4b19-bcde-e5cd875e9a8d_1200x1200.png" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!TQS5!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_424, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, /__u/nachomerlo.substack.com/f_webp, /__u/nachomerlo.substack.com/q_auto:good, /__u/nachomerlo.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F8bda7cc5-bfa1-4b19-bcde-e5cd875e9a8d_1200x1200.png 424w, /__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!TQS5!, 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xmlns="http://www.w3.org/2000/svg"><g><path d="M2.53001 7.81595C3.49179 4.73911 6.43281 2.5 9.91173 2.5C13.1684 2.5 15.9537 4.46214 17.0852 7.23684L17.6179 8.67647M17.6179 8.67647L18.5002 4.26471M17.6179 8.67647L13.6473 6.91176M17.4995 12.1841C16.5378 15.2609 13.5967 17.5 10.1178 17.5C6.86118 17.5 4.07589 15.5379 2.94432 12.7632L2.41165 11.3235M2.41165 11.3235L1.5293 15.7353M2.41165 11.3235L6.38224 13.0882"></path></g></svg></button><button tabindex="0" type="button" class="pencraft pc-reset pencraft icon-container view-image"><svg xmlns="http://www.w3.org/2000/svg" width="20" height="20" viewBox="0 0 24 24" fill="none" stroke="currentColor" stroke-width="2" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" class="lucide lucide-maximize2 lucide-maximize-2"><polyline points="15 3 21 3 21 9"></polyline><polyline points="9 21 3 21 3 15"></polyline><line x1="21" x2="14" y1="3" y2="10"></line><line x1="3" x2="10" y1="21" y2="14"></line></svg></button></div></div></div></a><figcaption class="image-caption">Este cuento y 18 historias m&#225;s forman parte de <em>Quemarse vivo</em>. Lo public&#243; Orsai, el pr&#243;logo lo escribi&#243; <strong>Hern&#225;n Casciari</strong> y lo mando autografiado a cualquier rinc&#243;n del universo, por m&#225;s lejano que parezca.</figcaption></figure></div><p class="button-wrapper" data-attrs="{&quot;url&quot;:&quot;https://tienda.orsai.org/products/quemarse-vivo&quot;,&quot;text&quot;:&quot;Comprar&quot;,&quot;action&quot;:null,&quot;class&quot;:null}" data-component-name="ButtonCreateButton"><a class="button primary" href="https://tienda.orsai.org/products/quemarse-vivo"><span>Comprar</span></a></p><p class="button-wrapper" data-attrs="{&quot;url&quot;:&quot;https://drive.google.com/file/d/1vjCBCtx8kMjwlKdW_sqRh0vm8kgnACha/view&quot;,&quot;text&quot;:&quot;PDF Gratis&quot;,&quot;action&quot;:null,&quot;class&quot;:null}" data-component-name="ButtonCreateButton"><a class="button primary" href="https://drive.google.com/file/d/1vjCBCtx8kMjwlKdW_sqRh0vm8kgnACha/view"><span>PDF Gratis</span></a></p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Ahí podés comprar un Kalashnikov]]></title><description><![CDATA[Dormir en casa de tu asesino nunca es un gran plan.]]></description><link>https://nachomerlo.substack.com/p/ahi-podes-comprar-un-kalashnikov</link><guid isPermaLink="false">https://nachomerlo.substack.com/p/ahi-podes-comprar-un-kalashnikov</guid><dc:creator><![CDATA[Nacho Merlo]]></dc:creator><pubDate>Fri, 20 Mar 2026 14:03:17 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!M_5F!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fe95d327a-52f7-4a69-801a-6fab06533827_1536x1024.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Para m&#237;, que nac&#237; tan cerca del culo del mundo, que vivo rodeado de malas noticias, que supe surfear todas las olas de todas las crisis econ&#243;micas desde que nac&#237;, hacer un viaje por Europa para recorrerla de mochilero se presentaba m&#225;s f&#225;cil que el primer nivel del Arkanoid. Nada pod&#237;a salir mal en ese primer viaje que arm&#233; para recorrer el continente viejo. Nada, excepto ser asesinado en medio de una tormenta de nieve en las afueras de &#193;msterdam en manos de un narcotraficante colombiano.</p><p style="text-align: center;">***</p><p>Hay un recuerdo de esa noche congelada de enero que me sigue retumbando: la cara de Mikki, un taxista marroqu&#237; que, sin saberlo y por 45 euros, me salv&#243; la vida. El bueno de Mikki, un africano que hab&#237;a escapado de un futuro mejor que todav&#237;a no llegaba, hablaba un ingl&#233;s muy pobre y manejaba un Peugeot 307 negro con una lucecita roja en el techo. Esa lucecita roja con la palabra taxi escrita en letras negras fue la se&#241;al para empezar a agitar los brazos y gritar pidiendo ayuda.</p><p style="text-align: center;">***</p><p>La historia empieza algunas horas antes y en Rep&#250;blica Checa. La escala inmediata anterior a Holanda hab&#237;a sido Praga, la ciudad m&#225;s blanca y medieval en la que hab&#237;a estado en toda mi vida. Con excepci&#243;n del clima invernal &#8212;14 grados bajo cero&#8212;, mientras camino sus calles todo es perfecto: castillos con c&#250;pulas salidas del trazo de un artista, catedrales medievales que solo existen en la imaginaci&#243;n, colores que contrastan con puentes llenos de nieve y turistas de todo el mundo que aprovechan la oferta de la capital checa, en donde el alcohol es barato, las drogas son accesibles y la prostituci&#243;n es legal.</p><p>En Ruzyne, el aeropuerto de Praga, me top&#233; con la primera mala: mi vuelo a &#193;msterdam estaba demorado. Me acerqu&#233; a un grupo de turistas holandesas, de unos cuarenta a&#241;os, con rastros de haber dormido poco en todo el fin de semana y les pregunt&#233; qu&#233; sab&#237;an de la demora. Se rieron un poco de m&#237; y pareci&#243; que no les interesaba. Tiempo despu&#233;s entend&#237; que todo era parte de su fin de semana de descontrol, y la demora no hac&#237;a m&#225;s que prolongar el disfrute. Me sent&#233; en una butaca met&#225;lica y me puse a leer &#171;Fiesta&#187;, un libro de Hemingway que hab&#237;a comprado en una mesa de saldos en Plaza Italia y llevaba en la mochila de mano.</p><p>Cuando la demora pas&#243; la barrera de las dos horas, sent&#237; que deb&#237;a avisarle a Didier, el anfitri&#243;n de AirBnB que me esperaba en &#193;msterdam. Yo hab&#237;a sido claro con &#233;l en todos los mails que cambiamos antes de viajar: &#171;Voy a llegar a &#193;msterdam en la tarde del domingo. &#191;Vos pod&#233;s venir a buscarme? Si no, necesito que me des indicaciones para poder llegar en bus&#187;, detall&#233;. Odiaba usar la palabra bus, con lo lindo y cacof&#243;nicamente dulce que resulta decir colectivo. Pero cada vez que intent&#233; referirme al transporte p&#250;blico como colectivo, gener&#233; una brecha comunicacional. Entonces bus.</p><p>Antes de llamar a Didier, busqu&#233; un correo electr&#243;nico suyo con indicaciones y lo le&#237; pausado. Didier escribi&#243;:</p><blockquote><p>Tu tomas el bus 300 direccion Bijlmer arena. Te quedas en la ultima parada. Atrabiesas la estacion .giras ala derecha caminas recto como 3 mimutos (direccion bijlmer plein) hasta q llegues a una plazoleta donde beas un KFC. Cuando llegues ala plazoleta giras ala derecha sin pasar la calle por abcauderpad, caminas recto otros 4 minutos (despues de pasar por abajo de un puente comensaras aver bloques de edificios a tu lado izquierdo. El cuarto es hogevecht. Caminas hasta el final de el edificio giras ala derecha. Y despues ala izquierda para q encuentres el numero 129 a. Mi tl es 0031634709532</p><p>Perdon por la demora</p><p>didier</p></blockquote><p>Yo sent&#237; tanta ternura al ver su mail nuevamente. Imaginaba al holandecito rubio con un diccionario Peque&#241;o Larousse Ilustrado Holand&#233;s-Castellano / Castellano-Holand&#233;s, desmembrando palabra por palabra y sin entender cosas b&#225;sicas como por qu&#233; se escribe &#171;a la&#187; y no &#171;ala&#187;, y que adem&#225;s son dos cosas distintas. Pero puse lo mejor de m&#237; y lo interpret&#233;. Prefer&#237; llamarlo para alertarlo de mi demora.</p><p>Busqu&#233; un tel&#233;fono p&#250;blico amigable y me encontr&#233; con una caja met&#225;lica llena de consonantes con tildes y palabras indescifrablemente checas, por lo cual recurr&#237; a la intuici&#243;n. Coloqu&#233; algunas coronas en la ranura y marqu&#233; cada n&#250;mero de los que me dio Didier, rogando a dios que no apareciera la voz de una operadora hablando en holand&#233;s o en checo, porque ese ser&#237;a el fin de la comunicaci&#243;n. Primer intento: fallido. Segundo intento, un tono de ocupado raro. Antes de desistir, prob&#233; otra vez y escuch&#233; el tono universal de llamada.</p><p>&#8212;Hola, &#191;qui&#233;n? &#8212;escucho al otro lado del tubo y me descoloco.</p><p>Es una voz en castellano con un acento que no reconozco del todo. En una fracci&#243;n pienso que es un holand&#233;s que habla algo de castellano y siento un poco de alivio: ser&#225; mucho m&#225;s f&#225;cil explicarle mi demora.</p><p>&#8212;Hola, &#191;Didier? Soy Ignacio. Tengo una reserva en tu departamento esta noche y el vuelo en el que viajo hacia &#193;msterdam est&#225; demorado por tormentas de nieve. Estimo que voy a llegar cerca de la medianoche &#8212;recito con tono pausado como quien habla con un sordomudo y mueve exageradamente sus labios y usa palabras formales para no caer en los modismos locales del idioma.</p><p>&#8212;Es que no hay ning&#250;n problema &#8212;responde con much&#237;sima lentitud&#8212;. Yo te espero, tranquilo. Buen viaje.</p><p>Y cuelga.</p><p>Vuelvo hacia Ro con el rostro desconfiado. Me pregunta qu&#233; pas&#243; y le digo, sin prestar mucho detalle, que nada importante. Que me caus&#243; gracia que el holand&#233;s hablaba castellano, que ten&#237;a una voz rara, que parec&#237;a la del rat&#243;n amigo de Speedy Gonz&#225;lez, un personaje de dibujito animado, a medio camino entre mexicano y santiague&#241;o. Y nos re&#237;mos.</p><p>Demora superada, nos invitaron a abordar. Eran casi las diez de la noche y todo lo que se pod&#237;a ver por los ventanales de Ruzyne era nieve y empleados que caminaban por las pistas de aterrizaje echando humo por la boca, frotando sus manos. Afuera hab&#237;a unos amenazantes 27 grados bajo cero. &#171;El avi&#243;n va a carretear sobre una capa de hielo&#187;, pienso. Me acuerdo de algunas lecciones de f&#237;sica cuando iba a la escuela t&#233;cnica. Pienso en el efecto aquaplaning, que hace que las ruedas de los veh&#237;culos no puedan adherirse bien a la superficie y salgan disparados como flechas fuera del camino. Y si todo eso sale bien, si por fortuna o acci&#243;n divina lleg&#225;ramos a despegar como corresponde, si por milagro eso ocurre, a&#250;n restar&#237;a aterrizar en una pista nevada, con el enorme riesgo que eso implicar&#237;a. Acepto que ser&#225; la &#250;ltima noche de mi vida y la miro a Ro a los ojos y le resalto cu&#225;nto la amo y lo feliz que soy haciendo este viaje juntos. Y le hago una confesi&#243;n: &#171;Qu&#233; cagada morirse en lo mejor&#187;.</p><p>Una vez que todos los pasajeros estamos adentro, empezamos a recibir las instrucciones por si llegar a visitar la cat&#225;strofe. Por primera vez en mi vida presto atenci&#243;n. Hoy es necesario hacerlo y memorizo todo. D&#243;nde est&#225;n las m&#225;scaras de ox&#237;geno, qu&#233; hacer en caso de que naufraguemos. Busco incluso la salida de emergencia y pienso cu&#225;l ser&#225; el vecino de avi&#243;n con el cual forcejear&#237;a para salir primero. Lo identifico enseguida: un alem&#225;n grandote, muy lleno de granos, muy blanco y muy nerd. Lo imagino lento de reflejos y yo, que no soy ni estoy cerca de ser una luz, podr&#237;a adelantarme cuando la evacuaci&#243;n sea necesaria, o bien ser&#237;a tentador meterle la traba desde atr&#225;s si el me saca ventaja para que, una vez ca&#237;do, pudiera pisotearle la espalda inmensa que tiene y salir antes que &#233;l.</p><p>La espera dentro del avi&#243;n se hace eterna. Despu&#233;s de recibir todas las indicaciones, unas m&#225;quinas hidrantes se paran a cada lado del avi&#243;n y comienzan a tirarle ag&#252;&#237;ta caliente o algo parecido. Las ventanas comienzan a desempa&#241;arse muy lentamente y se empieza a esparcir un olor espantoso por los pasillos del avi&#243;n. &#171;Es normal que sientan un olor molesto. Durar&#225; unos instantes&#187;, explican las azafatas en ingl&#233;s. Me relajo y espero mi turno. No s&#233; si voy a morirme al despegar o si &#8212;peor&#8212; ser&#225; al aterrizar. Si tuviera que elegir ahora, prefiero morir en el despegue. Por ansioso, y porque me parece in&#250;til sobrevivir el primer escollo para morir en el segundo. Es una injusticia inmensa.</p><p>Entonces el avi&#243;n comienza las maniobras de rutina y gira sobre su propio eje para quedar de trompa a la pista que le asignaron. Pero me invade el pensamiento antes de despegar: el piloto de este vuelo bien podr&#237;a ser uno de todos los praguenses borrachos que anoche me cruc&#233; en la ciudad a medianoche y ah&#237; s&#237; estoy completamente seguro de que esto va a salir mal. Me relajo. M&#225;s bien me resigno. Le doy la mano a Ro &#8212;una suerte de c&#225;bala que surgi&#243; en la primera vez que volamos juntos&#8212; y comienza el carreteo. Mucha velocidad, mucho ruido, muchos turistas que van charlando en voz muy alta y de repente, estamos en el aire. Despegamos. Sorteamos el primer obst&#225;culo. No hubo tragedia ni nada de eso. Estamos en los cielos bohemios de Europa con destino a la ciudad donde tambi&#233;n todo vale. Apoyo la cabeza en el respaldo y me relajo &#8212;realmente&#8212; por primera vez en muchas horas. Conf&#237;o en que todo est&#225; bien al ver a tantos turistas re&#237;rse. Pienso que todos viajan muy seguido y que, si no est&#225;n con el culo en las manos por las condiciones clim&#225;ticas, es porque no pasar&#225; nada. Ellos ser&#225;n mi term&#243;metro de ahora en m&#225;s y por el resto del viaje.</p><p>Cuando falta poco menos de media hora para aterrizar, el avi&#243;n empieza a hacer un movimiento asqueroso. Qu&#233; cosa horrible todos los movimientos y ruidos del avi&#243;n: son como las alarmas del cuerpo humano. No hay puntadas buenas, no hay dolores que indiquen que estamos sanos, no hay sangrados que pronostiquen bienestar. Lo mismo sucede en el avi&#243;n: estamos ah&#237;, quietitos y muertos de miedo y cada ruidito es una falla t&#233;cnica, cada movimiento es la antesala de una ca&#237;da libre, cada vez que suena la alarma de las azafatas es porque perdemos altura y vamos derecho al colapso.</p><p>El avi&#243;n comienza a moverse como la bandeja de un mozo cuando est&#225; muy llena de platitos calientes. Un temblequeo leve de lado a lado y un ruido muy parecido al que hacen los cubiertos en esa misma bandeja de chapa. Taca taca taca taca taca. No me persigno porque no s&#233; bien c&#243;mo funciona. Pero aprieto muy fuerte los labios. Para peor, los turistas hacen silencio en simult&#225;neo y comprendo que vamos a caernos en cualquier momento. Pero el mal momento pasa y comenzamos a descender muy progresivamente.</p><p>Y de repente, estamos aterrizando. Tengo terror de que no podamos frenar. Me acuerdo del avi&#243;n de Lapa, me imagino saliendo en vivo desde &#193;msterdam hablando con Enrique Pi&#241;eyro en un noticiero, haciendo paralelismos. Pero nada de todo eso ocurre y siento que me salv&#233;.</p><p>Pero no.</p><p>La salida del aeropuerto es sencilla. Hasta tiene sabor a poco. Apenas paso un control migratorio y sin sellar el pasaporte, agarro mi equipaje y estoy afuera. El primer recuerdo que tengo de Holanda es la nieve. Todo el tiempo que paso en la capital de los pa&#237;ses bajos, tiene nieve. Cargad&#237;simo, me acerco hasta un hombre al cual le pregunto si sabe d&#243;nde puedo tomar el bus 300. Es un poco m&#225;s de medianoche y tengo pocas opciones para preguntar.</p><p>&#8212;Es ese que viene aqu&#237; &#8212;me indica en un ingl&#233;s muy raro.</p><p>&#171;Conozco ese acento de alg&#250;n lado&#187;, pienso, y enseguida me doy cuenta: la mayor&#237;a de los malos de las pel&#237;culas de Hollywood tienen ese tono, a mitad de camino entre &#225;rabe y persa, casi siempre amenazando con hacer volar un edificio por los aires con una granada. Pero yo todav&#237;a no tengo prejuicios y conf&#237;o en la gente por mera intuici&#243;n, un arma de doble filo.</p><p>Cuando me quiero dar cuenta, la nieve ya est&#225; al otro lado del vidrio y estoy sentado exhausto en un asiento doble del bus 300. Ahora, reci&#233;n ahora, me doy tiempo para contemplar, para sentir que estoy de paseo por uno de los pa&#237;ses que siempre quise conocer, que camino por las calles que recorrieron Van Gogh o Ruud Gullit y me siento feliz.</p><p>Casi son las dos de la ma&#241;ana. Voy recorriendo con la mirada y reconozco algunas se&#241;ales y carteles: Philips, Heineken, Amstel. No s&#233; si son f&#225;bricas o plantas comerciales, pero hay edificios gigantes con esas marcas al costado de la ruta. Y me voy alejando cada vez m&#225;s del aeropuerto. No s&#233; bien hacia d&#243;nde voy &#8212;no llevo mapas conmigo y el 4g a&#250;n no existe&#8212;, por lo que me dejo llevar por las indicaciones de Didier: bajar al final del recorrido.</p><p>Cuando llevo casi cuarenta minutos de viaje, se me ocurre preguntar cu&#225;nto falta. El chofer no habla una palabra de ingl&#233;s y solo estamos Ro, el peque&#241;o hombrecito con acento &#225;rabe y yo. Le pregunto nuevamente: &#171;Es en pocos minutos&#187;, me indica. Y llegamos.</p><p>Al llegar a la parada final, le doy la mano a Ro y bajamos del bus. El lugar parece una estaci&#243;n de esas que hay en el interior del pa&#237;s o en esas localidades chiquitas de la costa, como Mar Azul u Ostende, donde todo cabe en unos pocos metros cuadrados. Pero no hay nadie ni nada. Unos tubos fluorescentes encendidos y un lugar donde atar bicicletas. Y much&#237;simo silencio. Hac&#237;a muchas horas que no escuchaba tanto silencio junto. Desconcertado, avanzo unos pasos hasta el peque&#241;o &#225;rabe y le pregunto si puede ayudarme. Le leo las indicaciones de Didier y no logra entenderme bien. Hasta que menciono Hogevecht. Los ojos se le vuelven dos bolitas blancas y perfectas. Hace una mueca y, con un adem&#225;n, me invita a que lo acompa&#241;emos. Son las tres de la ma&#241;ana de una noche invernal a m&#225;s de una hora de viaje del aeropuerto de &#193;msterdam. No tengo idea d&#243;nde estoy, pero s&#233; que necesito acelarar y llegar al destino. Estoy empezando a desconfiar del hombrecito.</p><p>&#8212;Hassan &#8212;se presenta y me estrecha la mano, caminando con su bici a un costado.</p><p>Hacemos dos cuadras juntos en silencio. Ella quiere saber si est&#225; todo bien y yo no le suelto ning&#250;n dato.</p><p>&#8212;&#191;Ves ese edificio blanco que se asoma junto a la autopista? &#8212;pregunta Hassan&#8212; Ese es Hogevecht. Ah&#237; van ustedes. Yo me voy aqu&#237; &#8212;se excusa se&#241;alando una bifurcaci&#243;n en medio de la nieve.</p><p>Y vuelve hacia m&#237; para clavarme el pu&#241;al:</p><p>&#8212;Pide a Dios que nada te pase all&#237; &#8212;sentencia.</p><p>Lo dice con convicci&#243;n. Por algunos segundos me resulta imposible decodificar su mensaje: &#171;&#191;Esto me est&#225; pasando en serio?&#187;, pienso. Y apret&#243; muy fuerte la mano de Ro.</p><p>&#8212;&#191;&#161;Qu&#233; carajo pasa?! &#8212;pregunta impaciente.</p><p>Le miento:</p><p>&#8212;Nada, todo bien &#8212;y empiezo a llevarla de la mano como una bandera que flamea. Unos pasos m&#225;s tarde me frena en seco. Quiere saber:</p><p>&#8212;La puta que te pari&#243;, &#161;&#191;qu&#233; mierda pasa?! &#8212;retruca con m&#225;s decisi&#243;n.</p><p>&#8212;Pasa que este lugar es inseguro. Y que atr&#225;s nuestro viene un tipo encapuchado m&#225;s alto que yo &#8212;detallo.</p><p>Y empezamos a caminar a toda velocidad, cada uno con una mochila enorme sobre sus hombros, un bolso mediano en una de las manos y una mochila peque&#241;a sobre el pecho, todo sobre varias capas de abrigo.</p><p>Vuelvo la vista atr&#225;s. Es uno de esos negros holandeses que juegan en los mundiales de f&#250;tbol y son siempre nacidos en Surinam. No quiero pensar qu&#233; nos va a pasar: el tipo es enorme, podr&#237;a matarnos de un cachetazo si quisiera. Pero cuando vuelvo a mirar, ya no est&#225;.</p><p>&#8212;&#161;Vamos! &#8212;le ordeno a Ro.</p><p>Y ahora s&#237;: ya no hay lugar para la fe, la ilusi&#243;n ni la confianza. Estamos encomendados a nadie, tenemos que correr para que no nos maten y nos dejen tirados en medio de este barrio en el que todos los edificios son id&#233;nticos. Recuerdo con miedo el famoso proverbio chino: &#171;Si un &#225;rbol cae en el bosque y no hay nadie para escucharlo, &#191;hace ruido?&#187;. S&#233; que si muri&#233;ramos ac&#225;, nadie nos escuchar&#237;a.</p><p>Caminamos r&#225;pido, estamos transpirando aunque la temperatura est&#233; varios grados por debajo del cero. Llegamos a un portero el&#233;ctrico gigante, lleno de n&#250;meros y letras y no hay ning&#250;n departamento 129A. Puteo todo lo que s&#233; putear. Los nervios me visitan otra vez. Miro a lo lejos y veo una torre m&#225;s. Tiene que ser ah&#237;. Corremos. Cada uno lleva m&#225;s de treinta kilos de equipaje y varias hora sin dormir encima. Cuando estamos frente al portero, toco insistente el 129A. Cuatro timbrazos cortos y punzantes. Taca taca taca taca. Silencio, miedo, nerviosismo. Hasta que suena una chicharra.</p><p style="text-align: center;">***</p><p>La puerta del edificio de Didier se abre desde adentro. Un sonido anuncia que el portero el&#233;ctrico ha destrabado la cerradura y que, apenas empujando, estaremos del lado de adentro, seguros y c&#225;lidos, lejos de todo peligro y con un ba&#241;o caliente a nuestro alcance. Que podremos tomar unos cuantos vasos de agua fr&#237;a y que nos reiremos de todo lo que no fue en este d&#237;a en que la cat&#225;strofe nos pis&#243; las huellas desde temprano.</p><p>Empujo la puerta y entramos. Es un milagro. Hay una suerte de hall de hotel de ruta yankee de los a&#241;os setenta con un &#250;nico foco colgando del techo. Se escucha una voz desde alg&#250;n piso m&#225;s arriba: &#171;Es por aqu&#237;, hermano&#187;. Subimos por la escalera, no vemos ascensor, no queremos preguntar. No queremos m&#225;s sorpresas. Uno, dos, diez, cincuenta escalones y, finalmente, estamos dentro del departamento de Didier.</p><p>Nos recibe un hombre bajito, muy orejudo, con la piel algo oscura, pero no negra. Como alguien que trabaja al sol y tiene la piel curtida. Lleva un jogging gris que le queda largo, una remera blanca y est&#225; descalzo. La forma de sus dedos de los pies es m&#225;s extra&#241;a que la de sus orejas. Nada me interesa m&#225;s que dormir. Nos saludamos y comenzamos con la rutina. Dejo el equipaje arriba de una alfombra en el living. Est&#225; empapado por la nieve, advierto, pero no parece importarle. Nos ofrece un juego de llaves, la contrase&#241;a de internet y un mapa con actividades para hacer durante la semana. Y se va a dormir sin m&#225;s. &#171;No aclar&#233; en la web de aer be ene be que soy de Colombia por todos los prejuicios que hay, &#191;entienden?&#187;, detall&#243; Didier. Y la verdad que no, no entend&#237;amos. &#171;Aprovechen&#187;, sugiri&#243; y se fue.</p><p>Camino algunos pasos. Noto que el departamento no se parece mucho a las fotos que vi al reservar. Pienso en una cita a ciegas: fuimos enga&#241;ados por la mejor foto y ahora estamos enfrentando la realidad. Al desconcierto lo acompa&#241;a un olor picante indescriptible que no conoc&#237;a ni s&#233; explicar, pero que podr&#237;a reconocer hasta el &#250;ltimo de mis d&#237;as.</p><p>Una vez en la habitaci&#243;n, nos miramos a los ojos y nos abrazamos con Ro. No es un abrazo presexual ni de amor id&#237;lico ni de festejo. Es un abrazo de dos personas que sobrevivieron, que no pueden hacer m&#225;s que dar un &#250;ltimo empuj&#243;n para desvestirse y dormir algunas horas hasta que todo lo que vivieron haya quedado en la memoria.</p><p>Empiezo a desvestirme. Cuando me saco la segunda zapatilla ya son las cuatro y diez de la madrugada. Conectamos los tel&#233;fonos a la red wifi que nos pas&#243; Didier y ella avis&#243; que hab&#237;amos llegamos bien a Holanda. Yo iba a hacer lo mismo, pero se me dio por googlear el barrio en el que est&#225;bamos parando para poder decir, en voz alta y aliviada, &#171;&#225;rabe hijo de mil putas&#187;, o algo por el estilo.</p><p>Pero no.</p><p>Iba a escribir Hogevecht y buscar, pero se me da por googlear el nombre de mi anfitri&#243;n. Leo algunos resultados y miro a los ojos a Ro:</p><p>&#8212;Tenemos que irnos. Ya.</p><p>El tercer sitio en la lista de los 10 primeros resultados corresponde a una noticia de un diario de Colombia titulada: &#171;La lentitud desdibuja el proceso de justicia y paz&#187;. Es del 8 de enero de 2013, no han pasado ni quince d&#237;as todav&#237;a, y da cuenta all&#237; de que mi anfitri&#243;n, al cual apodan &#171;MacGiver&#187;, est&#225; acusado de haber cometido asesinato en noviembre pasado. Se me desdibuja la cara. La guarida se convirti&#243; en calvario. Tengo que estar fuera. Quiero atravesar el sendero desbordado de nieve, quiero sentir el miedo de afuera, porque este es peor.</p><p>Abro la ventana. Da a una autopista que parece una General Paz del futuro, por la que no pasa ning&#250;n auto. Ninguno. No hay nadie despierto en toda Holanda, intuyo. Estoy en un segundo piso. Le explico a mi mujer en 45 segundos las nociones b&#225;sicas para escaparse de un lugar. Las aprend&#237; viendo cine:</p><p>&#8212;Hay que rajar de ac&#225;. Baj&#225; por la escalerita de incendio y atr&#225;s tuyo salgo yo.</p><p>Entramos en p&#225;nico. Ella me mira, quiere llorar, gritar y morirse, quiz&#225;s en otro orden, pero me hace caso. Se vuelve a vestir, la ropa h&#250;meda sobre la empapada, el efecto inverso al desnudo. Por suerte el ventanal es amplio. Deslizo suavemente una hoja de la ventana &#8212;doble vidrio, obligatorio por estas zonas&#8212; y ella sale. Asoma su cuerpo, est&#225; afuera. Le paso mi mochila, la suya, mi bolso de mano, el suyo; las mochilas peque&#241;as. Tenemos todo el equipaje afuera. Estamos temblando de fr&#237;o, de terror y de ira. Paso mi metro ochenta y siete para el otro lado de la ventana y comenzamos a bajar en puntitas de pie. La necesidad de correr cuando no hay que hacer ruido se incrementa con cada paso. Es imposible no desear correr, pero lo evitamos. Nos miramos y cruzamos algunas ideas con la mirada: &#171;&#191;Por qu&#233; mierda nos pasa esto? &#161;Estamos a 17 mil kil&#243;metros de casa! Si nos matan ac&#225; no se entera nadie&#187;, cosas que uno se dice con la mirada.</p><p>Hasta que, finalmente, llegamos al suelo. Caminamos por la nieve, tengo todo el cuerpo helado y ella me mira sin fuerzas. Retrocedo, le doy la mano y la ayudo a salir de un escal&#243;n de hielo. Me hubiese gustado sonre&#237;rle &#8212;pienso ahora&#8212;, pero estaba ocupado intentando que ninguno muera. Vamos por la autopista. A lo lejos hay luces. Podr&#237;a ser una gomer&#237;a, una pancher&#237;a, un cabaret. Algo. Necesito que haya gente viva a la cual gritarle: &#171;&#161;Sacame de ac&#225;, estoy parando en la casa de un asesino!&#187;. Pero no hay un alma, solo una estaci&#243;n de servicio de esas que uno se sirve solo: vas, te llev&#225;s la cantidad de nafta que quieras y pag&#225;s con tarjeta a una m&#225;quina. No hay playeros dormitando tapados con gorritas de Shell manchadas con aceite ni nada parecido.</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!M_5F!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fe95d327a-52f7-4a69-801a-6fab06533827_1536x1024.png" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!M_5F!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_424, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, /__u/nachomerlo.substack.com/f_webp, /__u/nachomerlo.substack.com/q_auto:good, /__u/nachomerlo.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fe95d327a-52f7-4a69-801a-6fab06533827_1536x1024.png 424w, /__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!M_5F!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_848, 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Parece un Peugeot. Se abre una puerta de atr&#225;s, baja una mujer corpulenta semi desnuda, una puta holandesa que camina rapidito entre el fr&#237;o y los pasillitos angostos de Hogevecht. El auto, totalmente negro &#8212;pintura negra, vidrios negros&#8212;, empieza a encarar para nuestro lado. Tiene una luz rojiza en el techo con un letrero en idioma universal: Taxi. Lo llamo. Le grito, le chiflo, le hago gestos. Estoy desbordado. El auto, que se mov&#237;a despacio, me hace una se&#241;al inequ&#237;voca de salvaci&#243;n: las luces de stop se encienden fuerte en la penumbra nevada de Holanda y empiezan a parpadear las balizas. Corremos hasta &#233;l. Le pregunto si me puede llevar al centro de la ciudad. No s&#233; cu&#225;nto me va a salir el viaje, ni cu&#225;n lejos estoy. Nada me importa. Me dice que s&#237;, que por 45 euros me puede llevar a un hotel en el centro de la ciudad. Empujo &#8212;literalmente&#8212; a Ro dentro del taxi, asiento trasero, mochila gigantesca a sus espaldas, jadeos y mucha nieve, y me subo adelante. Cierro la puerta y cuando la cerradura electr&#243;nica bloquea las cuatro puertas del Peugeot 307 siento que dios, al&#225; o ambos, me desataron el nudo del cord&#243;n umbilical, me dieron la inyecci&#243;n a tiempo, cambiaron a rojo la luz del auto que iba a matarme en la esquina pr&#243;xima, me queda una oportunidad nueva de hacer una vida nueva. Le pregunto al chofer c&#243;mo se llama: &#171;Mikki&#187;, me dice mostrando una sonrisa blanqu&#237;sima. Y agrega: &#171;&#191;Te sigue alguien? &#191;Te quieren matar?&#187;, en un ingl&#233;s r&#250;stico y comprensible, con una naturaleza que me hace pensar que pueda ser c&#243;mplice. Pero elijo confiar. &#171;Algo as&#237;, algo as&#237;&#187;, le explico mientras empiezo a recuperar el aliento. Y agrega: &#171;Ah&#237; puedes comprar un Kalashnikov si quiseras&#187;, y entonces, reci&#233;n entonces, entiendo todo.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Los putos]]></title><description><![CDATA[&#191;A d&#243;nde est&#225; la libertad?]]></description><link>https://nachomerlo.substack.com/p/los-putos</link><guid isPermaLink="false">https://nachomerlo.substack.com/p/los-putos</guid><dc:creator><![CDATA[Nacho Merlo]]></dc:creator><pubDate>Wed, 18 Mar 2026 21:31:59 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!J6c9!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fc30068b9-f52e-4162-bbf5-6de66eb17b56_1536x1024.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<div><hr></div><p>Los conoc&#237; cuando vine a vivir a Buenos Aires. Yo era un nenito de doce que hab&#237;a llegado desde un pueblito del interior y hab&#237;a descubierto de golpe que su pap&#225; no era muy h&#225;bil con la pedagog&#237;a.</p><p>&#8212;La semana que viene empez&#225;s en la ENET. No te van a dejar entrar con el pelo as&#237; &#8212;me advirti&#243; y puso cara de verg&#252;enza y asco mientras me miraba&#8212;. As&#237; que busc&#225; una peluquer&#237;a y cortate el pelo, parec&#233;s un maric&#243;n.</p><p>&#171;Ahora vengo, voy a los putos&#187;, avisaba en mi casa mientras sal&#237;a con el pelo largo. Despu&#233;s, al rato, volv&#237;a con el pelo corto y nadie me preguntaba nada: ni d&#243;nde hab&#237;a estado, ni qui&#233;n me hab&#237;a cortado. Nada. Quiz&#225;s ni se daban cuenta.</p><p style="text-align: center;">***</p><p>Desde que lo conozco &#8212;incluso en fotos anteriores a mi nacimiento&#8212;, mi viejo siempre tuvo bigote policial, el pelo recortado siempre con el mismo largo y una disciplina samur&#225;i para cualquier cosa que requiera habitualidad y metodolog&#237;a. Y la flexibilidad emocional de un gris&#237;n.</p><p>Las rutinas familiares eran innegociables: los s&#225;bados a la noche cen&#225;bamos siempre pizza, los domingos &#237;bamos al supermercado, cada tercer mi&#233;rcoles del mes lav&#225;bamos el auto, domingos por medio &#237;bamos a pescar &#8212;antes de ir al supermercado&#8212;, un viernes al mes tom&#225;bamos helado y cada vez que cobraba el aguinaldo cen&#225;bamos afuera. Siempre fue met&#243;dico mi viejo. Pero en sus propias rutinas, las que no requer&#237;an congeniar con el resto de la familia, era peor.</p><p>En cada cambio de estaci&#243;n hac&#237;a los arreglos del auto: alineaci&#243;n y balanceo cuando llegaba el verano, cambio de aceite en primavera, cambio de buj&#237;as en invierno y prueba hidr&#225;ulica del tanque de gas en oto&#241;o. En su cumplea&#241;os, un chequeo general. &#171;Sangre y pis, como todos los a&#241;os&#187;, repet&#237;a los once de julio.</p><p>&#8212;Las rutinas son para respetarlas &#8212;dec&#237;a y dice mi viejo, prisionero de sus propias normas.</p><p>Sin ir m&#225;s lejos, compartimos una comida hace algunos d&#237;as en la que llegu&#233; de imprevisto a su casa y me dijo que pensaba cocinar fideos, pero que estaba enculado porque no pod&#237;a permitirse abrir un paquete de tallarines: todav&#237;a ten&#237;a abierto otro de fideos guiseros.</p><p style="text-align: center;">***</p><p>Buenos Aires se presentaba dif&#237;cil para m&#237;. Hac&#237;a un mes y pico que hab&#237;a vuelto y ten&#237;a dos semanas para acostumbrarme a tomar colectivos con distintos n&#250;meros y letras. Los primeros d&#237;as quisieron robarme varias veces, vi nenes de mi edad fumando o agarr&#225;ndose a trompadas en la calle, escuch&#233; gritos como nunca en mis doce a&#241;os de inocencia pueblerina y vi, tambi&#233;n, un cartel gigante que dec&#237;a en letras de molde: &#171;Hadad - Sal&#243;n masculino&#187;.</p><p>Nunca supe y tampoco s&#233; ahora por qu&#233; le dicen sal&#243;n masculino a una peluquer&#237;a. Pero me acerqu&#233; y vi que hab&#237;a unas tijeras cruzadas y un precio escrito en una pizarra: &#171;Corte caballero 2 pesos&#187;. Y yo no era un caballero, pero no hab&#237;a corte para nenes o adolescentes o lo que fuera que fuese yo en ese momento. Pero como ten&#237;a los dos pesos en el bolsillo, entr&#233;.</p><p>&#8212;Hola, &#191;me pod&#233;s cortar el pelo? &#8212;dije con acento de pueblo.</p><p>Me atendi&#243; Alberto. No sab&#237;a su nombre pero lo supe casi enseguida. Me salud&#243; con un beso, me dijo que me pusiera c&#243;modo y empez&#243; a recorrer el final de mi cabellera con una de sus manos mientras me preguntaba c&#243;mo quer&#237;a cortarme.</p><p>&#8212;&#191;Qu&#233;? Yo no soy peluquero &#8212;contest&#233;.</p><p style="text-align: center;">***</p><p>Todos los a&#241;os anteriores al d&#237;a que descubr&#237; a los putos me cort&#233; de Dorita, una se&#241;ora sencilla que hab&#237;a montado una peluquer&#237;a espantosa en la que hab&#237;a sido la habitaci&#243;n de su hijo mayor, despu&#233;s de haber dejado el pueblo para emigrar a estudiar en la ciudad. Todos pas&#225;bamos por lo de Dorita. Incluso, hubo una &#233;poca en que el pueblo entero ten&#237;a los mismos rasgos. Viejos, do&#241;as, nenes chiquitos y no s&#233; si no se animaba a alguna mascota, todos con el mismo corte de pelo.</p><p>La &#250;ltima vez que me cort&#233; de Dorita fue la m&#225;s humillante.</p><p>Promediaba quinto grado y Milka, la se&#241;orita con el nombre m&#225;s dulce y el peor humor que conoc&#237; en mi vida, entr&#243; al aula a los gritos y nos orden&#243;, trag&#225;ndose las eses:</p><p>&#8212;Lo&#8217; varone&#8217; hacen una fila ac&#225;; la&#8217; nena&#8217; otra fila all&#225;.</p><p>Y empez&#243; a pasar por cada banco buscando piojos con precisi&#243;n fascista. Yo estaba convencido de que Milka disfrutaba cada vez que enganchaba a alguno pose&#237;do por una colonia de liendres. Y cuando me toc&#243; a m&#237;, puso el grito en el cielo: &#171;Piojos, liendres, caspa, seborrea&#8230; y encima es hincha de boca&#187;, dijo y todos se rieron a carcajadas. Me dijo que fuera a direcci&#243;n a firmar el libro de mala conducta y que llamaran a mi mam&#225; para que me viniese a buscar.</p><p>En esa &#233;poca cualquier situaci&#243;n se contaba con verg&#252;enza: &#171;&#191;Viste fulano? Va a tener otro hijo, no digas nada&#187;; &#171;&#191;Te enteraste? Los padres de mengano se separaron, una tragedia&#187;; &#171;&#191;Vos sab&#233;s guardar un secreto? Nacho tiene piojos, pobrecito&#187;.</p><p>Llegu&#233; a casa y me encerr&#233; en la pieza. No quer&#237;a hablar con nadie: ten&#237;a la necesidad de procesar mi enfermedad. Hac&#237;a poco hab&#237;a muerto Jerem&#237;as, uno de mis mejores amigos de la infancia. Ten&#237;a 8 a&#241;os y se lo comi&#243; de un bocado una leucemia fulminante. Y ahora yo ten&#237;a pediculosis, seg&#250;n dec&#237;a la caja del nopucid y estaba cagado en las patas. Tom&#233; impulso al rato y, con los ojos bord&#243; llorar, sal&#237; y encar&#233; la situaci&#243;n:</p><p>&#8212;Me voy de Dorita a que me corte el pelo &#8212;avis&#233; y me fui casi sin saludar, yendo a buscar la cura de mi desgracia.</p><p>En esa &#233;poca, en ese punto geogr&#225;fico y en ese momento hist&#243;rico, cualquier nene de 10 a&#241;os caminaba solo por cualquier calle. Llegu&#233; a lo de Dorita como tantas veces y me salud&#243; con un beso; yo no pod&#237;a mirarla a los ojos.</p><p>&#8212;&#191;Qu&#233; pasa, remolino? &#8212;me dijo.</p><p>Me hab&#237;a bautizado as&#237; la primera vez que fui, dec&#237;a que ten&#237;a un remolino izquierdo, una cosa que ahora que tengo m&#225;s de cuarenta tampoco s&#233; qu&#233; es, pero parece que no te pod&#233;s peinar bien para un lado, pero para el otro s&#237;.</p><p>&#8212;Nada. Estoy enfermo. Tengo pediculosis.</p><p>Dorita se empez&#243; a cagar de la risa y volvi&#243; con la m&#225;quina para pelarme.</p><p>Sal&#237; como un kiwi. Apenas unos pelitos me dej&#243;; la suavidad de un cachorrito ten&#237;a. Llegu&#233; a mi casa casi al mismo momento que mi viejo, que vendr&#237;a de jugar al paddle como todos los martes.</p><p>&#8212;&#191;Te gusta c&#243;mo me queda?</p><p>&#8212;Parec&#233;s una Renault fuego con las puertas abiertas &#8212;dijo mientras se tocaba las orejas y me se&#241;alaba con la nariz.</p><p style="text-align: center;">***</p><p>Ahora estaba en manos de Alberto que insist&#237;a.</p><p>&#8212;Claro, nene, &#191;c&#243;mo te corto? &#161;Ay, Toni, me pregunta a m&#237; c&#243;mo le corto a &#233;l! &#8212;y movi&#243; la mano con ese gesto universal que se us&#243; en todas las representaciones por intentar contar la actitud de un hombre homosexual durante los a&#241;os noventa y hasta principios de dos mil, cuando empezamos a evolucionar.</p><p>&#8212;Cortame corto &#8212;le ped&#237;.</p><p>Yo nunca hab&#237;a visto un puto de cerca, con la honrosa excepci&#243;n de la Boris, un personaje marginal que creci&#243; en el mismo pueblo que yo y que pululaba por las casas pidiendo ropa vieja y, aprovech&#225;ndose de la situaci&#243;n, algunos vecinos le daban prendas definitivamente masculinas con tal de joderle la vida.</p><p>Pero la Boris iba al frente: se agarraba a pi&#241;as, puteaba, pateaba puertas y escup&#237;a caras cada vez que alguien intentaba pasarla por encima. Se paseaba por las calles y por los bares de mi pueblo con un novio pelado y bajito de voz finita. Se abr&#237;an paso, se constru&#237;an, entiendo ahora.</p><p>Pero Alberto era un puto diferente a todo lo que yo conoc&#237;a del tema. Era hombre, se mov&#237;a como hombre, ten&#237;a fisonom&#237;a de hombre, pero hablaba exageradamente como una mujer. Era una caricatura de las caricaturas que la sociedad hac&#237;a &#8212;y hace, seamos sensatos&#8212; puertas adentro o en cualquier asado. Me mir&#243; dos segundos, se llev&#243; la mano al ment&#243;n, hizo pucherito y me interrumpi&#243;:</p><p>&#8212;&#191;Quer&#233;s que te lave?</p><p>Yo nunca me hab&#237;a lavado el pelo en una peluquer&#237;a y dije que s&#237; casi sin dudarlo, con la inocencia que se forma cuando en un mismo cuerpo hay curiosidad e infancia.</p><p>&#8212;&#161;Tony! &#161;Ton! &#191;&#161;Ton?! &#161;Ay, puta madre, siempre con la <em>music</em>, este! &#161;&#161;&#161;Tony!!!</p><p>Del fondo apareci&#243; Tony, sec&#225;ndose las manos sobre un delantal. Estaba marginado a la tintura de se&#241;oras muy gordas y muy viejas que estaban al final del sal&#243;n, fumando y leyendo adentro de esos tambores gigantes para secarse el pelo.</p><p>&#8212;Lavale el pelo al cachorrito este &#8212;orden&#243; y lo mir&#243; por el espejo.</p><p>Yo no sab&#237;a ni sospechaba nada: era una excentricidad, como estar en una casa donde se habla otro idioma, se profesa otra religi&#243;n o se escucha otra m&#250;sica. Nada m&#225;s.</p><p>Despu&#233;s volv&#237; a Alberto que empez&#243; a cortarme. Ca&#237;an a borbotones las matas de pelo negro sobre el suelo color t&#233; con leche de la peluquer&#237;a. Cuando termin&#243;, saqu&#233; los dos pesos del bolsillo para pagarle y me dijo que no, que yo no era un caballero. Era un peque&#241;o <em>gentleman</em>. Eso dijo. Yo no lo entend&#237; y no hubiese podido contar esta historia hasta bastante entrado en a&#241;os, porque pens&#233; que me hab&#237;a querido decir algo referido a la tonada campechana que me acompa&#241;aba entonces.</p><p>Peque&#241;o gentleman.</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!J6c9!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fc30068b9-f52e-4162-bbf5-6de66eb17b56_1536x1024.png" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!J6c9!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_424, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, /__u/nachomerlo.substack.com/f_webp, /__u/nachomerlo.substack.com/q_auto:good, 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Desde Dorita que no ten&#237;a peluquero fijo y ahora se hab&#237;a entablado un v&#237;nculo. En mi casa no entend&#237;an del todo por qu&#233; me cortaba ah&#237; y yo siento que tampoco lo supe bien, pero me sent&#237;a c&#243;modo sin tener que explicar c&#243;mo cortarme. Entraba, qu&#233; hac&#233;s Alber, c&#243;mo va Toni, me sentaba, pagaba y me iba. Para peor, el pelo me crec&#237;a much&#237;simo, por lo que frecuentaba Hadad una vez por mes.</p><p>Despu&#233;s vinieron los a&#241;os imposibles, el <em>no future</em>, el mundo entero y&#233;ndose a la mierda, la oscuridad, esa &#233;poca que qued&#243; justo en el medio entre la ca&#237;da de diversi&#243;n del Sega y la llegada de la Playstation. Y con mis amigos nos agarr&#243; curiosidad por pintarnos el pelo de colores. En mi casa, donde siempre fui amo y se&#241;or, empezaron a mirarme mal. Ya no alcanzaba con tener el bolet&#237;n perfecto. Hab&#237;a llegado al momento de los tatuajes, los aros y, ahora, los pelos de color azul, verde, rojo o lo que fuere. La &#250;nica forma que conozco de haber pasado la adolescencia en manos del neoliberalismo de los a&#241;os noventa en Argentina es agarr&#225;ndose a trompadas contra todos los l&#237;mites. Y yo me peleaba d&#237;a por medio.</p><p>&#8212;&#191;A d&#243;nde vas ahora? &#8212;protest&#243; mi vieja cuando me vio salir de nuevo, diez minutos despu&#233;s de haber llegado del colegio.</p><p>&#8212;A los putos, me voy a te&#241;ir de verde.</p><p>Y me fui de un portazo. La escuchaba desde afuera decir no s&#233; qu&#233; cosa, que el sida, que no s&#233; qu&#233; cosa, pero yo ya estaba en otra. Pas&#233; a buscar a Diego, mi mejor amigo y c&#243;mplice de peluquer&#237;a para entonces, y con determinaci&#243;n le hice una invitaci&#243;n:</p><p>&#8212;&#191;Vamos a los putos a te&#241;irnos de colores?</p><p>Sin terminar la palabra <em>colores</em>, Diego ya estaba del lado de afuera de su casa. Hasta all&#225; nos fuimos.</p><p>Mientras Alberto me sacaba los pelos para afuera de una gorra de latex, Toni preparaba la mezcla para pintarme de colores. Primero yo, despu&#233;s Diego. Iba a ser una tarde larga: hacer color lleva horas.</p><p>&#8212;&#191;Sab&#233;s qui&#233;n se casa? &#8212;le dijo Alberto a Toni por el espejo.</p><p>Toni lo mir&#243; con cierto desgano; estaba exageradamente flaco y todos sospech&#225;bamos que ten&#237;a sida.</p><p>&#8212;No s&#233;, Alber. &#191;Qui&#233;n? <br>&#8212;&#161;Ay, no! &#161;No! &#161;Te mor&#237;s! &#161;Se casa La Gorda!</p><p>Toni revivi&#243; como una flor que recibe las gotas de riego justo antes de la sequ&#237;a fatal. Le brillaban los ojitos, los ve&#237;a a trav&#233;s del espejo. Fue hasta el fondo y volvi&#243; con una botella de champagne para brindar. Mi cabeza pas&#243; a cuarto plano, pero la est&#225;bamos pasando bien. Era una especie de caf&#233; concert al precio de un corte de pelo.</p><p>&#8212;&#161;Pero par&#225;, necesitamos organizarle una fiesta a La Gorda!</p><p style="text-align: center;">***</p><p>Esta es la &#250;ltima vez que Alberto me va a cortar el pelo pero yo todav&#237;a no lo s&#233;. &#191;Por qu&#233; nunca sabemos cu&#225;ndo son las &#250;ltimas veces de algo? Me corta, me masajea el cuero cabelludo, me reta por haber tardado m&#225;s de tres meses en ir. Mientras, Diego espera su turno sentado a mis espaldas. La joda de ir a los putos se hab&#237;a vuelto h&#225;bito. Nos gustaba c&#243;mo nos cortaban, nos parec&#237;a totalmente desprejuiciado ir y no ten&#237;amos ning&#250;n rollo. Y mientras peina y saca pelo, se abre la puerta.</p><p>&#8212;&#161;Al&#243;! &#191;Hay alguien ac&#225; que atienda?</p><p>&#8212;&#161;&#191;Gorda?! &#161;&#191;Gordita?! &#161;&#161;Gorda!! &#161;Toni, vino La Gorda!</p><p>La gorda era un se&#241;or de unos 58 a&#241;os, pelado, l&#243;gicamente gordo, vestido con un jardinero y una remera violeta visiblemente importada que &#8212;me enter&#233; en los primeros tres minutos de charla&#8212; viv&#237;a en Fort Lauderdale, era agente de <em>real estate</em> y hab&#237;a llegado de sorpresa a Argentina para casarse.</p><p>&#8212;Termino de cortarle al peque&#241;o gentleman &#8212;me hab&#237;a quedado el mote&#8212; y estoy con vos, gordita.</p><p>Alberto estaba radiante. Nunca lo hab&#237;a visto as&#237; en todos los a&#241;os en que fue mi peluquero. Mientras me cortaba, sin prestar atenci&#243;n, miraba a Toni y a La Gorda por el espejo y les hablaba, les contaba de una galer&#237;a de arte que hab&#237;a descubierto, de no s&#233; tal o cu&#225;l boliche nuevo y en un momento, como quien recuerda una boleta a punto de vencerse, abri&#243; los ojos.</p><p>&#8212;&#161;La fiesta! &#161;Tenemos que organizar la despedida, Toni!</p><p>Toni asinti&#243; con la cabeza y sigui&#243; conversando con La Gorda, pero Alberto ya no pod&#237;a pensar en otra cosa. Me mir&#243; a trav&#233;s del espejo y, sin dudarlo, me pregunt&#243;:</p><p>&#8212;&#191;Vos no conoc&#233;s a nadie que quiera animar una fiestita para La Gorda? &#8212;dijo y con los ojos y las cejas se&#241;al&#243; a Diego, el m&#225;s lindo de mi grupo de amigos, el que siempre tuvo la conquista resuelta: sano, deportista, hegem&#243;nico, sim&#233;trico&#8212;. Tengo cinco mil pesos.</p><p>Yo no hab&#237;a visto nunca cinco mil pesos. Nadie hab&#237;a visto nunca cinco mil pesos en mi entorno. Con cinco mil pesos una familia pod&#237;a vivir un a&#241;o. Con Diego nos empezamos a re&#237;r de la broma de Alberto y &#233;l se ofusc&#243;. Dijo que era en serio. Que hac&#237;a mucho que quer&#237;a proponernos hacer algo, que no todo era peluquer&#237;a y colores en el pelo, que ya &#233;ramos grandes, que no pod&#237;a ser que no habl&#225;ramos nunca en serio, que quer&#237;a hacerlo ahora porque Toni ya no estaba bien, que pens&#243; que &#233;ramos sus amigos, que los amigos no tienen edad, que yo no era ning&#250;n peque&#241;o gentleman, sino que era un pelotudo que se hab&#237;a re&#237;do de sus sentimientos, que pens&#243; que por primera vez pod&#237;a hacer amigos que no fueran <em>como &#233;l</em> sin ser juzgado y se larg&#243; a llorar con melodrama de novela y se encerr&#243; en el ba&#241;o con Toni.</p><p>Yo me qued&#233; sentado en el sill&#243;n imp&#225;vido, con la mitad de la cabeza con el pelo cortado y la otra mitad abandonada a la suerte.</p><p>Pasaron los minutos, pero ni Toni ni Alberto volvieron a aparecer. La Gorda les daba &#225;nimos desde el otro lado de la puerta. Supe que los d&#237;as en los putos hab&#237;an terminado, as&#237; que saqu&#233; &#8212;esta vez s&#237;&#8212; dos pesos del bolsillo de mi jean y los dej&#233; sobre el mostrador. Y nos fuimos.</p><p style="text-align: center;">***</p><p>Al poco tiempo vi el cartel de alquiler. Hadad hab&#237;a cerrado; de Alberto y de Toni no supe nada por muchos a&#241;os. Algunos rumores me hicieron llegar la informaci&#243;n m&#225;s tarde: se hab&#237;an mudado a Miami y se prometieron amor eterno en el casamiento de La Gorda. &#171;Hasta que la muerte nos separe&#187;, dijo Alberto y Toni asinti&#243;, consciente de que estaba a la vuelta de la esquina.</p><p>Desde aquella vez en la que ya no volv&#237;, ando por la vida sin peluquero. Me corto en cualquier lugar con un asiento libre, en cualquier momento, en cualquier pueblo. Pas&#233; por maestros peluqueros y barberos modernos a los que todav&#237;a nunca les hab&#237;a crecido la barba. Me cortaron bien, mal y peor. De vez en cuando abro alguna puerta al azar en alg&#250;n lugar cualquiera que tenga un cartelito que diga sal&#243;n masculino. Y nunca, pero nunca, al otro lado est&#225;n ni Alberto, ni Toni, ni su m&#250;sica. Entonces me siento, me preguntan c&#243;mo quiero cortarme y siempre respondo lo mismo: &#171;Como quieras, yo no soy peluquero&#187;.</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!TQS5!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F8bda7cc5-bfa1-4b19-bcde-e5cd875e9a8d_1200x1200.png" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!TQS5!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_424, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, /__u/nachomerlo.substack.com/f_webp, /__u/nachomerlo.substack.com/q_auto:good, /__u/nachomerlo.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F8bda7cc5-bfa1-4b19-bcde-e5cd875e9a8d_1200x1200.png 424w, /__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!TQS5!, 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Lo public&#243; Orsai, el pr&#243;logo lo escribi&#243; <strong>Hern&#225;n Casciari</strong> y lo mando autografiado a cualquier rinc&#243;n del universo, por m&#225;s lejano que parezca.</figcaption></figure></div><p class="button-wrapper" data-attrs="{&quot;url&quot;:&quot;https://tienda.orsai.org/products/quemarse-vivo&quot;,&quot;text&quot;:&quot;Comprar&quot;,&quot;action&quot;:null,&quot;class&quot;:null}" data-component-name="ButtonCreateButton"><a class="button primary" href="https://tienda.orsai.org/products/quemarse-vivo"><span>Comprar</span></a></p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[«La paz de la ignorancia», mi nuevo libro de cuentos]]></title><description><![CDATA[En junio Orsai publica &#171;La paz de la ignorancia&#187;, mi nuevo libro, una antolog&#237;a de cuentos que caminan alrededor de las otras historas: las que pasan por el margen o cuando todos est&#225;n distra&#237;dos mirando la escena.]]></description><link>https://nachomerlo.substack.com/p/actores-de-reparto-mi-segundo-libro</link><guid isPermaLink="false">https://nachomerlo.substack.com/p/actores-de-reparto-mi-segundo-libro</guid><dc:creator><![CDATA[Nacho Merlo]]></dc:creator><pubDate>Sat, 14 Mar 2026 10:48:23 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!CrDN!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F86c58c87-14b6-4095-ba7b-d31656f06da0_5781x3249.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>En junio <strong>Orsai</strong> publica &#171;La paz de la ignorancia&#187;, mi nuevo libro, una antolog&#237;a de cuentos que caminan alrededor de las otras historas: las que pasan por el margen o cuando todos est&#225;n distra&#237;dos mirando la escena. </p><p>Se consigue en <strong><a href="https://tienda.orsai.org/products/actores-de-reparto">tienda.orsai.org</a></strong>, con env&#237;o a todo el planeta. Y, durante la preventa, hay <strong>10% de descuento con el c&#243;digo NM </strong>y si compr&#225;s en preventa aparecer&#225;s en los agradecimientos del libro, por hacerlo posible.</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="https://tienda.orsai.org/products/la-paz-de-la-ignorancia" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!CrDN!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_424, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, /__u/nachomerlo.substack.com/f_webp, /__u/nachomerlo.substack.com/q_auto:good, /__u/nachomerlo.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F86c58c87-14b6-4095-ba7b-d31656f06da0_5781x3249.jpeg 424w, /__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!CrDN!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_848, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, /__u/nachomerlo.substack.com/f_webp, 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xmlns="http://www.w3.org/2000/svg"><g><path d="M2.53001 7.81595C3.49179 4.73911 6.43281 2.5 9.91173 2.5C13.1684 2.5 15.9537 4.46214 17.0852 7.23684L17.6179 8.67647M17.6179 8.67647L18.5002 4.26471M17.6179 8.67647L13.6473 6.91176M17.4995 12.1841C16.5378 15.2609 13.5967 17.5 10.1178 17.5C6.86118 17.5 4.07589 15.5379 2.94432 12.7632L2.41165 11.3235M2.41165 11.3235L1.5293 15.7353M2.41165 11.3235L6.38224 13.0882"></path></g></svg></button><button tabindex="0" type="button" class="pencraft pc-reset pencraft icon-container view-image"><svg xmlns="http://www.w3.org/2000/svg" width="20" height="20" viewBox="0 0 24 24" fill="none" stroke="currentColor" stroke-width="2" stroke-linecap="round" stroke-linejoin="round" class="lucide lucide-maximize2 lucide-maximize-2"><polyline points="15 3 21 3 21 9"></polyline><polyline points="9 21 3 21 3 15"></polyline><line x1="21" x2="14" y1="3" y2="10"></line><line x1="3" x2="10" y1="21" y2="14"></line></svg></button></div></div></div></a></figure></div>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[El año está perdido]]></title><description><![CDATA[Ayer fui a un mercadito por ac&#225; a comprar 760 millones de cosas y cuando estaba por pagar veo que hab&#237;a Chascom&#250;s (as&#237; le dice Agus a los chasqui boom) y estrellitas.]]></description><link>https://nachomerlo.substack.com/p/el-ano-esta-perdido</link><guid isPermaLink="false">https://nachomerlo.substack.com/p/el-ano-esta-perdido</guid><dc:creator><![CDATA[Nacho Merlo]]></dc:creator><pubDate>Thu, 01 Jan 2026 20:03:00 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!iLGP!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Ff25a8917-2179-40d5-a1cd-abe55184c22b_400x400.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Ayer fui a un mercadito por ac&#225; a comprar 760 millones de cosas y cuando estaba por pagar veo que hab&#237;a Chascom&#250;s (as&#237; le dice Agus a los chasqui boom) y estrellitas. Pido 10 de cada.</p><p>&#8212;&#191;Estrellitas de cu&#225;les quer&#233;s? Ten&#233;s las comunes a 400 y las multicolor a 1000. </p><p>&#8212;... Y dame multicolor &#8212;dije, pensando que nunca hab&#237;a visto estrellitas multicolores y que ser&#237;a el mejor pap&#225; y t&#237;o del a&#241;o nuevo. </p><p>Volvemos de la playa, momento de encendido de estrellitas, y empiezo a hacerme el capo como el abuelo de los Simpsons contando la del limonero:</p><p>&#8212;...nah, porque yo tengo estrellitas multicolores...</p><p>Las empiezo a prender, una por una: eran cl&#225;sicas. Las de siempre, el mismo color amarillento triste desde 1980. </p><p>&#8212;Papi, &#191;vos pagaste los colores? &#8212;me delira Lupe. </p><p>Miro el paquete: estrellitas MARCA multicolor. Qued&#233; como un pelotudo. Hab&#237;an pasado 50 minutos y el a&#241;o ya era una cat&#225;strofe irremontable.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[El gordo remerita]]></title><description><![CDATA[Los traumas de la infancia duermen durante a&#241;os, ocultos en un VHS olvidado. Y ahora tuve la desgracia de encontrar el recuerdo.]]></description><link>https://nachomerlo.substack.com/p/el-gordo-remerita</link><guid isPermaLink="false">https://nachomerlo.substack.com/p/el-gordo-remerita</guid><dc:creator><![CDATA[Nacho Merlo]]></dc:creator><pubDate>Tue, 16 Dec 2025 11:22:01 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!LiJB!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F7da4719e-acd6-42c6-bd3d-6a40897f8cd2_2752x1536.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Cuando ten&#237;a seis a&#241;os me part&#237; el f&#233;mur en dos pedazos. &#161;Crack! Una ca&#237;da a destiempo en el verano cordob&#233;s. Pero esa es otra historia. Lo cierto es que desde aquella tarde de febrero en que me convert&#237; en un discapacitado temporal hasta el final de abril en el que cumplir&#237;a siete, pas&#233; todos mis d&#237;as y todas mis noches acostado en la cama de un sanatorio. Despu&#233;s vendr&#237;an el yeso, la rehabilitaci&#243;n&#8230; y en el medio de todo ese trastorno, mi cumplea&#241;os. Para peor, Alfons&#237;n mediante, mi viejo hab&#237;a tenido un buen a&#241;o y, entre la plata que se ahorr&#243; porque no pudimos vacacionar por mi culpa y alguna bicicleta financiera, lleg&#243; holgado a mi fiesta. </p><p>No lo sab&#237;a en ese momento, pero lo tengo clar&#237;simo ahora: el indicador de que ten&#237;amos alg&#250;n mango de m&#225;s eran los sanguchitos de miga. Solo la gente que ten&#237;a plata compraba sanguchitos de miga en los ochenta. Y en ese festejo m&#237;o en el que no pod&#237;a pararme, hab&#237;a sanguchitos de miga y coca cola. Nada de bizcochuelos de vainilla y jugo aguado. Y, como si fuera poco, el broche de oro: hab&#237;an contratado a un camar&#243;grafo para que filmara la fiesta. </p><p>Yo no sab&#237;a, pero un poco antes de que llegaran los primeros invitados, tocaron el timbre y a mi grito de &#8220;&#191;qui&#233;n es?&#8221;, desde mi lugar de postrado en el sill&#243;n marr&#243;n, le respondi&#243; una voz adulta: &#8220;Julio, el camar&#243;grafo&#8221;. No pod&#237;a caminar para avisar que se hab&#237;an equivocado, pero de la cocina apareci&#243; mi mam&#225;, sec&#225;ndose las manos en un delantal. Se acomod&#243; un poco los rulos &#8212;todas las madres de todos mis amigos hab&#237;an ca&#237;do en la secta de la permanente&#8212;, y atendi&#243; la puerta: &#8220;Pase, pase&#8221;, indic&#243;. </p><p>Fue la primera vez en mi vida que vi una c&#225;mara de video. Era un aparato colosal, con muchos cables, botones y casetes enormes que permit&#237;an grabar hasta dos horas de video, pero con una bater&#237;a duraba solo media hora. Aunque no entend&#237;a el porqu&#233;, sab&#237;a que ese se&#241;or ven&#237;a a registrar algo<em> </em>de lo que iba a ocurrir esa tarde. Pens&#233; que lo m&#225;s triste del d&#237;a ser&#237;a que no pod&#237;a pararme, pero estaba equivocado</p><div><hr></div><p>Era verano cuando encontr&#233; el casete. Tengo recuerdos confusos de los meses postrado y en todos esos recuerdos puedo caminar. Hay una parte de la historia que est&#225; mal armada en esos recuerdos. Si me aparece en la memoria un momento de los d&#237;as internado, tengo falsos recuerdos de ir al ba&#241;o caminando, algo imposible porque ten&#237;a la pierna partida a la mitad. Entonces desempolv&#233; una videocasetera y puse play.</p><p>El video de mi cumplea&#241;os de 1988 es desolador. Se ve a un nene con un bonete, claramente el cumplea&#241;ero, postrado en un sill&#243;n de pana marroncita, sin poder ponerse de pie porque tiene por delante meses de rehabilitaci&#243;n hasta poder caminar de nuevo. Y todos actuaban con una normalidad que no ten&#237;a sentido. Para peor, mi vieja hab&#237;a comprado una pi&#241;ata gigante, como si nada pasara. Siempre fue muy negadora la familia de mi vieja.</p><p>&#8212;&#191;C&#243;mo est&#225; el t&#237;o &#209;ato?</p><p>&#8212;Bien, le est&#225;n por dar el alta, no era nada al final.</p><p>&#8212;&#191;Alguna novedad del t&#237;o &#209;ato?</p><p>&#8212;Ay, es un milagro, volvi&#243; a caminar. Al final no era nada...</p><p>&#8212;&#191;Sigue bien el t&#237;o &#209;ato?</p><p>&#8212;Se muri&#243;. Ten&#237;a un c&#225;ncer que le comi&#243; hasta las pelusas.</p><p>Uno de los momentos m&#225;s tristes del video es cuando mi viejo acerca un poco el sill&#243;n en el que estoy postrado y lo pone abajo de la pi&#241;ata. Sin mirarme, como si fuese un adorno, se acerca y &#8212;como se hac&#237;a entonces&#8212; hace reventar el globo gigante con la lumbre de un Parliament que ten&#237;a colgando debajo del bigote. &#161;PUM!</p><p>Sigo viendo con curiosidad antropol&#243;gica: hay pedazos de esa vida que fue hace tantas que necesito reconstruir. Saber qu&#233; pas&#243; en 1988, d&#243;nde fueron mis recuerdos de ese a&#241;o, c&#243;mo hago para encontrar la punta de la madeja que desteja mis memorias.</p><p>Y ah&#237; est&#225; todo: el trauma que todo lo absorbi&#243;: mientras la pi&#241;ata explota y el camar&#243;grafo registra, yo quedo lejos como para agarrar alguna sorpresa y me abalanzo m&#225;s de lo que debo. No ten&#237;a ning&#250;n recuerdo de ese 23 de abril de 1988, pero ahora que se destrab&#243; con el video, todo aparece con claridad de epifan&#237;a.</p><p>Ah&#237; estoy, manoteando sin llegar, esperando una sorpresa pl&#225;stica que llueva del cielo de esa casa de la infancia en donde tuve que aprender a caminar de nuevo. Entonces, todo el cumplea&#241;os se pone en pausa y me dejan llegar, con ventaja, a ser el primero que agarre algo de la pi&#241;ata. Es una escena calcada a esas que ocurren cuando uno juega al f&#250;tbol contra su jefe o en un partido despedida, o post-rehabilitaci&#243;n de alguien que tuvo un ACV. Nadie quiere ser el malo y eso es exactamente lo que pasa con mis invitados. Me dejan ganar, me dejan elegir golosinas antes que nadie, me dan el privilegio de llenarme de papel picado primero que al resto.</p><p>&#8212;Seamos buenos, que est&#225; tullido &#8212;piensan todos.</p><p>Pero no. Entre todos est&#225; Lucas, un gordo remerita, el peor ser humano que uno puede cruzarse en una fiesta infantil. Y seguir&#225; as&#237; por siempre: miserable y ventajero. Lucas solo tiene lugar para revolcarse en su mugre y no le importa nada: ni mi convalecencia, ni la puesta en escena de todos los dem&#225;s invitados que le hacen muecas para que no lo haga, ni las se&#241;as exageradas de mi vieja que, ahora que las veo en video, vuelven n&#237;tidas a mis recuerdos y ah&#237; quedar&#225;n par siempre. Nada.</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!LiJB!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F7da4719e-acd6-42c6-bd3d-6a40897f8cd2_2752x1536.png" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!LiJB!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_424, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, /__u/nachomerlo.substack.com/f_webp, /__u/nachomerlo.substack.com/q_auto:good, /__u/nachomerlo.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F7da4719e-acd6-42c6-bd3d-6a40897f8cd2_2752x1536.png 424w, /__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!LiJB!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_848, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, /__u/nachomerlo.substack.com/f_webp, 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como un ciervo reci&#233;n nacido.</p><p>Probablemente sea ese uno de mis primeros momentos de humillaci&#243;n p&#250;blica y ah&#237;, creo, nace la coraza que me ayuda a perder el miedo a casi todo, empezando por el rid&#237;culo.</p><p>Desde ese momento, solo le tengo miedo a una cosa: cruzarme con alg&#250;n gordo remerita crecido, con trayectoria y experiencia en eso de ser la peor persona de la fiesta. </p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[El Rulo]]></title><description><![CDATA[Nunca pens&#233; que ir al supermercado pod&#237;a costarme la libertad.]]></description><link>https://nachomerlo.substack.com/p/el-rulo</link><guid isPermaLink="false">https://nachomerlo.substack.com/p/el-rulo</guid><dc:creator><![CDATA[Nacho Merlo]]></dc:creator><pubDate>Thu, 11 Dec 2025 00:52:29 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!-Fdh!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Ff45bbab1-2758-4e4c-ada0-47a8ede1b6f2_2752x1536.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Lo tengo clar&#237;simo porque siento la inminencia: est&#225;n a punto de patear la puerta de casa. Van a interrumpir el sue&#241;o de mis hijas y romper la paz nocturna. En los pr&#243;ximos segundos van a gritar mi nombre, diciendo que son la polic&#237;a y repetir&#225;n varias veces que abra la puerta. Y cuando por fin lo haga, me har&#225;n miles de preguntas sin ganas de escuchar las respuestas, me contar&#225;n qu&#233; pas&#243; y, despu&#233;s, mientras los vecinos empiecen a asomarse, me subir&#225;n de los pelos a un patrullero con una luz quemada y las cubiertas lisas. En el camino me van a obligar a confesar: voy a tener que hacerme cargo, imaginar una vida entera rodeado de presos, estudiando derecho penal en la c&#225;rcel, refugiado en el pabell&#243;n evangelista para que no me muelan a pi&#241;as, haciendo abdominales en un patio de cemento, sin dientes, con los nudillos rotos y, por sobre todo, lejos para siempre de la vida que conoc&#237;.</p><p>Ah&#237; llegan.</p><p>No los escucho, pero siento un latido fuerte entre el estern&#243;n y la garganta.</p><p>Son ellos.</p><p>Entonces hago un repaso mental de todo lo que me trajo hasta ac&#225;, porque s&#233; que nunca m&#225;s voy a volver a pensar con claridad a partir de esta noche.</p><p>***</p><p>Mi&#233;rcoles 24 de septiembre, a&#241;o 2025. &#171;Volar&#187;, dice la marquesina del chino que me toca por jurisdicci&#243;n. Hace algunos a&#241;os, cuando todav&#237;a eran una excentricidad, los supermercados chinos se expand&#237;an como fichas de TEG por todo el mapa del pa&#237;s. Y, cuando quisimos darnos cuenta, ya era tarde para sentir nostalgia por los almaceneros. Todos, los cincuenta millones de argentinos, tenemos un chino a menos de cinco cuadras de distancia. Es ley. Y si todav&#237;a no figura en la Constituci&#243;n Nacional, seguro aparecer&#225; la pr&#243;xima vez que la reformen.</p><p>Como sea, me acuerdo perfectamente de la noche tr&#225;gica: Ro ten&#237;a yoga y yo me qued&#233; a cargo de las actividades de nuestras hijas. Agus, la menor, daba sus primeros pasos en las clases de danza frente a un espejo gigante, desde sus cuatro a&#241;os de altura, y yo ten&#237;a libertad para ir a buscarla a la salida. Casi siempre volv&#237;amos a casa, improvis&#225;bamos una rutina que ella llamaba &#171;el hotel de Agus&#187;, que b&#225;sicamente consist&#237;a en malcriarla hasta el extremo, con ba&#241;o de espuma, sus comidas favoritas y postre. Lupe siempre me daba una mano con eso: vigilaba a su hermana menor en la ba&#241;era, estaba atenta a que la comida no se quemara o que Milanesa, nuestra perra, no rompiera nada ni cagara fuera de lugar.</p><p>&#8212;Pa, Milanesa quiere hacer pis.</p><p>Baj&#233; las escaleras corriendo para sacarla a mear afuera.</p><p>&#8212;Pa, Agus dice que el agua est&#225; muy caliente.</p><p>Corr&#237; a regular las canillas para que no se quemara en la ba&#241;era.</p><p>&#8212;Pa, Milanesa hizo caca l&#237;quida en la pieza.</p><p>Sal&#237; corriendo a limpiar.</p><p>Y as&#237;, en esa recorrida entre platitos a punto de caerse, me mov&#237; cada mi&#233;rcoles. Tambi&#233;n lo disfruto: escuch&#233; hace un tiempo en una entrevista que el mejor momento de la vida es ese, cuando todo parece un quilombo inabarcable y los hijos son chicos, porque tenemos demasiado claro que no podemos bajar los brazos nunca. Nada como nuestros hijos para decirnos: &#171;Esto es lo que ten&#233;s que hacer, eh&#187;.</p><p>Despu&#233;s un poco el norte se pierde.</p><p>Pero ese mi&#233;rcoles, el de la tragedia, Lupe tuvo un cambio de horarios de ingl&#233;s y no estaba conmigo, as&#237; que se alteraron todas las rutinas y, sin saberlo, arruin&#233; mi vida para siempre.</p><p>***</p><p>Hab&#237;amos ido al chino con Agus a comprar algunas cosas para la cena y tambi&#233;n para acumular en las alacenas y esquivar la inflaci&#243;n. Y para hacer tiempo hasta que Lupe saliera de la clase de ingl&#233;s que nos hab&#237;a cambiado la estructura. Quienes me conocen saben que antes de hacer cualquier cosa armo un excel, as&#237; que el cambio de planes me hab&#237;a puesto la neurosis a trabajar inc&#243;moda. Est&#225;bamos ah&#237;, paseando entre las g&#243;ndolas. Yo repet&#237;a todo el tiempo que no: &#171;No, eso mejor no&#187;; &#171;No, dej&#225; eso donde estaba&#187;; &#171;No, en casa ya tenemos&#187;, y as&#237;: no, no y no.</p><p>Y entonces vi la oferta: &#171;Choclo en lata: 899 pesos&#187;. Dud&#233; un segundo: trato de esquivar las conservas, pero despu&#233;s me acord&#233; de que la vida es una sola y me dej&#233; llevar.</p><p>Levant&#233; la mano derecha todo lo que pude y me di cuenta de que no llegaba, as&#237; que hice puntas de pie y agarr&#233; la lata de la cima: si el monte Everest es el lugar m&#225;s alto del mundo, esa columna de latitas de choclo amarillo que se levantaba delante de mis ojos era, por esc&#225;ndalo, el apilado de conservas m&#225;s alto de la historia del universo. Como pude, agarr&#233; una de las latas, la llev&#233; al carrito y, por gordo, por glot&#243;n y por haber crecido a la sombra de la hiperinflaci&#243;n, quise agarrar otra m&#225;s. Y cuando saqu&#233; la segunda, una tercera lata &#8212;escondida, traicionera y filosa&#8212; decidi&#243; lanzarse al vac&#237;o, con tanta mala suerte, que cay&#243; directamente sobre la cabeza de un nenito que, me enter&#233; en ese mismo momento mientras la madre le dec&#237;a que no pasaba nada, que hab&#237;a sido un corte chiquitito y le frenaba el sangrado con un trapo de piso que hab&#237;a sacado de su propio carrito, se llamaba Rafa. Nunca me voy a olvidar de los ojos de esa madre. De su mirada, en realidad; de la forma en que pas&#243; de verme con cierta contemplaci&#243;n hasta el momento en que dese&#243; que todo lo malo que pudiera pasarle a una persona me pasara a m&#237;.</p><p>Y la entiendo.</p><p>Yo ya hab&#237;a lastimado a Rafa y me deshac&#237;a en disculpas. &#201;l herv&#237;a de bronca: lloraba con los ojitos achinados, se agarraba la cabeza y era todo furia y pus. Y yo, muerto de culpa, no sab&#237;a qu&#233; hacer: pensaba c&#243;mo podr&#237;a llegar a reaccionar si esto le pasara a otra persona y la v&#237;ctima fuese una de mis hijas&#8230; y en todos los escenarios terminaba preso por pudrirla. As&#237; que sent&#237; cierta paz cuando vi que su mam&#225; me dec&#237;a que no me hiciera problema, que hab&#237;a sido un accidente, que eran cosas que pasaban&#8230; y deb&#237; quedarme ah&#237;, con el nene lastimado y la madre entendiendo la situaci&#243;n.</p><p>Pero no s&#233; frenar a tiempo: siempre hay una media vuelta de tuerca que no deber&#237;a dar&#8230;</p><p>Inc&#243;modo con el llanto de Rafa, busqu&#233; en la g&#243;ndola que estaba atr&#225;s m&#237;o: vinos de todas las marcas, botellas de gin, de fernet&#8230; no me parec&#237;a lo mejor para un nenito de siete u ocho a&#241;os, as&#237; que empec&#233; a cogotear, porque quer&#237;a comprarle algo para generar un efecto de distracci&#243;n que lo sacara del mal momento &#8212;y l&#243;gicamente limpiar mi culpa&#8212;. Entonces pegu&#233; la vuelta y entr&#233; en un pasillo que yo llamo &#171;la zona oscura de todos los supermercados chinos del mundo&#187;. Es tan id&#233;ntico en cada uno que parece una escenograf&#237;a, como si los compraran as&#237;. Hay miel, trapos de piso, comida para perros, embudos, cubeteras, alg&#250;n mate de pl&#225;stico, magiclicks, bolsas de basura&#8230; y entre todas esas cosas, los vi: un paquete de palitos salados marca El Rulo y no dud&#233; un segundo.</p><p>Pero ah&#237; cruc&#233; todos los l&#237;mites.</p><p>Calculo que alguien los dej&#243; abandonados, pero igual los agarr&#233; y corr&#237; buscando a Rafa; al perd&#243;n suyo, en realidad. Hice slalom entre los clientes y, cuando por fin lo vi, le mostr&#233; la bolsa esa de medio kilo de palitos como quien muestra un juguete a un cachorro. Y entonces, reci&#233;n entonces, se dio cuenta de que eran para &#233;l y recuper&#243; la sonrisa:</p><p>&#8212;Son&#8230; &#191;esos son para m&#237;? &#8212;quiso saber mientras se apretaba la cabeza con el trapo de piso para que no le siguiera sangrando.</p><p>Le dije que s&#237; con la cabeza y con una media sonrisa. &#201;l me devolvi&#243; el gesto chocando mi pu&#241;o y abri&#243; desesperado el paquete. Est&#225;bamos a mano; yo le hab&#237;a roto la cabeza, s&#237;, pero ya no sangraba y ahora ten&#237;a mil seiscientos doce palitos salados para &#233;l solo. &#171;Si empezara a comerlos ahora &#8212;pens&#233;&#8212;, tendr&#237;a suficientes palitos como para llegar al verano&#187;.</p><p>En el mismo momento en que hice el trueque y le di la bolsa de El Rulo y Rafa me dio la paz, la mirada de la mam&#225; de ese nene herido se asom&#243; entre los paquetes de fideos Matarazzo y los de arroz Lucchetti y se desfigur&#243; para siempre: lo agarr&#243; del brazo, lo zamarre&#243; hasta llegar a las cajas y le dijo un mont&#243;n de cosas que no llegu&#233; a escuchar bien, salvo la parte que dijo &#171;no pod&#233;s aceptar algo que te d&#233; cualquier pelotudo por la calle&#187;. Yo le quise decir que no entend&#237;a y preguntarle si hab&#237;a hecho algo mal&#8230; pero no me escuch&#243;. Camin&#243; en&#233;rgica, haciendo m&#237;mica e imitando mi corporalidad &#8212;me di cuenta de que hac&#237;a gestos como diciendo: &#171;Un grandote boludo te da esta mierda y vos lo agarr&#225;s y te pon&#233;s a comerlos? &#191;Sos tarado o te golpeaste la cabeza?&#187;.</p><p>Quise explicar, pero ya era tarde: me estaban mandando a la mierda y no entend&#237;a si era una especie de delay por el golpe o qu&#233; hab&#237;a pasado.</p><p>Volv&#237; a buscar la mirada de Agus, porque la hab&#237;a relegado mientras intentaba recomponer mi v&#237;nculo con Rafa y me pregunt&#243; qu&#233; me pasaba: &#171;&#191;Est&#225;s enojado, papi?&#187;. Se me notaba en la cara; no era enojo, era desconcierto. Camin&#233; hacia la g&#243;ndola de los snacks y agarr&#233; un paquete de palitos El Rulo para examinarlo: quinientos gramos de palitos salados. Agus vio la situaci&#243;n y se&#241;al&#243; algo que no supe ver a tiempo:</p><p>&#8212;Est&#225; lleno de dibujitos negros, papi.</p><p>Era cierto, ten&#237;a m&#225;s oct&#243;gonos que palitos: exceso en sodio, en grasas, en colesterol, en carbohidratos. En todo lo que se pod&#237;a exceder, se exced&#237;a.</p><p>Palitos salados El Rulo</p><p>Ingredientes:</p><p>Harina</p><p>Sal</p><p>Sal gruesa</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!-Fdh!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Ff45bbab1-2758-4e4c-ada0-47a8ede1b6f2_2752x1536.png" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!-Fdh!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_424, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, /__u/nachomerlo.substack.com/f_webp, /__u/nachomerlo.substack.com/q_auto:good, /__u/nachomerlo.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Ff45bbab1-2758-4e4c-ada0-47a8ede1b6f2_2752x1536.png 424w, /__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!-Fdh!, 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Todos los d&#237;as de todos los a&#241;os, un grupo de personas se limpia la transpiraci&#243;n de la frente con el reverso de las manos y embolsa y embolsa y sigue embolsando palitos, como si no hubiera un ma&#241;ana: como si lo &#250;nico que los seres humanos hubi&#233;ramos venido a hacer en la tierra fuera meter palitos salados adentro de bolsas transparentes. Los salan y los vuelven a salar. Cada tanto, el propio Rulo se pone a embolsar y a salar; primero una capa de sal fina para volver hipertenso a cualquier ser humano. Despu&#233;s, una de sal gruesa para dejarlo coqueteando con el ACV con media porci&#243;n.</p><p>Y, de golpe, pens&#233; en esa madre, en ese nene, en esas tripas protestando, en esa noche eterna en alg&#250;n lugar de la ciudad donde vivo. Pens&#233; que habr&#237;a un nenito repitiendo la palabra m&#225;s primitiva de todas:</p><p>Mam&#225;.</p><p>Mam&#225;.</p><p>Mam&#225;.</p><p>Toda la noche diciendo mam&#225;.</p><p>Y una madre, a un cuarto de distancia, yendo y viniendo de una punta a otra, llevando hielo y cicatrizante para el dolor de cabeza y un balde para que la criatura vomite. Y mientras el mundo gira, Rafa vomita y llora; le sale sangre de la herida y cuando se da cuenta vuelve a llorar. Cada tanto repite algo de un se&#241;or canoso que lo lastim&#243; y la madre le pide que descanse, pero por dentro solo piensa en una cosa: venganza.</p><p>Por eso, cuando el sol est&#225; por volver a asomarse y Rafa logra por fin dormirse, su mam&#225; agarra el tel&#233;fono, lo desbloquea y hace lo que har&#237;a cualquier persona:</p><p>&#8212;&#191;Polic&#237;a? Quiero denunciar un doble intento de homicidio.</p><div><hr></div><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!GOXW!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F38a7bcd6-9b1b-4bd8-8ee0-4630a58011bd_900x900.png" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!GOXW!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_424, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, /__u/nachomerlo.substack.com/f_webp, /__u/nachomerlo.substack.com/q_auto:good, /__u/nachomerlo.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F38a7bcd6-9b1b-4bd8-8ee0-4630a58011bd_900x900.png 424w, /__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!GOXW!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_848, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, 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1456w" sizes="100vw"><img src="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!GOXW!,w_1456,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F38a7bcd6-9b1b-4bd8-8ee0-4630a58011bd_900x900.png" width="554" height="554" 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Lo public&#243; Orsai, el pr&#243;logo lo escribi&#243; <strong>Nacho Iraola</strong> y lo mando autografiado a cualquier rinc&#243;n del universo, por m&#225;s lejano que parezca.</p><p class="button-wrapper" data-attrs="{&quot;url&quot;:&quot;https://tienda.orsai.org/products/la-paz-de-la-ignorancia&quot;,&quot;text&quot;:&quot;Comprar&quot;,&quot;action&quot;:null,&quot;class&quot;:null}" data-component-name="ButtonCreateButton"><a class="button primary" href="https://tienda.orsai.org/products/la-paz-de-la-ignorancia"><span>Comprar</span></a></p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Sobreviviente del presente]]></title><description><![CDATA[Hace exactamente 30 a&#241;os, la ciudad donde aprend&#237; a leer y a escribir, cambi&#243; para siempre: la impunidad neoliberal de turno destruy&#243; R&#237;o Tercero y me hizo crecer de golpe.]]></description><link>https://nachomerlo.substack.com/p/sobreviviente-del-presente</link><guid isPermaLink="false">https://nachomerlo.substack.com/p/sobreviviente-del-presente</guid><dc:creator><![CDATA[Nacho Merlo]]></dc:creator><pubDate>Mon, 03 Nov 2025 12:44:34 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!-FFL!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F9473c5b3-89ce-490a-be28-685fed2319cd_1200x690.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<iframe class="spotify-wrap podcast" data-attrs="{&quot;image&quot;:&quot;https://i.scdn.co/image/ab6765630000ba8a52f1e2c3c5987f79ea1006ca&quot;,&quot;title&quot;:&quot;Sobreviviente del presente&quot;,&quot;subtitle&quot;:&quot;Comunidad Orsai&quot;,&quot;description&quot;:&quot;Episode&quot;,&quot;url&quot;:&quot;https://open.spotify.com/episode/3QAUtTYb8db2miiS8ShG3n&quot;,&quot;belowTheFold&quot;:false,&quot;noScroll&quot;:false}" src="https://open.spotify.com/embed/episode/3QAUtTYb8db2miiS8ShG3n" frameborder="0" gesture="media" allowfullscreen="true" allow="encrypted-media" data-component-name="Spotify2ToDOM"></iframe><h6 style="text-align: center;">Pod&#233;s leer esta historia como en el siglo pasado, o escucharla en la voz del autor.</h6><div><hr></div><p>Todos podemos identificar, m&#225;s o menos, en qu&#233; punto se corta el hilo de la infancia: hasta d&#243;nde dura. Y, como pasa con las mejores cosas de la vida &#8212;las vacaciones, el aguinaldo, el atardecer sobre el mar, el vino bueno&#8212;, queremos que nunca termine. La infancia deber&#237;a ser, por esc&#225;ndalo, el mejor momento de la vida. Hay personas que se ocupan de alimentarte y de pagar tus caprichos. Te llevan y te traen de lugares. Piensan en vos m&#225;s que en ellos mismos: si un d&#237;a te ca&#233;s, hay una red que te ataja, como en el circo. A m&#237;, las cuerdas de esa red se me empezaron a deshilachar a los doce a&#241;os, en el momento exacto en que cruzamos un cartel gigante sobre la ruta 9 que dec&#237;a &#171;Buen viaje, gracias por su visita&#187;, a la salida de R&#237;o Tercero, la ciudad donde crec&#237;.</p><p>La trompa del auto cargad&#237;simo de b&#225;rtulos apuntaba hacia Buenos Aires, y adentro viajaba una familia rota. Mi viejo, con el telegrama de despido todav&#237;a tibio, fren&#243; el auto al costado de la ruta, antes de pasar el cartel, consciente de que, despu&#233;s de cruzar esa l&#237;nea imaginaria sobre el asfalto, la vida se volver&#237;a una mierda. Otra mierda. Fue la primera vez que vi a mis viejos y a mis hermanas llorar al mismo tiempo, y yo tambi&#233;n me quebr&#233;. Y cuando finalmente puso primera y comenzamos a recorrer esos setecientos y pico de kil&#243;metros que conoc&#237;amos de memoria para volver a Buenos Aires, se me empez&#243; a desgranar la infancia.</p><p>Llegu&#233; a Buenos Aires con doce a&#241;os, y una semana m&#225;s tarde estaba formando fila en un colegio t&#233;cnico con mil doscientos alumnos desconocidos. Nunca hab&#237;a visto ninguna de todas las caras a mi alrededor. El cambio fue bestial, como los hierros al rojo vivo que se sumergen en l&#237;quidos helados para templarse. Pas&#233; de jugar con mu&#241;equitos de He-Man y andar en bicicleta a rodearme con pibes de mi edad que fumaban como peque&#241;os James Dean, pichones de reos desesperados por transgredirlo todo. Y yo, por dentro, segu&#237;a siendo un nenito: un metro cuarenta y dos cent&#237;metros de altura, dec&#237;a sobre m&#237; la libreta de comunicaciones en la parte de los datos de salud. Un cachorro.</p><p>Cada vez que sal&#237;a, por fin, de las fauces del industrial, caminaba cuadras y cuadras enteras para esquivar la desgracia de pagar un boleto de colectivo. Y en ese camino, como la caricatura del primate que se convierte en humano, iba recobrando los rasgos infantiles, volv&#237;a a sonre&#237;r con luminosidad, pensaba en mis peque&#241;os amiguitos cordobeses mirando los dibujitos o jugando a la pelota en el campo de eucaliptos: desconectaba todo lo r&#225;pido que pod&#237;a de la idea cruda de crecer como un hijo m&#225;s del no future de los a&#241;os noventa en Buenos Aires. En ese momento no lo sab&#237;a, pero era un ejercicio casi mec&#225;nico de resistencia para conservar las ra&#237;ces: comerme las eses, pronunciar mal la erre, contar chistes verdes, elogiar la Pritty, sentir nostalgia de los criollitos. Todos esos rasgos me explicaban y, adem&#225;s, condensaban mi infancia. Y yo quer&#237;a conservarla.</p><p>Podr&#237;a haber seguido as&#237; alg&#250;n tiempo m&#225;s, pero el tres de noviembre de 1995 el corte fue total y de ra&#237;z. Ese viernes volv&#237; del colegio como siempre, dejando atr&#225;s algunas escamas del disfraz que usaba para moverme entre reos menores y pichones de matones con los que compart&#237;a pupitre. Paseaba un tablero de dibujo t&#233;cnico gigante con el mameluco azul engrasado que usaba los d&#237;as de doble escolaridad en el taller donde nos ense&#241;aban a soldar y a fresar. Apenas puse la llave en la puerta de la casa que nos recibi&#243; en Buenos Aires, escuch&#233; el llanto ahogado de mi vieja: &#171;Se muri&#243; la abuela&#187;, pens&#233;. No ten&#237;a todav&#237;a la capacidad de imaginar escenarios tr&#225;gicos, as&#237; que fui a lo cl&#225;sico: una se&#241;ora mayor que viene de enviudar, que no se recupera de la angustia de nombrar en voz alta a su compa&#241;ero de vida y se arruga como pasa de uva, aparece muerta algunos meses m&#225;s tarde que su gran amor.</p><p>Entr&#233; con andar forense, examinando: segu&#237; el ruido del llanto y encontr&#233; a mi vieja petrificada, mirando el televisor Sanyo que hab&#237;amos comprado para ver el mundial de Italia 90 y que hab&#237;a sobrevivido a la mudanza. Estaba a punto de darle consuelo cuando gir&#233; la cabeza hacia la pantalla y, entonces, entend&#237;. El z&#243;calo de Nuevediario dec&#237;a que hab&#237;a habido una explosi&#243;n en la F&#225;brica Militar de R&#237;o Tercero, pero las im&#225;genes no se parec&#237;an a las de mi pueblo.</p><p>Lo primero que pens&#233; fue en la guerra del Golfo &#8212;est&#225;bamos en los albores del prime time de noticias&#8212;, la primera masacre global televisada en vivo y en directo, porque en el tele ve&#237;a paredes derrumbadas, autos rotos, gente corriendo de un lado a otro, gritos de desconcierto. Pero en el z&#243;calo segu&#237;a parpadeando &#171;R&#205;O TERCERO. ENVIADO ESPECIAL&#187;. Y cuando finalmente mostraron mi barrio partido en pedazos, me derrumb&#233;.</p><p>Aprend&#237; r&#225;pidamente palabras que no conoc&#237;a: &#171;onda expansiva&#187;, &#171;esquirlas&#187;, &#171;espoleta&#187;, &#171;ensayos militares&#187;, &#171;ministro de Defensa&#187;, &#171;corrupci&#243;n&#187;, &#171;desv&#237;o ilegal de armamento&#187;, &#171;mafia&#187;, &#171;Carlos Corach&#187;, &#171;Croacia&#187;. Un se&#241;or con barba candado transmit&#237;a desde la plaza donde yo hab&#237;a estado jugando hasta hac&#237;a un rato. Relataba una tragedia sin precedentes. Recorr&#237;a el lugar asustado y, cada tanto, se refugiaba ante un estruendo. Esa que estaba ah&#237; hab&#237;a sido mi casa alguna vez. De pronto, la transmisi&#243;n se cort&#243;: la pantalla fundi&#243; a negro y todo se volvi&#243; silencioso.</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!-FFL!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F9473c5b3-89ce-490a-be28-685fed2319cd_1200x690.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!-FFL!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_424, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, /__u/nachomerlo.substack.com/f_webp, /__u/nachomerlo.substack.com/q_auto:good, /__u/nachomerlo.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F9473c5b3-89ce-490a-be28-685fed2319cd_1200x690.jpeg 424w, /__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!-FFL!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_848, 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Fingi&#243; no estar llorando y se fue de cuadro.</p><p>Yo estaba paralizado. Volv&#237; mentalmente al barrio donde crec&#237;, recorr&#237; sus rincones. &#171;Entre esos dos &#225;rboles perd&#237; una pelota de cuero con los colores de Boca; ese vidrio lo revent&#233; de un piedrazo y me hice el boludo; ah&#237; me part&#237; el f&#233;mur en dos y estuve siete meses sin caminar&#187;. Y mientras hurgaba entre mis recuerdos, hice fuerza para rememorar los estruendos que sol&#237;a escuchar durante mi infancia. Conservo en la memoria las primeras explosiones: &#171;&#191;Y eso qu&#233; fue?&#187;, le pregunt&#233; una vez a mi viejo. Y &#233;l respondi&#243; con naturalidad que, seguramente, alg&#250;n ensayo de la f&#225;brica militar. Como pasa con las manchas de la piel, el tiempo hace que uno deje de percibirlas. &#201;ramos conscientes de esas explosiones solo cuando nos visitaba alg&#250;n pariente que nunca hab&#237;a ido al pueblo y repet&#237;a aquella pregunta: &#171;&#191;Y eso qu&#233; fue?&#187;. Y entonces alguno le explicaba.</p><p>El tres de noviembre de 1995 fue la primera vez que sent&#237; p&#225;nico. Lo supe muchos a&#241;os m&#225;s tarde, mientras part&#237;a en cuatro una pastilla para met&#233;rmela debajo de la lengua y darle de comer a la angustia de no ser de ning&#250;n lado, de no tener un lugar al cual volver, un camino por el cual pasar y decir &#171;uy, mir&#225;, ac&#225; pas&#243; tal y cual cosa&#187;. Ese tiempo &#8212;tan corto y tan hermoso&#8212; durante el que uno ignora todo hab&#237;a quedado demasiado lejos; y, cada tanto, se me aparec&#237;a en sue&#241;os, en caminatas, con amigos. Y en cualquier lado, algo en mi cuerpo percib&#237;a el miedo, un terror inexplicable, much&#237;simos a&#241;os antes del diagn&#243;stico de moda: &#171;Ah, s&#237;, debe de ser p&#225;nico&#187;. Siempre hago el chiste de que soy tan ansioso que tuve problemas de ansiedad antes que el resto. Muchos a&#241;os m&#225;s tarde, sentado en un sill&#243;n inc&#243;modo para hablar con alguien que cobraba por escucharme y hac&#237;a de cuenta que anotaba las cosas que yo repet&#237;a cada semana, tuve una revelaci&#243;n: hay una herida abierta en alg&#250;n rinc&#243;n de mi infancia.</p><p>A R&#237;o Tercero, yo siempre le dije &#171;pueblo&#187;. <em>Mi</em> pueblo. Me contaba y ordenaba: me hac&#237;a sentido. &#171;En mi pueblo&#8230;, tal cosa&#187;, empezaba cuando me preguntaban de d&#243;nde ven&#237;a. En rigor, es una ciudad, pero para m&#237; siempre fue y ser&#225; un pueblo, como para nuestros padres siempre seremos criaturas. &#171;&#191;C&#243;mo se llama&#8230;? &#191;R&#237;o Tercero? No, ni idea, no lo conozco&#187;, me dec&#237;an siempre que nombraba al pueblo.</p><p>Pero desde el tres de noviembre de 1995, los diarios, las radios y los canales de televisi&#243;n se encargaron de contar de d&#243;nde provengo: ya no quedar&#225;n personas sin saber d&#243;nde queda mi pueblo.</p><p>Por alguna raz&#243;n, esa tarde hab&#237;a vainillas y leche a la hora de la merienda, una comida que hab&#237;amos estado salte&#225;ndonos desde que est&#225;bamos en Buenos Aires. Siempre pienso que una de todas las cosas que nos dejamos en R&#237;o Tercero son las comidas. Todav&#237;a era muy chico para entender a mi vieja cuando dec&#237;a que, otra vez, se hab&#237;a olvidado de comprar Nesquik o a mi viejo cuando dec&#237;a que hab&#237;a ido al almac&#233;n y ya estaba cerrado. Les pasaba muy seguido.</p><p>La semana anterior hab&#237;amos comido &#241;oquis. Repet&#237;amos el ritual cada veintinueve sobre todo porque los &#241;oquis eran baratos. Aquella vez los hab&#237;a amasado mi vieja usando los restos de dos paquetes de harina que ten&#237;a por la mitad, y cuando nos sentamos a comer mi viejo trajo un billete para poner debajo del plato. &#171;Compart&#237; el billete con tu hermana, que todav&#237;a no lo tuvo&#187;, me dijeron. Era el &#250;nico billete de la casa, y lo fuimos pasando de plato en plato, un ratito cada uno.</p><p>El d&#237;a que nos enteramos de lo de R&#237;o Tercero, despu&#233;s de que se cortara la transmisi&#243;n, mi vieja sintoniz&#243; Radio Colonia en la cocina. Hab&#237;an pasado ya algunas horas mientras yo sumerg&#237;a las vainillas en un taz&#243;n con leche. La radio sonaba bajito, como para que yo no la escuchara. Se tragaba el llanto, mi vieja. Nunca hab&#237;a tenido problemas con el esc&#225;ndalo y con la angustia, pero ahora se moderaba: esa angustia no era solo suya. Cuando me acerqu&#233;, empez&#243; a contarme que, en la &#233;poca de los milicos, Radio Colonia era una forma de saber desde afuera qu&#233; estaba pasando adentro.</p><p>Alguien hablaba con alguien: eran dos voces tecnol&#243;gicamente lejanas. Una, en un estudio en Buenos Aires, conversaba con otra que caminaba por las calles de la ciudad donde aprend&#237; a leer, a escribir, a andar en bicicleta y a ser. Pens&#233; en mis amigos: no ten&#237;a c&#243;mo comunicarme con ellos. Cada tanto nos mand&#225;bamos algunas cartas, pero la correspondencia se volv&#237;a bastante lenta como para ser constante, y el v&#237;nculo se estaba yendo en fade. A veces so&#241;aba que regres&#225;bamos al pueblo, agarr&#225;bamos la San Mart&#237;n, dobl&#225;bamos en Yatasto, estacion&#225;bamos la rural amarilla, bajaba del auto y entraba al barrio desesperado en busca de mis amigos para retomar nuestra amistad donde la hab&#237;amos dejado, y los ve&#237;a m&#225;s grandes, desproporcionadamente altos, con voces graves que reci&#233;n empezaban a mutar. Y los saludaba, pero no me reconoc&#237;an. Segu&#237;an siendo sin m&#237;.</p><p>Con el ruido de fondo de las explosiones en la radio, pens&#233; en muertos arrumbados debajo de alguna pared reventada por una bomba. Imagin&#233; peque&#241;os ata&#250;des infantiles para nenitos de doce a&#241;os que todav&#237;a no pegaron el estir&#243;n, yendo en caravana hacia el cementerio del pueblo. Eso pensaba mientras la violencia de la explosi&#243;n empezaba a borrarme todos los recuerdos de esos a&#241;os de infancia.</p><p>Entonces volvi&#243; la imagen al tele. Algo en el v&#237;a coaxil se hab&#237;a desconectado, pero ya estaban de regreso, avisaban desde Buenos Aires. &#171;Las im&#225;genes hablan por s&#237; solas&#187;, dec&#237;a C&#233;sar Mascetti en Canal 13. Lo hab&#237;an llamado de raje para hacer un especial, y ah&#237; estaba, a medio peinar. Mostraban en loop a algunos maestros que les hac&#237;an upa a nenes en el colegio donde habr&#237;a debido estar sentado yo en ese momento si no fuese porque, hac&#237;a algunos a&#241;os, Menem hab&#237;a habilitado la privatizaci&#243;n pornogr&#225;fica de cualquier cosa a la cual se le pudiera poner precio. As&#237; fue que Bunge &amp; Born hab&#237;a aprovechado la promo, comprado la f&#225;brica donde laburaba mi viejo y mandado a &#233;l &#8212;y a cientos de compa&#241;eros&#8212; un paquetito de plata, un telegrama de despido, y si nos vimos, no te conozco. Las c&#225;maras tambi&#233;n mostraban mi club: el 9 de Julio empez&#243; a ser un refugio contra las bombas que llov&#237;an desde el cielo riotercerense. A esa hora, si nunca nos hubi&#233;ramos ido, mis hermanas habr&#237;an estado en sus clases de gimnasia. Pod&#237;a imaginar en la avenida San Mart&#237;n las huellas de la Zanellita con la que mi vieja nos llevaba a la escuela los d&#237;as de fr&#237;o: por esa calle pavimentada de municiones y granadas habr&#237;amos estado volviendo a casa. Lo que ve&#237;a en la tele eran los primeros videos de mi ciudad que vi en mi vida. Miraba con fascinaci&#243;n de coleccionista, reconociendo los espacios y sinti&#233;ndome un sobreviviente.</p><p>Pero quedar&#237;an heridas.</p><p>Sal&#237; y busqu&#233; un tel&#233;fono p&#250;blico, pero era imposible comunicarse con cualquier n&#250;mero que empezara con la caracter&#237;stica de R&#237;o Tercero. Marcaba cero, tres, cinco, siete, uno, y despu&#233;s completaba con n&#250;meros al azar: ninguno sonaba. No daba tono de ocupado. No hab&#237;a nada. No hab&#237;a.</p><p>Los d&#237;as siguientes a la explosi&#243;n fueron raros: como pasa siempre que aparece la tragedia, algo en la psiquis de las personas necesita llenar todo de cuestiones absurdas hasta llegar al orden. Como las risas de los velorios o el chiste sobre el muerto a la hora del caf&#233;, hay que pavimentar la tragedia con estupideces para poder construir un sentido sobre ella. En casa, pasamos los d&#237;as, las tardes y las noches viendo im&#225;genes de la ciudad, nuestra ciudad. Nos enteramos de que los nuestros estaban a salvo, y de a poco volvieron los problemas cotidianos y regionales.</p><p>Crecimos. Mis hermanas empezaron a tener tetas y a hablar por tel&#233;fono a escondidas; mis viejos, a tener canas, y yo pegu&#233; un estir&#243;n desmedido. El menemismo nos corr&#237;a desde atr&#225;s con la voracidad de un pacman despu&#233;s de comerse la pastilla grande. Escap&#225;bamos como pod&#237;amos de la selecci&#243;n natural planteada por la d&#233;cada salvaje. Todo se fue desgranando y nos convertimos en sobrevivientes del presente, en escapistas de la tragedia moderna.</p><p>Cada tanto, siento la fantas&#237;a de volver a donde &#171;fui&#187;, porque solo somos algo en los lugares donde sentimos felicidad. Volver a la plaza donde conoc&#237; el equilibrio sobre la bici cross, a la cancha del polideportivo para intentar hacer goles en el arco del lado de los eucaliptos, a poner canciones prohibidas en la radio del colegio. Pero s&#233; que no puedo: desde el momento en que explot&#243; mi infancia, convivo con la nostalgia de saber que no hay ning&#250;n lugar al cual volver. Ah&#237; ya no estoy, ya no soy.</p><p>Nunca sabemos del todo cu&#225;ndo cambiamos de etapa en la vida: hay una nebulosa medio rara e indeterminada en la que dejamos de ser adolescentes y pasamos a ser j&#243;venes, y otra m&#225;s o menos parecida, marcada por dolores nuevos o cicatrices que nos vuelven adultos. Pienso que el l&#237;mite entre ser un nene y dejar de serlo tambi&#233;n deber&#237;a funcionar as&#237;, en transici&#243;n inexacta. Pasar de un &#225;mbito a otro con la serenidad del pececito nuevo de la pecera, que llega en una bolsita con agua y, reci&#233;n cuando se aclimata, se suma al resto del cardumen, evitando la brusquedad del cambio.</p><p>El tres de noviembre de 1995 murieron personas en el pueblo donde crec&#237;, y nacieron toneladas de juicios y denuncias y dem&#225;s pataleos que el tiempo se ocup&#243; de archivar en el olvido colectivo. Entre las v&#237;ctimas de aquella ma&#241;ana de primavera en que intentaron borrarlo todo, cuento siempre al nene que fui. Desde entonces, llevo la cicatriz de haber perdido la infancia de golpe.</p><div><hr></div><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!TQS5!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F8bda7cc5-bfa1-4b19-bcde-e5cd875e9a8d_1200x1200.png" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!TQS5!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_424, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, /__u/nachomerlo.substack.com/f_webp, /__u/nachomerlo.substack.com/q_auto:good, /__u/nachomerlo.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F8bda7cc5-bfa1-4b19-bcde-e5cd875e9a8d_1200x1200.png 424w, /__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!TQS5!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_848, 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Lo public&#243; Orsai, el pr&#243;logo lo escribi&#243; <strong>Hern&#225;n Casciari</strong> y lo mando autografiado a cualquier rinc&#243;n del universo, por m&#225;s lejano que parezca.</figcaption></figure></div><p class="button-wrapper" data-attrs="{&quot;url&quot;:&quot;https://tienda.orsai.org/products/quemarse-vivo&quot;,&quot;text&quot;:&quot;Comprar&quot;,&quot;action&quot;:null,&quot;class&quot;:null}" data-component-name="ButtonCreateButton"><a class="button primary" href="https://tienda.orsai.org/products/quemarse-vivo"><span>Comprar</span></a></p><p></p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Putas, merca y Breaking Bad]]></title><description><![CDATA[Hace algunos a&#241;os, a prop&#243;sito de la publicaci&#243;n de &#171;El se&#241;or de los venenos&#187;, y por cosas del azar, me convert&#237; en el &#250;ltimo periodista que habl&#243; con Enrique Symns antes de su muerte.]]></description><link>https://nachomerlo.substack.com/p/ultima-visita-a-enrique-symns</link><guid isPermaLink="false">https://nachomerlo.substack.com/p/ultima-visita-a-enrique-symns</guid><dc:creator><![CDATA[Nacho Merlo]]></dc:creator><pubDate>Sat, 30 Aug 2025 14:04:27 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!UWrL!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F23e4a567-e88e-40cc-b620-3133c1dfd76d_1120x1014.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Llegu&#233; a la casa donde Symns viv&#237;a &#8212;y morir&#237;a&#8212; sin saber qu&#233; iba a encontrarme. Me fui de ah&#237;, un par de horas m&#225;s tarde, con una sensaci&#243;n de vac&#237;o aplastante y angustia que, creo, reci&#233;n pude poner en palabras ahora. Algo de todo eso se parece a lo que escrib&#237; en forma de versos sin m&#233;trica.</p><div><hr></div><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!u_pN!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fae9509c9-7e2c-4880-a969-4d13773854e5_2010x1508.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!u_pN!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_424, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, /__u/nachomerlo.substack.com/f_webp, /__u/nachomerlo.substack.com/q_auto:good, /__u/nachomerlo.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fae9509c9-7e2c-4880-a969-4d13773854e5_2010x1508.jpeg 424w, /__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!u_pN!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_848, 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barrio de Almagro, cuidado por una enfermera paraguaya que se llama Nicol y lo detesta.</p><p>Ese cuerpo roto, con la barba desgarrada de mal gusto, hace fuerza para ver si puede sacarse el alma de encima y escaparse del manojo de huesos y carne que lo atrapan.</p><p>Ese cuerpo apagado, dice entre l&#225;nguidos p&#225;rrafos sin sentido, que para &#233;l los bares fueron siempre como los bosques en medio de la ciudad: &#171;Ah&#237; todav&#237;a podemos ser salvajes&#187;, explicar&#225;, sin hacerse cargo de que todas las pr&#243;ximas veces que quiera ir al ba&#241;o tendr&#225; que pedir ayuda para cagar en una chata.</p><p>Ese cuerpo inconcluso, lleno de duelos a muerte que no fueron, protesta cuando le dicen que no: que no van a comprarle merca ni a llevarle putas ni darle de fumar, pero sonr&#237;e como una criatura cuando alguien le asoma un pote de un cuarto kilo de helado barato de contrabando.</p><p>Ese cuerpo sin brillo, h&#233;roe del whisky muy malo, se acomoda en la posici&#243;n definitiva y recita de memoria cada curva y contracurva de una tonelada de amores improbables, musas de tiempos donde dice haber sido joven y guapo, algo que a simple vista parece no haber ocurrido nunca.</p><p>Ese cuerpo, vac&#237;o y con las bisagras vencidas, guarda los restos de un atorrante que pate&#243; todas las puertas hasta romperlas para que, una vez adentro, lo echaran a patadas en el culo de todos lados.</p><p>Ese cuerpo gris, que se hizo admirar por prototipos de l&#250;mpenes como &#233;l y que muri&#243; en todas las vidas que le toc&#243; vivir, asoma la lengua como una serpiente para decir y algo y escupir veneno, pero ya no tiene carga.</p><p>Ese cuerpo fr&#237;o no tiene ni siquiera los recuerdos de los a&#241;os de gloria y protesta, como una criatura, por todo lo que no fue, por todo lo que no es y por todo lo que no ser&#225;.</p><p>Ese cuerpo opaco, escondido debajo de un par de colchas compradas en alg&#250;n dos por uno en un Coto, supo tener una vida fastuosa y ahora tiene que usar el papel higi&#233;nico de los dos lados.</p><p>Ese cuerpo, con la piel desbordada de baches y los dientes emprendiendo la retirada, se acomoda en un catre prestado, despega el adhesivo de los pa&#241;ales y no siente verg&#252;enza para pedir ayuda.</p><p>Ese cuerpo l&#225;nguido, hace el esfuerzo de ponerse una camisa nueva y de sonre&#237;r para la foto cuando llego con la c&#225;mara y le pregunto c&#243;mo est&#225;, qu&#233; quiere, qu&#233; extra&#241;a.</p><p>Ese cuerpo, que supo ser habitado por un maestro de ceremonias urbano, un hamp&#243;n del tiempo muerto y un experto en el desperdicio de la juventud, llora como adulto que a&#241;ora su infancia.</p><p>Ese cuerpo de piel seca, desde esos ojos que viven dentro suyo, busca mi mirada con la nostalgia del perro que est&#225; siendo abandonado cuando le doy las buenas tardes y le digo que me voy.</p><p>Ese cuerpo, en sus &#250;ltimos coletazos de vida, usa lo que le queda de fuerza para pedirme su &#250;ltima voluntad: &#171;Putas, mercas y Breaking bad&#187;.</p><p>Ese cuerpo fr&#237;o, &#250;ltima parada del alma con filo que habita Enrique Symns, guarda dentro suyo todas las heridas de todas las batallas de las que se escap&#243;. Pero de esta, que veo en primer plano, no hay forma de salir vivo.</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!UWrL!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F23e4a567-e88e-40cc-b620-3133c1dfd76d_1120x1014.png" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!UWrL!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_424, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, /__u/nachomerlo.substack.com/f_webp, /__u/nachomerlo.substack.com/q_auto:good, /__u/nachomerlo.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F23e4a567-e88e-40cc-b620-3133c1dfd76d_1120x1014.png 424w, /__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!UWrL!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_848, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, 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sucediendo.]]></description><link>https://nachomerlo.substack.com/p/sera-terrible</link><guid isPermaLink="false">https://nachomerlo.substack.com/p/sera-terrible</guid><dc:creator><![CDATA[Nacho Merlo]]></dc:creator><pubDate>Thu, 28 Aug 2025 21:15:56 GMT</pubDate><enclosure url="https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/64fcdd41-1c99-45dd-836b-99f315170ef5_1200x1600.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Sucedi&#243; algo extra&#241;o y maravilloso. Maravilloso, s&#237;, pero extra&#241;o por sobre todo. El viernes a la noche yo deambulaba por Corrientes, yendo a encontrarme con un amigo para atorarnos de pizza napolitana en G&#252;err&#237;n como hab&#237;amos quedado. Y en la espera de ese encuentro, vi una publicaci&#243;n en Instagram que avisaba que, algunos d&#237;as m&#225;s tarde, Dolina estrenar&#237;a una obra de teatro. &#171;Habr&#225; que ir&#187;, pens&#233; y me puse a leer el texto que acompa&#241;aba la imagen, pero ya convencido de sacar entradas, prestarme a su propuesta, escucharlo cautivo, etc&#233;tera: lo que nos pasa siempre con Dolina. A dos minutos de haberle dado <em>like</em> a la publicaci&#243;n, recib&#237; un mensajito de Cora Barengo, la persona que se encarga de las investigaciones literarias e hist&#243;ricas de La venganza, que hab&#237;a empezado a seguir en Instagram despu&#233;s de ver la publicaci&#243;n de la obra y me propon&#237;a un trueque hermoso: &#8220;Hola Nacho, perd&#243;n por el atrevimiento, pero veo que te encargas de comunicaci&#243;n...nos ayudar&#237;as, en caso de que te sea posible, a difundir de la forma que puedas esta obra que estrenar&#225; pronto? A cambio te ofrezco que Alejandro tambi&#233;n mencione tu libro de cuentos en La Venganza....avisame si te parece bien y si no, ning&#250;n problema&#8221;.</p><div><hr></div><p>Yo ven&#237;a tirando l&#237;neas para hacerle llegar mi libro a Dolina, quiz&#225;s, una de las pocas personas por las cuales realmente me mor&#237;a de ilusi&#243;n por hacerlo. &#161;Qu&#233; clase de descaro el m&#237;o de creerme capaz de decirle a Dolina: &#171;Ac&#225; le traje, mire, este es mi libro. Y hasta se lo dediqu&#233;&#187;. Para eso hab&#237;a hablado con Barton algunas semanas antes. Me invit&#243; al Chacarerean para ir a verlos post-funci&#243;n y, en medio de ese atosigamiento inc&#243;modo, ser uno m&#225;s de los que cartonea el tiempo de los otros y decirle con descaro y urgencia: &#8220;Mire, Dolina, soy fulano, &#191;se acuerda de mi?&#8221;, y una serie de cosas m&#225;s mientras lo espera un taxi. Pero era todo lo que ten&#237;a.</p><p>Hasta el mensaje de Cora.</p><p>&#8212;Hola Cora, claro que s&#237;! &#8212;dije con el entusiasmo apretado para usar bien todas las palabras.</p><p>Empezamos a conversar. De la obra: que ir&#237;a a verlos, que los ayudar&#237;a a difundir, que ser&#237;a un honor que Dolina recomendase mi libro, pero que tambi&#233;n ven&#237;a gestionando un encuentro para entreg&#225;rselo en mano, un sobrecito cerrado, un gracias por todo t&#237;mido y no mucho m&#225;s. &#8220;Dale: se lo pod&#233;s llevar al Chacarerean o a la casa, lo que vos prefieras&#8221;.</p><p>***</p><p>Estaba esperando que se calentara el agua para el mate mientras rele&#237;a: &#8220;...o a la casa, lo que vos prefieras&#8221;.</p><div><hr></div><p>Mi cerebro, creo que como todos, no estoy seguro, tiene dos partes: una racional y otra emocional. En ese momento, mientras le&#237;a la propuesta de Cora de alcanzarle mi libro a Dolina en su casa, la parte racional no lleg&#243; a decir una palabra que la parte emocional lo tom&#243; todo y empez&#243; a hablar, como siempre, intentando hacer que las cosas m&#225;s absurdas &#8212;y alucinantes&#8212; sucedan: es ese hemisferio el que dijo que quiz&#225;s podr&#237;amos ir a Europa y gan&#233; viajes con todo pago m&#225;s de una vez; el que cree que quiz&#225;s podr&#237;a empezar a colaborar de alguna forma con la revista que m&#225;s disfruta y me convierte en su jefe de comunicaci&#243;n; el que piensa que en una de esas podr&#237;a juntar un pu&#241;adito de cuentos y convertirlos en un libro y me convierte en autor. Ese mismo hemisferio, dijo mientras le&#237;a la propuesta de Cora: &#8220;Vamos de Dolina, le tocamos el timbre y le contamos bien la idea del proyecto&#8221;.</p><div><hr></div><p>Yo hab&#237;a cambiado unos mensajes con Dolina hac&#237;a poco m&#225;s de un a&#241;o. En esos le contaba, en las pocas palabras que merece un mensaje de un desconocido, mi idea del <em>Manual de respuestas nocturnas</em>. Medio que me dijo que s&#237; y que no al mismo tiempo y yo lo le&#237; con la ilusi&#243;n de la buena onda, aunque quiz&#225;s lo hab&#237;a contestado con el desinter&#233;s de la respuesta a otra idea m&#225;s de un desconocido.</p><p>Pero me aferr&#233; a ese s&#237;.</p><p>Algunos meses m&#225;s tarde, Barton mediante, tuvimos un fugaz encuentro en la previa de un programa de <em>La Venganza</em> en Adrogu&#233;: estaba ah&#237; Dolina con toda la comitiva vern&#225;cula de s&#225;trapas y yo irrump&#237;, lleno de revistas Orsai, mientras com&#237;an escalopes con pur&#233; de papas. En ese cuadrado donde ahora hay un museo y supo vivir Borges, habl&#233; de t&#250; a t&#250; con Dolina por primera vez: ten&#237;a la concreta misi&#243;n de contarle mi proyecto y la pila de incomodidad de hacerlo mientras seis desconocidos me miraban raro mientras les interrump&#237;a la cena: &#8220;No sab&#237;a que estaban comiendo; perd&#243;n. Igual qu&#233;dense tranquilos que yo vine cenado&#8221;, dije tembloroso para romper el hielo y ninguno pareci&#243; entender el chiste. Dej&#233; mis cosas, muchas gracias por todo, los admiro, chau y me fui con el recuerdo y, a medida empez&#243; a pasar el tiempo, lo fui edulcorando cada vez que se me aparec&#237;a en la memoria. Incluso, en las versiones m&#225;s despiadadas de moral y de juicio, Dolina part&#237;a su escalope en dos y me invitaba a comer un cacho mientras repasaba cosas de memoria. Pero nada de eso hab&#237;a pasado.</p><p>Cuesti&#243;n que ah&#237; vamos: &#8220;S&#237;, dale: voy a andar por la zona &#8212;mentira&#8212; cerca del mediod&#237;a&#8221;, le dije a Cora. En realidad iba a estar m&#225;s o menos cerca, pero si hubiese vivido a 300 kil&#243;metros de mi casa, probablemente tambi&#233;n hubiese tenido que andar por la zona al mediod&#237;a. Agarr&#233; un ejemplar de mi libro y se lo dediqu&#233;:</p><blockquote><p>Dolina: alguna vez me dedic&#243; las <em>Cr&#243;nicas del &#193;ngel gris</em> diciendo que me deseaba "&#201;xitos en v&#237;spera del tedio". Estoy convencido de que, aunque nos mastique los talones, hemos gambeteado al infortunio. Con una admiraci&#243;n y un cari&#241;o que no entra en una p&#225;gina, en v&#237;speras de la gloria, &#233;xitos.</p></blockquote><p>Met&#237; el libro en un sobre y hasta all&#225; me fui. Despu&#233;s de estacionar, camin&#233; una cuadra y media perfecta: sol, mediod&#237;a de s&#225;bado y a un timbre de distancia de cumplir con lo que mi parte racional dec&#237;a que ser&#237;a dejarle un libro en recepci&#243;n a Dolina. &#8220;Quiz&#225;s hasta lo lea&#8221;, pensaba. Pero la otra parte de mi cabeza, el caballo desbocado que propone unir lazos tirantes o logra cosas que le agradezco y padezco, estaba desbocado: &#8220;Ahora toc&#225;s el timbre y sale el mism&#237;simo Dolina. Y te hace pasar, &#191;te imagin&#225;s?&#8221;. Yo lo escuchaba y no pod&#237;a creer la cantidad de estupideces que dec&#237;a.</p><p>Toco el timbre.</p><p>&#8212;Ah&#237; voy, ah&#237; voy &#8212;dice dos veces la voz inconfundible que me hizo dormir m&#225;s veces que mi vieja o que cualquier otra voz. La que me ense&#241;&#243; y supo ser universidad de la ret&#243;rica, de verso y de complicidad. Es Dolina bajando una escalera para recibir un libro con un pu&#241;ado de cuentos que escrib&#237; por culpa de varias circunstancias y, seguramente, m&#225;s de una lleven sus genes.</p><p>Se abre la puerta y un Dolina luminoso, diurno y definitivamente convertido en maestro me saluda por mi nombre, me pide perd&#243;n por el quilombo &#8212;est&#225;n pintando o algo por el estilo&#8212; y mientras mi yo temeroso est&#225; a punto de decir solo &#8220;hola&#8221;, dejar el libro e irse palpitando, tom&#243; el control ese costado del yo que empieza a gobernar mis decisiones cada vez m&#225;s.</p><p>&#8212;Ven&#237;, ven&#237;, pas&#225;, perdon&#225; el despiole pero&#8230; estamos ac&#225; con los muchachos &#8212;me explica mientras subimos una escalera y se&#241;ala con las cejas a uno de los que est&#225;n trabajando en su casa.</p><p>Ya gan&#233;: cualquier cosa que pase desde este momento hasta la muerte super&#243; a la imaginaci&#243;n. La parte de mi cabeza que toma las decisiones arriesgadas hace una media sonrisa, como diciendo: &#8220;&#191;Viste, boludo?&#8221;, y yo le tiro del sweater y le pido que se comporte.</p><p>Sigo a Dolina caminando por una escalera hasta el living de su casa, donde nos sentaremos frente a frente, a charlar de la vida.</p><p>Voy a reescribirlo porque no lo creo todav&#237;a: sigo a Dolina caminando por una escalera hasta el living de su casa, donde nos sentaremos frente a frente, a charlar de la vida.</p><p>Hay un piano de cola, un Mart&#237;n Fierro descansando sobre la tapa y una tonelada de libros y de revistas. Y hay un tipo que me mira y me hace un gesto como queriendo saber qu&#233; cartas tengo en el truco: &#8220;&#191;Y? &#8212;parece querer saber&#8212; &#191;Qu&#233; onda?&#8221;.</p><p>Y entonces, en ese momento, pas&#243; algo extra&#241;o, fuera de libreto, inimaginable para el inseguro que camina &#8212;cada vez menos&#8212; en las suelas de mis zapatos: nada me resulta ajeno, entiendo que est&#225; bien que est&#233; pasando ese encuentro y salgo gambeteando. Una hora m&#225;s tarde, cuando me despida con un abrazo de amistad, promesas de volvernos a juntar e invitaciones genuinas de &#8220;ven&#237; las veces que quieras&#8221;, dir&#233; con ambas partes de las emociones que me gobiernan: la rompimos. Pero para eso falta.</p><p>Lo primero que me nace decirle es el prop&#243;sito o, mejor dicho, el pretexto; lo que forz&#243; el encuentro. Resulta que publiqu&#233; un libro, que es el primero, que tantos cuentos, que se llama Quemarse vivo, que est&#225; escrito en clave de comedia, nostalgia y tragedia, basado en historias que &#8212;seg&#250;n el autor&#8212; puede que hayan sido reales. O no. Y mientras lo ojea, y se detiene en el pr&#243;logo, yo &#8212;sin estudiarlo ni nada, con el sentimiento genuino del v&#237;nculo&#8212; lo miro y le digo: &#8220;Lo primero que quiero es agradecerte por tu amistad&#8221;.</p><p>En una misma oraci&#243;n tiro dos golpes: lo tuteo y lo trato de amigo.</p><p>Dolina se descoloca. Sospecho conocerlo lo suficiente como para que ese cumplido &#8212;que sali&#243; de las entra&#241;as sin ensayo ni libreto ni nada&#8212; lo haya hecho tambalear un poco pero al mismo tiempo le haya causado intriga y felicidad. Cuando termina de leer el pr&#243;logo se r&#237;e, me agradece y me escucha. Le agradezco la amistad: s&#237;, la amistad.</p><p>Le cuento, entonces, porque me pide por favor que le robe el tiempo cuando empiezo a poner alg&#250;n reparo: en este momento, todos los engranajes que regulan el universo funcionan a la perfecci&#243;n. Hacen que yo, Nacho Merlo, periodista, escritor, optimista y afortunado, est&#233; frente a frente con Alejandro Dolina, m&#250;sico, futbolista amateur profesional, fil&#243;sofo contempor&#225;neo, maestro de la gambeta discursiva, faro y refugio, y compartamos ambos una hora de charla en paz durante un mediod&#237;a de s&#225;bado soleado de agosto en Buenos Aires.</p><p>&#8212;&#191;C&#243;mo es eso de la amistad? &#8212;quiere saber.</p><p>Y entonces empezamos: le detallo mi llegada a Buenos Aires a los 12 a&#241;os, desprovisto de todos mis amigos infantiles que quedaron a cientos de kil&#243;metros de mi nueva vida y sin conocer a nadie. Ah&#237; estaba yo, pasado de soledad y hab&#237;a alguien, porque siempre hay alguien que te salva, que me hablaba a la medianoche y me contaba historias que yo no solo no hab&#237;a escuchado nunca, sino que nadie que yo conociera me las podr&#237;a haber contado. Empez&#243; a abrir puertas de las cuales no solo no ten&#237;a las llaves sino que ni siquiera las conoc&#237;a. Me habl&#243; de Heidegger y de los soderos; del zarismo ruso y de tangos; de la revoluci&#243;n china y de los chantas. En paralelo, mientras me adaptaba a una vida con otros relojes y otras costumbres, la voz nocturna de Dolina me dec&#237;a siempre: &#8220;OK, pero mir&#225; que tambi&#233;n est&#225; todo esto&#8221;. Y as&#237; fue durante much&#237;simos a&#241;os.</p><p>Entonces Dolina hace silencio. Son unos segundos largos en donde no s&#233; si dije una estupidez o si me pas&#233; dos pueblos de la confianza. Pero arremete:</p><p>&#8212;Qu&#233; interesante esto de la amistad con los desconocidos; saber, porque uno no sabe nunca, salvo que me digan as&#237; como vos, pero uno sospecha que por ah&#237; algo que dijo, alguna vez, en alguna trasnoche, signific&#243; algo para alguien. Pero saberlo, ya no sospecharlo&#8230; es algo muy hermoso.</p><p>Tengo la certeza: dije la contrase&#241;a, mov&#237; la pieza correcta, le pegu&#233; con la comba exacta: y s&#233;, tambi&#233;n, que si hay un momento para volver a la carga con la idea del <em>Manual de respuestas nocturnas</em>, ese momento es este momento. Lee mi libro de nuevo, lo repasa con fingido inter&#233;s. Le pregunto si puedo sacarle una foto mientras lee y, entregado, me dice que por supuesto, que va a fingir leerlo mejor entonces. Nos re&#237;mos a la par. Le digo que tengo algo escrito que quiero contarle, que si puedo robarle un minuto: &#8220;Robame tranquilo, que el apurado no soy yo, eh&#8221;. Estoy adentro.</p><p>Agarro el tel&#233;fono, abro el drive, busco la carpeta: &#8220;2025 - Proyecto Dolina (EN PAUSA)&#8221; y busco el archivo &#8220;Presentaci&#243;n del proyecto&#8221;. Escrib&#237; ese borrador en 2023 y no le di muchas m&#225;s vueltas. Tengo miedo, ahora que ya tom&#233; la decisi&#243;n de le&#233;rselo en voz alta, en el living de la casa donde vive mientras se cuelan un mont&#243;n de rayitos de sol de mediod&#237;a. Lo encuentro. Empiezo a leer. Leo perfecto. No me trabo nunca; no digo una palabra fuera de lugar, no digo pajeros en vez de p&#225;jaros como me pas&#243; en la primaria, no digo nada que no vaya bien. E incluso hago alguna inflexi&#243;n, como para respirar y lo miro y ah&#237; est&#225; &#161;&#233;l prest&#225;ndome atenci&#243;n a m&#237; mientras yo digo! Cuando termino de leer espero la palmada, el muchas gracias, el hablemos pronto y el chau. Pero no.</p><p>&#8212;Est&#225; muy bien eso, eh. Desde luego que escribir&#233; un pr&#243;logo&#8230; neg&#225;ndome, por supuesto. Me parece b&#225;rbaro, pero yo tengo que negarme. Uno tiene que negarse a los homenajes, pero que se los hagan.</p><p>Otro gol.</p><p>Le cuento, una vez m&#225;s, detalles del v&#237;nculo que nos une: lleva una tonelada de a&#241;os habl&#225;ndole a un micr&#243;fono que inunda los o&#237;dos trasnochados de miles de personas. Le cuento que muchos de los mojones de mi vida tienen sus verdades, sus puntos de vista. Que recurro varias veces a sus conjeturas cuando no entiendo las m&#237;as. Se resta valor: &#8220;El &#250;nico m&#233;rito que tengo, quiz&#225;s y si existiera alguno, es el de haber unido las cosas que dijo uno con las que dijo el otro&#8221;. Le retruco: &#8220;Con ese criterio, Riquelme no jugaba bien a la pelota, sino que tuvo el m&#233;rito de unir al fabricante de la pelota con el fabricante de los botines&#8221;. Nos re&#237;mos otra vez.</p><p>Otro gol.</p><p>La charla, entonces, toma un sentido m&#225;s m&#237;stico: hablamos de los grises y lo gris&#225;ceo: me cuenta &#8212;y le cuento yo tambi&#233;n la coincidencia&#8212; que pas&#243; por la facultad de Derecho y que un d&#237;a, incluso despu&#233;s de dar bien un examen, sali&#243; espantado al grito de &#8220;&#161;&#191;Qu&#233; estoy haciendo yo ac&#225; adentro?!&#8221;. Le expliqu&#233; c&#243;mo hab&#237;a sido mi paleta de grises durante tantos a&#241;os. La temporada bancaria, las carreras que quer&#237;an los otros, el traje y la corbata y c&#243;mo, no s&#233; bien, en un momento tambi&#233;n me pregunt&#233; lo mismo y sal&#237; espantado. Y que ahora estaba dando pasos por la l&#237;nea imaginaria que hab&#237;a trazado, casi sin darme cuenta, hac&#237;a much&#237;simos a&#241;os. Quiz&#225;s &#8212;no quise decirle que seguramente, pero fue as&#237;&#8212; influenciado por un mont&#243;n de maestros ocasionales, entre los cuales estuvo siempre &#233;l.</p><div><hr></div><p>Ahora me pide perd&#243;n porque no hay ni caf&#233; ni medialunas y que es una verg&#252;enza. Le hago un chiste de escalopes y, ahora s&#237;, la carcajada inunda el living entero. Nos re&#237;mos a la par, le pregunto si podemos sacarnos una foto juntos. Se para y le hago un chiste sobre la altura: &#8220;&#191;Vos no eras m&#225;s alto que yo?&#8221; y, r&#225;pido, me dice: &#8220;Pasa que ahora vos creciste&#8221;. Despu&#233;s pone caras de espanto y yo estoy tapizado de felicidad. Le digo de nuevo que no me parece bien robarle m&#225;s tiempo, pero es tambi&#233;n porque todo sali&#243; perfecto. Nos acompa&#241;amos escaleras abajo, nos saludamos con un afecto que no sab&#237;a que pod&#237;a tener reciprocidad, me pide que vaya cada vez que quiera, que le comente los avances del proyecto y que iba a decir p&#250;blicamente que estaba muy en contra de que eso exista y tambi&#233;n muy a favor.</p><p>Creo, entonces, que hemos logrado gambetear el tedio. Y ahora, s&#237;, vamos por la gloria.</p><div><hr></div><p>Addenda: Dolina sobre <em>Quemarse vivo</em> en La venganza ser&#225; terrible.</p><div class="native-audio-embed" data-component-name="AudioPlaceholder" data-attrs="{&quot;label&quot;:null,&quot;mediaUploadId&quot;:&quot;e8c98200-759a-4d19-8641-26de007a1b05&quot;,&quot;duration&quot;:54.49143,&quot;downloadable&quot;:false,&quot;isEditorNode&quot;:true}"></div><div class="native-video-embed" data-component-name="VideoPlaceholder" data-attrs="{&quot;mediaUploadId&quot;:&quot;6f4ffca0-c0f9-474f-8e0f-0214724593f0&quot;,&quot;duration&quot;:null}"></div><p></p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Xuxo y la cuarta dimensión]]></title><description><![CDATA[Un regreso agitado, un vecino solidario y un salto que desaf&#237;a las leyes del universo.]]></description><link>https://nachomerlo.substack.com/p/xuxo-y-la-cuarta-dimension</link><guid isPermaLink="false">https://nachomerlo.substack.com/p/xuxo-y-la-cuarta-dimension</guid><dc:creator><![CDATA[Nacho Merlo]]></dc:creator><pubDate>Fri, 25 Jul 2025 20:39:08 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!S0y-!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F44444ecd-6d8f-422b-8d02-5ad635e930ac_1536x1024.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Ni la paz mundial, ni el fin de la hambruna ni la vida eterna: todos esos deseos son boludeces. El &#250;nico objetivo que ten&#237;a aquel d&#237;a de la primavera era llegar a mi casa sin antes haberme cagado encima. Y, de todos los escenarios posibles, el &#250;nico que jam&#225;s se me cruz&#243; por la cabeza fue que ese d&#237;a conocer&#237;a la cuarta dimensi&#243;n.</p><p>En Argentina, el inicio de la primavera coincide con el D&#237;a del Estudiante, dos excusas combinadas para que los pendejos se pasen el d&#237;a entero mezclando todo lo que pueden comer con todo lo que pueden tomar. Y hace veinticinco a&#241;os yo era uno de esos pendejos.</p><p>Volv&#237;a de Palermo. Hac&#237;a much&#237;simo calor. Pero ahora, con la cabeza llena de canas, pienso que no fue el calor lo que rompi&#243; todo, sino lo que me hab&#237;a metido en las tripas: fernet, cerveza, vino, coca, papas fritas, hamburguesas, mate, leche chocolatada, frutas, helado, pebetes de jam&#243;n y queso, galletitas dulces, caramelos. Un infierno.</p><p>De todos modos, la situaci&#243;n estaba controlada. O casi.</p><p>Media hora antes de pegar la vuelta para casa, tuve alg&#250;n indicio en el cuerpo y pens&#233; en usar un ba&#241;o qu&#237;mico en el Rosedal. Pero la cola de gente era infinita y, ahora que lo pienso, subestim&#233; mis necesidades. &#171;&#161;No pasa nada!&#187;, dije, y me confund&#237;: deb&#237; cagar en ese rect&#225;ngulo de fibra de pl&#225;stico inmundo.</p><p>Volver hasta casa iba a ser eterno: ten&#237;a que tomar un subte, un tren, el colectivo&#8230; Dos horas de viaje en las que el inodoro parec&#237;a cada vez m&#225;s lejano.</p><p>En la tercera estaci&#243;n de subte empec&#233; a sentir que me estaba cagando encima: no fue un aviso sutil ni una cosquillita estomacal. Nada de eso: me cagaba. As&#237; que decid&#237; amigarme con lo inevitable, porque iba a salir cagado de ese vag&#243;n. Mir&#233; a todos los que me rodeaban y empec&#233; un juego para intentar evadirme. &#191;Qu&#233; har&#225; cada una de estas personas cuando se d&#233; cuenta de que me cagu&#233; encima? Ese grupito de varones de treinta se va a alejar tap&#225;ndose la nariz y se&#241;al&#225;ndome. Aquella se&#241;ora petisa de all&#225; va a llamar escandalizada a la polic&#237;a cuando lleguemos a la pr&#243;xima estaci&#243;n. Ese viejo, noble y comprensivo, me hablar&#225; al o&#237;do: &#171;Baj&#225;te, pibe, que est&#225; todo el subte lleno de olor a bosta y sabemos que es por tu culpa&#8230;&#187;.</p><p>Pero, milagrosamente, no pas&#243; nada de eso y, por acci&#243;n divina &#8212;o algo que no s&#233; explicar&#8212;, la molestia ces&#243;, y yo agradec&#237; la suerte, mi suerte, de no haber hecho el papel&#243;n.</p><p>Cuando por fin el tren lleg&#243; a la estaci&#243;n de Lomas de Zamora, eran las siete de la tarde. El D&#237;a de la Primavera, la comida, los tragos y los bosques de Palermo hab&#237;an quedado atr&#225;s. Y el miedo filoso de cagarme encima parec&#237;a haberse escondido: estaba a solo ocho cuadras de mi casa y ten&#237;a todo bajo control. Hasta que empec&#233; a caminar. Y ah&#237; s&#237;, porque el cuerpo tiene l&#237;mites, la suerte decidi&#243; abandonarme.</p><p>Exactamente en ese momento, supe que iba a pasar: ya no hab&#237;a m&#225;s lugar para el verso, la especulaci&#243;n, los milagros, las teor&#237;as falopa le&#237;das en revistas de consultorios para mejorar el comportamiento de las tripas: nada, caso sentenciado.</p><p>El d&#237;a viernes veintiuno de septiembre de 2001, el se&#241;or Merlo, Jorge Ignacio, es encontrado cagado encima en las calles de Lomas de Zamora, mientras vecinos y transe&#250;ntes lo se&#241;alan al pasar y lo convierten, para toda la eternidad, en objeto de burla colectiva.</p><p>Empec&#233; a transpirar fr&#237;o, me aumentaron los latidos y el p&#225;rpado izquierdo me temblaba. Palidec&#237;. Comenzaron las preguntas existenciales &#8212;&#171;&#191;por qu&#233; a m&#237;?&#187;, &#171;&#191;por qu&#233; ahora?&#187;&#8212;, y despu&#233;s recurr&#237; a las matem&#225;ticas. Siempre tuve facilidad para los n&#250;meros y ese d&#237;a lo ratifiqu&#233;: hacer cuentas con los seis metros de intestinos rebalsados de mierda no es una capacidad, es un don.</p><p>El resultado era claro: ten&#237;a tres minutos. Si no lograba resolverlo en menos de tres minutos, iba a estar completamente cagado encima. Todav&#237;a me faltaban seis cuadras para llegar a casa: ten&#237;a que tardar menos de treinta segundos por cuadra. No era un mal n&#250;mero.</p><p>Me apur&#233;. La primera cuadra la encar&#233; con super&#225;vit. Si la percepci&#243;n del tiempo no me fallaba, hab&#237;a tardado veinti&#250;n segundos en hacer esos cien metros. Entonces pens&#233; que pod&#237;a bajar mi tiempo a quince segundos, como si estuviera batiendo un r&#233;cord. Empec&#233; a caminar todav&#237;a m&#225;s r&#225;pido, casi trotando: una gacela gastrointestinal. &#171;Si las cuentas salen bien &#8212;me dije&#8212;, tengo tiempo de llegar a casa, elegir un libro de la biblioteca, prenderme un pucho y, reci&#233;n entonces, sentarme en el inodoro&#187;. Qu&#233; confundido estaba.</p><p>Cuando faltaba media cuadra para llegar, el cuerpo dijo &#171;hasta ac&#225;, macho&#187;, y se empac&#243; como un caballo. Psiquis y corpus dejaron de formar un equipo y ya no coordinaban. El cuerpo tom&#243; el control y empez&#243; a correr sin que la orden viniera de la cabeza, que no tuvo m&#225;s remedio que acompa&#241;arlo.</p><p>Llegu&#233; a casa corriendo, transpirado, borracho, jadeando: daba verg&#252;enza. Temblando, met&#237; la mano en el bolsillo del jean para sacar las llaves y pas&#243; lo peor: en ese momento hubiese cambiado la vida eterna por tener las llaves de mi casa. Pero las llaves no estaban. Tiritando, empec&#233; a tocar el timbre. Un timbrazo. Dos timbrazos. Ciento veinte timbrazos y cuarenta patadas a la puerta gritando para que me abrieran. Nadie contestaba. Mi est&#243;mago se hab&#237;a convertido en un bolillero de loter&#237;a familiar: todos los soretes giraban, y en cualquier momento uno se iba a acomodar para que el culo gritara &#171;&#161;bingo!&#187;.</p><p>A esta altura, los recuerdos se vuelven un poco difusos: creo que me baj&#243; demasiado la presi&#243;n, me subi&#243; el az&#250;car o las dos cosas al mismo tiempo. De lo que s&#237; me acuerdo es de haber apretado los cachetes del culo con todas mis fuerzas, parado como Chaplin, esperando que alguien me ayudara.</p><p>Empec&#233; a barajar la posibilidad de cagarme encima y quedarme as&#237; en el porche de mi casa hasta que alg&#250;n familiar llegase, ya no como una tragedia, sino como una opci&#243;n para resolver mi problema: no pod&#237;a seguir luchando. Pero no ten&#237;a ni un boleto de colectivo para limpiarme el culo, y sent&#237;a que no pod&#237;a ser tan injusto con mi familia: encontrarse un hijo grande todo cagado encima en el porche de la casa debe de ser tremendo.</p><p>Entonces fui m&#225;s all&#225; y pens&#233; directamente en matarme. Con honestidad lo pens&#233;. Mir&#233; a mi alrededor mientras temblaba y lo &#250;nico que vi fue un baldos&#243;n flojo. Pod&#237;a usarlo para reventarme la cabeza, pero supe que, si me agachaba a hacer fuerza, me cagaba. Y conclu&#237; que, ya que iba a matarme, era preferible cagar primero. Porque, si ya era traum&#225;tica la imagen de un tipo de un metro noventa cagado encima en el porche de su casa, mucho peor era que me encontraran cagado encima y, adem&#225;s, muerto. Me apiad&#233; de mi familia o del enfermero que tuviera que lavarme. Y pens&#233; qu&#233; pasar&#237;a si sal&#237;a mal: me romp&#237;a la tapa de los sesos, me cagaba encima y, en vez de morirme, entraba en un coma profundo. &#191;Qui&#233;n carajo iba cuidar a un tipo cagado hasta los talones que se hab&#237;a reventado la cabeza con un baldos&#243;n? &#191;Qui&#233;n querr&#237;a a una persona as&#237;?</p><p>Volv&#237; a sacar cuentas: no me conven&#237;a. Una vez m&#225;s, al borde del llanto, pate&#233; la puerta de mi casa y toqu&#233; el timbre al mismo tiempo. Llor&#233;. Por primera vez en todo el d&#237;a, llor&#233;. Fueron l&#225;grimas amargas de desolaci&#243;n y desamparo.</p><p>Entonces, a lo lejos, escuch&#233; pasos. Mir&#233; a mi derecha lleno de ilusi&#243;n, y all&#237; ven&#237;a Xuxo. Mi buen vecino Xuxo.</p><p>Todo el mundo le dec&#237;a Yuyo, porque hab&#237;a dedicado su vida entera a la jardiner&#237;a y era un experto en desmalezar: en sacar yuyos. Pero, desde que lo conoc&#237;, comenc&#233; a instalar el rumor entre amigos y familiares de que el bueno de mi vecino era admirador de Xuxa y de que se apodaba as&#237; por ese motivo. Entonces, Xuxo.</p><p>Mi casa, esa casa, daba al frente. Detr&#225;s hab&#237;a tres casas m&#225;s. Xuxo viv&#237;a en el segundo departamento, justo detr&#225;s de mi casa. Y su patio y el m&#237;o estaban uno al lado del otro.</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!S0y-!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F44444ecd-6d8f-422b-8d02-5ad635e930ac_1536x1024.png" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!S0y-!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_424, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, /__u/nachomerlo.substack.com/f_webp, /__u/nachomerlo.substack.com/q_auto:good, /__u/nachomerlo.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F44444ecd-6d8f-422b-8d02-5ad635e930ac_1536x1024.png 424w, /__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!S0y-!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_848, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, 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Estaba transpirado y asustado.</p><p>&#8212;&#191;Te quedaste afuera, pibe? &#8212;quiso saber.</p><p>&#8212;S&#237;&#8230; Pasa que no hay nadie en mi casa y&#8230; &#161;me estoy cagando encima!</p><p>&#8212;Ja, ja&#8230; Ven&#237; que te abro por ac&#225; y salt&#225;s al patiecito de tu casa.</p><p>Contempl&#233; la posibilidad de abrazarlo, pero ten&#237;a miedo de hacer fuerza y cagarme. Xuxo abri&#243; la puerta del pasillo por donde entraba a su casa y me acompa&#241;&#243; hasta su patio con pasos lentos, raspando unas alpargatas flojas. Ten&#237;a ochenta y cinco a&#241;os, una gorra vieja y azul que dice &#171;Pirelli&#187; y una cantidad de pelo blanqu&#237;simo totalmente desproporcionada para alguien de su edad. Era un viejo de los de antes, de esos que ya ten&#237;an cara de viejo a los dieciocho y nunca usaban pantalones largos. Pero, pese a su buena onda, tuve la sensaci&#243;n de que le importaba un carajo si me cagaba o no.</p><p>&#8212;Ven&#237;, pas&#225; por ac&#225;&#8230; Peg&#225;s un saltito, te colg&#225;s de esa pared y ca&#233;s en el patio de tu casa.</p><p>En ese momento am&#233; a Xuxo: nadie hab&#237;a hecho tanto por m&#237; en toda la vida. Mir&#233; la pared, que estaba ah&#237; nom&#225;s, a unos cinco metros. Atr&#225;s de ese muro estaba el patio de mi casa. Y en esa casa estaba mi ba&#241;o. Y en ese ba&#241;o, mis diarios y mis revistas. Mir&#233; el suelo, mir&#233; la pared, volv&#237; a mirar el suelo. Y entonces me sent&#237; un atleta ol&#237;mpico a punto de superar su mejor marca en salto en alto. Me prepar&#233; para mi gran haza&#241;a. Observ&#233; a Xuxo, que, en silencio, me alentaba. La pared ten&#237;a algo m&#225;s de dos metros de altura. Tom&#233; carrera y corr&#237; todo lo r&#225;pido que pod&#237;a correr.</p><p>Nunca hab&#237;a remontado tanta velocidad en tan pocos metros. Ni siquiera cuando me incendi&#233; el tal&#243;n haciendo experimentos a los diez a&#241;os. Llegu&#233;, mientras corr&#237;a, a una conclusi&#243;n desde el empirismo: cagarse encima es mucho peor que quemarse vivo.</p><p>Di un paso, dos, tres, cuatro. No llegaba a ver los ademanes de Xuxo ni a escuchar las advertencias. En el momento en que empec&#233; a flexionar las rodillas para saltar con impulso, el mundo que hab&#237;a conocido, el curso l&#243;gico de la vida, las leyes de la f&#237;sica y las reglas del universo dejaron de existir. Toda mi vida hab&#237;a ocurrido dentro de ciertos m&#225;rgenes de normalidad, con alg&#250;n que otro exceso, pero bien. Sin embargo, no hab&#237;a ni habr&#225; ninguna persona psicol&#243;gicamente preparada para vivir algo as&#237;. Porque, en el instante en que fui a rebotar contra el suelo, algo se parti&#243; debajo de la suela de mis zapatillas, el piso desapareci&#243;, me hund&#237; en las profundidades de la tierra y qued&#233; sumergido por completo en litros y litros de agua helada: todo lo que hab&#237;a conocido ya no exist&#237;a, y pas&#233; a formar parte del inframundo.</p><p>De repente, escuch&#233; los gritos que me tra&#237;an de regreso: fuera del agua, el mismo viejo noble y cansado que me hab&#237;a abierto la puerta no paraba de putearme.</p><p>&#8212;&#161;La reput&#237;sima madre que te pari&#243;! &#161;Marmota! &#161;Me hiciste mierda la tapa del tanque! &#161;Sal&#237; de ah&#237;, hijo de mil putas!</p><p>Ten&#237;a raz&#243;n el bueno de Xuxo. Hab&#237;a querido ayudarme y le destru&#237; el tanque cisterna enterrado bajo tierras conurbanas para acumular agua potable en verano. Pero yo estaba viviendo una realidad paralela: de la cintura para arriba, estaba casi seco, transpiraba fr&#237;o y ten&#237;a taquicardia. De la cintura para abajo, todo estaba mal: estaba a nada de cagarme encima, lleno de agua y sin hacer pie. Y encima Xuxo empezaba a patearme mientras se agarraba la cabeza con las dos manos.</p><p>Como pude, pidiendo perd&#243;n, agarr&#225;ndome el culo con una mano y cubri&#233;ndome con la otra de los golpes, hui como una rata y trep&#233; a medio cagarme, con los pantalones mojados. Cuando logr&#233; pasar al patio de mi casa, el volumen de los gritos de Xuxo empez&#243; a disminuir.</p><p>El cuerpo me ped&#237;a a gritos terminar con aquello. Pens&#233; en que, si bien hab&#237;a tenido un gran gesto, sus gritos me hab&#237;an hinchado un poco las pelotas.</p><p>&#8212;&#161;Pendejo de mierda! &#161;Te voy a matar! &#161;Marmota! &#8212;pataleaba Xuxo.</p><p>&#8212;&#191;Xuxo? &#8212;pregunt&#233;.</p><p>&#8212;&#161;&#191;Qu&#233;?! &#8212;respondi&#243; agresivo.</p><p>&#8212;&#191;Me escuch&#225;s? &#8212;repregunt&#233;.</p><p>&#8212;&#161;&#191;Qu&#233; quer&#233;s?! &#8212;patale&#243;.</p><p>&#8212;&#161;And&#225;te a la puta madre que te pari&#243;! &#8212;me re&#237; y empec&#233; a alejarme.</p><p>Xuxo se qued&#243; puteando en el patio de su casa. Gritaba y gritaba mientras yo romp&#237;a una cerradura para llegar a tiempo al ba&#241;o. Gritaba mientras el jard&#237;n hermoso se le llenaba de agua. Gritaba mientras Berta, su mujer, se acercaba como pod&#237;a girando las ruedas de la silla en la que estaba postrada. Ella preguntaba qu&#233; hab&#237;a pasado, &#233;l no sab&#237;a explicar&#8230; Ambos gritaban y sacaban cuentas en el aire del gasto que les hab&#237;a ocasionado. &#191;Cu&#225;ndo podr&#237;an hacer la tapa nueva? &#191;D&#243;nde conseguir&#237;an pintura de color verde para pintarla y que quedara camuflada en el pastito? &#191;Qui&#233;n la pagar&#237;a?</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!hWQ1!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F24839969-f3df-41f2-b867-1077a8e3b675_1760x990.png" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!hWQ1!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_424, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, /__u/nachomerlo.substack.com/f_webp, /__u/nachomerlo.substack.com/q_auto:good, 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Ahora que soy adulto, las veces que la vida me juega un apuro, escucho el eco de sus voces y me transporto a aquel patio como si apoyara mis o&#237;dos en un caracol para evocar el mar. Ah&#237; estar&#225; para siempre Xuxo, pute&#225;ndome por haber destruido su amado tanque de agua. Incluso, si hago un poco de fuerza, puedo volver a verme ah&#237;, mitad seco, mitad mojado, prestando atenci&#243;n a cada detalle para poder contarlo. </p><div><hr></div><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!_lEG!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fe055c9b1-223e-4b5b-9193-3dac3b2c1173_1200x1200.png" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!_lEG!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_424, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, /__u/nachomerlo.substack.com/f_webp, /__u/nachomerlo.substack.com/q_auto:good, /__u/nachomerlo.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fe055c9b1-223e-4b5b-9193-3dac3b2c1173_1200x1200.png 424w, 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Lo public&#243; Orsai, el pr&#243;logo lo escribi&#243; <strong>Hern&#225;n Casciari</strong> y lo mando autografiado a cualquier rinc&#243;n del universo, por m&#225;s lejano que parezca.</figcaption></figure></div><p class="button-wrapper" data-attrs="{&quot;url&quot;:&quot;https://tienda.orsai.org/products/quemarse-vivo&quot;,&quot;text&quot;:&quot;Comprar&quot;,&quot;action&quot;:null,&quot;class&quot;:null}" data-component-name="ButtonCreateButton"><a class="button primary" href="https://tienda.orsai.org/products/quemarse-vivo"><span>Comprar</span></a></p><p></p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Te felicito, hermano]]></title><description><![CDATA[Cuando muere una madre, el mundo tambalea. Pero si en el velorio te espera tu mejor amigo completamente drogado, la cosa se vuelve inolvidable.]]></description><link>https://nachomerlo.substack.com/p/te-felicito-hermano</link><guid isPermaLink="false">https://nachomerlo.substack.com/p/te-felicito-hermano</guid><dc:creator><![CDATA[Nacho Merlo]]></dc:creator><pubDate>Tue, 22 Jul 2025 12:56:27 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!TVM0!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F7a8cda69-917a-4302-96f5-8c492317a66e_1536x1024.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!TVM0!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F7a8cda69-917a-4302-96f5-8c492317a66e_1536x1024.png" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!TVM0!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_424, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, /__u/nachomerlo.substack.com/f_webp, /__u/nachomerlo.substack.com/q_auto:good, /__u/nachomerlo.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F7a8cda69-917a-4302-96f5-8c492317a66e_1536x1024.png 424w, /__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!TVM0!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_848, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, /__u/nachomerlo.substack.com/f_webp, /__u/nachomerlo.substack.com/q_auto:good, /__u/nachomerlo.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F7a8cda69-917a-4302-96f5-8c492317a66e_1536x1024.png 848w, /__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!TVM0!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_1272, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, 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hermano&quot;,&quot;subtitle&quot;:&quot;Comunidad Orsai&quot;,&quot;description&quot;:&quot;Episode&quot;,&quot;url&quot;:&quot;https://open.spotify.com/episode/3DJqL8bukPVFFJvVWdmC8C&quot;,&quot;belowTheFold&quot;:false,&quot;noScroll&quot;:false}" src="https://open.spotify.com/embed/episode/3DJqL8bukPVFFJvVWdmC8C" frameborder="0" gesture="media" allowfullscreen="true" allow="encrypted-media" data-component-name="Spotify2ToDOM"></iframe><h6><em>Pod&#233;s leer esta historia como en el siglo pasado, o escucharla en la voz del autor.</em></h6><div><hr></div><p>Reci&#233;n acomodaron el caj&#243;n. Ya llor&#233; a mi vieja en tandas, con propios y con desconocidos, con culpa y con alivio, pero parece que va para largo. Ya hice el ejercicio de relatar el principio, el nudo y el desenlace de su &#250;ltimo tiempo. Ya dije que no lo pod&#237;a creer y que, por suerte, no sufrir&#237;a m&#225;s. Ya habl&#233; de c&#225;ncer y de tumor, de met&#225;stasis y de quimioterapia, de fe y de injusticia, de dolor y de tristeza, de tierra, de nicho y de cremaci&#243;n, de la ciencia y de la fatalidad, de la trascendencia. Incluso aprovech&#233; el momento de tener la luz cenital sobre m&#237; para decir &#171;no somos nada&#187; por lo menos tres veces. Ya hice todo eso. Pero ahora lo &#250;nico que necesito es salir corriendo del abrazo con una supuesta t&#237;a que no vi en mi vida y me tiene atrapado. Y a lo lejos veo venir al N&#237;vor, mi gran amigo de la vida: los brazos abiertos de par en par desde hace m&#225;s de media cuadra, los ojos rojos del llanto, preparad&#237;simo para darme el p&#233;same. Lo espero con la mirada h&#250;meda, los labios temblorosos y la necesidad del amigo que est&#225; roto por dentro. Pero para eso falta el principio de la historia.</p><p>Mi vieja agonizaba. Un c&#225;ncer rabioso se la estaba comiendo temprano, y entonces Ro, mi compa&#241;era de vida, empez&#243; a hacer algunos llamados para alertar del desenlace de su suegra: &#171;La mam&#225; de Nacho est&#225; muy mal&#187;. &#171;No hay mucho por hacer&#187;. &#171;Est&#225; internada en tal lugar&#187;. &#171;Los horarios de visita son estos&#187;.</p><p>Nadie sabe del todo qu&#233; se hace cuando la muerte merodea, pero es algo como eso: dar aviso a los cercanos, preparar el terreno, pedir ayuda para el consuelo de los que se quedan. Y acompa&#241;ar.</p><p>Estaba en el bar frente al sanatorio cuando me son&#243; el tel&#233;fono: &#171;n&#250;mero desconocido&#187;, dec&#237;a. Les mostr&#233; a mis hermanas la pantalla parpadeando y nos fundimos en llanto sin atender. Despu&#233;s pregunt&#233; qui&#233;n era, solo para confirmar, y nos desarmamos.</p><p>Cruc&#233; con una urgencia sin sentido, sin saber si hab&#237;a pagado la cuenta del desayuno, y me desplom&#233; de angustia en los brazos de alguien que no recuerdo. Y mientras todo esto pasaba, nac&#237;a la historia que terminar&#237;a esa misma noche en el velorio: en el abrazo con el N&#237;vor, el cicatrizante m&#225;s potente que conoc&#237; en mi vida.</p><p>Hoy morir&#225; mi mam&#225;. Amanec&#237; dolorido al lado de su cama, en una banqueta de madera que me dieron en el sanatorio. Estoy viendo su final y tambi&#233;n el reflejo de un televisor que transmite un partido del ascenso en mute. Al mismo tiempo y en la otra punta de la ciudad, el N&#237;vor y la China &#8212;su mujer&#8212; comienzan el d&#237;a cocinando una torta enorme con marihuana. No es un bizcochuelito inofensivo: es artiller&#237;a realmente pesada. Mientras crece en el horno, no pueden evitar mirarla: la desean y se prometen comerla juntos al volver de trabajar. Cuando est&#225; lista, la sacan, la tapan y la arropan como a un beb&#233; reci&#233;n dormido, y se van.</p><p>Pero ella miente.</p><p>Esa tarde, la China termina de trabajar m&#225;s temprano, llega y piensa: &#171;Ma&#8217; s&#237;, me como un pedazo&#187;, y corta dos tajadas mientras se pone a dise&#241;ar cosas en la computadora.</p><p>Cuando el N&#237;vor llega a su casa y ve la torta cortada en pedazos, lo primero que siente es la traici&#243;n, y luego la preocupaci&#243;n por saber d&#243;nde est&#225; su mujer. La busca por todos lados y no la encuentra. Hasta que se topa con una nota en la barra de la cocina que dice con letra temblorosa: &#171;SOS. Estoy en el lavadero&#187;.</p><p>El N&#237;vor &#8212;sobrio todav&#237;a&#8212; entra en el lavadero y encuentra a la China retorcida de risa entre s&#225;banas y toallones, sucios y limpios, no pudiendo con su vida. Lloran de la risa. Ella no puede destrabarse la mand&#237;bula, &#233;l se contagia f&#225;cil:</p><p>&#8212;&#191;Qu&#233; te pasa? &#8212;pregunta &#233;l.</p><p>&#8212;Com&#237; mucha torta &#8212;contesta ella llorando de risa.</p><p>&#8212;Quiero un pedazo &#8212;retruca &#233;l.</p><p>Ella le dice que no, que le va a hacer mal, pero se lo dice a los gritos y llorando de risa, con la boca llena de migas y carcajadas. &#201;l se ceba y se come media torta con la desesperaci&#243;n de un adolescente trasnochado que se salte&#243; dos comidas. Come. Come y grita:</p><p>&#8212;&#161;No pega! &#161;Esta mierda no pega! &#161;No hace nada!</p><p>Corta y come m&#225;s.</p><p>&#8212;&#161;Par&#225;, boludo, te va a hacer mal! &#8212;advierte ella.</p><p>Pero es tarde. &#201;l ya no est&#225; en este plano.</p><p>&#8212;&#161;No pega, no pega, quiero m&#225;s! &#8212;grita el N&#237;vor, y se mete porciones inmensas de a dos.</p><p>Cuando por fin toma conciencia, est&#225; completamente adobado, tapado junto a la China con una manta sucia en el lavadero. Vista de afuera, la escena se parece a cuando envuelven a dos cachorritos abandonados con un trapito, pero son dos adultos completamente drogados que no pueden parar de re&#237;rse.</p><p>Hasta que suena el tel&#233;fono.</p><p>Juegan piedra, papel o tijera para ver qui&#233;n atiende.</p><p>&#8212;Si empatamos tres veces, perd&#233;s vos &#8212;dice el N&#237;vor, inventando un reglamento que la China no protesta.</p><p>Empatan tres veces. Ella se para como puede, patea el jab&#243;n en polvo y un secador de piso. El N&#237;vor llora de la risa. Llora como nunca hab&#237;a llorado en treinta y cinco a&#241;os.</p><p>&#8212;Hola, &#191;s&#237;? &#191;Ro? &#161;No! &#161;No! &#161;No me digas! &#161;No, no puede ser! &#161;Ay, ya le aviso al N&#237;vor! &#161;Obvio que vamos! &#161;Qu&#233; cagada!</p><p>Corta. Llora. Se r&#237;e. Se r&#237;e y llora. Vuelve a llorar. Y a re&#237;rse.</p><p>&#8212;Boludo &#8212;se r&#237;e&#8212;, no lo puedo creer &#8212;llora&#8212;, falleci&#243; la mam&#225; de Nacho.</p><p>El N&#237;vor sale del personaje por dos minutos. Se pone serio. Transpira fr&#237;o. Le est&#225; bajando la presi&#243;n. Se r&#237;e. Llora.</p><p>&#8212;Necesito algo dulce &#8212;dice con un hilito de voz y rompe en llanto. Se para y se corta dos porciones m&#225;s de torta. Llora de la risa y de la angustia. Se r&#237;e de la marihuana y de los nervios. Llora y se r&#237;e. Piensa un plan&#8212;: Tenemos dos horas para sacarnos la locura.</p><p>Se miran e improvisan. Se dan una ducha fr&#237;a. Dos duchas fr&#237;as. Una tercera ducha caliente y, nuevamente, una ducha fr&#237;a. Lloran. Se r&#237;en. Nada los baja a la tierra.</p><p>&#201;l tiene una idea incre&#237;ble:</p><p>&#8212;Ya s&#233;, tenemos que sacarnos la locura de adentro del cuerpo. Empecemos a gritar.</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!hPVM!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Ffe579c39-efe6-4297-b769-79ef26e2109c_1536x1024.png" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!hPVM!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_424, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, /__u/nachomerlo.substack.com/f_webp, /__u/nachomerlo.substack.com/q_auto:good, /__u/nachomerlo.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Ffe579c39-efe6-4297-b769-79ef26e2109c_1536x1024.png 424w, /__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!hPVM!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_848, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, /__u/nachomerlo.substack.com/f_webp, 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Los vecinos se asustan, llaman para ver si todo est&#225; bien.</p><p>&#8212;S&#237;, s&#237;, todo bien, se muri&#243; la mam&#225; de Nacho &#8212;explica el N&#237;vor entre risas y llantos&#8212;, pero estamos sac&#225;ndonos la locura.</p><p>Es la hora de salir para el velorio.</p><p>&#8212;Vayamos caminando, as&#237; no puedo manejar &#8212;se sincera &#233;l.</p><p>&#8212;Yo tampoco, y adem&#225;s no me acuerdo de c&#243;mo ir &#8212;agrega ella.</p><p>&#8212;Yo no me acuerdo de c&#243;mo manejar &#8212;confiesa &#233;l. Y asegura&#8212;: De alguna forma vamos a llegar.</p><p>Dos horas y cuarto tardan el N&#237;vor y la China en caminar las doce cuadras que separan su casa del lugar donde voy a ver a mi vieja por &#250;ltima vez. En cada esquina debaten cu&#225;l ser&#237;a la mejor opci&#243;n: seguir o doblar; si doblar, &#191;hacia d&#243;nde?</p><p>Llegan a la zona. Frente a la casa velatoria hay una plaza inmensa. El N&#237;vor est&#225; seguro de que necesita liberar energ&#237;as. Lo vio en un video de un youtuber polaco que fuma porro todo el d&#237;a y sale en calzoncillos a correr por la nieve para estabilizarse.</p><p>&#8212;Voy a correr, China. Lo vi a Litb&#333;k en un video.</p><p>Algunos lo ven desde enfrente: los t&#237;midos que no se atreven a entrar al velorio y se agolpan en la puerta, los que esperan que llegue m&#225;s gente y los que van de compromiso.</p><p>Pasa corriendo como un velocista del conurbano profundo: una vuelta, dos, cinco. Cada vez m&#225;s r&#225;pido. En la vuelta seis, empieza a gritar de nuevo para sacarse la locura. Grita. Se r&#237;e. Llora. Diez vueltas m&#225;s tarde, sabe que es el momento:</p><p>&#8212;Estoy listo. Vamos.</p><p>Agarra a la China de la mano y cruza a buscarme. Sabe que necesito su consuelo.</p><p>Entonces me entrego al abrazo de mi amigo, mi hermano, tan a contramano del mundo, tan delirante, tan querible. Me agarra la cara, como hacen los jugadores de f&#250;tbol, y levanta la voz para que lo escuchen todos, seguro de estar a punto de decir una genialidad. Con todo su amor, grita:</p><p>&#8212;&#161;Te felicito, hermano!</p><p>Si mi vieja hubiese estado del lado de afuera del caj&#243;n, lo habr&#237;a entendido. Toda la gente de la cuadra hace silencio para esperar mi reacci&#243;n. No es un silencio normal: es un silencio espeso, de esos que podr&#237;an medirse. Un silencio grueso. Y entonces, antes de que lo muelan a palos por desubicado, lo abrazo con todo el amor que estos treinta a&#241;os de amistad nos dieron y le digo al o&#237;do:</p><p>&#8212;Gracias, hermano.</p><p>Y, por primera vez, encuentro algo de consuelo.</p><p>Ya pasaron muchos a&#241;os desde que vi a mi vieja por &#250;ltima vez, cuando, con un hilito de luz y de cordura, d&#225;ndome la mano llena de cables, me pregunt&#243; si quer&#237;a comer torta de manzana. &#171;No s&#233; c&#243;mo se hace, &#191;me cont&#225;s?&#187;. Saqu&#233; el tel&#233;fono. No exist&#237;a WhatsApp, pero grab&#233; una nota de voz con el paso a paso. Me fue relatando, con algunas ausencias entre cada ingrediente. Yo lloraba lento. Si hay una cosa peor que la muerte de una madre, es la confirmaci&#243;n de esa inminencia: no solo est&#225;s a punto de vivirlo, sino que sab&#233;s que va a pasar en breve. Entonces le di un beso en la frente, le corr&#237; el pelo de la cara y me sequ&#233; las l&#225;grimas con el codo para salir de la habitaci&#243;n y desplomarme.</p><p>La vida fue pasando, la herida se fue haciendo c&#225;scara y yo segu&#237; caminando. Me acuerdo de mi vieja, aunque su voz se me va borrando. Quedan solo dos o tres palabras que recuerdo con su tono, pero todas las dem&#225;s, ya no. Cada tanto la traigo a la vida cont&#225;ndoles a mis hijas historias de aquellos a&#241;os. &#171;Pa, &#191;la abuela se muri&#243; antes de que yo naciera?&#187;, me pregunt&#243; Lupe anoche mientras cen&#225;bamos. Le dije que s&#237;, restando importancia. &#171;Pobre, se perdi&#243; toda mi vida&#187;, me apu&#241;al&#243;.</p><p>Escucho mi tel&#233;fono sonar. Es un audio del N&#237;vor. Cambiamos un par de mensajes:</p><p>&#8212;Gaucho &#8212;por alguna raz&#243;n, siempre me dice &#171;gaucho&#187;&#8212;, me quiero matar. Estaba a punto de arrancar a ensayar y me avisa mi prima que mi vieja se descompuso&#8230; Encima hab&#237;a catado unas florcitas&#8230;, me tuve que poner sobrio de prepo, che&#8230;</p><p>&#8212;Qued&#225;te tranqui, a esta altura los viejos empiezan con alg&#250;n achaque, le van a dar alguna falopita y la sacan a pista. No le des esos petardos que fum&#225;s vos, que la vas a destrozar. &#8212;Y me fui a dormir.</p><p>Cuando me despert&#233;, al d&#237;a siguiente, le mand&#233; un sticker y le pregunt&#233;: &#171;&#191;Y, bestia? &#191;C&#243;mo sigue la Mit?&#187;.</p><p>El N&#237;vor es m&#225;s que un amigo. Fue mi primer amigo cuando vine a vivir a Buenos Aires. Me acuerdo no solo de &#233;l, sino de nosotros. Yo era medio retac&#243;n; &#233;l, flaco y petiso. Camin&#225;bamos por la calle; &#233;l para un lado y yo para el otro. Cuando nos cruzamos &#8212;ya nos ten&#237;amos vistos&#8212;, me se&#241;al&#243; la pierna y me dijo algo inentendible, un balbuceo. &#171;&#191;Qu&#233; cosa?&#187;, quise saber. &#171;Que se te est&#225; por caer la plata que ten&#233;s escondida en la media&#187;.</p><p>Cuando vine a Buenos Aires, conoc&#237; algo que para m&#237; no exist&#237;a en el interior: parece que si un nene va con plata por la calle lo pueden robar. Entonces me hab&#237;a hecho el h&#225;bito de esconderme la plata en una media, algo que creo que ya no se usa, pero fue moda en los noventa. El N&#237;vor me se&#241;alaba la pierna. El billete asomado en la pierna. &#171;Vas a perder la plata&#187;, me dijo. Le agradec&#237; y le dije que estaba yendo al kiosco, que si quer&#237;a lo invitaba a tomar una coca. Y fuimos.</p><p>Y fuimos de viaje, salimos, compartimos el d&#237;a, la noche, el hambre, las tardes, el fr&#237;o, fumamos, bailamos, nos emborrachamos millones de veces, crecimos, fuimos padres, formamos familias, tuvimos hijas. Nos prestamos los miedos y los brazos varias veces: tenemos una confianza inquebrantable, esa de las personas definitivas. Conocimos tugurios, nos rateamos del colegio, llamamos putas a domicilio, robamos los autos de nuestros viejos y les sacamos guita a nuestras madres para comprar cigarros.</p><p>Cuando descubrimos la noche, tuvimos que ponernos de acuerdo para emborracharnos: si una semana uno se hab&#237;a puesto en pedo, no pod&#237;a quebrar la semana siguiente, le tocaba al otro. Pero nos dur&#243; poco. Jugar al abstemio, si fuiste adolescente en una d&#233;cada neoliberal, es imposible: mi generaci&#243;n ven&#237;a rebotando permanentemente contra las malas noticias. &#191;Industrias? No existen m&#225;s. &#191;Futuro? Para nadie. &#171;Lo mejor que pueden hacer cuando terminen el colegio es manejar un rem&#237;s&#187;, dijo el director del industrial cuando estaba por egresar. El panorama era desolador, y lo mejor que pod&#237;a pasarnos era sobrevivir.</p><p>Entonces, uno de los dos grit&#243; eureka. &#171;&#161;Boludo! &#8212;le dije&#8212;, mir&#225; esto. Acerc&#225;te&#187;. Me puse a la par de &#233;l, hombro con hombro &#8212;ya los dos hab&#237;amos pasado el metro ochenta&#8212;, y tom&#233; medidas: &#171;S&#237;, joya. Tenemos los hombros a la misma altura. Ven&#237;&#187;.</p><p>La t&#233;cnica para caminar juntos en pedo result&#243; ser grandiosa. Yo pegaba mi hombro derecho a su hombro izquierdo y nos d&#225;bamos una mano con el equilibrio hasta llegar a nuestras casas, totalmente heridos. A veces alguno estaba un poquito m&#225;s sobrio que el otro, pero nos hab&#237;amos acostumbrado a volver as&#237;, siameses, ligados por el alcohol.</p><p>Despu&#233;s tuvimos la fortuna de tocar los tres o cuatro timbres correctos y enderezar el barco. Todo podr&#237;a haber salido peor, pero ac&#225; estamos.</p><p>En todo esto pienso mientras me ba&#241;o. Salgo y agarro el tel&#233;fono para escribirle. Entonces veo su mensaje: &#171;Falleci&#243; mi mam&#225;, Nach&#237;n&#187;.</p><p>Le dec&#237;amos Mitcher. Nunca me qued&#243; del todo claro por qu&#233;, pero as&#237; la conoc&#237; y as&#237; avisamos anoche, entre el resto de los amigos: &#171;Che, boludo, muri&#243; la Mitcher&#187;.</p><p>Y atr&#225;s de la muerte, definitiva, repentina, inabarcable, se empiezan a borronear todas las historias que viv&#237; en esa casa del siete cuatro seis, las noches sin dormir, las risas hasta acalambrarse, las competencias para ver qui&#233;n fumaba m&#225;s, los duelos por cualquier estupidez, los primeros acordes disonantes y totalmente fuera de tempo. Si la adolescencia fue una pel&#237;cula, la casa del N&#237;vor fue uno de los escenarios principales y, sin dudas, la Mit fue protagonista.</p><p>Voy a buscarlo, acelero de m&#225;s, doblo cuando hay que seguir y sigo cuando hay que doblar. Toco el timbre dos veces, como siempre. Y con ese timbrazo espero que salga el pibe al que conoc&#237; hace treinta a&#241;os para decirle que lo quiero, que lo entiendo, que lo acompa&#241;o, que le presto mi vida para que arregle la suya.</p><p>Cuatro palabras escribi&#243;: &#171;Falleci&#243; mi mam&#225;, Nach&#237;n&#187;. Yo conozco el peso de ese dolor. Alguna vez alguien dijo que un amigo es uno mismo con otro cuero. Y ahora el cuero de mi amigo est&#225; herido, y yo s&#233; cu&#225;nto duele esa herida.</p><p>Y cuando nos abrazamos en llanto, le susurro al o&#237;do:</p><p>&#8212;Te felicito, hermano.</p><div><hr></div><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!TQS5!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F8bda7cc5-bfa1-4b19-bcde-e5cd875e9a8d_1200x1200.png" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!TQS5!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_424, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, /__u/nachomerlo.substack.com/f_webp, /__u/nachomerlo.substack.com/q_auto:good, /__u/nachomerlo.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F8bda7cc5-bfa1-4b19-bcde-e5cd875e9a8d_1200x1200.png 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Lo public&#243; Orsai, el pr&#243;logo lo escribi&#243; <strong>Hern&#225;n Casciari</strong> y lo mando autografiado a cualquier rinc&#243;n del universo, por m&#225;s lejano que parezca.</figcaption></figure></div><p class="button-wrapper" data-attrs="{&quot;url&quot;:&quot;https://tienda.orsai.org/products/quemarse-vivo&quot;,&quot;text&quot;:&quot;Comprar&quot;,&quot;action&quot;:null,&quot;class&quot;:null}" data-component-name="ButtonCreateButton"><a class="button primary" href="https://tienda.orsai.org/products/quemarse-vivo"><span>Comprar</span></a></p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Chang y Eng]]></title><description><![CDATA[Un miedo inexplicable atraviesa la infancia, se esconde entre libros olvidados y vuelve a&#241;os m&#225;s tarde, cuando el pasado obliga a preguntar.]]></description><link>https://nachomerlo.substack.com/p/chang-y-eng</link><guid isPermaLink="false">https://nachomerlo.substack.com/p/chang-y-eng</guid><dc:creator><![CDATA[Nacho Merlo]]></dc:creator><pubDate>Sat, 19 Jul 2025 01:04:21 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!jglk!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F7c7930c3-7e9e-484f-8f2f-cc0b03122dc6_1456x813.webp" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p><strong>Chang y Eng</strong></p><p>Yo quer&#237;a tener miedos normales: con eso me conformaba; la pinchadura de una pelota, que dejaran de pasar a He-Man en la tele o que los reyes magos se olvidaran de la direcci&#243;n de mi casa. Pero no: el terror m&#225;ximo para m&#237; siempre fue y ser&#225; la existencia de los hermanos Chang y Eng, dos tipos de ojos chinos y cara extra&#241;a, unidos el uno al otro como si los hubieran pegado con La Gotita. Ese miedo &#8212;exclusivo y paralizador&#8212;, siempre me hizo sentir &#250;nico. </p><div><hr></div><p>Recuerdo con mucho detalle las estanter&#237;as en las que mis viejos guardaban sus libros. No eran lectores voraces, pero ten&#237;an cierta cantidad, apilados uno sobre el otro, que se convirtieron en mi primer contacto con la literatura de oferta. Ah&#237; encontr&#233; t&#237;tulos rid&#237;culos y adictivos: &#8220;El misterio de las pir&#225;mides&#8221;, &#8220;La estirpe del drag&#243;n&#8221;, &#8220;Am&#237;gdalas: &#191;por qu&#233; operarlas?&#8221;, y muchos otros. Y entre esa cantidad de hojas y tinta derrochada, hab&#237;a un libro gordo que me hac&#237;a cagar en las patas.</p><div><hr></div><p>La portada hab&#237;a sido ilustrada con un retrato sepia de los primeros hermanos siameses de la historia. Ah&#237; se pod&#237;a ver a dos chinitos &#8212;que en realidad hab&#237;an nacido en Siam, una palabra que solo conoc&#237;a por las heladeras&#8212;, vestidos de traje y corbata y unidos por una tira de carne del tama&#241;o de un matambrito que les sal&#237;a a la altura del est&#243;mago. Recuerdo con terror el momento en que los vi por primera vez.</p><p>Pero lo peor estaba adentro del libro. Toneladas de dibujos y fotos antiguas en donde se pod&#237;a ver a los siameses en situaciones cotidianas: comiendo fideos, paseando un animal ex&#243;tico, tomando el t&#233; o fumando, todas cosas de chino, siempre pegados el uno al otro.</p><p>El libro dorm&#237;a siempre en la biblioteca de arriba en una de las casas donde pas&#233; la infancia. Para llegar al ba&#241;o, por ejemplo, ten&#237;a que cruzar por delante de esa torre de libros y yo estaba &#8212;y hubiese seguido as&#237; para siempre&#8212; dispuesto a mearme y cagarme encima todas las veces que hiciera falta para no cruzar la mirada con esos cuatro ojos con forma de ranura. Pero, de alguna forma que no comprendo y que en psicoan&#225;lisis lo llaman represi&#243;n, llegu&#233; a la pubertad casi sin traumas provocados por los buenos de Chang y Eng.</p><div><hr></div><p>Muchos a&#241;os m&#225;s tarde, en &#233;poca de pubertad y menemismo, supe que algo estaba mal. Algo m&#225;s estaba mal, quiero decir. Est&#225;bamos en la casa del Tola, totalmente arrasados por los a&#241;os noventa y la evaporaci&#243;n total de lujos y confort familiar, cuando el N&#237;vor propuso jugar al tutti frutti, pero sin usar las columnas tradicionales: &#8220;Nada de <em>Nombres</em>, <em>Frutas y verduras</em>, <em>Animales</em> y todas esas boludeces&#8221;. Est&#225;bamos hartos de caer en la letra K y de decir kiwi o en la E y coincidir en elefante. Entonces hicimos columnas particulares: <em>Canales de televisi&#243;n que pasan pel&#237;culas con posibilidades de ver una teta desnuda</em>; <em>Hijos de mil putas que habr&#237;a que colgar en la Plaza de Mayo</em>; <em>Clubes de f&#250;tbol con camisetas a rayas verticales</em>; <em>Miedos absurdos que no confesamos</em>, entre otras.</p><p>La ronda ven&#237;a normal hasta que sali&#243; la H. El N&#237;vor empez&#243; la m&#237;mica y yo grit&#233; basta.</p><p>&#8212;Hache &#8212;dijo desanimado.</p><p>La letra muda siempre fue resistida en el tutti frutti, pero tomamos coraje y la usamos.</p><p>&#8212;HBO Ol&#233; &#8212;dijo el Tola y todos retrucamos.</p><p>&#8212;&#161;&#191;Cu&#225;ndo viste una teta en HBO?!</p><p>En mi turno, empec&#233; a leer las palabras que hab&#237;a llegado a completar. Y en la parte de los miedos absurdos, confes&#233;:</p><p>&#8212;Hermanos siameses.</p><p>Y entonces se hizo el silencio m&#225;s espeso que recuerdo.</p><p>Supe que no estaba del todo bien lo que dec&#237;a mientras pronunciaba las &#250;ltimas letras. Los ojos del Tola se volvieron dos huevos duros. El N&#237;vor estaba boquiabierto y no entend&#237;a nada. Para m&#237; era absolutamente normal. &#8220;&#191;C&#243;mo se puede vivir sin miedo a los siameses?&#8221;, pens&#233; y, un poco avergonzado, fing&#237; unas tareas atrasadas y me fui para mi casa.</p><div><hr></div><p>Llegu&#233; perturbado y dispuesto a enfrentar la situaci&#243;n: era la hora de la cena &#8212;una forma de decir, en realidad&#8212; y mis viejos compart&#237;an un mate con unos bizcochitos de grasa que hac&#237;a mi vieja y siento que, ahora que lo pienso, deben haber sido los culpables de mi hipertensi&#243;n temprana. Me sent&#233; entre medio de ellos, alrededor de una mesa redonda lastimada como su matrimonio y los encar&#233;:</p><p>&#8212;&#191;Che, por qu&#233; ten&#237;an ese libro? &#8212;quise saber.</p><p>Mi viejo carraspe&#243; un poco, hizo una pausa corta como para largarse a explicar y mir&#243; de reojo a mi vieja, pero trag&#243; saliva y se refugi&#243; en el silencio. Mi vieja, en cambio, us&#243; un recurso que ten&#237;a siempre a mano y que la acompa&#241;&#243; hasta que se muri&#243;. Pronunciaba palabras encadenadas, una atr&#225;s de la otra, que no solo no contaban nada, sino que solo serv&#237;an de relleno:</p><p>&#8212;Nada, en cambio, c&#243;mo decir. Resulta que... fue hace un tiempo&#8230; &#191;vos no te acord&#225;s, Jorge?</p><p>Nada. Evitaban las respuestas, hasta que mi viejo se hinch&#243; las pelotas y no toler&#243; m&#225;s la incomodidad:</p><p>&#8212;&#191;Qu&#233; libro?</p><p>Y entonces explot&#233;: me par&#233; de golpe como hac&#237;a siempre el adolescente enojado que fui y comenc&#233; a sulfurarme:</p><p>&#8212;El de los siameses. &#161;C&#243;mo pueden haber comprado ese libro! &#8212;protest&#233; a los gritos.</p><p>Mis viejos se miraron con una complicidad que yo no les conoc&#237;a. Fue uno de esos momentos en que uno se ve reflejado en el otro y sonr&#237;e apenas.</p><p>&#8212;&#191;Los siameses? &#8212;repiti&#243; mi vieja y comenz&#243; la carcajada.</p><p>&#8212;&#161;&#191;Los siameses?! Lo hab&#237;amos comprado para guardar guita &#8212;explic&#243; mi viejo.</p><p>&#8212;Necesit&#225;bamos un libro que nadie quisiera tocar &#8212;agreg&#243; mi vieja mientras escup&#237;a el mate.</p><p>Todav&#237;a se re&#237;an cuando me fui puteando en voz baja a mi pieza y despu&#233;s me hund&#237; boca abajo en mi cama de soltero a pensar c&#243;mo se construye un miedo.</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!jglk!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F7c7930c3-7e9e-484f-8f2f-cc0b03122dc6_1456x813.webp" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!jglk!, /__u/nachomerlo.substack.com/w_424, /__u/nachomerlo.substack.com/c_limit, /__u/nachomerlo.substack.com/f_webp, 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de Bernardo Neustadt para tener con qu&#233; prender el fuego y lo dej&#233; abandonado en el estante m&#225;s alto de una de mis bibliotecas. En la portada se lo ve a &#233;l, nefasto como siempre, mucho m&#225;s cerca de la impresi&#243;n morbosa que cuando estaba vivo. Entonces tengo bien claro qu&#233; tengo que salir corriendo a comprar f&#243;sforos, arrancar la fogata e impedir la tragedia antes de que alguna de mis hijas hurgue demasiado entre los libros de su pap&#225;.</p>]]></content:encoded></item></channel></rss>