<script data-pm-proxy="intercept"></script><?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" version="2.0" xmlns:itunes="http://www.itunes.com/dtds/podcast-1.0.dtd" xmlns:googleplay="http://www.google.com/schemas/play-podcasts/1.0"><channel><title><![CDATA[Helena Wagner]]></title><description><![CDATA[Soy Helena Wagner y escribo ficción histórica especulativa y ciencia ficción. Todo mi trabajo gira al rededor de una única pregunta: cómo las civilizaciones hispanas atraviesan el tiempo. Plus Ultra trae un cuento de ciencia ficción hispana semanal.]]></description><link>https://plusultra9.substack.com</link><image><url>https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!Q6De!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F8c91e482-38e3-46d6-9cc2-a3161f195971_2048x2048.jpeg</url><title>Helena Wagner</title><link>https://plusultra9.substack.com</link></image><generator>Substack</generator><lastBuildDate>Fri, 04 Sep 2026 23:34:01 GMT</lastBuildDate><atom:link href="/__u/plusultra9.substack.com/feed" rel="self" type="application/rss+xml"/><copyright><![CDATA[Helena Wagner]]></copyright><language><![CDATA[en]]></language><webMaster><![CDATA[plusultra9@substack.com]]></webMaster><itunes:owner><itunes:email><![CDATA[plusultra9@substack.com]]></itunes:email><itunes:name><![CDATA[Plus Ultra]]></itunes:name></itunes:owner><itunes:author><![CDATA[Plus Ultra]]></itunes:author><googleplay:owner><![CDATA[plusultra9@substack.com]]></googleplay:owner><googleplay:email><![CDATA[plusultra9@substack.com]]></googleplay:email><googleplay:author><![CDATA[Plus Ultra]]></googleplay:author><itunes:block><![CDATA[Yes]]></itunes:block><item><title><![CDATA[La casilla]]></title><description><![CDATA[Cuatro impresos, cuatro generaciones y la misma pregunta.]]></description><link>https://plusultra9.substack.com/p/la-casilla</link><guid isPermaLink="false">https://plusultra9.substack.com/p/la-casilla</guid><dc:creator><![CDATA[Plus Ultra]]></dc:creator><pubDate>Wed, 02 Sep 2026 23:24:08 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!Q6De!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F8c91e482-38e3-46d6-9cc2-a3161f195971_2048x2048.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<h3>1899</h3><p>El impreso lo trajo un teniente que no hablaba espa&#241;ol y lo rellen&#243; un int&#233;rprete que lo hablaba mal.</p><p>Era una hoja de censo del gobierno militar, con las preguntas en ingl&#233;s a la izquierda y un hueco a la derecha. Nombre. Edad. Ocupaci&#243;n. Sabe leer.</p><p>Y una casilla que pon&#237;a <em>Nationality</em>.</p><p>Ram&#243;n Est&#233;vez Col&#243;n ten&#237;a cuarenta y un a&#241;os, cortaba ca&#241;a en la costa y hab&#237;a nacido s&#250;bdito de la reina. Cuando el int&#233;rprete le pregunt&#243;, contest&#243; lo que era.</p><p>&#8212;Espa&#241;ol.</p><p>El int&#233;rprete lo escribi&#243;. El teniente lo ley&#243;, lo tach&#243; de un trazo y escribi&#243; encima otra palabra, m&#225;s corta.</p><p>Ram&#243;n no sab&#237;a ingl&#233;s, pero sab&#237;a leer, y estuvo mirando aquello un rato. Despu&#233;s pregunt&#243; qu&#233; pon&#237;a.</p><p>&#8212;<em>Native</em> &#8212;dijo el int&#233;rprete.</p><p>&#8212;&#191;Y eso qu&#233; es?</p><p>El int&#233;rprete se lo pens&#243;.</p><p>&#8212;De aqu&#237;.</p><p>Ram&#243;n dijo que bueno, que de aqu&#237; era. Y volvi&#243; al ca&#241;averal.</p><p>Guard&#243; la copia del impreso porque en su casa se guardaban los papeles, aunque no se supiera para qu&#233; iban a servir.</p><h3>1917</h3><p>A su hijo le toc&#243; otro impreso, y este ven&#237;a con una noticia buena.</p><p>Se lo explicaron en la plaza, con un bando y un discurso: a partir de ahora eran ciudadanos de los Estados Unidos de Am&#233;rica. Todos. De oficio, sin pedirlo. Hubo quien llor&#243; y hubo quien aplaudi&#243;, y hubo un se&#241;or mayor que pregunt&#243; desde atr&#225;s si eso significaba que ya pod&#237;an votar al presidente.</p><p>Le dijeron que esa era otra cuesti&#243;n.</p><p>Anselmo Est&#233;vez rellen&#243; su casilla con dos palabras que le sonaban enormes, <em>American citizen</em>, y las escribi&#243; despacio, con buena letra, porque era la primera vez en la historia de su familia que en esa casilla pon&#237;a algo que no hab&#237;a tachado nadie.</p><p>Cuatro meses despu&#233;s lo llamaron a filas y se fue a Francia.</p><p>Volvi&#243; con un pulm&#243;n regular y con una medalla, y estuvo el resto de su vida sin poder votar al hombre que lo hab&#237;a mandado.</p><p>Guard&#243; los dos papeles juntos, el suyo y el de su padre, en la misma caja de galletas.</p><h3>1952</h3><p>El nieto era maestro y le toc&#243; el impreso m&#225;s raro de los tres, porque el impreso ya no preguntaba por la nacionalidad. Preguntaba por el <strong>estatus</strong>.</p><p>Ese a&#241;o hab&#237;an votado una cosa nueva y le hab&#237;an puesto un nombre de cuatro palabras que hab&#237;a que decir entero o no se entend&#237;a. Estado Libre Asociado. Iv&#225;n Est&#233;vez se lo explicaba a los de sexto con un mapa y tres tizas de colores, y cada a&#241;o alguno levantaba la mano y preguntaba lo mismo:</p><p>&#8212;Maestro, &#191;pero entonces somos un pa&#237;s o no?</p><p>Y &#233;l contestaba lo que hab&#237;a aprendido a contestar, que era una respuesta larga, correcta y absolutamente in&#250;til.</p><p>Un d&#237;a, en vez de eso, dijo la verdad:</p><p>&#8212;Somos lo que quepa en la casilla.</p><p>Los de sexto se rieron. Uno lo apunt&#243; en la libreta.</p><p>Iv&#225;n no guard&#243; su impreso. Guard&#243; los de su padre y su abuelo, que ya eran tres, y le puso una goma el&#225;stica alrededor.</p><h3>2085</h3><p>La bisnieta trabajaba en el puerto y llevaba nueve meses de tr&#225;mites.</p><p>El impreso de embarque de la Uni&#243;n ten&#237;a cuarenta p&#225;ginas y llegaba en dos idiomas, y estaba dise&#241;ado por gente que no hab&#237;a salido nunca de un despacho, porque preguntaba tres veces por el grupo sangu&#237;neo y ni una sola por si ten&#237;as a alguien a quien despedir.</p><p>Marisol Est&#233;vez Ruiz lo fue rellenando de noche, en la cocina, con la caja de galletas al lado, porque para algunas cosas hac&#237;an falta los papeles viejos.</p><p>P&#225;gina treinta y uno.</p><p><strong>Pa&#237;s de origen.</strong></p><p>Se qued&#243; parada.</p><p>Sac&#243; los tres impresos de la goma el&#225;stica y los puso en fila sobre el hule. El de 1899, con la palabra tachada. El de 1917, con la letra buena de un hombre que se fue a Francia por un pa&#237;s que no lo dejaba votar. Y el de 1952, que ni siquiera preguntaba.</p><p>Ciento ochenta y seis a&#241;os de la misma casilla y ninguna de las tres respuestas era la misma. Y ninguno de los tres hab&#237;a mentido.</p><p>Se qued&#243; un rato as&#237;, con el bol&#237;grafo en la mano.</p><p>Y luego escribi&#243; lo &#250;nico que hab&#237;a sido verdad en los tres impresos y que no hab&#237;a tachado nadie nunca, ni en 1899, ni en 1917, ni en 1952, porque a ninguna oficina se le hab&#237;a ocurrido preguntarlo:</p><p><strong>Cabo Rojo.</strong></p><p>El nombre de su pueblo.</p><p>Lo revis&#243; una funcionaria en Manta once semanas despu&#233;s, en una cola de tres mil expedientes, y no puso ninguna objeci&#243;n, porque en una nave que se va para no volver da exactamente igual de qu&#233; pa&#237;s seas.</p><p>Marisol embarc&#243; en marzo.</p><p>Se llev&#243; dos cosas que no pesaban: una foto y una caja de galletas con cuatro papeles dentro.</p><p><em>(Nota de la autora, si se publica suelto: los hechos son reales. En 1898 el Tratado de Par&#237;s cedi&#243; Puerto Rico sin consultar a sus habitantes; en 1917 la Ley Jones les concedi&#243; la ciudadan&#237;a estadounidense, que no incluye el voto presidencial desde la isla; en 1952 se aprob&#243; el Estado Libre Asociado. Lo dem&#225;s es una familia inventada.)</em></p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[La ciudad sin precio]]></title><description><![CDATA[Plus ultra &#183; Cr&#243;nica del a&#241;o 2089]]></description><link>https://plusultra9.substack.com/p/la-ciudad-sin-precio</link><guid isPermaLink="false">https://plusultra9.substack.com/p/la-ciudad-sin-precio</guid><dc:creator><![CDATA[Plus Ultra]]></dc:creator><pubDate>Sat, 29 Aug 2026 07:00:35 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!-hdm!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F6ca6203a-581f-4b46-a43f-a633a0773d83_1024x576.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" 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la Uni&#243;n entera. No porque cobrara &#8212;ya no se pod&#237;a cobrar nada, no hab&#237;a con qu&#233;&#8212;, sino porque Aurelio se hab&#237;a negado a quitar las etiquetas. Cada lata, cada saco de quinua, cada frasco de miel del valle segu&#237;a teniendo su n&#250;mero escrito a mano en un cartoncito amarillo. Doce. Cuarenta. Tres con cincuenta. Cifras de una moneda que ya no med&#237;a nada, colgando de productos que cualquiera pod&#237;a llevarse gratis.</p><p>La ciudad se llamaba Nueva Tarqui y la hab&#237;an construido en anillos, seg&#250;n los planos viejos de aquel ingeniero exc&#233;ntrico de Florida que durante casi un siglo nadie tom&#243; en serio. En el centro, lo com&#250;n: la energ&#237;a, el agua, los talleres de fabricaci&#243;n, los huertos verticales. Hacia fuera, en c&#237;rculos, las casas. Todo el mundo caminaba hacia dentro para buscar lo que necesitaba y hacia fuera para volver a dormir, y nadie pagaba por nada, porque la abundancia, una vez resuelta la producci&#243;n, hab&#237;a vuelto el precio tan absurdo como cobrar por el aire.</p><p>Aurelio ten&#237;a setenta y ocho a&#241;os y hab&#237;a sido tendero toda la vida, como su padre y su abuela. Sab&#237;a sumar de cabeza m&#225;s r&#225;pido que las m&#225;quinas. Sab&#237;a el peso de un kilo sin balanza. Sab&#237;a &#8212;y eso era lo que no sab&#237;a soltar&#8212; lo que val&#237;a cada cosa.</p><p>&#8212;Abuelo, ya nadie paga &#8212;le dec&#237;a su nieta Inti, que ven&#237;a los s&#225;bados a ayudarlo a ordenar lo que nadie compraba&#8212;. &#191;Para qu&#233; los precios?</p><p>&#8212;Para acordarme &#8212;dec&#237;a Aurelio.</p><p>No lo entend&#237;a nadie, y &#233;l tampoco sab&#237;a explicarlo bien. Pero por las ma&#241;anas, al colgar los cartoncitos amarillos, sent&#237;a que sosten&#237;a el &#250;ltimo hilo de un mundo entero. Un mundo donde una lata de leche costaba el trabajo de alguien, y ese trabajo costaba una hora de una vida, y por eso, cuando alguien te daba una lata de leche, te estaba dando, sin decirlo, un pedazo de su vida medido en una cifra. El precio era cruel, s&#237;. Dejaba fuera a los que no ten&#237;an. Aurelio lo hab&#237;a visto toda su vida, hab&#237;a visto a madres contar monedas en su mostrador y volver a dejar el aceite en el estante. No echaba de menos eso. Jam&#225;s.</p><p>Pero echaba de menos que las cosas pesaran. Que dar costara. Que recibir significara algo.</p><p>Lo raro fue que la gente sigui&#243; viniendo. No ten&#237;an que hacerlo. En el centro de Nueva Tarqui, en los puntos de distribuci&#243;n, hab&#237;a de todo, mejor surtido, sin esperas. Y sin embargo sub&#237;an hasta el tercer anillo, hasta la tienda de Aurelio, para llevarse una bolsa de fideos que pod&#237;an conseguir abajo gratis. Hac&#237;an cola. Esperaban. Y cuando les tocaba, Aurelio los atend&#237;a como hab&#237;a atendido siempre: les preguntaba por la madre, por la rodilla, por el chico que entr&#243; en la escuela de pilotos. Pesaba la quinua despacio. Envolv&#237;a el queso en papel. Le&#237;a en voz alta el n&#250;mero del cartoncito amarillo &#8212;&#171;esto, antes, te habr&#237;a costado seis&#187;&#8212; y luego se lo daba, gratis, como todo.</p><p>Inti tard&#243; a&#241;os en entender por qu&#233; ven&#237;an. Lo entendi&#243; un s&#225;bado, viendo a una anciana esperar veinte minutos por un tarro de miel que le sobraba en casa.</p><p>Ven&#237;an porque en los puntos de distribuci&#243;n del centro nadie los miraba a los ojos. La m&#225;quina entregaba. Eficiente, justa, silenciosa. Le daba a todo el mundo lo mismo sin preguntar el nombre. Y result&#243; que los seres humanos, una vez resuelta el hambre, descubrieron que les faltaba otra cosa que el hambre hab&#237;a tapado durante toda la historia: que alguien notara que hab&#237;an venido. Que dar fuera un gesto entre dos caras, no una transacci&#243;n con una pared.</p><p>Aurelio no regalaba comida. Regalaba lo &#250;nico que la abundancia no sab&#237;a fabricar: la sensaci&#243;n de ser atendido por alguien que pod&#237;a, tambi&#233;n, no hacerlo.</p><p>&#8212;T&#250; no vendes nada &#8212;le dijo Inti una tarde, ya entendi&#233;ndolo&#8212;. Vendes que te importe.</p><p>&#8212;Eso no se vende &#8212;dijo Aurelio&#8212;. Eso, precisamente, es lo &#250;nico que nunca tuvo precio. &#8212;Colg&#243; un cartoncito nuevo en un saco de habas. Ocho&#8212;. Los n&#250;meros son para que no se me olvide lo que costaban las cosas cuando lo de importarse iba aparte, y a veces ni ven&#237;a. Ahora la comida es de todos. Bien. Que lo siga siendo. Pero que nadie me diga que por eso ya no hay nada que dar.</p><p>Aurelio muri&#243; el invierno siguiente, detr&#225;s del mostrador, con un cartoncito amarillo en la mano. Inti hered&#243; la tienda. No quit&#243; los precios.</p><p>Sigue abriendo a las ocho. La gente sigue subiendo al tercer anillo a por cosas que les sobran. Y cuando un ni&#241;o pregunta por qu&#233; las latas tienen n&#250;meros si no hay que pagar, Inti hace lo que hac&#237;a su abuelo: lee el n&#250;mero en voz alta, lo explica, y luego da la lata gratis, mirando a los ojos.</p><p>&#8212;Para que no se nos olvide &#8212;dice&#8212; lo que vale, ahora que por fin no cuesta.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[De roble]]></title><description><![CDATA[Plus ultra &#183; De las gradas de Guarnizo a la &#243;rbita (1766 &#8211; &#8230;)]]></description><link>https://plusultra9.substack.com/p/de-roble</link><guid isPermaLink="false">https://plusultra9.substack.com/p/de-roble</guid><dc:creator><![CDATA[Plus Ultra]]></dc:creator><pubDate>Sat, 22 Aug 2026 08:01:04 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!Q6De!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F8c91e482-38e3-46d6-9cc2-a3161f195971_2048x2048.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>En Astillero, en un recodo de la bah&#237;a de Santander, hubo durante dos siglos un pueblo que no fabricaba otra cosa que despedidas. Botaba barcos, que es lo mismo.</p><p>Lo eligi&#243; el rey en mil quinientos ochenta y uno, o mejor dicho lo eligi&#243; un hombre por encargo del rey: Crist&#243;bal de Barros, que recorri&#243; toda la costa buscando el sitio con mejor madera y mejor calado y lo encontr&#243; all&#237;, en la r&#237;a, protegido de los temporales y de los ingleses, en un lugar que entonces se llamaba Potra&#241;es y que ya nadie nombra as&#237;. Lo eligi&#243; por el roble. Todo lo que vino despu&#233;s de aquella orilla vino de eso: de que all&#237; los robles crec&#237;an duros y despacio, como crece lo que est&#225; hecho para durar.</p><p>Dec&#237;an de los de Astillero, y lo dej&#243; escrito uno que los conoc&#237;a bien, que no parec&#237;an nacidos de madre como el resto de los hijos de Ad&#225;n, sino construidos de roble en las gradas de su propio astillero. Era una broma. Era verdad. Con los pueblos, casi siempre es las dos cosas.</p><p>&#9552;&#9552;&#9552;</p><p>Ventura Sol&#243;rzano era carpintero de ribera, hijo y nieto de carpinteros de ribera, y el a&#241;o sesenta y seis del siglo dieciocho puso las manos en el mejor barco que se bot&#243; nunca en aquellas gradas.</p><p>Lo llamaron <em>San Juan Nepomuceno</em>. Setenta y cuatro ca&#241;ones. Ventura no eligi&#243; los ca&#241;ones; eligi&#243; la madera, que era lo suyo, y en un carpintero de ribera eso es elegirlo todo. Iba &#233;l mismo al monte a marcar los robles, y no marcaba los m&#225;s grandes ni los m&#225;s rectos: marcaba los que hab&#237;an crecido en la ladera del norte, torcidos por el viento, apretados por dentro. &#171;Esos &#8212;le dec&#237;a a su hijo Andr&#233;s, que le llevaba las cu&#241;as&#8212; son los que han pasado fr&#237;o. Los que lo han pasado mal aguantan mejor.&#187; El roble que crece f&#225;cil se raja a la primera galerna. El que crece peleando, no.</p><p>Andr&#233;s ten&#237;a entonces catorce a&#241;os y le gustaba m&#225;s el mar que la grada, cosa que a Ventura le dol&#237;a sin saber por qu&#233;. Su hijo miraba salir los barcos con una cara con la que &#233;l nunca hab&#237;a mirado nada. Ventura miraba los barcos como se mira una hija que se casa: con orgullo y con la certeza de que ya no es tuya. Andr&#233;s los miraba como se mira una puerta.</p><p>Cuando el casco estuvo cerrado, antes de que lo forraran y ya nadie pudiera ver la madera desnuda, Ventura hizo lo que hab&#237;a hecho su padre y el padre de su padre en cada barco de la familia. Se meti&#243; solo en la sentina, a la luz de un candil, y con la gubia marc&#243; en una cuaderna, en un palmo de roble que ning&#250;n ojo volver&#237;a a ver, tres cosas: sus iniciales, el a&#241;o, y una crucecita peque&#241;a que no era del todo religiosa, que era m&#225;s vieja que eso, que quer&#237;a decir <em>hecho por una mano que sab&#237;a lo que hac&#237;a</em>. No se lo ense&#241;&#243; a nadie. No se firma para que te vean. Se firma para ir dentro.</p><p>&#8212;&#191;Por qu&#233; ah&#237;, si no se ve? &#8212;pregunt&#243; Andr&#233;s, que lo hab&#237;a seguido.</p><p>&#8212;Por eso &#8212;dijo Ventura&#8212;. Para ir yo tambi&#233;n, aunque me quede.</p><p>El <em>San Juan Nepomuceno</em> se bot&#243; en la r&#237;a con el pueblo entero en la orilla, y Ventura llor&#243; como lloraban todos, sin verg&#252;enza, porque en Astillero llorar una botadura no era de blandos: era el oficio. Lo que no sab&#237;a, lo que no pod&#237;a saber, es que estaba llorando por partida doble.</p><p>Porque Andr&#233;s se fue en &#233;l. No en aquella botadura, sino a&#241;os despu&#233;s, ya hombre, ya marinero contra la voluntad muda de su padre. Se enrol&#243; en el mismo casco que su padre hab&#237;a cerrado con sus manos, y Ventura no se lo prohibi&#243;, porque hay cosas que un padre no puede prohibir sin perder al hijo antes de tiempo.</p><p>El <em>San Juan Nepomuceno</em> fue a parar, cuarenta a&#241;os despu&#233;s de nacer, a un cabo del sur que se llamaba Trafalgar.</p><p>Lo que pas&#243; all&#237; lo contaron los que volvieron, que fueron pocos. Que el barco de Guarnizo aguant&#243; el fuego de seis nav&#237;os ingleses a la vez, uno por cada costado y sobra, y no se rindi&#243; mientras hubo en pie quien mandara. Que su comandante, un vasco de apellido Churruca, sigui&#243; dando &#243;rdenes con una pierna arrancada por una bala, atado a un tonel para no caerse, hasta que otra bala acab&#243; el trabajo. Que solo cuando Churruca muri&#243; se arri&#243; la bandera, y que los ingleses, cuando abordaron aquel mont&#243;n de astillas y de muertos, se descubrieron la cabeza, porque hasta el enemigo sabe reconocer un roble que ha peleado hasta rajarse.</p><p>El casco aguant&#243;. Volvi&#243; a puerto, apresado pero entero, cosido a balazos y todav&#237;a a flote, porque estaba hecho de robles de la ladera norte, de los que hab&#237;an pasado fr&#237;o.</p><p>Andr&#233;s no volvi&#243;.</p><p>Ventura era ya muy viejo cuando le lleg&#243; la noticia, con el retraso con que llegaban entonces las noticias del mar, y no dijo casi nada. Baj&#243; a la grada, que a esas horas estaba vac&#237;a, y se sent&#243; en el sitio desde donde hab&#237;a visto salir el barco. Un vecino lo encontr&#243; all&#237; de madrugada y le oy&#243; decir una sola cosa, muy bajo, que el vecino repiti&#243; luego y que en el pueblo se qued&#243;, pasando de boca en boca durante generaciones sin que nadie supiera ya de qui&#233;n era:</p><p>&#8212;El casco aguant&#243;. La gente no.</p><p>Lo hab&#237;a construido demasiado bien. Hab&#237;a elegido la madera por lo que duraba, y la madera dur&#243;, y llev&#243; a su hijo hasta el fin del mundo y trajo de vuelta las tablas pero no al ni&#241;o. Toda la ciencia de su vida, todo su ojo para el roble que aguanta, no hab&#237;a servido para lo &#250;nico que importaba. Aguant&#243; el barco. Esa fue la broma cruel de su oficio, la que Ventura entendi&#243; esa madrugada en la grada fr&#237;a: que ellos, en Astillero, se pasaban la vida haciendo durar precisamente aquello que se llevaba lejos a los suyos.</p><p>&#9552;&#9552;&#9552;</p><p>Las gradas de Guarnizo se fueron quedando calladas. El &#250;ltimo barco grande se bot&#243; all&#237; en mil ochocientos setenta y uno, y despu&#233;s el oficio, que es m&#225;s terco que la madera, hizo lo que hace el oficio cuando se le acaba el sitio: se fue a buscar otro. Subi&#243; por la costa hacia el noroeste, a Ferrol, donde hab&#237;a gradas nuevas y encargos, y con el oficio subi&#243; la sangre que lo sab&#237;a, la de los Sol&#243;rzano entre otras muchas, mezcl&#225;ndose por el camino, perdiendo el apellido en dos generaciones como se pierde el nombre de un r&#237;o que desemboca en otro m&#225;s grande.</p><p>Cambi&#243; la madera. El roble dej&#243; paso al hierro, que sal&#237;a de Pe&#241;a Cabarga como hab&#237;a salido en tiempos de los romanos, y el hierro dej&#243; paso al acero, y el acero a aleaciones cuyos nombres Ventura no habr&#237;a sabido pronunciar. Cambiaron los mares. Pero no cambi&#243; el gesto. En cada astillero de cada siglo hubo una mano que eleg&#237;a el material por lo que aguantaba, y que antes de cerrar el casco se met&#237;a donde no se ve a dejar una marca que no serv&#237;a para nada, y que miraba salir lo que hab&#237;a construido con orgullo y con la certeza de que ya no era suyo.</p><p>&#9552;&#9552;&#9552;</p><p>Mil quinientos a&#241;os despu&#233;s de Trafalgar, una mujer llamada Sabela soldaba el casco de una nave en un astillero que colgaba sobre el Pac&#237;fico, en &#243;rbita, donde ya no hab&#237;a gradas de piedra ni r&#237;a ni robles, sino andamios de vac&#237;o y una Tierra girando debajo como una moneda azul.</p><p>La nave era una Matria. Kil&#243;metro y medio de espina, motores de salto dormidos en la popa, doscientas personas destinadas a subir a ella para no volver a bajar, a dormir siglos hacia una estrella que ninguno de los que la estaban construyendo ver&#237;a encenderse de cerca. La misma clase de barco de siempre, en el fondo. La misma clase de despedida.</p><p>Sabela no sab&#237;a casi nada de Astillero. Sab&#237;a que su familia ven&#237;a de muy atr&#225;s, del norte de la vieja Espa&#241;a, de un sitio junto al mar cuyo nombre &#8212;se lo hab&#237;a dicho su abuela, que se lo hab&#237;a dicho la suya&#8212; era, sin m&#225;s, el oficio: Astillero. &#171;De all&#237; somos &#8212;dec&#237;a la abuela&#8212;, de un pueblo que se llamaba Taller-de-hacer-barcos. Dicen que a la gente de all&#237; no la par&#237;an: la constru&#237;an de roble.&#187; Sabela lo tomaba por una de esas cosas bonitas y falsas que cuentan las abuelas. No sab&#237;a que era verdad. No sab&#237;a lo del roble de la ladera norte, ni lo de Churruca atado al tonel, ni la frase de la grada fr&#237;a. La sangre no lleva memoria. Lleva solo el gesto.</p><p>Y el gesto lo ten&#237;a entero. Eleg&#237;a las planchas por lo que aguantaban &#8212;&#171;esta ha pasado fr&#237;o en el horno&#187;, bromeaba, sin saber que repet&#237;a a un muerto de doscientos a&#241;os&#8212;. Y cuando cerr&#243; su tramo de casco, entre la cuaderna cuarenta y la cuarenta y una, en un palmo de titanio que iba a quedar sellado bajo tres capas de blindaje durante mil a&#241;os de viaje, hizo lo que no le hab&#237;a ense&#241;ado nadie y que sin embargo sab&#237;a hacer: sac&#243; un punz&#243;n, mir&#243; que no la viera el de inspecci&#243;n, y marc&#243; sus iniciales, el a&#241;o, y una crucecita peque&#241;a que no era del todo religiosa.</p><p>Su hijo, que ten&#237;a catorce a&#241;os y la ayudaba en el astillero aunque miraba las naves con una cara con la que ella nunca hab&#237;a mirado nada, la vio hacerlo.</p><p>&#8212;&#191;Por qu&#233; ah&#237;, mam&#225;, si no se ve?</p><p>Sabela se qued&#243; un momento con el punz&#243;n en la mano, buscando una respuesta que no sab&#237;a de d&#243;nde le ven&#237;a.</p><p>&#8212;Para ir yo tambi&#233;n &#8212;dijo&#8212;. Aunque me quede.</p><p>El chico subi&#243; a aquella nave tres a&#241;os despu&#233;s. Sabela lo despidi&#243; desde el andamio, con el casco lleno de sus firmas escondidas, y no llor&#243;, porque en su tiempo ya nadie sab&#237;a que llorar una botadura hab&#237;a sido, una vez, en un pueblo junto a una r&#237;a, el oficio. Vio alejarse la Matria hacia el punto negro del cielo que era su destino, se hizo peque&#241;a, se hizo un punto, se confundi&#243; con las estrellas.</p><p>El casco iba a aguantar. Estaba hecho para aguantar mil a&#241;os, para llegar entero al otro lado del vac&#237;o, para durar m&#225;s que cualquiera de los que lo hab&#237;an tocado. Sabela lo sab&#237;a mejor que nadie, porque lo hab&#237;a soldado ella. Y de pie en el andamio, mirando el sitio del cielo donde ya no hab&#237;a nada, sinti&#243; por primera vez en la vida una tristeza sin nombre, muy vieja, que le ven&#237;a de mucho m&#225;s atr&#225;s de lo que ella pod&#237;a recordar: la sospecha de que hab&#237;a vuelto a construir demasiado bien. De que el casco llegar&#237;a. De que ellos, los de la sangre del pueblo que se llamaba como el oficio, llevaban tres mil a&#241;os haciendo durar exactamente aquello que se llevaba lejos a los suyos.</p><p>No ten&#237;a palabras para eso. Le vino, en cambio, una frase que no sab&#237;a de d&#243;nde sal&#237;a, que no hab&#237;a o&#237;do nunca, que llevaba mil quinientos a&#241;os bajando de boca en boca por un r&#237;o de sangre hasta llegar a la suya, gastada, sin due&#241;o, verdadera:</p><p>El casco aguanta. La gente no.</p><p>Lo pens&#243; sin entenderlo del todo. Despu&#233;s baj&#243; del andamio y volvi&#243; al trabajo, porque uno vuelve al trabajo, porque es lo que hay debajo de casi todo, y porque abajo, en la grada de vac&#237;o, ya estaban montando la quilla de la siguiente.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Últimas horas, y gracias]]></title><description><![CDATA[El libro deja de estar gratis ma&#241;ana por la ma&#241;ana]]></description><link>https://plusultra9.substack.com/p/ultimas-horas-y-gracias</link><guid isPermaLink="false">https://plusultra9.substack.com/p/ultimas-horas-y-gracias</guid><dc:creator><![CDATA[Plus Ultra]]></dc:creator><pubDate>Sat, 15 Aug 2026 17:32:12 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!Q6De!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F8c91e482-38e3-46d6-9cc2-a3161f195971_2048x2048.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Lo primero es dar las gracias, que es lo que menos se me da. A los que os lo hab&#233;is llevado estos d&#237;as: gracias. De verdad. Uno escribe quinientas p&#225;ginas sin saber si alguien va a abrirlas, y esta semana he sabido que s&#237;.</p><p>Quedan unas horas. &#171;El &#250;ltimo ultramar&#187; est&#225; gratis hasta ma&#241;ana por la ma&#241;ana, y despu&#233;s vuelve a costar lo que cuesta.</p><p>As&#237; que os pido dos cosas, y las dos me dan un poco de apuro.</p><p>La primera: si se os ocurre alguien a quien le pueda gustar, dec&#237;dselo hoy. No hace falta que lo compr&#233;is ni que lo regal&#233;is, basta con mandarle el enlace mientras sigue en cero. A vosotros no os cuesta nada y a m&#237; me cambia bastante.</p><p>La segunda cuesta m&#225;s de pedir: si lo le&#233;is, dejadme una rese&#241;a en Amazon. Aunque sean dos l&#237;neas, aunque no os haya gustado. Un libro sin rese&#241;as no existe: la gente llega a la ficha, ve que hay una sola opini&#243;n y se va sin abrirlo. No hace falta que sea buena. Hace falta que sea verdad.</p><p><a href="https://www.amazon.es/dp/B0H5KMQFHF">Llev&#225;rmelo antes de que acabe</a></p><p>Gracias otra vez. El jueves, cuento, como siempre.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Más allá del último faro]]></title><description><![CDATA[Plus ultra &#183; Cr&#243;nica del a&#241;o 2148]]></description><link>https://plusultra9.substack.com/p/mas-alla-del-ultimo-faro</link><guid isPermaLink="false">https://plusultra9.substack.com/p/mas-alla-del-ultimo-faro</guid><dc:creator><![CDATA[Plus Ultra]]></dc:creator><pubDate>Sat, 15 Aug 2026 07:00:51 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!Zcd5!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F6e07f376-2888-4dc5-9845-34da65fb8ee5_1024x576.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!Zcd5!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F6e07f376-2888-4dc5-9845-34da65fb8ee5_1024x576.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!Zcd5!, /__u/plusultra9.substack.com/w_424, /__u/plusultra9.substack.com/c_limit, /__u/plusultra9.substack.com/f_webp, /__u/plusultra9.substack.com/q_auto:good, /__u/plusultra9.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F6e07f376-2888-4dc5-9845-34da65fb8ee5_1024x576.jpeg 424w, /__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!Zcd5!, /__u/plusultra9.substack.com/w_848, /__u/plusultra9.substack.com/c_limit, /__u/plusultra9.substack.com/f_webp, /__u/plusultra9.substack.com/q_auto:good, 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Es un susurro que se apaga.</p><p>Nadie le hab&#237;a dicho eso a Ezequiel Mamani antes de partir, y le pareci&#243;, cuando por fin lo cruz&#243;, la &#250;nica cosa importante que nadie le hab&#237;a explicado en doce a&#241;os de entrenamiento. Le hab&#237;an ense&#241;ado a morir de diecisiete maneras, como a todos los ultranautas; le hab&#237;an ense&#241;ado a reparar un reactor con las manos dormidas por el fr&#237;o; le hab&#237;an ense&#241;ado a no volverse loco en el silencio. No le hab&#237;an dicho que la heliopausa &#8212;el lugar donde el viento del Sol se rinde por fin ante el viento de las estrellas&#8212; no se ve, no suena, no se siente. Que uno la cruza dormido y solo despu&#233;s, mirando los datos, descubre que ya no pertenece al Sol.</p><p>Ezequiel era aimara, de un pueblo del altiplano donde su abuela todav&#237;a le hablaba al sol de la ma&#241;ana como a un pariente. Hab&#237;a salido de all&#237; a los diecisiete con una beca de la Uni&#243;n y la vaga sensaci&#243;n de estar traicionando algo. A los cuarenta y uno era el primer ser humano que iba a salir, f&#237;sicamente, de la casa del Sol. La Uni&#243;n lo llamaba con la palabra que se hab&#237;a inventado para los suyos: ultranauta. Del lat&#237;n. M&#225;s all&#225;, navegante. El que va m&#225;s all&#225;.</p><p>A bordo no iba solo del todo. Iba Sara &#8212;no la llamaban as&#237;, pero todas las inteligencias de las naves largas heredaban el nombre de la primera, por superstici&#243;n de ingenieros&#8212;, y iban, en una caja sellada del tama&#241;o de un pu&#241;o, tres cosas que no serv&#237;an para nada: un pu&#241;ado de tierra del altiplano, una cinta tejida de colores que su abuela le hab&#237;a puesto en la mu&#241;eca el d&#237;a de la partida, y una moneda vieja de cobre con dos columnas grabadas y dos palabras gastadas que ya casi no se le&#237;an.</p><p>Plus Ultra. M&#225;s all&#225;. El lema que un imperio puso en sus monedas cuando tach&#243; el &#171;non&#187; que durante siglos hab&#237;a marcado, en las columnas del estrecho, el fin del mundo. Ezequiel no era espa&#241;ol ni se sent&#237;a heredero de ning&#250;n imperio. Pero la moneda se la hab&#237;a dado su instructor el &#250;ltimo d&#237;a, sin discursos, como quien pasa una herramienta. &#171;La llev&#243; un marinero al otro lado del Atl&#225;ntico hace seiscientos a&#241;os &#8212;le dijo&#8212;. Ahora le toca cruzar algo m&#225;s grande. Ll&#233;vala t&#250;.&#187;</p><p>El cruce ocurri&#243; un martes, a las 04:12 hora de Manta, mientras Ezequiel dorm&#237;a. Lo despert&#243; Sara con la cortes&#237;a de siempre.</p><p>&#8212;Ultranauta Mamani. Hemos cruzado la heliopausa hace tres horas. Ya no estamos bajo la influencia del viento solar. Pens&#233; que querr&#237;a saberlo al despertar, no antes.</p><p>Ezequiel se qued&#243; mucho rato mirando el techo de la c&#225;psula &#8212;ten&#237;a esa costumbre, mirar el techo al despertar, no sab&#237;a de d&#243;nde le ven&#237;a&#8212; y luego se levant&#243; y fue al visor. Atr&#225;s, el Sol era una estrella m&#225;s. Brillante todav&#237;a, la m&#225;s brillante, pero una entre muchas, sin privilegios, sin trono. La casa entera de la humanidad, los ocho planetas, las guerras, los imperios, las lenguas, la Uni&#243;n, su abuela habl&#225;ndole al amanecer en el altiplano: todo eso cab&#237;a ahora en un punto de luz que &#233;l pod&#237;a tapar con el pulgar.</p><p>No sinti&#243; lo que esperaba. No fue orgullo. Fue una ternura enorme y desproporcionada, como la que se siente por algo peque&#241;o y fr&#225;gil que uno deja dormido para no despertarlo.</p><p>Le hab&#237;an pedido que transmitiera unas palabras cuando cruzara. Hab&#237;a un discurso preparado por el Comit&#233;, correcto, hist&#243;rico, lleno de la palabra &#171;humanidad&#187;. Ezequiel lo hab&#237;a le&#237;do tres veces y no le sal&#237;a decirlo. Abri&#243; el canal. La se&#241;al tardar&#237;a casi un d&#237;a en llegar a casa, y para entonces &#233;l estar&#237;a a&#250;n m&#225;s lejos. Pens&#243; en su abuela, que ya no viv&#237;a, que le hablaba al sol como a un pariente y que no habr&#237;a entendido una sola palabra del discurso del Comit&#233;. Pens&#243; en lo que ella habr&#237;a dicho al ver al Sol convertido en una estrella m&#225;s entre todas.</p><p>Y dijo, en aimara primero, y luego en la lengua com&#250;n, las dos &#250;nicas frases que se le ocurrieron que eran verdad:</p><p>&#8212;Desde aqu&#237; el Sol es uno m&#225;s. No lo he perdido. Lo he visto por fin entero.</p><p>Cerr&#243; el canal. Sac&#243; la moneda de cobre de la caja sellada y la sostuvo contra el visor, de modo que las dos columnas gastadas quedaran sobre el fondo negro sembrado de estrellas. Seiscientos a&#241;os atr&#225;s, dos palabras hab&#237;an tachado el fin de un mundo para abrir otro. Ahora no hab&#237;a ninguna columna que tachar, ning&#250;n &#171;non&#187; que borrar. Solo el negro, y delante de &#233;l, por primera vez en la historia de su especie, nada que dijera hasta aqu&#237;.</p><p>Guard&#243; la moneda. Volvi&#243; a la litera. Antes de dormir, por costumbre, mir&#243; el techo de la c&#225;psula, y se durmi&#243; pensando que su abuela ten&#237;a raz&#243;n: que al sol se le habla mejor de lejos, cuando ya no ciega, cuando por fin se le puede mirar a la cara y darle las gracias.</p><p>Detr&#225;s de &#233;l, el &#250;ltimo faro del Sol se apagaba en un susurro. Delante, no hab&#237;a faros. Hab&#237;a que llevarlos.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[El libro está gratis hasta mañana]]></title><description><![CDATA[Y no os lo he dicho hasta hoy, que es una cosa muy m&#237;a]]></description><link>https://plusultra9.substack.com/p/el-libro-esta-gratis-hasta-manana</link><guid isPermaLink="false">https://plusultra9.substack.com/p/el-libro-esta-gratis-hasta-manana</guid><dc:creator><![CDATA[Plus Ultra]]></dc:creator><pubDate>Fri, 14 Aug 2026 17:10:30 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!Q6De!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F8c91e482-38e3-46d6-9cc2-a3161f195971_2048x2048.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Llevo tres d&#237;as viendo c&#243;mo se descarga el libro y no os he dicho nada, y ya no s&#233; si por pudor o por tonta. As&#237; que lo digo ahora, con el tiempo justo.</p><p>&#171;El &#250;ltimo ultramar&#187; est&#225; gratis en Kindle hasta ma&#241;ana. Son quinientas y pico p&#225;ginas y me han costado bastante m&#225;s de lo que voy a cobrar por ellas, as&#237; que si os lo ibais a llevar, este es el momento.</p><p>Va de un bi&#243;logo que despierta con mil cuatrocientos noventa y dos a&#241;os de retraso y descubre que, mientras dorm&#237;a, alguien lleg&#243; antes que &#233;l y fund&#243; un mundo. Hablan su idioma. No saben de d&#243;nde vienen. Y de aquel viaje no queda un solo papel, porque nadie sabe leer y nadie recuerda haber sabido.</p><p>Si lo le&#233;is y me dec&#237;s qu&#233; os ha parecido &#8212;aunque sea para mal&#8212; me hac&#233;is un favor m&#225;s grande del que parece. Es lo &#250;nico que no puedo escribirme yo sola.</p><p><a href="https://www.amazon.es/dp/B0H5KMQFHF">Llev&#225;rmelo gratis</a></p><p>Y si no es lo vuestro, no pasa nada: el jueves que viene hay cuento, como siempre.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Ahumar los cristales]]></title><description><![CDATA[Burgos, agosto de 1905. El &#250;ltimo eclipse total que se vio en Espa&#241;a, y lo que costaba mirarlo.]]></description><link>https://plusultra9.substack.com/p/ahumar-los-cristales</link><guid isPermaLink="false">https://plusultra9.substack.com/p/ahumar-los-cristales</guid><dc:creator><![CDATA[Plus Ultra]]></dc:creator><pubDate>Tue, 11 Aug 2026 18:02:30 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!ASB0!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fc7ff23b7-78c2-4b36-9a47-d61ca58dbace_1942x809.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>El holl&#237;n se pega mejor si la vela est&#225; sucia, y Casilda llevaba tres d&#237;as guardando los cabos peores para eso.</p><p></p><p>Los pon&#237;a en fila en el poyo de la cocina, encend&#237;a cuatro a la vez, y pasaba el cristal por encima de la llama con el movimiento de quien saca la nata a la leche: despacio, sin tocar el p&#225;bilo, dejando que el humo hiciera el trabajo. Si se acercaba de m&#225;s, el vidrio se rajaba con un chasquido seco y hab&#237;a que tirarlo. Si se acercaba de menos, el negro no agarraba y a contraluz se ve&#237;a el sol entero, y entonces no serv&#237;a para nada y encima enga&#241;aba, que es peor que no servir.</p><p></p><p>Hab&#237;an empezado a tra&#233;rselos el lunes. Primero la Ramona, que ten&#237;a un marco viejo desarmado en la cuadra y no sab&#237;a qu&#233; hacer con &#233;l. Luego el sacrist&#225;n, que trajo dos y se disculp&#243; tres veces. Y despu&#233;s ya fue el pueblo entero, uno detr&#225;s de otro, con el vidrio envuelto en un pa&#241;o como se lleva una cosa que se ha roto o que se va a romper, y todos dec&#237;an lo mismo al entrar, que si no era molestia, que si ten&#237;a tiempo, que ellos no sab&#237;an.</p><p></p><p>Nadie sab&#237;a. Eso era lo raro de aquel agosto: que llevaban meses hablando de una cosa que ninguno hab&#237;a visto nunca y que no le hab&#237;an o&#237;do contar a ning&#250;n viejo, porque el &#250;ltimo hab&#237;a pasado tan atr&#225;s que ya no quedaba boca que lo hubiera tenido dentro.</p><p></p><p>Los se&#241;ores de Madrid llevaban desde primeros de mes en el alto, con los aparatos. Y detr&#225;s de los de Madrid hab&#237;an llegado los otros, los que hablaban raro y tra&#237;an cajas con letras pintadas y relojes que no eran de bolsillo sino de mesa, atornillados, como si al tiempo hubiera que sujetarlo. Casilda hab&#237;a subido una tarde con la comida de su cu&#241;ado, que les acarreaba agua, y se qued&#243; un rato mirando desde el borde. Uno de los extranjeros escrib&#237;a en un cuaderno sin levantar la vista, y otro le dec&#237;a n&#250;meros, y el que escrib&#237;a los repet&#237;a en voz alta antes de apuntarlos, y a ella le pareci&#243; que aquello no era ciencia ni era nada: era una letan&#237;a. La misma cosa que hac&#237;an las mujeres en el rosario, contar en voz alta para no perderse.</p><p></p><p>Baj&#243; pensando en eso y sigui&#243; ahumando cristales hasta que se le acabaron las velas.</p><p></p><p>&#8212;Va a durar cuatro minutos &#8212;le dijo el sacrist&#225;n, que era el que tra&#237;a las noticias del alto&#8212;. Y no se puede mirar sin el vidrio.</p><p></p><p>&#8212;Ya.</p><p></p><p>&#8212;Que se queda uno ciego, dicen. Que se quema por dentro y no duele, y por eso es peor.</p><p></p><p>&#8212;Ya &#8212;dijo Casilda otra vez, y le devolvi&#243; el suyo, ahumado, con el pa&#241;o y todo.</p><p></p><p>Lo que no le dijo el sacrist&#225;n, porque no lo sab&#237;a, o porque se le olvid&#243;, o porque los recados llegan siempre a medias, fue lo otro. Se lo dijo el propio d&#237;a uno de los de Madrid, un hombre joven con las botas llenas de polvo que pas&#243; por la fuente a &#250;ltima hora de la ma&#241;ana pidiendo agua y se qued&#243; all&#237; explic&#225;ndoselo a cuatro mujeres que no se lo hab&#237;an preguntado.</p><p></p><p>&#8212;Cuando est&#233; tapado del todo &#8212;dijo&#8212;, hay que quitarse el cristal.</p><p></p><p>Ninguna dijo nada.</p><p></p><p>&#8212;Del todo, digo. Cuando ya no quede nada de sol. Entonces se mira a ojo limpio, y hay que hacerlo, porque son unos segundos y no se repite.</p><p></p><p>&#8212;&#191;Y si nos quedamos ciegas? &#8212;dijo la Ramona.</p><p></p><p>&#8212;No. Con el cristal puesto no ver&#237;an ustedes nada. Y eso s&#237; que ser&#237;a quedarse ciego.</p><p></p><p>Se fue con su cantimplora y las dej&#243; all&#237;. Casilda se pas&#243; el resto de la ma&#241;ana con las manos en el agua y aquella frase d&#225;ndole vueltas, porque le pareci&#243; que el hombre hab&#237;a dicho una cosa mucho m&#225;s grande de la que tra&#237;a en la boca, y que adem&#225;s no se hab&#237;a enterado.</p><p></p><p>Al filo del mediod&#237;a salieron todos a la era.</p><p></p><p>Empez&#243; por un lado, como una mordedura, y durante un rato largo no pas&#243; nada que mereciera la pena: los cristales negros levantados, los codos apoyados en los codos del vecino, alguien que dec&#237;a que ya, que ya se iba viendo, y los cr&#237;os preguntando cu&#225;nto falta con esa insistencia que no se cura. Luego la luz se puso rara sin bajar del todo, que es lo que nadie le hab&#237;a contado a Casilda y lo que m&#225;s se le qued&#243;: no se hizo de noche, se hizo de otra cosa. Las sombras de las hojas del nogal, en el suelo, se volvieron todas medias lunas, cientos, movi&#233;ndose con el aire. Refresc&#243;. Y los p&#225;jaros, que llevaban toda la ma&#241;ana con su esc&#225;ndalo, se callaron a la vez, como si alguien hubiera cerrado una puerta.</p><p></p><p>Se callaron los p&#225;jaros y entonces se callaron ellos.</p><p></p><p>Y en el momento en que el &#250;ltimo filo se apag&#243;, Casilda baj&#243; el cristal.</p><p></p><p>No lo pens&#243;. Baj&#243; la mano y ah&#237; estaba, negro y redondo, con la corona alrededor como pelo blanco al viento, tan quieto y tan callado en mitad de un cielo que no era ni de d&#237;a ni de noche, y encima, a un lado, una estrella suelta que no ten&#237;a por qu&#233; estar ah&#237; a esas horas. Le pareci&#243; que aquello no la miraba a ella ni a nadie. Que llevaba haci&#233;ndolo desde siempre y lo iba a seguir haciendo, y que la &#250;nica novedad de todo el asunto era que un pu&#241;ado de gente se hubiera puesto de acuerdo aquella ma&#241;ana para levantar la cabeza al mismo tiempo.</p><p></p><p>Dur&#243; lo que hab&#237;a dicho el sacrist&#225;n. No pareci&#243; tanto.</p><p></p><p>Cuando volvi&#243; el sol, volvi&#243; de golpe, con un destello por el borde que le hizo da&#241;o y la oblig&#243; a taparse, y alguien grit&#243;, y un perro se puso a ladrar como un loco, y los cr&#237;os empezaron todos a hablar a la vez.</p><p></p><p>Por la tarde se los fueron devolviendo. Los cristales, digo. Se los tra&#237;an de vuelta como hab&#237;an venido, envueltos en el pa&#241;o, y ella los iba dejando en el barre&#241;o porque ya sab&#237;a lo que le tocaba: aquellos vidrios no eran vidrios, eran las ventanas de media docena de casas, desarmadas de sus marcos para mirar una cosa que dur&#243; cuatro minutos, y ahora hab&#237;a que volver a ponerlas.</p><p></p><p>Le llev&#243; dos d&#237;as. Ceniza y vinagre, con un trapo basto primero y con papel de estraza despu&#233;s, hasta que el negro se rend&#237;a y se iba en una agua sucia que hab&#237;a que cambiar cada poco. Uno se raj&#243; y no hubo manera. Los dem&#225;s salieron.</p><p></p><p>El &#250;ltimo lo levant&#243; a contraluz, delante de la ventana de la cocina, para ver si le quedaba alguna sombra.</p><p></p><p>Estaba limpio. Se ve&#237;a el campo entero al otro lado, y el alto donde ya no quedaba nadie, y la luz de agosto entrando otra vez como entra siempre.</p><p></p><p>Lo puso en su marco y le dio con la yema del dedo para asentarlo.</p><p></p><p></p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!ASB0!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fc7ff23b7-78c2-4b36-9a47-d61ca58dbace_1942x809.png" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!ASB0!, /__u/plusultra9.substack.com/w_424, /__u/plusultra9.substack.com/c_limit, /__u/plusultra9.substack.com/f_webp, /__u/plusultra9.substack.com/q_auto:good, 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href="https://www.amazon.es/El-%C3%BAltimo-ultramar-Programa-Matria-ebook/dp/B0H5KMQFHF">El &#250;ltimo ultramar</a>&#187;.</em></p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Usé la palabra «nadie» 399 veces y no me di cuenta]]></title><description><![CDATA[Encontr&#233; tambi&#233;n una frase escrita dos veces, en dos cap&#237;tulos distintos, sin que yo lo supiera. Del 11 al 15 el libro est&#225; gratis, por si quer&#233;is buscarme m&#225;s.]]></description><link>https://plusultra9.substack.com/p/use-la-palabra-nadie-399-veces-y</link><guid isPermaLink="false">https://plusultra9.substack.com/p/use-la-palabra-nadie-399-veces-y</guid><dc:creator><![CDATA[Plus Ultra]]></dc:creator><pubDate>Mon, 10 Aug 2026 01:26:47 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!fYsH!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F60c284ce-85e4-428a-9cf6-86c6ddb770c8_1200x675.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>A partir del mi&#233;rcoles (el d&#237;a del eclipse), voy a dejar mi novela &#8220;<a href="https://www.amazon.es/El-%C3%BAltimo-ultramar-Programa-Matria-ebook/dp/B0H5KMQFHF">El &#250;ltimo ultramar: Programa Matria</a>&#8221; gratis para poder leer impresiones y rese&#241;as de personas reales.</p><p class="button-wrapper" data-attrs="{&quot;url&quot;:&quot;https://www.amazon.es/El-%C3%BAltimo-ultramar-Programa-Matria-ebook/dp/B0H5KMQFHF&quot;,&quot;text&quot;:&quot;Ver en Amazon&quot;,&quot;action&quot;:null,&quot;class&quot;:null}" data-component-name="ButtonCreateButton"><a class="button primary" href="https://www.amazon.es/El-%C3%BAltimo-ultramar-Programa-Matria-ebook/dp/B0H5KMQFHF"><span>Ver en Amazon</span></a></p><p><br>Qui&#233;n escribe sabe que muchas veces el mayor enemigo es nuestra propia &#8220;ceguera de taller&#8221; y m&#225;s cuando autopublicamos. Habr&#233; le&#237;do <a href="https://www.amazon.es/El-%C3%BAltimo-ultramar-Programa-Matria-ebook/dp/B0H5KMQFHF">El &#250;ltimo ultramar: Programa Matria</a> &#191;25?&#191;30 veces? Quieras que no, tantas lecturas hacen que mezcles experiencias y que cometamos errores. Al menos a mi me pasa.</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!fYsH!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F60c284ce-85e4-428a-9cf6-86c6ddb770c8_1200x675.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!fYsH!, /__u/plusultra9.substack.com/w_424, /__u/plusultra9.substack.com/c_limit, /__u/plusultra9.substack.com/f_webp, /__u/plusultra9.substack.com/q_auto:good, /__u/plusultra9.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F60c284ce-85e4-428a-9cf6-86c6ddb770c8_1200x675.jpeg 424w, /__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!fYsH!, /__u/plusultra9.substack.com/w_848, /__u/plusultra9.substack.com/c_limit, /__u/plusultra9.substack.com/f_webp, 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contando muletillas. Una palabra que repet&#237;a 399 veces. Otra, 135. Frases enteras copiadas dos veces en cap&#237;tulos distintos sin que yo me diera cuenta: el mismo gesto de un personaje, con las mismas palabras, en dos escenas que pasan con siete cap&#237;tulos de diferencia porque hace unos meses hice una reestructuraci&#243;n gorda y me dej&#233; un trozo&#8230;<br><br>Lo peor no es eso. Lo peor es que todo esto se me hab&#237;a colado por mi ceguera de taller, a pesar (m&#225;s bien por culpa de) de haber rele&#237;do el libro tantas veces. Lo bueno es que &#8220;Matria IX&#8221; -este fue su primer t&#237;tulo cuando un breve relato salido de un sue&#241;o de 2020 se convirti&#243; en una obra completa, ya os contar&#233; esa historia otro d&#237;a, y una casualidad incre&#237;ble- se lee f&#225;cil y r&#225;pido.<br><br>Tambi&#233;n he cambiado cosas que no son solo de palabras repetidas y comas. El final ya no acaba donde acababa, aunque la historia global es la misma, he movido cosas (por cierto, los que me hab&#233;is dado retro os tengo que mandar la copia actualizada, porque ten&#233;is la antigua y &#233;sta os va a gustar m&#225;s). Hay varios cambios peque&#241;os pero que afectan a las motivaciones de varios personajes, creo que la novela ahora es much&#237;simo mejor.<br><br>Ma&#241;ana por la ma&#241;ana subo la versi&#243;n nueva a KDP, que ya hoy no son horas.<br><br>Y a partir del d&#237;a 12, es decir, casi ya, el libro va a estar gratis en Amazon por unos d&#237;as. Ahora mismo est&#225; a un euro, as&#237; que tampoco es que os hag&#225;is ricos esperando, pero si os apetece leerlo sin pagar nada, <strong>el d&#237;a del eclipse</strong> es el momento.<br><br>Si lo le&#233;is y os apetece decirme lo que sea &#8212;lo bueno y sobre todo lo no tan bueno&#8212;, se agradece much&#237;simo. Y si adem&#225;s dej&#225;is una rese&#241;a, ya ni os cuento, ya sab&#233;is lo que ayuda eso.<br><br>No s&#233; escribir esto sin que suene a que os estoy pidiendo algo, porque os estoy pidiendo algo, as&#237; que lo pido y ya &#128514;</p><p>Lo que te pido:</p><ul><li><p>Hazte con el libro (pagando un 1&#8364; ahora o esperando al eclipse y gratis)</p></li><li><p>Dime qu&#233; te ha parecido y si quieres d&#233;jame una <a href="https://www.amazon.es/El-%C3%BAltimo-ultramar-Programa-Matria-ebook/dp/B0H5KMQFHF">rese&#241;a en Amazon</a></p></li><li><p>Si crees que a alguien le puede interesar, p&#225;saselo, por favor.</p></li><li><p>S&#233; feliz.<br></p><p class="button-wrapper" data-attrs="{&quot;url&quot;:&quot;https://www.amazon.es/El-%C3%BAltimo-ultramar-Programa-Matria-ebook/dp/B0H5KMQFHF&quot;,&quot;text&quot;:&quot;Quiero el Libro&quot;,&quot;action&quot;:null,&quot;class&quot;:null}" data-component-name="ButtonCreateButton"><a class="button primary" href="https://www.amazon.es/El-%C3%BAltimo-ultramar-Programa-Matria-ebook/dp/B0H5KMQFHF"><span>Quiero el Libro</span></a></p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="https://www.amazon.es/El-%C3%BAltimo-ultramar-Programa-Matria-ebook/dp/B0H5KMQFHF" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!cBc6!, /__u/plusultra9.substack.com/w_424, /__u/plusultra9.substack.com/c_limit, /__u/plusultra9.substack.com/f_webp, /__u/plusultra9.substack.com/q_auto:good, /__u/plusultra9.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F385ff586-f8a8-48e0-b9e5-bcc98671f0b8_943x1500.jpeg 424w, /__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!cBc6!, /__u/plusultra9.substack.com/w_848, /__u/plusultra9.substack.com/c_limit, /__u/plusultra9.substack.com/f_webp, /__u/plusultra9.substack.com/q_auto:good, 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src="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!cBc6!,w_1456,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F385ff586-f8a8-48e0-b9e5-bcc98671f0b8_943x1500.jpeg" width="943" height="1500" data-attrs="{&quot;src&quot;:&quot;https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/385ff586-f8a8-48e0-b9e5-bcc98671f0b8_943x1500.jpeg&quot;,&quot;srcNoWatermark&quot;:null,&quot;fullscreen&quot;:null,&quot;imageSize&quot;:null,&quot;height&quot;:1500,&quot;width&quot;:943,&quot;resizeWidth&quot;:null,&quot;bytes&quot;:null,&quot;alt&quot;:null,&quot;title&quot;:null,&quot;type&quot;:null,&quot;href&quot;:&quot;https://www.amazon.es/El-%C3%BAltimo-ultramar-Programa-Matria-ebook/dp/B0H5KMQFHF&quot;,&quot;belowTheFold&quot;:false,&quot;topImage&quot;:false,&quot;internalRedirect&quot;:null,&quot;isProcessing&quot;:false,&quot;align&quot;:null,&quot;offset&quot;:false}" class="sizing-normal" alt="" 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antemano.</p></li></ul>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[El segundo negativo]]></title><description><![CDATA[Plus ultra &#183; Fase 3 &#183; el a&#241;o en que la Tierra gir&#243; demasiado deprisa]]></description><link>https://plusultra9.substack.com/p/el-segundo-negativo</link><guid isPermaLink="false">https://plusultra9.substack.com/p/el-segundo-negativo</guid><dc:creator><![CDATA[Plus Ultra]]></dc:creator><pubDate>Thu, 06 Aug 2026 08:00:45 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!t-T-!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fa2dff03d-12df-45c7-9ecb-7d52b826973a_1491x1055.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Yo fui el hombre que le borr&#243; un segundo al mundo. Lo cuento ahora, que ya soy viejo, porque la &#250;nica persona a la que de verdad le importa acaba de cumplir los a&#241;os que hacen falta para entenderlo.</p><p>Trabaj&#233; cuarenta a&#241;os en el Reloj. As&#237;, con may&#250;scula, como lo llam&#225;bamos los de dentro. No era un reloj: era <em>el</em> reloj, el patr&#243;n contra el que se ajustaban todos los dem&#225;s relojes de la especie. En mi &#233;poca la humanidad ya no cab&#237;a en un solo mundo &#8212;hab&#237;a gente en la Luna, colonias tempranas en Marte, estaciones colgadas por medio sistema&#8212;, y toda esa gente desperdigada necesitaba una cosa para seguir siendo una sola humanidad: estar de acuerdo en qu&#233; hora era. Un latido com&#250;n. El Reloj daba ese latido. Desde una sala fr&#237;a de la costa, en Manta, un pu&#241;ado de nosotros nos turn&#225;bamos para custodiar el segundo oficial de la Uni&#243;n, el que viajaba corregido hasta Marte para que un minero de all&#225; y su madre de ac&#225; pudieran decir &#171;a las ocho&#187; y significar lo mismo, aunque los separaran veinte minutos luz y la mitad de una vida.</p><p>Lo que casi nadie sabe es que el tiempo no es de fiar. La Tierra, que parece tan formal girando, es en realidad una peonza vieja: unos d&#237;as se retrasa, otros se adelanta, seg&#250;n lo que hagan por dentro sus mares y su n&#250;cleo. Mil&#233;simas. Nada que t&#250; notes. Pero un reloj que tiene que cuadrar tres planetas no puede permitirse las mil&#233;simas, as&#237; que cada cierto tiempo hac&#237;amos un ajuste: met&#237;amos un segundo de m&#225;s para que el reloj esperara a la Tierra. Un segundo bisiesto. Durante mil quinientos a&#241;os, la humanidad solo supo sumar segundos. Regalarle tiempo al mundo para que el mundo no se quedara atr&#225;s.</p><p>El a&#241;o del que hablo, la Tierra hizo lo contrario. Se puso a girar m&#225;s deprisa de lo que nadie hab&#237;a medido nunca. Bati&#243; el r&#233;cord del d&#237;a m&#225;s corto, y luego lo bati&#243; otra vez, y los que sab&#237;amos de esto nos miramos en la sala fr&#237;a porque entend&#237;amos lo que ven&#237;a: por primera vez en la historia, &#237;bamos a tener que <em>quitar</em> un segundo. No sumar. Restar. Borrar un segundo del reloj del mundo para que el reloj alcanzara a una Tierra que se hab&#237;a echado a correr.</p><p>Le llaman segundo negativo. Nunca se hab&#237;a hecho. Consiste en esto: a una hora exacta, el Reloj salta de las 23:59:59 directamente a las 00:00:01. El segundo de en medio &#8212;las 00:00:00&#8212; no se cuenta. No se registra. No existe. La humanidad entera pasa por encima de &#233;l sin pisarlo, como se salta un escal&#243;n que no est&#225;.</p><p>A m&#237; me toc&#243; el turno de esa noche. Y me toc&#243; la tecla.</p><p>&#9552;&#9552;&#9552;</p><p>No es una tecla dram&#225;tica. Es gris, peque&#241;a, con una etiqueta que alguien hab&#237;a escrito a mano hac&#237;a siglos y que nadie se atrevi&#243; a cambiar nunca. Yo llevaba cuarenta a&#241;os sin pulsarla, porque nunca hab&#237;a habido un segundo que borrar. La miraba a veces, en las guardias largas, como se mira una puerta que sabes que un d&#237;a vas a tener que abrir.</p><p>Esa noche la mir&#233; distinto, porque esa noche mi hija estaba pariendo tres pisos m&#225;s abajo.</p><p>No fue una casualidad que yo eligiera el turno; fue una torpeza. Cuando sali&#243; la fecha del ajuste, meses antes, yo ped&#237; esa guardia sin mirar el calendario de mi propia familia, porque quer&#237;a estar yo en la tecla, quer&#237;a ser yo quien hiciera la cosa que no se hab&#237;a hecho nunca. Vanidad de relojero viejo. Y result&#243; que la vida, que tambi&#233;n lleva su cuenta, hab&#237;a puesto a mi primera nieta a nacer esa misma madrugada, en la maternidad del mismo edificio, mientras su abuelo estaba arriba a punto de tirar un segundo a la basura.</p><p>Mi hija lo sab&#237;a. Me mand&#243; un mensaje entre contracci&#243;n y contracci&#243;n, con esa sorna que le viene de su madre: <em>t&#250; arriba borrando tiempo y yo aqu&#237; abajo haci&#233;ndolo. A ver qui&#233;n termina antes.</em></p><p>Terminamos a la vez. Ese es el asunto de esta historia.</p><p>&#9552;&#9552;&#9552;</p><p>La cuenta atr&#225;s de un segundo negativo la lleva la m&#225;quina; el humano solo confirma. A las 23:59:58 puse la mano encima de la tecla. A las 23:59:59 la puls&#233;, y sent&#237; bajo el dedo el peque&#241;o clic con el que la humanidad, por primera vez, decidi&#243; no contar un instante de su propia vida. El Reloj salt&#243;. En la pantalla, delante de m&#237;, los n&#250;meros pasaron de 23:59:59 a 00:00:01 sin detenerse, limpios, como si el segundo de en medio no hubiera sido nunca.</p><p>Y en ese hueco, en el segundo que yo acababa de quitar del mundo, son&#243; el tel&#233;fono de la sala y una voz me dijo que era ni&#241;a, que estaban las dos bien, y que hab&#237;a nacido <em>justo a medianoche</em>.</p><p>Justo a medianoche.</p><p>Baj&#233; corriendo, claro. Un viejo bajando escaleras a las tantas, ri&#233;ndose y llorando a la vez, que es como se hacen las mejores bajadas. La tuve en brazos a los diez minutos, roja y furiosa y con una fuerza en el llanto que no le cab&#237;a en el pecho, y mientras la sosten&#237;a hice lo &#250;nico que s&#233; hacer de verdad, que es mirar la hora. En la pulsera de la cuna, el sistema hab&#237;a estampado su registro oficial, el que la seguir&#237;a toda la vida, el de los papeles: <em>nacida a las 00:00:01</em>.</p><p>Pero yo estaba arriba. Yo ten&#237;a los datos finos, los del monitor de la maternidad cruzados con los del Reloj, y los le&#237; despu&#233;s, esa misma noche, con el cuidado con el que se lee algo que va a doler o a salvar. El primer llanto de mi nieta, el primero de verdad, el instante exacto en que su pecho se llen&#243; de aire por primera vez, cay&#243; cuarenta cent&#233;simas <em>antes</em> de las 00:00:01.</p><p>Cay&#243; dentro del segundo que yo hab&#237;a borrado.</p><p>Mi nieta naci&#243; a las 00:00:00 de una noche en que las 00:00:00 no existieron. Vino al mundo en el &#250;nico segundo que la humanidad entera, de com&#250;n acuerdo, hab&#237;a decidido no contar. Su hora de nacer no est&#225; en ning&#250;n reloj del sistema, ni en la Tierra, ni en la Luna, ni en Marte, porque esa hora la borr&#233; yo con el dedo un piso m&#225;s arriba, sin saber que ella la estaba estrenando.</p><p>&#9552;&#9552;&#9552;</p><p>Durante unos a&#241;os me pes&#243; como una culpa. Pensaba: le he robado a mi propia nieta su sitio en el tiempo. Todo el mundo tiene un segundo suyo, uno al que puede se&#241;alar y decir &#171;ah&#237; empec&#233;&#187;, y yo, por vanidad, por querer ser el de la tecla, le hab&#237;a quitado el suyo. La hab&#237;a hecho nacer en un hueco.</p><p>Tard&#233; en darle la vuelta. Me la dio ella, sin saberlo, de peque&#241;a, una noche que no se dorm&#237;a y me pregunt&#243; por qu&#233; el cielo estaba tan lejos. Y mientras le contestaba cualquier cosa, lo entend&#237; de golpe, como se entienden las cosas de verdad: no le hab&#237;a robado nada. Le hab&#237;a regalado la &#250;nica cosa que yo, en toda mi vida de guardi&#225;n del tiempo, ten&#237;a para regalar.</p><p>Porque a los dem&#225;s el reloj nos tiene fichados. Nacemos a una hora, y desde esa hora el tiempo empieza a pasarnos la cuenta, segundo a segundo, sin fallar uno, hasta el final. Estamos dentro del reloj. Le debemos cada latido. Ella no. Ella entr&#243; por la &#250;nica grieta que ha tenido nunca el tiempo oficial de la especie, por el escal&#243;n que no estaba, y en cierto modo se qued&#243; ah&#237;: fuera de la cuenta. Libre. La &#250;nica persona viva cuyo primer instante el mundo no puede reclamar, porque el mundo, esa noche, renunci&#243; a &#233;l.</p><p>No se lo dije hasta hoy. Hoy ha cumplido los a&#241;os que hac&#237;an falta, y le he contado todo esto, tal cual, en esta sala fr&#237;a a la que la he tra&#237;do para que lo vea con sus ojos: la pantalla, la tecla gris, la etiqueta escrita a mano. Le he ense&#241;ado sus dos horas de nacer, la de los papeles y la verdadera, y le he dicho lo que llevo toda la vida guardando para poder dec&#237;rselo en voz alta una sola vez:</p><p>&#8212;Naciste en un segundo que yo borr&#233;. No se lo debes al calendario. Ese instante no es de nadie. Es solo tuyo. Vive como quien no le debe la hora a ning&#250;n reloj.</p><p>Ella mir&#243; la tecla un rato largo. Despu&#233;s me mir&#243; a m&#237;, con la cara de su madre y la fuerza de aquel primer llanto todav&#237;a dentro, y me pregunt&#243; lo &#250;nico que val&#237;a la pena preguntar:</p><p>&#8212;&#191;Y si alg&#250;n d&#237;a tienen que devolver ese segundo? &#191;Si vuelven a sumarlo?</p><p>Me re&#237;, porque no se me hab&#237;a ocurrido, y porque era justo la pregunta que habr&#237;a hecho yo.</p><p>&#8212;Entonces lo pondr&#225;n en otra noche cualquiera &#8212;le dije&#8212;. Y alguien, en esta sala, apretar&#225; una tecla para regalarle al mundo un segundo de m&#225;s. Pero no ser&#225; el tuyo. El tuyo ya te lo diste. El tuyo no vuelve a la cuenta.</p><p>Salimos juntos a que amaneciera. La Tierra, debajo de nosotros, segu&#237;a girando un poco m&#225;s deprisa de la cuenta, con esa prisa vieja y sin motivo que le entra a veces, rob&#225;ndole al d&#237;a sus mil&#233;simas, sin que nadie las note, sin que nadie las eche de menos.</p><p>Salvo yo, que me paso la vida not&#225;ndolas. Y ella, que naci&#243; de una.<br></p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!t-T-!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fa2dff03d-12df-45c7-9ecb-7d52b826973a_1491x1055.png" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!t-T-!, /__u/plusultra9.substack.com/w_424, /__u/plusultra9.substack.com/c_limit, /__u/plusultra9.substack.com/f_webp, /__u/plusultra9.substack.com/q_auto:good, /__u/plusultra9.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2Fa2dff03d-12df-45c7-9ecb-7d52b826973a_1491x1055.png 424w, /__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!t-T-!, /__u/plusultra9.substack.com/w_848, /__u/plusultra9.substack.com/c_limit, /__u/plusultra9.substack.com/f_webp, 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2044]]></description><link>https://plusultra9.substack.com/p/la-lengua-que-nadie-programo</link><guid isPermaLink="false">https://plusultra9.substack.com/p/la-lengua-que-nadie-programo</guid><dc:creator><![CDATA[Plus Ultra]]></dc:creator><pubDate>Sat, 01 Aug 2026 07:00:44 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!D920!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F354fd5f1-1e23-4108-9bdc-d0f53845f040_1024x576.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!D920!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F354fd5f1-1e23-4108-9bdc-d0f53845f040_1024x576.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" 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No en cantar: en construir la voz de las m&#225;quinas. Una empresa de Montevideo con dinero de medio continente quer&#237;a lanzar un asistente que hablara espa&#241;ol a setecientos millones de personas, y el primer problema, el que paraliz&#243; las reuniones durante semanas, fue el m&#225;s viejo de todos: &#191;qu&#233; espa&#241;ol?</p><p>El de M&#233;xico, por n&#250;mero. El de Espa&#241;a, por inercia colonial y por los doblajes. El &#171;neutro&#187; de los estudios de Miami, ese espa&#241;ol de nadie que se invent&#243; para vender telenovelas sin delatar de d&#243;nde ven&#237;an. Cada opci&#243;n ofend&#237;a a alguien. Cada acento era una frontera con bandera.</p><p>Valeria ten&#237;a cuarenta y un a&#241;os y un m&#225;ster en ling&#252;&#237;stica de corpus, que es la ciencia de escuchar a millones de personas a la vez sin que se note. Su trabajo consist&#237;a en alimentar a la m&#225;quina con la lengua real, no con la del diccionario. Y para eso pasaba el d&#237;a oyendo. Foros, partidas, transmisiones, mensajes de voz, las catorce mil horas diarias de hispanohablantes habl&#225;ndose entre ellos por la red.</p><p>Y un d&#237;a, oyendo, not&#243; algo que no estaba en ning&#250;n manual. Los chicos no hablaban como sus padres.</p><p>No era la jerga de siempre, esa que cambia cada generaci&#243;n y se queda en el barrio. Era otra cosa, m&#225;s profunda y m&#225;s rara: en las partidas, en las transmisiones, en los grupos donde un argentino, una colombiana, un espa&#241;ol y tres mexicanos coordinaban un mismo juego a las tres de la ma&#241;ana, hab&#237;a aparecido un espa&#241;ol que no era de ninguno de ellos y los serv&#237;a a todos. Hab&#237;an limado los &#171;vosotros&#187; y los &#171;ches&#187; no por verg&#252;enza, sino por eficiencia: para entenderse r&#225;pido cuando la vida del equipo depend&#237;a de una frase corta. Hab&#237;an adoptado palabras de aqu&#237; y de all&#225; seg&#250;n cu&#225;l ganaba la partida de la claridad. Sin academia. Sin ministerio. Sin un solo decreto.</p><p>Una koin&#233;. As&#237; se llam&#243;, en la Grecia antigua, al griego com&#250;n que naci&#243; cuando todos los dialectos tuvieron que entenderse en un mismo imperio. La koin&#233; no la dise&#241;&#243; nadie. La habl&#243; la gente hasta que existi&#243;.</p><p>Valeria pidi&#243; los datos. Pidi&#243; diez a&#241;os de corpus y los puso en una l&#237;nea de tiempo. Y lo vio dibujarse: los acentos no se estaban perdiendo &#8212;segu&#237;an vivos en casa, en la mesa, en el abrazo&#8212;, pero por encima de ellos hab&#237;a crecido una capa nueva, una lengua franca de pantalla que en 2034 casi no exist&#237;a y en 2044 hablaban, sin saber que la hablaban, casi todos los menores de veinticinco.</p><p>No la hab&#237;a hecho la tecnolog&#237;a. La tecnolog&#237;a solo hab&#237;a hecho lo &#250;nico que faltaba en cinco siglos: meter a todos los hispanohablantes en la misma habitaci&#243;n a la vez. Quinientos a&#241;os separados por oc&#233;anos y aduanas, y en cuanto la distancia se volvi&#243; cero, la lengua hizo en una d&#233;cada lo que la pol&#237;tica no hab&#237;a logrado nunca: ponerse de acuerdo.</p><p>Esa noche, en casa, Valeria escuch&#243; a su hijo. Mateo ten&#237;a trece a&#241;os y jugaba con unos amigos que nunca hab&#237;a visto la cara. Uno era de C&#225;diz, otra de Medell&#237;n, otro de Hermosillo. Valeria se qued&#243; en el pasillo, a oscuras, oy&#233;ndolo dar instrucciones por el micr&#243;fono. Y no reconoci&#243; del todo su lengua. Su hijo hablaba un espa&#241;ol que ella entend&#237;a perfectamente y que, sin embargo, no era el suyo: sin &#171;vos&#187;, sin el dejo rioplatense que a ella le ven&#237;a de su madre y a su madre de la suya, un espa&#241;ol pulido por el uso de mil conversaciones con desconocidos que se hab&#237;an vuelto amigos. Un espa&#241;ol sin patria y de toda una.</p><p>Le dio un poco de pena, como la da ver crecer a un hijo. Y le dio, debajo de la pena, una alegr&#237;a que no supo nombrar hasta m&#225;s tarde.</p><p>Al d&#237;a siguiente entr&#243; a la reuni&#243;n y dijo que no hab&#237;a que elegir un acento.</p><p>&#8212;Ya est&#225; elegido &#8212;dijo&#8212;. No lo elegimos nosotros. Lo eligieron ellos, hablando. Solo tenemos que escucharlo bien y no estropearlo.</p><p>Le preguntaron de qui&#233;n era ese espa&#241;ol. De d&#243;nde. Qu&#233; bandera ponerle.</p><p>&#8212;De nadie &#8212;dijo Valeria&#8212;. Por eso funciona. Es la primera cosa nuestra en quinientos a&#241;os que no es de un pa&#237;s. Es de la lengua.</p><p>La m&#225;quina sali&#243; al a&#241;o siguiente y habl&#243; esa koin&#233;, y a casi nadie le son&#243; extranjera, porque casi nadie menor de veinticinco la sent&#237;a ajena. Los viejos dijeron que hablaba raro. Los j&#243;venes ni lo notaron. As&#237; se sabe que una lengua ha ganado: cuando los que la hablan dejan de o&#237;rla.</p><p>Valeria no vivi&#243; para ver lo que vino mucho despu&#233;s. No vio las asambleas, ni los tratados, ni el d&#237;a en que setecientos millones de personas decidieron por fin llamarse de una sola manera. Muri&#243; antes, como mueren casi todos los que empujan las cosas grandes: a mitad del empuj&#243;n, sin ver caer la piedra.</p><p>Pero dej&#243; una nota en el corpus, en los metadatos de aquel primer modelo, donde solo la leer&#237;an otros ingenieros y, quiz&#225;, una m&#225;quina futura con la curiosidad suficiente para mirar atr&#225;s. Dec&#237;a: &#171;La uni&#243;n empez&#243; por la lengua. Cuando llegue la pol&#237;tica, llegar&#225; tarde: solo vendr&#225; a firmar lo que la gente joven ya hab&#237;a acordado de madrugada, jugando, para poder ganar juntos una partida.&#187;</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[La honda]]></title><description><![CDATA[Plus ultra &#183; Fase 2 (Salida al sistema) &#183; a&#241;os de las primeras naves largas]]></description><link>https://plusultra9.substack.com/p/la-honda</link><guid isPermaLink="false">https://plusultra9.substack.com/p/la-honda</guid><dc:creator><![CDATA[Plus Ultra]]></dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jul 2026 23:19:13 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!Q6De!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F8c91e482-38e3-46d6-9cc2-a3161f195971_2048x2048.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Aprend&#237; a robar a los veintitr&#233;s a&#241;os, en una sala sin ventanas de la estaci&#243;n de Cabo Manta, y el primero al que le rob&#233; fue a J&#250;piter.</p><p>No lo llam&#225;bamos robar. Lo llam&#225;bamos asistencia gravitatoria, que es como llama la gente educada a quitarle algo a quien no lo va a echar de menos. La maniobra era vieja ya entonces, la hab&#237;an hecho las sondas ciegas del siglo anterior: pasas cerca de un planeta, dejas que su gravedad te agarre y te lance, y sales por el otro lado m&#225;s r&#225;pido de lo que entraste. Gratis, dec&#237;an los folletos. Velocidad gratis.</p><p>No es gratis. Nada que va lejos es gratis. Eso lo aprend&#237; esa misma tarde.</p><p>Yo era el m&#225;s joven del equipo de trayectorias y me hab&#237;an dado, como se le dan a los novatos las cosas que parecen f&#225;ciles, el c&#225;lculo de comprobaci&#243;n: verificar que la sonda ganaba lo que dec&#237;an los mayores. Ganaba doce kil&#243;metros por segundo en el paso por J&#250;piter. Doce. Suficiente para que aquel cacharro cruzara la frontera del sistema y siguiera, y siguiera, hasta apagarse solo en un sitio sin nombre. Yo hice los n&#250;meros tres veces, feliz como un ni&#241;o, y a la tercera me par&#233;.</p><p>Porque los n&#250;meros tienen dos lados. Si la sonda ganaba momento, algo lo perd&#237;a. La conservaci&#243;n no perdona: no se crea velocidad de la nada, se cambia de sitio. Busqu&#233; el otro lado de la ecuaci&#243;n y ah&#237; estaba, peque&#241;&#237;simo, casi por debajo de lo que mis decimales pod&#237;an sostener: J&#250;piter se frenaba. El planeta m&#225;s grande del sistema, mil veces la Tierra, se hac&#237;a una fracci&#243;n imperceptible m&#225;s lento en su &#243;rbita por culpa de nuestra sonda de tres toneladas. Y no volver&#237;a a acelerar. Ese frenazo era para siempre.</p><p>Fui con mi hoja a la mesa del viejo Reyes, que llevaba cuarenta a&#241;os lanzando cosas al vac&#237;o y ten&#237;a las manos manchadas de caf&#233; y de tiza, y le ense&#241;&#233; mi descubrimiento como quien ense&#241;a una herida.</p><p>&#8212;J&#250;piter paga &#8212;le dije&#8212;. Le estamos robando. Se queda m&#225;s lento para siempre y no podemos devolv&#233;rselo.</p><p>Reyes mir&#243; la hoja por encima de las gafas. No se ri&#243; de m&#237;, y se lo agradec&#237; toda la vida.</p><p>&#8212;Claro que paga &#8212;dijo&#8212;. Todo lo que va lejos lo paga algo que se queda. &#8212;Me devolvi&#243; la hoja&#8212;. Lo que pasa es que J&#250;piter es tan grande que no lo nota. Podr&#237;amos lanzar mil sondas y no lo notar&#237;a. Por eso lo elegimos a &#233;l y no a una luna. Se roba mejor a los que no van a echarlo de menos.</p><p>&#8212;Pero es real &#8212;insist&#237; yo, que a los veintitr&#233;s necesitaba que las cosas fueran justas&#8212;. Aunque nadie lo mida. Es real.</p><p>&#8212;Es lo m&#225;s real que vas a calcular en tu vida &#8212;dijo Reyes&#8212;. An&#243;talo. Y no se lo cuentes a los de prensa.</p><p>Lo anot&#233;. Guard&#233; aquel n&#250;mero &#8212;el frenazo de J&#250;piter, tantos ceros que casi era cero pero no lo era&#8212; en la primera p&#225;gina de mi primer cuaderno de trabajo, y sin saberlo lo guard&#233; para el final de esta historia.</p><p>&#9552;&#9552;&#9552;</p><p>Me hice viejo robando. Cuarenta a&#241;os de trayectorias: sondas, cargueros, las primeras naves largas del programa, esas que se iban con gente dentro a dormir siglos hacia estrellas que nosotros no ver&#237;amos encenderse de cerca. Todas robaban. Todas sal&#237;an disparadas de la falda de un planeta que se quedaba, imperceptiblemente, un poco m&#225;s lento. Yo calculaba cu&#225;nto. Era bueno. Fui, dicen, de los mejores, y lo digo sin orgullo porque el orgullo, a mi edad, ya no calienta.</p><p>Lo que nunca calcul&#233;, porque nadie me lo pidi&#243; y porque no quer&#237;a, fue lo que me hab&#237;a lanzado a m&#237;.</p><p>Yo ten&#237;a una hermana. Marta. Dos a&#241;os mayor, m&#225;s lista que yo, con una cabeza para los n&#250;meros que a m&#237; me habr&#237;a hecho falta pedir prestada m&#225;s de una vez. De ni&#241;os, en el piso peque&#241;o de una ciudad que ya no existe como la recuerdo, mir&#225;bamos juntos el mismo cielo por la misma ventana y dec&#237;amos las dos la misma tonter&#237;a de todos los ni&#241;os de aquella &#233;poca: yo voy a ir. Los dos &#237;bamos a ir. Al mar grande. Plus ultra. M&#225;s all&#225;.</p><p>Cuando sali&#243; la convocatoria de la primera nave larga con tripulaci&#243;n, nos presentamos los dos. Nos presentamos medio mundo, en realidad, pero nosotros nos presentamos tambi&#233;n, y contra todo pron&#243;stico los dos pasamos los cortes, uno tras otro, hasta la &#250;ltima criba. Los dos. Hern&#225;ndez, Marta y Hern&#225;ndez. Dos apellidos iguales en la misma lista corta, cosa rara, cosa de orgullo para nuestra madre, que llor&#243; el d&#237;a que lo supo sin saber todav&#237;a lo que aquello significaba.</p><p>Significaba esto: que el programa no admit&#237;a a dos de la misma sangre en la misma nave. La regla de dispersi&#243;n, la llamaban. Para que ning&#250;n linaje se jugara entero a una sola carta, para que si una nave se perd&#237;a en el vac&#237;o no se perdiera con ella una familia completa. Una por sangre. Solo una.</p><p>Yo no supe nada de la decisi&#243;n. A m&#237; me lleg&#243; una carta que dec&#237;a que hab&#237;a sido seleccionado, y me volv&#237; loco de alegr&#237;a, y fui a buscar a Marta para celebrarlo, y Marta me abraz&#243; y me dijo que ella lo hab&#237;a dejado, que se hab&#237;a dado cuenta de que no era lo suyo, que prefer&#237;a quedarse, que alguien ten&#237;a que cuidar de mam&#225;. Lo dijo con una sonrisa tan entera que me la cre&#237;. Uno cree lo que necesita creer para poder ser feliz. Yo necesitaba mucho.</p><p>Al final ni siquiera fui en aquella nave. Un soplo en el coraz&#243;n, detectado en la &#250;ltima revisi&#243;n m&#233;dica, me baj&#243; de la lista tres semanas antes del embarque. Me qued&#233; en tierra, con mi soplo y mi verg&#252;enza, y me reciclaron en lo &#250;nico que sab&#237;a hacer: n&#250;meros. Trayectorias. Lanzar a otros. Pas&#233; cuarenta a&#241;os en salas sin ventanas calculando c&#243;mo robarle velocidad a los planetas para que otra gente llegara lejos, yo que no llegu&#233; a ninguna parte, yo que me qued&#233; en la falda del mundo viendo salir disparados a los dem&#225;s.</p><p>Y Marta se qued&#243; tambi&#233;n. Cuid&#243; de mam&#225; hasta el final. Tuvo una vida peque&#241;a y buena, de las que no salen en ning&#250;n registro, y se muri&#243; mientras yo estaba de misi&#243;n en el otro extremo del sistema, y llegu&#233; tarde al entierro por culpa de una ventana de lanzamiento que no se pod&#237;a mover. Le puse una flor y volv&#237; al trabajo. Uno vuelve al trabajo. Es lo que hay debajo de casi todo.</p><p>&#9552;&#9552;&#9552;</p><p>La verdad la encontr&#233; de viejo, cuando ya no serv&#237;a para nada m&#225;s que para dolerme.</p><p>Estaban desclasificando los archivos antiguos del programa &#8212;cosas de aniversario, de museo&#8212; y un becario amable, que sab&#237;a que yo hab&#237;a estado en aquello, me mand&#243; mi propio expediente por si quer&#237;a guardarlo. Lo abr&#237; una noche sin esperar gran cosa. Y ah&#237;, en la carpeta de la primera nave larga, entre actas y sellos, encontr&#233; la de Marta.</p><p>No dec&#237;a &#171;renunci&#243;&#187;. Los papeles no dicen esas cosas. Dec&#237;a: <em>Hern&#225;ndez, M. &#8212; reasignaci&#243;n voluntaria a reserva de superficie. Motivo: optimizaci&#243;n de cuota familiar.</em> Una l&#237;nea. Con su firma debajo, la letra redonda que yo conoc&#237;a de las listas de la compra y de las notas en la nevera. Se hab&#237;a presentado, hab&#237;a pasado todas las cribas, la hab&#237;an aceptado &#8212;a ella, no a m&#237;; ella era la mejor, siempre fue la mejor&#8212; y cuando le dijeron que solo cab&#237;a uno de los dos, hab&#237;a ido, en silencio, sin dec&#237;rmelo nunca, a firmar su salida para que yo tuviera la plaza. La plaza que ni siquiera llegu&#233; a ocupar.</p><p>Me qued&#233; mucho rato con la hoja en la mano, en el mismo gesto con el que a los veintitr&#233;s a&#241;os hab&#237;a sostenido el frenazo de J&#250;piter. Y entend&#237;, con cincuenta a&#241;os de retraso, que eran la misma hoja. Que el programa hab&#237;a redondeado a Marta a cero exactamente igual que los folletos redondeaban a cero el frenazo del planeta. <em>Optimizaci&#243;n de cuota familiar.</em> <em>Velocidad gratis.</em> Las dos mentiras se escriben con la misma aritm&#233;tica: la que decide que lo que se paga, si es lo bastante callado, no se ha pagado.</p><p>Pero se paga. Todo lo que va lejos lo paga algo que se queda. Marta se qued&#243; para que yo saliera disparado, se fren&#243; una vida entera para darme un impulso que yo malgast&#233; en un soplo del coraz&#243;n y en cuarenta a&#241;os de salas sin ventanas, y nunca lo not&#233;, nunca se lo devolv&#237;, nunca podr&#233;, porque a los que se quedan no se les alcanza ya nunca: van m&#225;s despacio que t&#250; por definici&#243;n, para siempre, esa es toda la maniobra.</p><p>&#9552;&#9552;&#9552;</p><p>Hay una chica en mi equipo ahora. Veintitr&#233;s a&#241;os, la edad exacta en que uno descubre que robar tiene v&#237;ctima. Es buena. Es mejor que yo, como Marta era mejor que yo; el mundo est&#225; lleno de gente mejor que uno que se queda en la falda para que otro salga. La semana pasada sali&#243; una plaza en la misi&#243;n larga a la nube exterior, la buena, la que te lanza de verdad, y hab&#237;a dos candidatos de mi sala, y ella era una, y el otro era un chico con menos talento y m&#225;s suerte y un padre en el consejo.</p><p>Fui a la reuni&#243;n de asignaci&#243;n. Ten&#237;a un voto. Dije lo que hab&#237;a que decir, mov&#237; lo que hab&#237;a que mover, gast&#233; en una tarde el poco peso que cuarenta a&#241;os te dejan encima, y la plaza fue para ella. No se lo he contado. No se lo voy a contar. Ella cree que la eligieron por sus n&#250;meros, y la eligieron por sus n&#250;meros, y as&#237; debe ser, porque un impulso que se cuenta deja de ser un impulso y se convierte en una deuda, y yo no quiero que me deba nada. Quiero que salga disparada y no mire atr&#225;s. Que es lo que hay que hacer con los impulsos: gastarlos hacia delante, no devolverlos hacia atr&#225;s, porque hacia atr&#225;s no se puede, el tiempo solo tiene una falda y ya la hemos pasado.</p><p>Esta noche, antes de apagar la sala, he hecho una &#250;ltima cuenta que no me ha pedido nadie. He calculado, con los decimales que ya me tiemblan, cu&#225;nto se fren&#243; exactamente aquel J&#250;piter m&#237;o hace cincuenta a&#241;os por culpa de la primera sonda, la de mi cuaderno. Tantos ceros. Casi cero. No cero.</p><p>Y debajo del n&#250;mero he escrito un nombre. Porque alguien tiene que llevar la cuenta verdadera de lo que el mundo ha decidido que no se pag&#243;. Los libros dir&#225;n velocidad gratis. Dir&#225;n reasignaci&#243;n voluntaria. Yo tengo el n&#250;mero, y tengo el nombre, y son la misma hoja, y la voy a guardar en la primera p&#225;gina, donde empez&#243; todo, para que cuando yo tambi&#233;n me quede del todo quede al menos esto escrito:</p><p>Que J&#250;piter pag&#243;. Que Marta pag&#243;. Que nada de lo que ha ido lejos ha ido gratis, y que hubo, al final, un viejo en una sala sin ventanas que se neg&#243; a redondearlas a cero.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[La testigo de Ceres]]></title><description><![CDATA[Plus ultra &#183; Fase 3 (Expansi&#243;n interplanetaria) &#183; a&#241;o 2156]]></description><link>https://plusultra9.substack.com/p/la-testigo-de-ceres</link><guid isPermaLink="false">https://plusultra9.substack.com/p/la-testigo-de-ceres</guid><dc:creator><![CDATA[Plus Ultra]]></dc:creator><pubDate>Wed, 22 Jul 2026 13:39:33 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!Q6De!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F8c91e482-38e3-46d6-9cc2-a3161f195971_2048x2048.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Luc&#237;a Quezada lleg&#243; a Ceres un d&#237;a que en el calendario de a bordo figuraba como jueves, aunque en Ceres los jueves no significaban nada. Hab&#237;a tardado once meses y cuatro d&#237;as desde Marte, con una espera de nueve semanas en la estaci&#243;n de tr&#225;nsito del Cintur&#243;n mientras las ventanas se alineaban. Ten&#237;a setenta y un a&#241;os. Los m&#233;dicos de Manta le hab&#237;an desaconsejado el viaje por escrito, con firma, como quien deja constancia de que avis&#243;.</p><p>Ella firm&#243; el descargo y subi&#243; a la nave igual.</p><p>Nadie la esperaba en el puerto. Aurelio, siete a&#241;os atr&#225;s, al menos hab&#237;a bajado a recibirla con su abrigo gris. Aqu&#237; Luc&#237;a descendi&#243; sola por un pasillo de hielo prensado y luz amarilla, arrastrando las piernas que a un octavo de gravedad terrestre casi no pesaban y aun as&#237; le costaban. La mujer que buscaba no hab&#237;a respondido a ninguno de sus dieciocho mensajes en dos a&#241;os.</p><p>Viv&#237;a en el nivel m&#225;s bajo de la colonia, el m&#225;s barato, el m&#225;s fr&#237;o. En la puerta no hab&#237;a nombre. Luc&#237;a sab&#237;a el nombre porque le hab&#237;a costado cuatro a&#241;os de archivos cruzados sacarlo: Nieves Arriaga. La s&#233;ptima operadora de la estaci&#243;n Tartesos. La &#250;ltima que quedaba viva. La que no hablaba con nadie desde hac&#237;a sesenta a&#241;os.</p><p>Luc&#237;a llam&#243;. Tardaron mucho en abrir.</p><p>&#9552;&#9552;&#9552;</p><p>&#8212;No doy entrevistas.</p><p>&#8212;No vengo a entrevistarla. Vengo porque conoc&#237; a Aurelio Baz&#225;n.</p><p>El nombre entr&#243; en la habitaci&#243;n como una corriente de aire. Nieves Arriaga ten&#237;a noventa y seis a&#241;os, la espalda recta, las manos quietas sobre el regazo. No se parec&#237;a en nada a Aurelio. Aurelio hab&#237;a sido un anciano suave, resignado, casi risue&#241;o. Esta mujer miraba de frente y no parpadeaba.</p><p>&#8212;Aurelio habl&#243; &#8212;dijo Nieves&#8212;. Fue un imprudente hasta el final.</p><p>&#8212;Aurelio muri&#243; sosteniendo la misma versi&#243;n durante sesenta a&#241;os.</p><p>&#8212;Ya. Y no le sirvi&#243; de nada. Lo enterraron con honores de operador veterano y una nota que dec&#237;a &#171;interpretaci&#243;n personal&#187;. Yo eleg&#237; lo contrario. No habl&#233;. Y sigo viva. &#8212;Hizo una pausa&#8212;. Saque usted la conclusi&#243;n.</p><p>Luc&#237;a no sac&#243; la grabadora. Esta vez no. Intuy&#243; que el aparato encima de la mesa, que con Aurelio hab&#237;a sido un rito, aqu&#237; ser&#237;a el fin de la conversaci&#243;n.</p><p>&#8212;Solo quiero saber una cosa que Aurelio no me supo decir.</p><p>&#8212;Aurelio no la sab&#237;a. Aurelio era un t&#233;cnico. Un buen t&#233;cnico. Vio lo que pas&#243; y no entendi&#243; por qu&#233; lo callaron. &#8212;Nieves lade&#243; la cabeza&#8212;. Usted tampoco lo entiende. Por eso ha cruzado medio sistema con setenta a&#241;os a cuestas. &#191;Verdad?</p><p>&#8212;Verdad.</p><p>Nieves la mir&#243; un rato largo. Despu&#233;s se levant&#243; a preparar algo caliente, y Luc&#237;a comprendi&#243; que iba a hablar.</p><p>&#9552;&#9552;&#9552;</p><p>&#8212;El objeto cambi&#243; de rumbo dos veces &#8212;dijo Nieves, de espaldas, mientras trajinaba&#8212;. Eso es cierto. Aurelio hizo bien los c&#225;lculos. Los hicimos los siete. Coincid&#237;amos hasta el tercer decimal. En &#225;ngulos limpios, consistentes con una correcci&#243;n por reacci&#243;n. No fue calibraci&#243;n. La calibraci&#243;n se la colgaron a Aurelio porque era el m&#225;s joven y el que peor ca&#237;a.</p><p>&#8212;Entonces era una nave.</p><p>&#8212;No he dicho eso. &#8212;Se volvi&#243;&#8212;. No s&#233; lo que era. Sesenta a&#241;os pens&#225;ndolo y sigo sin saberlo. Pudo ser una piedra que hizo algo raro con un campo que no detectamos. La naturaleza es m&#225;s rara de lo que a los f&#237;sicos les gusta admitir. O pudo ser una nave. No tengo forma de demostrar ninguna de las dos cosas, y quien le diga que s&#237; le est&#225; mintiendo.</p><p>&#8212;Aurelio dec&#237;a lo mismo. Que no sab&#237;a si era nave o piedra.</p><p>&#8212;En eso Aurelio y yo nunca discutimos. &#8212;Puso dos tazas sobre la mesa&#8212;. Donde yo fui m&#225;s lejos que &#233;l fue en la otra pregunta. La que a usted le interesa. No <em>qu&#233;</em> era. <em>Por qu&#233;</em> lo enterraron.</p><p>Luc&#237;a esper&#243;.</p><p>&#9552;&#9552;&#9552;</p><p>&#8212;Pi&#233;nselo desde arriba &#8212;dijo Nieves&#8212;. Desde donde estaban ellos. A&#241;o 2089. La Uni&#243;n llevaba medio siglo. Acab&#225;bamos de plantar la bandera en Marte, ten&#237;amos estaciones en el Cintur&#243;n, habl&#225;bamos de Ceres, de las lunas de J&#250;piter. &#201;ramos j&#243;venes y est&#225;bamos muy orgullosos. Toda la propaganda de la &#233;poca dec&#237;a lo mismo: <em>el ser humano sale al fin al mar grande. Plus ultra. M&#225;s all&#225;.</em> Nosotros &#233;ramos la proa de la especie.</p><p>Bebi&#243; un sorbo.</p><p>&#8212;Y entonces, una madrugada, algo entra por el borde del sistema. Va a sesenta y dos kil&#243;metros por segundo. Cruza junto a J&#250;piter sin inmutarse. Corrige el rumbo dos veces, con una frialdad de relojer&#237;a, esquiva lo que tiene que esquivar, y se va por un cuadrante donde no hay nada que le interese. No fren&#243;. No emiti&#243;. No respondi&#243; a nada. No nos mir&#243; siquiera, o si nos mir&#243; fue como usted mira una piedra al borde del camino: la registra y sigue.</p><p>Se qued&#243; callada un momento.</p><p>&#8212;&#191;Entiende ahora? El problema nunca fue lo que el objeto <em>era</em>. El problema fue lo que <em>significaba</em>. Si aquello era una nave, entonces alguien construy&#243; una m&#225;quina capaz de cruzar entre estrellas, atraves&#243; el sistema entero donde vive toda la humanidad, toda nuestra historia, todos nuestros muertos y todas nuestras banderas&#8230; y no le pareci&#243; digno de detenerse. Pasamos de largo en su mapa. Una anotaci&#243;n. &#171;Sistema con actividad menor en el tercer y cuarto planeta.&#187; Una nota al pie.</p><p>Luc&#237;a sinti&#243; fr&#237;o, y no era el de Ceres.</p><p>&#8212;No enterraron un dato &#8212;dijo Nieves&#8212;. Los datos se discuten, se corrigen, se archivan. Enterraron una humillaci&#243;n. Una civilizaci&#243;n reci&#233;n salida al mar, que se llama a s&#237; misma la proa de todo, no puede sobrevivir a que le digan que para el que pas&#243; de largo no &#233;ramos nadie. Que no import&#225;bamos lo suficiente ni para saludar. Eso no lo aguanta un pueblo orgulloso. As&#237; que decidieron que hab&#237;a sido una piedra. Una piedra no te humilla. Una piedra es tuya, la mides, la clasificas, le pones nombre. Nos quedamos con la piedra porque la piedra nos dejaba seguir siendo importantes.</p><p>&#9552;&#9552;&#9552;</p><p>&#8212;&#191;Y usted se lo cree? &#8212;pregunt&#243; Luc&#237;a&#8212;. Lo que acaba de decirme. &#191;Se lo cree de verdad?</p><p>Por primera vez, Nieves Arriaga dud&#243;. Fue un instante, pero Luc&#237;a lo vio.</p><p>&#8212;Llevo sesenta a&#241;os sola con esta idea &#8212;dijo la mujer, m&#225;s despacio&#8212;. Sesenta a&#241;os en el fr&#237;o, sin hablar con nadie, d&#225;ndole vueltas. Y le voy a decir una cosa que no le he dicho a nadie: no s&#233; si tengo raz&#243;n, o si me he construido esto para poder soportar los sesenta a&#241;os. &#8212;Se mir&#243; las manos&#8212;. Si el objeto fue una piedra, entonces yo tir&#233; mi vida entera por un error de lectura. &#191;Lo entiende? Necesito que haya sido una nave. Necesito que nos hayan despreciado. Porque si no nos despreciaron, si solo me equivoqu&#233; de decimal como dijeron ellos, entonces no hay ning&#250;n misterio que yo custodie. Solo hay una vieja que se escondi&#243; en Ceres por nada.</p><p>Se hizo un silencio largo.</p><p>&#8212;Puede que la versi&#243;n oficial sea mentira &#8212;dijo Nieves&#8212;. Y puede que la m&#237;a tambi&#233;n lo sea. Las dos son igual de imposibles de probar. La diferencia es que la de ellos deja dormir a un pueblo entero, y la m&#237;a solo me tiene despierta a m&#237;.</p><p>&#9552;&#9552;&#9552;</p><p>La conversaci&#243;n dur&#243; tres horas y cuarenta minutos. No hubo grabadora. Cuando Luc&#237;a se levant&#243; para irse, le temblaban las rodillas y no era solo por la edad.</p><p>&#8212;&#191;Por qu&#233; me lo ha contado ahora? &#8212;pregunt&#243; desde la puerta&#8212;. A m&#237;. Despu&#233;s de todo.</p><p>Nieves Arriaga lo pens&#243;.</p><p>&#8212;Porque me voy a morir pronto y usted tambi&#233;n &#8212;dijo, sin dureza&#8212;. Y porque usted ha venido hasta aqu&#237; sabiendo que no le van a creer. Eso, en este oficio suyo, imagino que tampoco es poco.</p><p>Fue casi lo mismo que Aurelio hab&#237;a escrito, sin saberlo, a doscientos millones de kil&#243;metros y siete a&#241;os de distancia. Luc&#237;a no se lo dijo. Se lo guard&#243;.</p><p>&#9552;&#9552;&#9552;</p><p>Luc&#237;a Quezada tard&#243; otro a&#241;o en volver a Manta. No public&#243; nada. En el Archivo Central le pidieron el reportaje sobre la &#250;ltima operadora de Tartesos y ella respondi&#243; que no hab&#237;a reportaje, que la se&#241;ora Arriaga no hab&#237;a querido hablar. Minti&#243; por primera vez en cuarenta a&#241;os de oficio, y no supo explicarse del todo por qu&#233;, salvo que le pareci&#243; que era lo &#250;nico que Nieves le hab&#237;a pedido de verdad sin pedirlo.</p><p>Nieves Arriaga muri&#243; en Ceres el 2 de febrero de 2158, seg&#250;n el registro de la colonia, &#171;sin familiares conocidos ni bienes que declarar&#187;. En la casilla de profesi&#243;n figuraba: <em>operadora orbital, jubilada.</em> No se le concedi&#243; funeral con honores. Nadie lo solicit&#243;.</p><p>En el &#250;ltimo cuaderno de Luc&#237;a, hallado entre sus papeles cuando muri&#243; en 2163, hay una sola l&#237;nea sobre el viaje a Ceres. No menciona el objeto, ni la maniobra, ni la teor&#237;a de la nota al pie. Dice:</p><p><em>Fui a preguntarle a la &#250;ltima testigo si el mundo ten&#237;a raz&#243;n o la ten&#237;a ella. Volv&#237; sin saberlo, que era lo &#250;nico honrado que pod&#237;a traer. Pero pienso en aquella mujer sola en el hielo, custodiando durante sesenta a&#241;os algo que nadie quer&#237;a o&#237;r, y me pregunto si vale la pena guardar una verdad que el mundo ha decidido no escuchar. Y cada vez, al final, me contesto que s&#237;. No sabr&#237;a decir por qu&#233;. Solo que alguien tiene que quedarse despierto.</em></p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[La firma del casco]]></title><description><![CDATA[Plus ultra &#183; Fase 4 (Salto interestelar) &#183; a&#241;o 2199]]></description><link>https://plusultra9.substack.com/p/la-firma-del-casco</link><guid isPermaLink="false">https://plusultra9.substack.com/p/la-firma-del-casco</guid><dc:creator><![CDATA[Plus Ultra]]></dc:creator><pubDate>Tue, 21 Jul 2026 12:57:53 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!Q6De!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F8c91e482-38e3-46d6-9cc2-a3161f195971_2048x2048.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Anselmo Ontiveros hab&#237;a firmado con su granete cada casco que ayud&#243; a levantar en cuarenta y tres a&#241;os, y no pensaba morirse sin firmar el &#250;ltimo.</p><p>Lo dec&#237;a as&#237;, con esas palabras, la v&#237;spera de la botadura, en el comedor de operarios de los astilleros de la Ele Cinco, mientras se serv&#237;a el tercer vaso de un vino tinto que alguien hab&#237;a subido de contrabando desde Mendoza en garrafas de pl&#225;stico. Ten&#237;a setenta y ocho a&#241;os y las manos de un hombre que hab&#237;a pasado media vida dentro de un traje de vac&#237;o: los nudillos hinchados, dos dedos que ya no cerraban del todo, una cicatriz vieja que le cruzaba la mu&#241;eca izquierda como un meridiano. Su nieta Jimena, que llevaba ocho meses de aprendiz en la cuadrilla de estructuras, lo miraba desde el otro lado de la mesa larga y pensaba que nunca lo hab&#237;a visto tan contento y tan triste a la vez.</p><p>Afuera, tras el ventanal, flotaba la Fisterra.</p><p>Era la nave m&#225;s grande que la Uni&#243;n hab&#237;a construido jam&#225;s. Kil&#243;metro y medio de espina dorsal, los flancos todav&#237;a erizados de andamios, los motores de salto en la popa como dos catedrales dormidas. Al d&#237;a siguiente, a las nueve y cuarenta hora de astillero, soltar&#237;a amarras y se marchar&#237;a del sistema solar para no volver. Doscientas veinte personas a bordo, y otras tantas por nacer en el camino: la primera nave hispana que ir&#237;a a morir de vieja entre dos estrellas, empujando hacia un punto del cielo que desde all&#237; no era m&#225;s que un nombre en un registro.</p><p>Ninguno de los que la hab&#237;an construido ver&#237;a el final del viaje. Ese era el chiste privado de todo el astillero. Constru&#237;an una casa que jam&#225;s pisar&#237;an, para gente que a&#250;n no hab&#237;a nacido, que hablar&#237;a &#8212;eso s&#237;&#8212; la misma lengua que ellos.</p><p>&#8212;Yo os lo digo cada a&#241;o y cada a&#241;o os re&#237;s &#8212;empez&#243; Anselmo, y la mesa entera ya se estaba riendo antes de que terminara, porque conoc&#237;an la cantinela&#8212;. Re&#237;ros, re&#237;ros. Pero si la Hispanidad no se hubiera deshecho en el ochocientos y pico, si aquello no se hubiera roto en cuarenta pedazos que se pasaron un siglo d&#225;ndose la espalda, os digo yo que habr&#237;amos ganado doscientos a&#241;os. Doscientos. Ya estar&#237;amos en las estrellas desde hace dos siglos. Esta nave la habr&#237;a botado mi tatarabuelo.</p><p>&#8212;Y la habr&#237;a botado mal, don Anselmo, que en su familia son todos muy brutos &#8212;dijo Ledesma, el capataz, y le llen&#243; el vaso.</p><p>&#8212;Habr&#237;a botado tres. Y mejores.</p><p>Celia, la archivera que hab&#237;a subido de Manta a documentar la partida, dej&#243; el tenedor. Era joven y ten&#237;a la costumbre de las personas que trabajan con el pasado: no dejaba pasar una.</p><p>&#8212;O no habr&#237;a botado ninguna &#8212;dijo&#8212;. A lo mejor si aquello no se rompe, no hay Manta, ni hay koin&#233;, ni estamos usted y yo entendi&#233;ndonos en esta mesa sin traductor. A lo mejor la rotura es la abuela de todo esto, don Anselmo. A veces una cosa se cae para que la de al lado crezca.</p><p>Se hizo un peque&#241;o silencio de sobremesa, de esos en que la gente masca y piensa. Anselmo la se&#241;al&#243; con el vaso, medio en broma, medio ofendido, medio encantado de que alguien le discutiera.</p><p>&#8212;M&#237;rala. La historiadora. &#8212;Bebi&#243;&#8212;. Puede que tengas raz&#243;n, hija. Pero yo no puedo dejar de pensar en lo que no se construy&#243;. T&#250; ves una ruina y ves lo que fue. Yo veo una ruina y veo el plano de lo que iba a ser, ah&#237;, encima, sin terminar, colgando en el aire. Y me duele como si me faltara un dedo.</p><p>Levant&#243; la mano estropeada, los dos dedos que ya no cerraban, y todos se rieron otra vez, y &#233;l se ri&#243; con ellos, y la conversaci&#243;n se fue por otro lado, hacia el f&#250;tbol y hacia qui&#233;n roncaba en el m&#243;dulo C. La boutade se disolvi&#243; como el humo. Pero a Jimena se le qued&#243; dentro, sin saber por qu&#233;, la imagen del plano colgado en el aire, inacabado, y de su abuelo mir&#225;ndolo.</p><p>Esa noche no durmi&#243; bien.</p><p>* * *</p><p>Lo vino a buscar de madrugada, tres horas antes de la ceremonia, cuando el astillero todav&#237;a estaba en penumbra y solo se o&#237;a el zumbido de los recicladores.</p><p>&#8212;Ponte el traje &#8212;le dijo&#8212;. Vamos a hacer una cosa antes de que esto se llene de peces gordos.</p><p>Salieron los dos por la esclusa de servicio. La Fisterra estaba tan cerca que llenaba el cielo entero; Jimena tuvo que girar la cabeza para verla de proa a popa. Su abuelo se mov&#237;a en el vac&#237;o con una econom&#237;a que ella todav&#237;a no ten&#237;a, sin gastar un solo empuj&#243;n de m&#225;s, como si el espacio fuera una habitaci&#243;n de su casa que conociera a oscuras. Lo sigui&#243; hasta un punto del casco, entre la cuaderna cuarenta y la cuarenta y una, una zona interior que nadie volver&#237;a a ver nunca: quedar&#237;a sellada bajo tres capas de blindaje en cuanto pasara la inspecci&#243;n final. Un rinc&#243;n condenado a la oscuridad durante mil a&#241;os.</p><p>Anselmo se enganch&#243; all&#237;. Sac&#243; de la bolsa del cintur&#243;n una herramienta peque&#241;a, un granete de acero con el mango pulido por el uso, y encendi&#243; el foco del casco.</p><p>&#8212;Ac&#233;rcate. Mira.</p><p>Jimena mir&#243;. En la placa base de la cuaderna, en un palmo de metal que ning&#250;n ojo iba a ver jam&#225;s, hab&#237;a marcas. Decenas. Golpecitos de granete, iniciales, fechas, hechas a mano, apretadas unas contra otras como los nombres en el respaldo de un banco viejo.</p><p>A.O. &#8212; 2156. La primera de su abuelo; la hab&#237;a puesto con treinta y cinco a&#241;os, calcul&#243; Jimena, reci&#233;n entrado en el oficio. A.O. &#8212; 2163. A.O. &#8212; 2171. Y alrededor de las suyas, otras. R.L. M.F. T. Quispe. Vinh Ng&#244;. B. Salazar &#8212; 2159. Una que dec&#237;a solo para mi madre. Otra, con una letra temblona: &#250;ltima, me jubilo, 2168, gracias a todos. Manos que ella no hab&#237;a conocido. Manos que estaban muertas. Manos que hab&#237;an firmado a escondidas, en el hueco ciego de cada nave, el trozo de metal que nadie iba a mirar.</p><p>&#8212;Esto no est&#225; en ning&#250;n manual &#8212;dijo Anselmo, y su voz por el canal sonaba m&#225;s baja, casi avergonzada&#8212;. No se lo cuentes a los de inspecci&#243;n. Es una tonter&#237;a de los soldadores viejos. Cuando terminas una nave, antes de que la cierren, firmas por dentro. Donde no se ve. Donde no sirve para nada.</p><p>&#8212;&#191;Por qu&#233; donde no se ve?</p><p>&#8212;Porque no lo haces para que te vean. &#8212;Le tendi&#243; el granete&#8212;. Lo haces para estar dentro. Para ir t&#250; tambi&#233;n, aunque no vayas. Yo llevo firmadas dieciocho naves. Dieciocho van por ah&#237;, por la Luna, por Marte, por el cintur&#243;n, con un pedazo de m&#237; metido en la tripa, en un sitio oscuro que nadie abrir&#225; nunca. &#8212;Se ri&#243;, tosi&#243;, se le empa&#241;&#243; un momento el visor&#8212;. Es lo m&#225;s cerca de las estrellas que va a llegar este cuerpo m&#237;o tan viejo, chiquilla. La firma llega. Yo no.</p><p>Jimena cogi&#243; el granete. Pesaba m&#225;s de lo que esperaba.</p><p>Y entonces lo entendi&#243;, de golpe, como se entienden las cosas de verdad, no con la cabeza sino con el est&#243;mago. Entendi&#243; que su abuelo, el garrulo, el de la cantinela de los doscientos a&#241;os, el que se pasaba la vida llorando por lo que se hab&#237;a roto y no se hab&#237;a vuelto a construir &#8212;ese hombre hab&#237;a dedicado cuarenta y tres a&#241;os a hacer exactamente lo contrario de lo que predicaba. No lloraba la cadena rota. La estaba anudando. Firma sobre firma, mano sobre mano, nombre junto a nombre, en la oscuridad, sin cobrar por ello, sin que nadie lo viera, para que el hilo que &#233;l cre&#237;a cortado en mil ochocientos y pico no se volviera a cortar nunca m&#225;s mientras &#233;l tuviera un granete en la mano.</p><p>No se puede arreglar la historia. No se pueden recuperar los doscientos a&#241;os. Pero se puede impedir que se pierda el siguiente. Eso era. Toda la melancol&#237;a del viejo cab&#237;a en un golpecito de acero contra el metal.</p><p>&#8212;Firma, anda &#8212;dijo Anselmo&#8212;. Al lado de la m&#237;a. Que quede constancia de que hab&#237;a un Ontiveros el d&#237;a que soltamos la primera que se va de verdad.</p><p>Jimena apoy&#243; la punta del granete en la placa, justo debajo de A.O. &#8212; 2199, y golpe&#243;. Una vez, dos, tres. Cuando apart&#243; la mano, ah&#237; estaban sus iniciales, torpes, un poco torcidas, para siempre, en un rinc&#243;n que la luz no volver&#237;a a tocar en mil a&#241;os de viaje.</p><p>&#8212;Ya est&#225; &#8212;dijo &#233;l&#8212;. Ya vas t&#250; tambi&#233;n.</p><p>* * *</p><p>La botadura fue a las nueve y cuarenta, puntual, con discursos que nadie recordar&#237;a e himnos que todos cantaron. La Fisterra solt&#243; amarras despacio, gir&#243; sobre su eje con una lentitud imposible para su tama&#241;o, y encendi&#243; los propulsores de maniobra en dos soplos de luz azul. Desde el ventanal del comedor, con el vino de la noche anterior todav&#237;a en las garrafas vac&#237;as, el astillero entero la vio alejarse hacia el punto negro del cielo que era su destino y que ninguno de ellos ver&#237;a alcanzar.</p><p>Anselmo no llor&#243;. Estaba de pie, muy tieso, con la mano estropeada apoyada en el cristal, y le temblaba un poco la barbilla, nada m&#225;s. Jimena se puso a su lado y no dijo la boutade en voz alta, pero la pens&#243;, y la volte&#243;, como se voltea una moneda que ha ca&#237;do del lado triste para mirarle la otra cara.</p><p>Llegamos tarde, abuelo. Doscientos a&#241;os tarde, seg&#250;n t&#250;.</p><p>La nave se hizo peque&#241;a. Se hizo un punto. Se confundi&#243; con las estrellas de fondo.</p><p>Pero llegamos. Y no hay un solo remache ah&#237; dentro, ni una sola orden que se grit&#243; para ponerlo, ni un solo nombre firmado a oscuras en la tripa del casco, que no est&#233; en lo nuestro. Se va hablando como hablamos nosotros. La cadena que t&#250; cre&#237;as rota va entera dentro de esa nave, abuelo, y la anudaste t&#250;, golpe a golpe, sin que nadie te viera.</p><p>Cuando ya no se ve&#237;a nada, Anselmo se apart&#243; del cristal, se limpi&#243; la cara con el dorso de la mano y busc&#243; en la bolsa del cintur&#243;n.</p><p>&#8212;Toma &#8212;le dijo a su nieta, y le puso el granete en la palma, el mango caliente de tanto uso&#8212;. Que a m&#237; ya no me cierran los dedos. La pr&#243;xima la firmas t&#250;.</p><p>Jimena cerr&#243; la mano. Pesaba, todav&#237;a, m&#225;s de lo que parec&#237;a.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[La casa]]></title><description><![CDATA[Despu&#233;s de una final que no sali&#243; de la familia.]]></description><link>https://plusultra9.substack.com/p/la-casa</link><guid isPermaLink="false">https://plusultra9.substack.com/p/la-casa</guid><dc:creator><![CDATA[Plus Ultra]]></dc:creator><pubDate>Sun, 19 Jul 2026 23:38:25 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!Q6De!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F8c91e482-38e3-46d6-9cc2-a3161f195971_2048x2048.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Antes de la final escrib&#237; que la contar&#237;an como Espa&#241;a contra Argentina, y que en las novelas que escribo hay un siglo donde nadie dir&#237;a &#171;contra&#187;: dos barrios de la misma ciudad jugando por un trofeo que, de todos modos, se queda en casa.</p><p>Se qued&#243; en casa.</p><p>Gan&#243; Espa&#241;a a Argentina con un gol en la pr&#243;rroga, y en las dos porter&#237;as se maldijo y se rez&#243; en la misma lengua, y la copa no sali&#243; de la familia. Pero lo que no me esperaba era el podio. La levantaron en un estadio de Nueva Jersey y alrededor, un rato, bajo la misma luz, estaban una presidenta mexicana y un rey espa&#241;ol. El presidente de la casa anfitriona entregaba el trofeo &#8212;le tocaba, jugaban en su tierra&#8212; y le llov&#237;an los abucheos; y detr&#225;s, sin que nadie lo hubiera buscado, se hab&#237;a colado la fotograf&#237;a que llevo a&#241;os imaginando: M&#233;xico y Espa&#241;a en el mismo metro cuadrado, alrededor de algo ganado en su idioma.</p><p>No fue mi siglo. Fue un rato, en un palco prestado, con una copa que dentro de nada vuelve a su vitrina. Pero estuvo ah&#237;, y lo vimos: la casa es m&#225;s grande de lo que la contamos, y un domingo de julio se le vio el tama&#241;o.</p><p>Enhorabuena a los que ganaron y a los que perdieron, que los dos eran de casa. Y gracias a Messi, acaso su &#250;ltimo baile, en una lengua que es de todos.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Los pueblos del mar]]></title><description><![CDATA[La Il&#237;ada la cant&#243; el bando que gan&#243;. Esta es la del otro.]]></description><link>https://plusultra9.substack.com/p/los-pueblos-del-mar</link><guid isPermaLink="false">https://plusultra9.substack.com/p/los-pueblos-del-mar</guid><dc:creator><![CDATA[Plus Ultra]]></dc:creator><pubDate>Sun, 19 Jul 2026 01:56:05 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!Q6De!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F8c91e482-38e3-46d6-9cc2-a3161f195971_2048x2048.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Solo tenemos de ellos la cara que les tall&#243; su enemigo.</p><p>Est&#225; en un muro de Tebas, en el templo que Rams&#233;s III se hizo construir para la muerte. All&#237;, hace treinta y dos siglos, un cantero grab&#243; a los invasores tal como quiso recordarlos el hombre que los venci&#243;: en fila, las mu&#241;ecas atadas a la espalda, tocados de plumas sobre la frente, la boca abierta en un grito que ya no suena. Los prisioneros no tienen nombre propio. Tienen etiqueta: peleset, tjekker, shekelesh, denyen, weshesh, sherden. Palabras que un funcionario egipcio escribi&#243; de o&#237;do, en una lengua que no era la suya, para unos hombres que jam&#225;s se llamaron a s&#237; mismos de ninguna de esas maneras.</p><p>Ni siquiera "pueblos del mar" es de ellos. Ese nombre lo invent&#243; un egipt&#243;logo franc&#233;s en 1867, mirando ese mismo muro. Llevamos siglo y medio llam&#225;ndolos por un r&#243;tulo que les pusimos nosotros para no tener que decir la verdad m&#225;s inc&#243;moda: que no sabemos qui&#233;nes eran, ni de d&#243;nde ven&#237;an, ni qu&#233; buscaban.</p><p>Lo que s&#237; sabemos es lo que dejaron atr&#225;s.</p><p>Hacia el a&#241;o 1200 antes de nuestra era, el mundo m&#225;s rico que hab&#237;a existido se apag&#243; como se apaga una casa cuando saltan los plomos. No una ciudad: todas a la vez. Hattusa, la capital de los hititas, qued&#243; vac&#237;a y quemada. Micenas, Pilos. Ugarit, que era un puerto de oro donde se hablaban seis lenguas y se guardaban las cartas de medio Mediterr&#225;neo en tablillas de barro. Palacios que llevaban trescientos a&#241;os comerciando cobre, esta&#241;o, marfil y vino, cada uno dependiendo de todos los dem&#225;s, y de pronto ninguno. En el tiempo que tarda en crecer una generaci&#243;n, el sistema entero dej&#243; de existir.</p><p>De Ugarit conservamos su &#250;ltima carta. El rey Ammurapi escribe a un aliado del otro lado del agua, pide barcos, pide hombres: las naves del enemigo ya est&#225;n aqu&#237;; han incendiado mis ciudades y han hecho cosas terribles en mi pa&#237;s. La carta nunca sali&#243;. Los arque&#243;logos la encontraron en un horno, cocida por el mismo fuego que destruy&#243; la ciudad. El grito y la ceniza, en la misma pieza de barro.</p><p>Durante mucho tiempo los pueblos del mar fueron la respuesta c&#243;moda a esa cat&#225;strofe: vinieron, quemaron, se fueron, fin. Un enemigo con cara &#8212;aunque fuera la cara que les prest&#243; Rams&#233;s&#8212; es m&#225;s f&#225;cil de soportar que un derrumbe sin culpable. Pero cuanto m&#225;s se excava, m&#225;s se parecen a lo contrario de una causa. Se parecen a un efecto. Hubo una sequ&#237;a larga, de las que vac&#237;an graneros y luego pueblos. Hubo terremotos encadenados. Hubo hambre, y rutas de comercio que se cortaron, y reinos que se quedaron sin lo que otro reino ya no pod&#237;a enviarles. Y en medio de todo eso, gente. Mucha gente, subi&#233;ndose a barcas con lo que cab&#237;a en una barca, buscando una orilla que todav&#237;a diera de comer.</p><p>Puede que los pueblos del mar no fueran un ej&#233;rcito. Puede que fueran refugiados con espadas. Un mundo entero echado al agua, huyendo de algo que no sal&#237;a en ning&#250;n relieve porque no ten&#237;a cara: el clima, el hambre, el fin de una manera de vivir.</p><p>Escribo novelas sobre ese instante. Es, en el fondo, el &#250;nico instante que s&#233; contar: el minuto exacto en que un mundo se acaba y alguien &#8212;casi siempre una mujer, casi siempre con un hijo o un hermano a cuestas&#8212; se sube a algo que flota y pone rumbo a una costa que a&#250;n no tiene nombre. Lo he contado en una Iberia de hace catorce mil a&#241;os, cuando cay&#243; una ciudad que dialogaba con las orcas y una ni&#241;a zarp&#243; al poniente con un huevo de piedra en el regazo. Lo he contado en la meseta de hace cuatro mil trescientos, cuando llegaron del este los hombres a caballo y las que sobrevivieron tuvieron que aprender a nombrar de nuevo el mundo. Y aqu&#237;, en el Mediterr&#225;neo del 1200, est&#225; otra vez: la misma bisagra, el mismo mar lleno de barcas, la misma memoria que viaja porque los cuerpos que la llevan todav&#237;a no han encontrado d&#243;nde soltarla.</p><p>Hay algo m&#225;s que los une, y es lo que de verdad me quita el sue&#241;o. En mis libros hay una idea que sobrevive a todos los hundimientos: la de que la historia la escribe quien queda de pie, y que lo primero que hace el vencedor no es borrar al vencido &#8212;es sustituirlo. Contar un origen sin &#233;l. A los pueblos del mar los conocemos solo por el monumento del fara&#243;n que los derrot&#243;. No dejaron libro, ni tumba con su versi&#243;n, ni una sola frase escrita por su propia mano. Igual que las orcas de mis novelas. Igual que las mujeres que continuaron el linaje mientras los hombres que las contar&#237;an mor&#237;an. Los que pierden no llegan a nombrar el origen. Se lo nombran.</p><p>En una de mis novelas, un viejo mira a un forastero de ojos verdes que nunca dice de d&#243;nde viene, y murmura: esos nunca dicen de d&#243;nde vienen. Lo escrib&#237; pensando en un personaje. Ahora, cuando miro el muro de Medinet Habu, pienso que lo escrib&#237; sin saberlo para ellos.</p><p>Y sin embargo, de aquel derrumbe s&#237; qued&#243; un poema. En el mismo mar y en la misma d&#233;cada en que ard&#237;an Ugarit y Hattusa, unos griegos pusieron cerco a una ciudad de la costa de Asia, y siglos despu&#233;s alguien lo cant&#243;. Llamamos Il&#237;ada a esa memoria. Troya cay&#243; hacia el 1180, en plena marea de fuego, y la Il&#237;ada es lo que un mundo mic&#233;nico &#8212;a punto &#233;l mismo de apagarse&#8212; alcanz&#243; a recordar de su propia hora final. Los nombres andan sueltos por ah&#237;, roz&#225;ndose: los escribas egipcios anotaron entre los invasores a unos ekwesh que suenan a aqueos, a unos denyen que suenan a d&#225;naos, los dos modos en que Homero llama a los griegos. Y en la Odisea, Odiseo se inventa un pasado de asaltante en Egipto que se lee, palabra por palabra, como el parte de guerra de un pueblo del mar. Puede que Troya no fuera la causa de nada: solo un episodio dentro del mismo hundimiento, uno que tuvo la suerte de encontrar a su poeta. Y quiz&#225; esa sea la &#250;nica diferencia que de verdad importa. A los griegos de aquel siglo los cant&#243; Homero. A los pueblos del mar los tall&#243; Rams&#233;s. Unos tuvieron un verso; los otros, un muro. Llamamos historia a cu&#225;l de los dos consigui&#243; que lo escribieran.</p><p>Porque eso es, al final, un pueblo del mar. No una naci&#243;n ni una raza ni un ej&#233;rcito. Un pu&#241;ado de gente en una barca, con una lengua que se perder&#225; y una memoria que no cabe en barro, huyendo de un mundo que se acaba hacia otro que todav&#237;a no existe. Los ha habido siempre. Los hay ahora mismo, en alg&#250;n estrecho, esta noche. Y dentro de tres mil a&#241;os, si queda alguien para excavar, encontrar&#225; de ellos exactamente lo que qued&#243; de estos: la ceniza, y la cara que les tallar&#225; su enemigo.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[El olivo de Hawke's Bay]]></title><description><![CDATA[Plus ultra &#183; Cr&#243;nica del a&#241;o 2095]]></description><link>https://plusultra9.substack.com/p/el-olivo-de-hawkes-bay</link><guid isPermaLink="false">https://plusultra9.substack.com/p/el-olivo-de-hawkes-bay</guid><dc:creator><![CDATA[Plus Ultra]]></dc:creator><pubDate>Sat, 18 Jul 2026 07:00:43 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!UK42!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F65ddd1d6-3d43-4340-b086-e7ae4dbd5254_1024x576.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" 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de lino, como quien devuelve algo prestado con dos siglos y medio de retraso.</p><p>Hab&#237;a nacido en Manta, en la costa que antes se llam&#243; Ecuador y que ahora era solo la Costa, sin m&#225;s apellido, porque la Uni&#243;n no necesitaba dividir lo que ya entend&#237;a como una sola cosa. Hablaba maor&#237; con su madre, ingl&#233;s con las m&#225;quinas viejas y un castellano aprendido de noche, en cursos en l&#237;nea, con el acento dudoso de quien ama una lengua que no le ense&#241;aron a llorar. Era bi&#243;loga de poblaciones en el Archivo Central. Y era, aunque tard&#243; treinta a&#241;os en decirlo en voz alta sin que le temblara algo por dentro, la s&#233;ptima generaci&#243;n de los Paniora.</p><p>P&#257;niora. As&#237; transcribi&#243; el maor&#237;, hac&#237;a siglo y medio, la palabra &#171;espa&#241;ol&#187;, cuando todav&#237;a no sab&#237;a qu&#233; era un espa&#241;ol salvo aquel hombre p&#225;lido que el mar hab&#237;a dejado en la bah&#237;a y que se hab&#237;a quedado.</p><p>&#8212;Vas a un sitio que no conoces a plantar un &#225;rbol que no ver&#225;s crecer &#8212;le hab&#237;a dicho su abuela antes del viaje&#8212;. Eso es muy de los nuestros.</p><p>Valverde del Majano no hab&#237;a cambiado tanto como Te Aroha esperaba. La Uni&#243;n hab&#237;a llenado de luz y de silencio los pueblos peque&#241;os de la meseta; ya no se vaciaban, porque ya no hac&#237;a falta huir a ninguna parte para vivir. Pero la piedra segu&#237;a siendo piedra, y el fr&#237;o de la ma&#241;ana segu&#237;a oliendo a algo mineral y antiguo que ella, criada entre humedades de tr&#243;pico, no ten&#237;a en la memoria del cuerpo y sin embargo reconoci&#243;, absurdamente, como propio.</p><p>El olivo de Manuel segu&#237;a vivo. Estaba al borde de un huerto, retorcido sobre s&#237; mismo, con el tronco partido en dos brazos que se abrazaban sin tocarse. Doscientos cincuenta y ocho a&#241;os. Lo hab&#237;an plantado, dec&#237;a la placa de la Uni&#243;n &#8212;discreta, sin himnos&#8212;, con semillas que un grumete segoviano se llev&#243; al otro extremo del planeta y que, por uno de esos errores hermosos de la historia, hicieron el viaje de ida y nunca el de vuelta. Hasta hoy.</p><p>Te Aroha cav&#243; un hoyo peque&#241;o a tres metros del viejo. La tierra estaba dura. Le cost&#243;. Pens&#243;, mientras cavaba, en Manuel Jos&#233; de Frutos Huerta, en lo que deb&#237;a de ser tener catorce a&#241;os y despertar un d&#237;a en una playa del fin del mundo, rodeado de una lengua sin una sola palabra reconocible, y decidir &#8212;porque fue una decisi&#243;n, ella estaba segura&#8212; no morirse de pena. Aprender la lengua. Casarse. Plantar un olivo con las semillas que llevaba en el bolsillo no porque sirvieran de nada, sino porque eran lo &#250;nico que le quedaba de un sitio.</p><p>Una llave sefard&#237;, habr&#237;a dicho su abuela. Un objeto que no abre ninguna puerta y demuestra que hubo una casa.</p><p>Meti&#243; la semilla. Tap&#243;. Apret&#243; la tierra con las dos manos. No dijo nada solemne, porque los Paniora no eran gente de discursos, sino de gestos que duraban m&#225;s que las palabras. Luego volvi&#243; a Manta, al otro lado del mundo, a decidir qui&#233;n era hispano.</p><p>El Comit&#233; de Identidades era nuevo. Solo pod&#237;a existir en un mundo que ya no ten&#237;a hambre. Eso era lo que la gente de antes no terminaba de entender de la Uni&#243;n: que su mayor revoluci&#243;n no hab&#237;a sido pol&#237;tica sino aritm&#233;tica. Cuando el Acta de la Abundancia desacopl&#243; la supervivencia del dinero &#8212;cuando producir dej&#243; de ser el problema y repartir dej&#243; de ser una guerra&#8212;, sobr&#243;, por primera vez en la historia de la especie, una cosa impensable: tiempo. Tiempo para archivar. Tiempo para recordar a los muertos con nombre. Tiempo para sentar a doce personas en una sala de Manta a discutir, sin que nadie se muriera mientras tanto, qu&#233; significaba pertenecer.</p><p>Te Aroha entr&#243; en el comit&#233; por la puerta estrecha de su especialidad: gen&#233;tica de poblaciones. La necesitaban para leer linajes. No imagin&#243; que el primero que le tocar&#237;a leer ser&#237;a el suyo. El expediente n&#250;mero 47 eran los Paniora.</p><p>La sala se dividi&#243;, como se divid&#237;a siempre, por la vieja herida que la Uni&#243;n hab&#237;a suturado pero no borrado. De un lado, los que dec&#237;an que para ser de la Uni&#243;n hay que hablar la lengua: la lengua es la patria, y sin castellano solo queda nostalgia. Del otro, los que dec&#237;an que basta el linaje y la voluntad: la hispanidad no es un examen de gram&#225;tica, sino una manera mestiza de estar en el mundo, y exigir pureza de lengua es repetir el gesto colonial que dicen combatir. En medio, callados, los que hab&#237;an nacido despu&#233;s del pacto y ya no sab&#237;an discutir desde una herida que no ten&#237;an. Te Aroha era, sin haberlo pedido, una de ellos.</p><p>Llevaba en el bolsillo, desde hac&#237;a siete a&#241;os, una medalla. La hab&#237;a encontrado su t&#237;o Pablo en una caja de hojalata, entre botones y un diente de leche y una foto velada. Peque&#241;a, de bronce, gastada hasta casi borrarse. En el reverso, dos palabras y dos columnas: Plus Ultra.</p><p>Hab&#237;a cruzado el Pac&#237;fico en el bolsillo de Manuel en 1835. Hab&#237;a dormido doscientos sesenta a&#241;os en cajas de hojalata, pasando de mano en mano de gente que no le&#237;a lat&#237;n ni castellano, que no sab&#237;a qu&#233; dec&#237;a ni de d&#243;nde ven&#237;a, pero que no la tir&#243;, porque algunas cosas no se tiran aunque no se entiendan. Esa era, para Te Aroha, la definici&#243;n m&#225;s honesta de un linaje: lo que una familia conserva sin saber por qu&#233;.</p><p>Cuando le lleg&#243; el turno de hablar, no defendi&#243; ninguna de las dos tesis. Puso la medalla sobre la mesa, en el centro, bajo la luz.</p><p>&#8212;Mi sexto abuelo no hablaba maor&#237; cuando desembarc&#243; &#8212;dijo&#8212;. Lo aprendi&#243;. Mis hijos no hablan castellano como vosotros; lo aprenden. En esta familia la lengua siempre ha sido algo que se cruza para llegar al otro, no un muro para quedarse dentro. &#8212;Toc&#243; la medalla con un dedo&#8212;. Esto dice &#171;m&#225;s all&#225;&#187;. Lo grab&#243; un imperio que se cre&#237;a el due&#241;o de la palabra. Pero la palabra se le escap&#243; de las manos hace siglos y se fue a vivir a sitios que ese imperio ni so&#241;&#243;. Los Paniora somos uno de esos sitios. No pedimos entrar en la hispanidad. Ven&#237;amos dentro desde antes de que la Uni&#243;n existiera. Solo que tardasteis en mirar tan lejos.</p><p>Nadie habl&#243; durante un rato. En la Uni&#243;n, el silencio en una asamblea no era incomodidad: era la forma en que la gente se tomaba en serio lo que acababa de o&#237;r.</p><p>El comit&#233; decidi&#243; esa tarde. Te Aroha escribi&#243; el acta con su castellano de cursos nocturnos, despacio, para no equivocarse en la &#250;nica frase que de verdad importaba: &#171;Plus ultra significa m&#225;s all&#225;. La hispanidad tampoco se queda en sus orillas. La medalla volvi&#243; porque la lengua sigui&#243; viva, aunque cambiada. Los Paniora son ya Uni&#243;n. Lo eran antes de que la Uni&#243;n existiera.&#187;</p><p>Esa misma noche &#8212;que en Aotearoa era ya la ma&#241;ana siguiente, porque entre Manta y Hawke&#8217;s Bay median las horas que median entre el ayer y el ma&#241;ana&#8212; la nieta de Te Aroha sali&#243; descalza al huerto a recoger los huevos. Ten&#237;a nueve a&#241;os. Hablaba maor&#237;, algo de ingl&#233;s, y dos o tres frases en castellano que su abuela le mandaba en mensajes de voz desde el otro lado del mundo y que ella repet&#237;a sin entenderlas del todo, como se repiten las nanas.</p><p>Pas&#243; junto al olivo viejo, el de Manuel, el que llevaba dos siglos y medio en pie. Sin saber por qu&#233;, puso la mano sobre el tronco partido. Las hojas se movieron. No era el viento fr&#237;o que sub&#237;a del estrecho. Tampoco era el seco que su abuela describ&#237;a en sus mensajes, el que peina los olivares de una meseta que la ni&#241;a no hab&#237;a visto nunca. Era un viento que no se parec&#237;a a ninguno de los dos y se parec&#237;a a los dos a la vez.</p><p>La ni&#241;a no sab&#237;a lat&#237;n. No sab&#237;a que, a doce mil kil&#243;metros, una mujer con su misma cara acababa de escribir que la hispanidad no se queda en sus orillas. Solo sinti&#243; el viento en las hojas, las dos lenguas del viento, y se qued&#243; un momento m&#225;s de lo necesario con la mano en la corteza vieja.</p><p>M&#225;s tarde, cuando su madre le pregunt&#243; qu&#233; tal el d&#237;a, la ni&#241;a dijo una cosa rara, de esas que dicen los ni&#241;os y que los padres apuntan en alg&#250;n sitio para no olvidarlas:</p><p>&#8212;El &#225;rbol de antes es el mismo que el de ahora.</p><p>Y se fue a dormir.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Los fotones de Asunción]]></title><description><![CDATA[Plus ultra &#183; Cr&#243;nica del a&#241;o 2135]]></description><link>https://plusultra9.substack.com/p/los-fotones-de-asuncion</link><guid isPermaLink="false">https://plusultra9.substack.com/p/los-fotones-de-asuncion</guid><dc:creator><![CDATA[Plus Ultra]]></dc:creator><pubDate>Sat, 04 Jul 2026 07:01:34 GMT</pubDate><enclosure url="https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/a075ff63-93ae-4eeb-b372-8aa7640d243c_2752x1536.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!Uhb4!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F551e49f8-234a-4a44-8b81-a1cce5de11da_2752x1536.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!Uhb4!, /__u/plusultra9.substack.com/w_424, /__u/plusultra9.substack.com/c_limit, /__u/plusultra9.substack.com/f_webp, /__u/plusultra9.substack.com/q_auto:good, /__u/plusultra9.substack.com/fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F551e49f8-234a-4a44-8b81-a1cce5de11da_2752x1536.jpeg 424w, 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Pas&#243; a ciento veinte mil kil&#243;metros de la Tierra &#8212;m&#225;s cerca que la Luna&#8212; y dej&#243; atr&#225;s, a seis kil&#243;metros del m&#225;s cercano, el primero de los veintis&#233;is pasillos invisibles que en cuarenta y siete a&#241;os exactos lo habr&#237;an tra&#237;do de vuelta sobre el planeta con la fuerza de m&#225;s de ochenta mil bombas at&#243;micas.</p><p>Asunci&#243;n Cifuentes, noventa y cuatro a&#241;os, no estaba mirando el cielo. Dorm&#237;a en una silla del jard&#237;n con el chal de lana sobre las rodillas. Llevaba cuarenta y cinco a&#241;os empujando a Bennu hacia ese lado, fot&#243;n a fot&#243;n, sin saber jam&#225;s si los empujones bastar&#237;an.</p><p>Su nieta Marina, once a&#241;os, s&#237; estaba mirando. Sosten&#237;a un visor amarillo de pl&#225;stico con un filtro solar pegado encima que su abuela le hab&#237;a guardado desde 2016, cuando entr&#243; al programa OSIRIS-REx en el Goddard de la NASA, antes de la fundaci&#243;n de la UH. No vio nada. Bennu era demasiado peque&#241;o y demasiado oscuro. La gente de Calar Alto, a media hora en coche cuesta arriba, s&#237; lo registr&#243;. Marina lo supo porque su t&#237;o Pablo trabajaba all&#237; y la llam&#243; al m&#243;vil a las seis y cinco. &#171;Pas&#243;, mi ni&#241;a. Pas&#243; por fuera. Por seis kil&#243;metros del m&#225;s cercano.&#187;</p><p>Marina sacudi&#243; con suavidad el brazo de su abuela. Asunci&#243;n abri&#243; los ojos un segundo. Asinti&#243; con la cabeza dos veces y dijo: &#171;Lo dec&#237;an los fotones.&#187; Y se qued&#243; dormida otra vez.</p><p>Marina sab&#237;a lo del efecto Yarkovsky porque la abuela se lo hab&#237;a explicado muchas veces. El sol calienta una cara del asteroide. El asteroide gira. La cara caliente queda en la sombra y emite la radiaci&#243;n al espacio. Los fotones empujan al asteroide en la direcci&#243;n opuesta. Cada fot&#243;n, un microempuj&#243;n. Durante los doce primeros a&#241;os de observaci&#243;n, los fotones hab&#237;an movido a Bennu ciento sesenta kil&#243;metros respecto de la trayectoria que habr&#237;a tenido sin ellos. &#171;Cada uno es una bofetada min&#250;scula&#187;, dec&#237;a Asunci&#243;n. &#171;Pero hay billones.&#187;</p><p>A las nueve de la noche Marina llev&#243; la cena al jard&#237;n. La abuela ya estaba fr&#237;a. Marina se sent&#243; en la silla de al lado, le tom&#243; la mano, y mir&#243; el cielo. La Luna estaba en cuarto creciente. Bennu hab&#237;a pasado entre la Luna y la Tierra a ciento veinte mil kil&#243;metros, y entre las dos opciones &#8212;el ojo abierto y el ojo cerrado&#8212; hab&#237;a mediado un desplazamiento de seis kil&#243;metros. La diferencia entre la salvaci&#243;n y la extinci&#243;n para una generaci&#243;n que a&#250;n no hab&#237;a nacido hab&#237;a sido el peso acumulado, durante un siglo y medio, de los fotones que un sol peque&#241;o hab&#237;a empujado contra una piedra negra de cuatrocientos noventa metros de ancho.</p><p>Marina pens&#243; que su abuela no hab&#237;a vivido para ver los pr&#243;ximos cuarenta y siete a&#241;os. Pero los hab&#237;a decidido. Cada fot&#243;n que Asunci&#243;n hab&#237;a anotado en sus cuadernos amarillos, todos los inviernos de su vida, hab&#237;a estado empujando a Bennu, mil&#237;metro a mil&#237;metro, hacia el lado de afuera de los veintis&#233;is ojos.</p><p>Marina apret&#243; la mano fr&#237;a de su abuela. La asistente social lleg&#243; a las diez y media. Marina entr&#243; en casa y guard&#243; el visor amarillo en la caja del escritorio.</p><div><hr></div><p><em>Inspirado en: <a href="https://youtube.com/shorts/kCHfBXA1smw">https://youtube.com/shorts/kCHfBXA1smw</a></em></p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[La simulación de la ausencia]]></title><description><![CDATA[Plus ultra &#183; Cr&#243;nica del a&#241;o 2156 &#183; Fase 3 (El Esplendor)]]></description><link>https://plusultra9.substack.com/p/la-simulacion-de-la-ausencia</link><guid isPermaLink="false">https://plusultra9.substack.com/p/la-simulacion-de-la-ausencia</guid><dc:creator><![CDATA[Plus Ultra]]></dc:creator><pubDate>Sat, 20 Jun 2026 19:12:52 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!9yrB!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F3bd699f6-b0d6-4109-be5b-1b19c09bb783_2560x1429.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Asunci&#243;n Mireles llevaba catorce d&#237;as sin dormir cuando el ordenador cu&#225;ntico de Manta le devolvi&#243; la simulaci&#243;n.</p><p>Hab&#237;a llegado al laboratorio el mismo d&#237;a que se inauguraron los protocolos ling&#252;&#237;sticos hispanos del nuevo equipo &#8212;los que reescribi&#243; la doctora Ferro en el ala oeste del edificio&#8212;, dos plantas m&#225;s arriba. Asunci&#243;n no la conoc&#237;a en persona. Trabajaban en proyectos hermanados pero distintos: Ferro hac&#237;a f&#237;sica; Asunci&#243;n hac&#237;a lo que en la UH llamaban <em>historia computacional</em>. La misma m&#225;quina, distintos hilos.</p><p>El proyecto de Asunci&#243;n se llamaba, en la jerga del Departamento, <em>la simulaci&#243;n de la ausencia</em>. Su t&#237;tulo oficial era m&#225;s austero: <em>Modelado contrafactual de larga escala: efectos sist&#233;micos de la no-consolidaci&#243;n del Reino de Castilla en el siglo XV</em>. La frase ocupaba dos l&#237;neas en el formulario de financiaci&#243;n. Asunci&#243;n la hab&#237;a abreviado en su cabeza a tres palabras: <em>un mundo sin Espa&#241;a</em>.</p><p>La pregunta se la hab&#237;a hecho un colega, dos a&#241;os antes, en una cena en La Habana donde hab&#237;an bebido demasiado ron y demasiado poco caf&#233;.</p><p>&#8212;&#191;T&#250; sabes, Asunci&#243;n, lo que ser&#237;a el mundo si Espa&#241;a no hubiera existido?</p><p>Ella hab&#237;a contestado con un gesto vago. <em>Ser&#237;a el mismo mundo</em>, hab&#237;a dicho. <em>Las potencias se habr&#237;an repartido lo mismo. Otros nombres, otras lenguas, otras banderas. Da igual.</em></p><p>&#8212;No da igual &#8212;le hab&#237;a dicho el colega&#8212;. T&#250; lo sabes. Pero como historiadora no tienes herramienta para demostrarlo. Eres una historiadora vieja en un cuerpo de cubana joven.</p><p>Esa noche Asunci&#243;n no se ofendi&#243;. Esa noche se qued&#243; pensando.</p><p>Dos a&#241;os despu&#233;s, el ordenador cu&#225;ntico de Manta entr&#243; en operaci&#243;n. Asunci&#243;n present&#243; el proyecto el primer mes. Le dieron luz verde. Le dieron tiempo de c&#243;mputo. Le dieron catorce d&#237;as.</p><p>Y catorce d&#237;as despu&#233;s, la simulaci&#243;n hab&#237;a terminado.</p><p></p><p></p><p>Las cifras esperadas estaban all&#237;, casi todas:</p><p>El <strong>d&#243;lar estadounidense</strong> no exist&#237;a en el contrafactual. Su nombre, su s&#237;mbolo, su unidad &#8212; todo derivaba del <em>real espa&#241;ol de a ocho</em> que circul&#243; como moneda global del XVI al XIX. Sin Espa&#241;a, el sistema monetario internacional moderno ten&#237;a otra estructura: la libra esterlina dominaba sin contrapeso, y el comercio mundial se med&#237;a en una unidad anglosajona que en el contrafactual se llamaba <em>crown</em>. Asunci&#243;n anot&#243; el detalle en el apartado <em>Sistema Financiero</em>.</p><p>Los <strong>cowboys</strong> no exist&#237;an. La palabra, las t&#233;cnicas, los aperos, el lenguaje del oeste americano eran todos hispanos. En el contrafactual, las llanuras norteamericanas hab&#237;an sido pobladas por colonos anglosajones puros que llegaron sin la t&#233;cnica del lazo, sin el caballo de raza criolla, sin el c&#243;digo de honor del <em>vaquero</em>. La cultura del oeste americano, en la simulaci&#243;n, no se parec&#237;a en nada a la del oeste americano real. Era algo m&#225;s industrial, m&#225;s urbano, m&#225;s feo. Asunci&#243;n no lo escribi&#243; as&#237; en el reporte. Escribi&#243;: <em>cultura ranchera ausente; reemplazada por modelos agroindustriales de plantaci&#243;n</em>.</p><p>Los <strong>tomates</strong> no llegaban a Europa hasta el siglo XX. En el contrafactual, fueron mercaderes rusos, mucho m&#225;s tarde, los que los introdujeron desde el Pac&#237;fico. La cocina mediterr&#225;nea moderna no exist&#237;a. La pizza era una hogaza con queso. La salsa de tomate italiana no se inventaba hasta 1934. Asunci&#243;n se qued&#243; un rato mirando ese dato. <em>Cu&#225;ntas pizzas no se han comido en este otro mundo</em>, pens&#243;. Era una observaci&#243;n absurda. La anot&#243; igual.</p><p><strong>California, Texas, Florida</strong> &#8212; los tres territorios estaban all&#237;, en el contrafactual, con otros nombres. <em>New Albion</em> en lugar de California. <em>Westland</em> en lugar de Texas. Florida hab&#237;a mantenido su nombre por alg&#250;n azar simulado, pero su geograf&#237;a se hab&#237;a reducido a un tercio. Las grandes ciudades hispanas del oeste americano &#8212;San Francisco, Los &#193;ngeles, San Antonio, Santa Fe&#8212; no exist&#237;an como tales. Algunas exist&#237;an como pueblos peque&#241;os con nombres ingleses; otras, no.</p><p>Las <strong>lenguas ind&#237;genas</strong> del continente americano. Aqu&#237; la simulaci&#243;n dol&#237;a.</p><p>En el mundo real, Espa&#241;a hab&#237;a producido genocidio, esclavitud, abuso. Pero tambi&#233;n hab&#237;a producido escritura: gram&#225;ticas, diccionarios, catequesis traducidas. Bartolom&#233; de las Casas, fray Juan de Zum&#225;rraga, fray Bernardino de Sahag&#250;n. La iglesia y la corona hab&#237;an destruido y conservado al mismo tiempo. Producto neto: el n&#225;huatl, el quechua, el guaran&#237; y otras decenas de lenguas hab&#237;an sobrevivido al imperio que las amenazaba.</p><p>En el contrafactual, sin Espa&#241;a, los pueblos ind&#237;genas hab&#237;an sido encontrados por mercaderes anglosajones cuyo modelo colonial era el de plantaci&#243;n con mano de obra esclava africana, y cuyo proyecto cultural no era catequizar sino limpiar. La simulaci&#243;n calcul&#243;: en el contrafactual, las lenguas ind&#237;genas americanas estaban extintas en un 78%. En el mundo real, en un 31%.</p><p>Asunci&#243;n se qued&#243; cuarenta minutos mirando ese dato.</p><p>Lo escribi&#243; en el reporte sin adjetivos:</p><blockquote><p><em>Sobreviviencia de lenguas ind&#237;genas americanas: 22% en el contrafactual, 69% en el mundo de referencia. Diferencia: 47 puntos.</em></p></blockquote><p>Despu&#233;s puso una nota a pie:</p><blockquote><p><em>La leyenda negra describe la actuaci&#243;n espa&#241;ola en Am&#233;rica en t&#233;rminos exclusivamente destructivos. La simulaci&#243;n sugiere que la actuaci&#243;n espa&#241;ola produjo da&#241;o y conservaci&#243;n al mismo tiempo. La conservaci&#243;n &#8212;medida en lenguas, gram&#225;ticas, comunidades&#8212; es estad&#237;sticamente mayor que la destrucci&#243;n equivalente en el contrafactual anglosaj&#243;n.</em></p></blockquote><p></p><p>El equipo de Asunci&#243;n se reuni&#243; al cuarto d&#237;a del an&#225;lisis post-simulaci&#243;n. Diez personas alrededor de una mesa baja en una sala que daba al Pac&#237;fico. Eran las seis de la tarde. El sol ca&#237;a sobre el agua, cobre, lento.</p><p>Habl&#243; primero <strong>Hugo Brizuela</strong>, jefe del subgrupo iberoesferista del departamento &#8212; uno de los que en su juventud hab&#237;a sido militante del Foro Madrid antes del Tratado de Iberoam&#233;rica, antes de que el Foro Madrid fuera disuelto, antes de que los iberoesferistas blandos fueran absorbidos por las facultades acad&#233;micas de la UH como historiadores en activo. Hugo ten&#237;a sesenta y un a&#241;os. Hab&#237;a sobrevivido a la Guerra Hispana. No la mencionaba.</p><p>&#8212;Esto es claro &#8212;dijo Hugo&#8212;. La simulaci&#243;n demuestra lo que llevamos siglos diciendo. Espa&#241;a fue un bien para el mundo. Sin Espa&#241;a, el mundo ser&#237;a peor. Hay que publicarlo as&#237;. Titular: <em>Sin Espa&#241;a el mundo ser&#237;a peor</em>.</p><p>Habl&#243; despu&#233;s <strong>Mariana Quispe</strong>, jefa del subgrupo bolivariano del departamento &#8212; boliviana, antigua militante del Foro Buenos Aires, hija de una mujer asesinada en La Paz durante la Guerra Hispana. Mariana ten&#237;a cuarenta y tres a&#241;os.</p><p>&#8212;Hugo, lo que t&#250; quieres es propaganda. Esa simulaci&#243;n no dice eso. Dice que el mundo ser&#237;a <em>distinto</em>. No dice que ser&#237;a peor.</p><p>&#8212;No ser&#237;a peor para los pueblos ind&#237;genas, Mariana. La simulaci&#243;n es cuantitativa. Cuarenta y siete puntos.</p><p>&#8212;S&#237;. Pero cuantificas un par&#225;metro y lo llamas <em>peor</em>. Lo <em>peor</em> es valor moral. La simulaci&#243;n no calcula valor moral. Calcula inventario. Lo que t&#250; quieres es titular ideol&#243;gico, no titular cient&#237;fico.</p><p>Hugo cruz&#243; los brazos. Mariana mir&#243; a Asunci&#243;n.</p><p>&#8212;Asunci&#243;n, t&#250; diriges el proyecto.</p><p>Asunci&#243;n los mir&#243; a los dos. El sol ca&#237;a. Ella llevaba catorce d&#237;as sin dormir.</p><p>&#8212;Tienen raz&#243;n los dos &#8212;dijo.</p><p>&#8212;&#191;C&#243;mo? &#8212;dijo Hugo.</p><p>&#8212;Ustedes los dos est&#225;n en lo cierto, pero ninguno est&#225; siendo justo. La simulaci&#243;n dice algo m&#225;s preciso que <em>peor</em> y m&#225;s sensible que <em>distinto</em>. Lo que la simulaci&#243;n dice, en la lengua de esta m&#225;quina, es que el mundo sin Espa&#241;a ser&#237;a <em>m&#225;s pobre</em>.</p><p>Hugo frunci&#243; el ce&#241;o.</p><p>&#8212;&#191;M&#225;s pobre?</p><p>&#8212;S&#237;. <em>Pobre</em> en el sentido de inventario. Tendr&#237;a menos cosas. Menos lenguas ind&#237;genas vivas. Menos toponimia mestiza. Menos tomate. Menos vaquero. Menos d&#243;lar. Menos pizza. Menos <em>papi</em>. Menos. Eso es la palabra.</p><p>Mariana asinti&#243; despacio.</p><p>&#8212;<em>M&#225;s pobre.</em></p><p>&#8212;La diferencia entre <em>peor</em> y <em>m&#225;s pobre</em> &#8212;dijo Asunci&#243;n&#8212; es exactamente la diferencia que esta lengua distingue y otras no. <em>Peor</em> es valor moral. <em>M&#225;s pobre</em> es valor de inventario. La simulaci&#243;n no responde si Espa&#241;a fue buena o mala. Responde si el mundo sin Espa&#241;a ser&#237;a el mismo. La respuesta es no. Ser&#237;a m&#225;s pobre.</p><p>Hugo tard&#243; un latido.</p><p>&#8212;Eso sirve.</p><p>&#8212;Sirve para los dos &#8212;dijo Mariana.</p><p>Asunci&#243;n asinti&#243;. Cerr&#243; el cuaderno donde hab&#237;a estado anotando.</p><p></p><p></p><p>El reporte oficial sali&#243; tres semanas despu&#233;s. La frase central, copiada despu&#233;s en los manuales de historia computacional de la UH, dec&#237;a:</p><blockquote><p><em>La simulaci&#243;n no responde si Espa&#241;a fue buena o mala. Eso es valor moral, y la simulaci&#243;n no calcula valor moral. La simulaci&#243;n responde si el mundo sin Espa&#241;a ser&#237;a el mismo. La respuesta es no. Ser&#237;a m&#225;s pobre. Esa pobreza es lo que la civilizaci&#243;n hispana, sin saberlo, regal&#243; a la especie humana.</em></p></blockquote><p>*</p><p>La noche del cierre del reporte, Asunci&#243;n baj&#243; a la cafeter&#237;a del edificio. Eran las once y media. La cafeter&#237;a estaba vac&#237;a salvo por dos personas: el hombre del mostrador, que le pidi&#243; perd&#243;n porque solo le quedaba caf&#233; del peor, y una mujer alta sentada en la mesa del rinc&#243;n, leyendo en su comunicador.</p><p>Asunci&#243;n acept&#243; el caf&#233; del peor. Se sent&#243; dos mesas m&#225;s all&#225;. Mir&#243; el Pac&#237;fico desde la ventana. Era oscuro, con un trozo de luna baja sobre la l&#237;nea del horizonte. La luna parec&#237;a un cantorral.</p><p>La mujer del rinc&#243;n levant&#243; la vista. Sonri&#243; leve, sin reconocimiento. Asunci&#243;n le devolvi&#243; la sonrisa igual.</p><p>Ninguna de las dos sab&#237;a qui&#233;n era la otra. Ninguna de las dos sab&#237;a que estaban trabajando, en el mismo edificio, sobre el mismo problema con dos herramientas distintas. Una en f&#237;sica. La otra en historia. La misma m&#225;quina, distintos hilos.</p><p>La mujer del rinc&#243;n &#8212;Marian Ferro Aguirre, aunque Asunci&#243;n no lo supiera&#8212; termin&#243; su caf&#233;, recogi&#243; su comunicador, se levant&#243; y sali&#243;. Le hizo a Asunci&#243;n un asentimiento ligero al pasar. Asunci&#243;n le respondi&#243; con otro.</p><p>Se qued&#243; ah&#237; Asunci&#243;n media hora m&#225;s. Bebi&#243; el caf&#233; del peor sin amargarse. Pens&#243; en la simulaci&#243;n. Pens&#243; en el dato de las lenguas ind&#237;genas. Pens&#243; en la palabra <em>pobre</em> y en la palabra <em>peor</em> y en lo distintas que eran.</p><p>A las doce y diez se levant&#243;.</p><p>Sali&#243; del edificio.</p><p>El amanecer estaba a cuatro horas y media de empezar. Asunci&#243;n no lo iba a esperar. Iba a casa a dormir.</p><p></p><p></p><p>Las m&#225;quinas cu&#225;nticas de Manta siguieron funcionando esa noche. Marian Ferro y su equipo segu&#237;an programando los protocolos ling&#252;&#237;sticos. Asunci&#243;n Mireles dorm&#237;a por primera vez en catorce d&#237;as.</p><p>El reporte se difundi&#243; en el corpus acad&#233;mico de la UH. La frase <em>m&#225;s pobre, no peor</em> entr&#243; en los manuales. La distinci&#243;n gramatical castellana se volvi&#243;, durante diez a&#241;os, parte del vocabulario oficial de la historia computacional.</p><p>Otros mundos contrafactuales se simularon despu&#233;s. Otros equipos, otros proyectos. Pero la primera simulaci&#243;n &#8212;la simulaci&#243;n de la ausencia&#8212; se qued&#243; como la fundadora de la disciplina.</p><p>Asunci&#243;n Mireles no escribi&#243; otro paper de impacto en los siguientes tres a&#241;os. Volvi&#243; a La Habana en 2159 y abri&#243; una peque&#241;a escuela de historia popular en la calle Obispo. Nunca dej&#243; del todo la UH, pero tampoco volvi&#243; al ordenador cu&#225;ntico de Manta.</p><p>A veces, cuando un alumno le preguntaba por qu&#233; cambi&#243; de carrera, ella respond&#237;a con la misma frase:</p><p>&#8212;Porque ya descubr&#237; lo que ten&#237;a que descubrir.</p><p>Y los alumnos, que casi todos eran demasiado j&#243;venes para haber le&#237;do su reporte, se quedaban con la duda.</p><div class="captioned-image-container"><figure><a class="image-link image2 is-viewable-img" target="_blank" href="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!9yrB!,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F3bd699f6-b0d6-4109-be5b-1b19c09bb783_2560x1429.jpeg" data-component-name="Image2ToDOM"><div class="image2-inset"><picture><source type="image/webp" srcset="/__u/substackcdn.com/image/fetch/$s_!9yrB!, /__u/plusultra9.substack.com/w_424, /__u/plusultra9.substack.com/c_limit, /__u/plusultra9.substack.com/f_webp, 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ficci&#243;n]]></description><link>https://plusultra9.substack.com/p/te-apetece-leer-mi-novela-antes-que</link><guid isPermaLink="false">https://plusultra9.substack.com/p/te-apetece-leer-mi-novela-antes-que</guid><dc:creator><![CDATA[Plus Ultra]]></dc:creator><pubDate>Tue, 16 Jun 2026 16:33:46 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!Q6De!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F8c91e482-38e3-46d6-9cc2-a3161f195971_2048x2048.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Hola:</p><p>Despu&#233;s de mucho tiempo, ya est&#225; aqu&#237; mi nueva novela de ciencia ficci&#243;n: &#171;El &#250;ltimo ultramar&#187; (saga MATRIA).</p><p>Un hombre despierta tras mil quinientos a&#241;os de viaje y baja a un planeta virgen. Pero all&#237; ya vive un pueblo que habla espa&#241;ol y obedece a una voz que lo recuerda todo. C&#243;mo llegaron antes que &#233;l es la pregunta que mueve el libro.</p><p>Antes del lanzamiento busco lectores ARC: te env&#237;o el ebook gratis a cambio de una rese&#241;a honesta el d&#237;a que salga. Si te apetece, puedes pedir tu copia aqu&#237;:</p><p>https://booksprout.co/reviewer/review-copy/view/293703/el-ultimo-ultramar-programa-matria-libro-1</p><p>Con que sean dos o tres frases sinceras, ayuda much&#237;simo a que otros lectores lo encuentren. Gracias por acompa&#241;arme desde el principio.</p><p>Un abrazo,</p><p>Helena</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[El sello de Magallanes]]></title><description><![CDATA[Una anciana de Manila cruza medio mundo para enterrar a su nieto y descubre que en ning&#250;n sitio es extranjera.]]></description><link>https://plusultra9.substack.com/p/el-sello-de-magallanes</link><guid isPermaLink="false">https://plusultra9.substack.com/p/el-sello-de-magallanes</guid><dc:creator><![CDATA[Plus Ultra]]></dc:creator><pubDate>Tue, 16 Jun 2026 08:16:10 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!Q6De!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F8c91e482-38e3-46d6-9cc2-a3161f195971_2048x2048.jpeg" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Plus ultra &#183; Cr&#243;nica del a&#241;o 2079</p><p>&#183;  &#183;  &#183;</p><p>Amparo Salcedo ten&#237;a setenta y tres a&#241;os cuando us&#243; por primera vez el pasaporte, y lo hizo para enterrar a un hombre que no hab&#237;a llegado a conocer del todo.</p><p>Era un cuadernillo color tabaco, del tama&#241;o de la palma, con las esquinas ya redondeadas por los dedos de funcionarios que lo hab&#237;an sostenido en cuatro continentes. En la cubierta, grabada en seco, una rosa de los vientos. Debajo, en letras que no brillaban, Comunidad Iberoamericana &#8212; Documento &#218;nico de Tr&#225;nsito. Y m&#225;s abajo todav&#237;a, tan peque&#241;o que hab&#237;a que inclinarlo a la luz para leerlo, el lema que alguien con sentido del humor y memoria larga hab&#237;a rescatado de una columna de piedra: plus ultra. M&#225;s all&#225;.</p><p>Se lo hab&#237;an dado en Manila, en una oficina que ol&#237;a a papel y a mango maduro, el d&#237;a que cumpli&#243; los dieciocho. Llevaba cincuenta y cinco a&#241;os sin sacarlo del caj&#243;n.</p><p>&#183;  &#183;  &#183;</p><p>Su nieto Tom&#225;s hab&#237;a muerto en C&#225;diz. C&#225;diz, de todos los sitios. El chico se hab&#237;a ido de Manila a los veinte a estudiar reparaci&#243;n de cascos en los astilleros de la bah&#237;a, y se hab&#237;a quedado, como se quedaba la gente, sin drama, sin tr&#225;mite, porque quedarse no requer&#237;a tr&#225;mite. Tres semanas atr&#225;s una gr&#250;a hab&#237;a cedido sobre el dique seco y Tom&#225;s estaba debajo.</p><p>La madre de Tom&#225;s &#8212;la hija de Amparo&#8212; no pod&#237;a viajar; el embarazo del segundo le ten&#237;a prohibido el vuelo largo. As&#237; que le tocaba a la abuela. Ir a C&#225;diz, recoger lo que un muchacho de veintis&#233;is a&#241;os deja al morir, y traerlo de vuelta al otro lado del mundo, a la casa donde hab&#237;a nacido.</p><p>Amparo abri&#243; el caj&#243;n. El cuadernillo segu&#237;a all&#237;, color tabaco, con la rosa de los vientos. Lo abri&#243; por la primera p&#225;gina. La foto era de otra mujer: una de dieciocho a&#241;os, el pelo negro hasta la cintura, los ojos sin miedo. Debajo, su nombre, su lugar de nacimiento &#8212;Intramuros, Manila&#8212; y nada m&#225;s. Ni nacionalidad, ni serie, ni c&#243;digo. El documento no preguntaba de qu&#233; pa&#237;s eras. Daba por hecho que eras de la casa.</p><p>&#183;  &#183;  &#183;</p><p>En el embarcadero de Manila, antes de subir, una nieta de alg&#250;n vecino que la ve&#237;a sola le quiso explicar las cosas, con la condescendencia amable de los j&#243;venes hacia los viejos que viajan poco.</p><p>&#8212;Abuela, va a tener que cambiar dinero, all&#225; no aceptan los nuestros.</p><p>Amparo no contest&#243;. Sac&#243; del monedero una moneda y la puso en la mano de la chica. Era de plata, gastada, con una columna a cada lado y un mar en medio.</p><p>&#8212;Esto lo aceptan en todas partes desde hace seiscientos a&#241;os, hija &#8212;dijo&#8212;. Lo llamaban el real de a ocho. Tu bisabuelo me lo dio para la suerte. Ll&#233;valo t&#250;, que yo ya no lo necesito para nada m&#225;s que para esto.</p><p>La chica mir&#243; la moneda sin entender que ten&#237;a en la mano el primer dinero verdaderamente del mundo, el que se hab&#237;a gastado en Sevilla, en Potos&#237;, en Cant&#243;n y en Manila cuando el mundo a&#250;n no sab&#237;a que era uno solo. Se lo guard&#243; por cortes&#237;a. Amparo subi&#243; a la nave.</p><p>&#183;  &#183;  &#183;</p><p>El primer salto la dej&#243; en Cartagena de Indias al amanecer.</p><p>No ten&#237;a por qu&#233; hacer escala all&#237;; el tr&#225;nsito directo Manila&#8211;C&#225;diz exist&#237;a. Pero la naviera enrutaba por Cartagena los vuelos de tercera edad, dec&#237;an que por las presiones, y a Amparo le dieron seis horas en una ciudad que no hab&#237;a pisado nunca.</p><p>Sali&#243; de la terminal sin saber muy bien por qu&#233;. Quer&#237;a caf&#233;. Una mujer barr&#237;a el umbral de una casa de balcones de madera, con esa flor morada cayendo por las paredes que ella conoc&#237;a de Manila con otro nombre. Amparo le pregunt&#243; d&#243;nde hab&#237;a caf&#233;.</p><p>&#8212;Ah&#237; mismito, mi reina &#8212;dijo la mujer, y se&#241;al&#243; con la barbilla&#8212;. Pero si&#233;ntese aqu&#237; mejor, que ya le traigo. &#191;Tinto o perico?</p><p>Amparo no sab&#237;a qu&#233; era un perico. Dijo que tinto. La mujer le trajo un caf&#233; negro y dulce y se sent&#243; a su lado sin que nadie se lo pidiera, y hablaron media hora. De los nietos. De los maridos muertos. De lo caro que estaba todo. Hablaron sin esfuerzo, sin traducir, sin esa pausa de medio segundo que uno hace cuando habla con un extranjero para asegurarse de que lo siguen. No la siguieron: la entendieron, que es distinto.</p><p>Cuando Amparo quiso pagar, la mujer le apart&#243; la mano.</p><p>&#8212;Vaya tranquila, abuela. Otra le pagar&#225; a otra, alg&#250;n d&#237;a, en otro lado. As&#237; va esto.</p><p>Amparo subi&#243; otra vez a la nave con el sabor del az&#250;car todav&#237;a en la boca, pensando que esa mujer, sin saberlo, hab&#237;a repetido palabra por palabra algo que su propia madre dec&#237;a en tagalo, en una cocina, en Intramuros, hac&#237;a sesenta a&#241;os. As&#237; va esto. Dos mujeres que no compart&#237;an ni un solo apellido y compart&#237;an una frase entera.</p><p>&#183;  &#183;  &#183;</p><p>En C&#225;diz llov&#237;a.</p><p>El forense fue amable. El capataz del astillero, que era de Veracruz, llor&#243; m&#225;s que ella; hab&#237;a querido a Tom&#225;s como a un sobrino. Le entregaron una caja con las cosas del chico: una herramienta de calibrado, un tel&#233;fono roto, una camisa de domingo, y un cuaderno donde Tom&#225;s apuntaba palabras nuevas que iba aprendiendo de los compa&#241;eros. Gaditanas, mexicanas, andinas, isle&#241;as. Una lista de la misma lengua repartida por el mundo, hecha por un muchacho de Manila para no perderse ninguna.</p><p>Amparo ley&#243; la &#250;ltima p&#225;gina. La &#250;ltima palabra que su nieto hab&#237;a anotado, tres d&#237;as antes de morir, era quillo, y al lado, con su letra, la traducci&#243;n: amigo, pero de los de verdad. Como nosotros all&#225;.</p><p>Cerr&#243; el cuaderno. No llor&#243; todav&#237;a. Llevaba toda la vida aprendiendo a no llorar en sitios p&#250;blicos.</p><p>El funcionario del puerto le sell&#243; el pasaporte para el traslado del cuerpo. Busc&#243; la p&#225;gina, encontr&#243; un hueco entre el sello de Manila y el de Cartagena, y estamp&#243; el de C&#225;diz: la misma rosa de los vientos, la misma tinta. Tres ciudades, tres orillas del mismo mar, en la misma p&#225;gina, bajo el mismo escudo. Ninguna era el extranjero de la otra. El cuadernillo no ten&#237;a una secci&#243;n de &#8220;sellos nacionales&#8221; y otra de &#8220;visados de fuera&#8221;. Ten&#237;a una sola lista, corrida, como una familia que no separa a los primos de los hermanos.</p><p>&#8212;Mi p&#233;same, se&#241;ora &#8212;dijo el funcionario, que era gaditano de ocho generaciones y ten&#237;a la cara de medio mundo&#8212;. &#191;De d&#243;nde nos lo lleva?</p><p>Nos lo lleva. No se lo lleva. Como si Tom&#225;s tambi&#233;n fuera un poco de &#233;l.</p><p>&#8212;A casa &#8212;dijo Amparo&#8212;. A Manila.</p><p>El hombre asinti&#243; despacio, mirando el sello de Manila de la primera p&#225;gina, ese tan viejo, el de cuando ella ten&#237;a dieciocho.</p><p>&#8212;Pues mire usted &#8212;dijo&#8212;. Vuelve por donde vino. Eso es bonito.</p><p>&#183;  &#183;  &#183;</p><p>La trajeron a M&#233;xico sin que ella lo pidiera. Otra escala, otra vez la naviera, otra vez los ancianos enrutados por donde hab&#237;a menos presi&#243;n en los huesos. Esta vez le toc&#243; una ciudad del altiplano cuyo nombre no retuvo, una de tantas, con un z&#243;calo, una catedral demasiado grande y un mercado debajo de unos arcos.</p><p>Ten&#237;a cuatro horas y una caja con un muerto esperando en la bodega refrigerada. No quer&#237;a sentarse. Camin&#243; hasta el mercado por caminar.</p><p>Y entonces le pas&#243;.</p><p>No fue nada. Fue una mesa.</p><p>En un puesto de comida una familia almorzaba: la abuela, la madre, dos cr&#237;os, un yerno. Hab&#237;an juntado tres mesas de pl&#225;stico para caber todos. Ol&#237;a a ma&#237;z quemado en el comal, a algo guisado con chile, a fruta partida. La abuela serv&#237;a. Repart&#237;a sin preguntar qui&#233;n quer&#237;a, pon&#237;a en cada plato lo que le parec&#237;a que cada cual necesitaba, y mandaba callar a los ni&#241;os con un chasquido de lengua que Amparo conoc&#237;a, que era exactamente el mismo chasquido con el que su madre la mandaba callar a ella en Intramuros, el mismo con el que ella hab&#237;a mandado callar a su hija, el mismo, seguramente, con el que su hija mandaba callar ahora a sus nietos al otro lado del planeta.</p><p>La abuela del puesto la vio parada, sola, vieja, con una bolsa, mirando.</p><p>&#8212;&#191;Comi&#243;, madre? &#8212;le dijo. No &#191;quiere comprar?. &#191;Comi&#243;?&#8212;. V&#233;ngase, que hay de sobra. Si&#233;ntese aqu&#237; con nosotros.</p><p>Y le hicieron sitio. Corrieron un pl&#225;stico, un ni&#241;o se apret&#243; contra su madre, apareci&#243; un plato. Una desconocida del otro lado del mundo, en una ciudad sin nombre, sent&#225;ndola a su mesa familiar como quien recoge a una t&#237;a que llega tarde a la comida del domingo.</p><p>Fue ah&#237; donde Amparo Salcedo, que no hab&#237;a llorado ante el forense, ni ante la caja, ni ante el cuaderno de las palabras, se sent&#243; en una silla de pl&#225;stico que no era suya, en un pa&#237;s que no hab&#237;a pisado nunca, y llor&#243; por fin, despacio, sin ruido, con el plato caliente delante y una abuela ajena d&#225;ndole palmaditas en la espalda y dici&#233;ndole ya, madre, ya, coma, que la vida sigue, sin preguntarle de qu&#233; se mor&#237;a por dentro, porque algunas cosas no hace falta preguntarlas.</p><p>Le hab&#237;an contado de joven, en la escuela colonial primero y en la otra escuela, la de despu&#233;s, que su mundo no hab&#237;a dejado nada. Que el imperio hab&#237;a ca&#237;do hac&#237;a dos siglos. Que su gente fue la mala de una historia que termin&#243; mal. Lo hab&#237;a cre&#237;do sin mirarlo, como se creen las cosas que repiten todos.</p><p>Pero estaba sentada a una mesa en M&#233;xico con una herencia entera en el plato: el ma&#237;z que hab&#237;a cruzado el oc&#233;ano en los dos sentidos, la lengua en la que la hab&#237;an invitado, el chasquido de su madre en boca de una extra&#241;a, la frase de Cartagena, las tres orillas selladas en la misma p&#225;gina. Nada de eso hab&#237;a ca&#237;do. Nada de eso era una ruina. Era una casa tan grande que hab&#237;a gente convencida de que no exist&#237;a solo porque nunca hab&#237;an tenido que cruzarla entera para enterrar a un hijo.</p><p>No hab&#237;a dejado nada, dec&#237;an. Le hab&#237;an dejado el mundo entero por casa, y hab&#237;an tardado seiscientos a&#241;os en convencerla de que era pobre.</p><p>&#183;  &#183;  &#183;</p><p>Enterr&#243; a Tom&#225;s en Manila, en Intramuros, a diez calles de donde hab&#237;a nacido ella.</p><p>En el caj&#243;n guard&#243; otra vez el cuadernillo color tabaco, con su rosa de los vientos y su sello nuevo de C&#225;diz junto al viejo de su juventud. Ya no estaba virgen el documento. Ahora ten&#237;a un viaje dentro: cuatro ciudades, cuatro orillas, una sola lengua, una sola p&#225;gina corrida sin fronteras interiores.</p><p>Encima, para que no se moviera, puso el cuaderno de las palabras de su nieto. La &#250;ltima segu&#237;a abierta.</p><p>Quillo. Amigo, pero de los de verdad. Como nosotros all&#225;.</p><p>All&#225;, hab&#237;a escrito el chico. Como si C&#225;diz y Manila fueran el mismo all&#225;. Como si solo hubiera un all&#225;, y fuera, todo &#233;l, de uno.</p><p>Amparo cerr&#243; el caj&#243;n. Setenta y tres a&#241;os le hab&#237;a costado usar el pasaporte una sola vez. Pero ya sab&#237;a lo que su nieto hab&#237;a sabido a los veintis&#233;is, lo que la mujer de Cartagena sab&#237;a sin haberlo pensado, lo que la abuela de la mesa sab&#237;a mientras serv&#237;a:</p><p>que no era un pasaporte para ir al extranjero.</p><p>Era para volver a casa por sitios donde no hab&#237;as estado nunca.</p>]]></content:encoded></item></channel></rss>