<script data-pm-proxy="intercept"></script><?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" version="2.0" xmlns:itunes="http://www.itunes.com/dtds/podcast-1.0.dtd" xmlns:googleplay="http://www.google.com/schemas/play-podcasts/1.0"><channel><title><![CDATA[Daniel]]></title><description><![CDATA[Mexicano que escribe de México, menos cuando no.]]></description><link>https://whoiselepe.substack.com</link><image><url>https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!1QZN!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F041a7385-fb0a-4f09-8c43-55cbee82b8ea_245x230.png</url><title>Daniel</title><link>https://whoiselepe.substack.com</link></image><generator>Substack</generator><lastBuildDate>Wed, 02 Sep 2026 20:21:12 GMT</lastBuildDate><atom:link href="/__u/whoiselepe.substack.com/feed" rel="self" type="application/rss+xml"/><copyright><![CDATA[Elepé]]></copyright><language><![CDATA[es]]></language><webMaster><![CDATA[whoiselepe@substack.com]]></webMaster><itunes:owner><itunes:email><![CDATA[whoiselepe@substack.com]]></itunes:email><itunes:name><![CDATA[Daniel]]></itunes:name></itunes:owner><itunes:author><![CDATA[Daniel]]></itunes:author><googleplay:owner><![CDATA[whoiselepe@substack.com]]></googleplay:owner><googleplay:email><![CDATA[whoiselepe@substack.com]]></googleplay:email><googleplay:author><![CDATA[Daniel]]></googleplay:author><itunes:block><![CDATA[Yes]]></itunes:block><item><title><![CDATA[Setecientos cincuenta]]></title><description><![CDATA[El cart&#243;n se paga a dos pesos con cincuenta el kilo en el centro de acopio de la colonia Morelos.]]></description><link>https://whoiselepe.substack.com/p/setecientos-cincuenta</link><guid isPermaLink="false">https://whoiselepe.substack.com/p/setecientos-cincuenta</guid><dc:creator><![CDATA[Daniel]]></dc:creator><pubDate>Thu, 30 Jul 2026 05:01:32 GMT</pubDate><enclosure url="https://substack-post-media.s3.amazonaws.com/public/images/b3c07490-469a-4e96-8b35-aa4ef34c5d95_736x724.webp" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p>Dos pesos con cincuenta centavos paga el centro de acopio de la colonia Morelos por un kilo de cart&#243;n, dieciocho por uno de aluminio y ocho por uno de PET, cuatro si este &#250;ltimo a&#250;n tiene rastros pegajosos de refresco en el fondo. En cuanto al cobre, ese vale ciento veinte pesos, pero debe estar pelado, sin el forro pl&#225;stico que evita que te electrocutes. Marcelino siempre separaba los cables cobrizos apenas los encontraba, y los pelaba con su vieja navaja, su compa&#241;era, y la agilidad de un lince. Ya no era necesario vigilar la acci&#243;n: sus manos hac&#237;an el trabajo solas. Mientras, el carrito de super que rob&#243; una madrugada lo esperaba recargado contra la pared, retacado de bolsas que a&#250;n faltaban por inspeccionar.</p><p>Doce a&#241;os en las mismas calles, cada lunes, mi&#233;rcoles y viernes. Todo vecino del fraccionamiento Pedregales ten&#237;a un acuerdo t&#225;cito con &#233;l: sacar la basura a las cinco y media de la ma&#241;ana, o antes, as&#237; Marcelino tendr&#237;a tiempo suficiente para hurgar y apropiarse de todo aquello que pudiera vender; el cami&#243;n pasa alrededor de las siete, y despu&#233;s de doce a&#241;os ya eres consciente de que no perdona. En esa d&#233;cada y cachito, aprendi&#243; a distinguir qu&#233; bolsas val&#237;a la pena abrir y qu&#233; bolsas estaban llenas de mierda, literalmente. Aprendi&#243; que la plata tiene n&#250;meros tatuados, n&#250;meros que las joyas de fantas&#237;a no llevan, pues el costo incrementa y la premisa del negocio pierde todo sentido. Casi siempre, esos n&#250;meros son nueve, dos y cinco: novecientos veinticinco, la proporci&#243;n exacta de plata pura sobre aleaci&#243;n que la ley mexicana exige para que algo pueda venderse como plata sin incurrir en un fraude.</p><p>Alejandra le mand&#243; un mensaje un d&#237;a antes, algo corto y aparentemente insignificante: la foto de un letrero mal escrito en un puesto que vende tiliches falsificadas, con las palabras &#8220;jajaja mira, para tu TOC con la ortograf&#237;a&#8221;. Ella sab&#237;a que lo har&#237;a re&#237;r. Marcelino ley&#243; el mensaje, sonr&#237;o, volvi&#243; a leerlo, escribi&#243;, borr&#243;, escribi&#243; y borr&#243;. La pantalla se apag&#243; despu&#233;s de dos minutos de inactividad, y guard&#243; el celular en la bolsa de su pantal&#243;n.</p><p>Esa ma&#241;ana, ya iba por la bolsa n&#250;mero once, la que hab&#237;a agarrado en la casa verde de la esquina, la del perro que siempre ladra, la de la se&#241;ora que estaba por mudarse a Guadalajara con sus hijos, seg&#250;n le hab&#237;a contado a Marcelino mientras le ayudaba moviendo los sillones hacia la entrada para que los de la mudanza &#8220;no anduvieran dando vueltas por toda la casa&#8221;. En esa bolsa, la once, entre c&#225;scaras de mango, tickets del Aurrer&#225; y demasiadas bolsas de t&#233; para una sola familia, encontr&#243; un joyero peque&#241;o de terciopelo azul, ya descolorido, ya olvidado y sin vida. Adentro, un anillo que pesaba m&#225;s de lo que su tama&#241;o permit&#237;a asumir. &#8220;750&#8221;, encontr&#243; grabado en la parte interna. Setecientos cincuenta partes de oro puro por cada mil: un anillo de dieciocho quilates, la pureza m&#225;s alta que se encuentra en joyer&#237;a de uso diario.</p><p>El anillo hab&#237;a pasado la primera prueba: tener n&#250;meros inscritos; sin embargo, otra de las cosas que aprendi&#243; a las malas, fue a siempre cargar un frasquito con &#225;cido n&#237;trico diluido. El oro no reacciona a los &#225;cidos comunes, mientras el fierro pintado espumea, humea y pr&#225;cticamente chilla de dolor. El oro no le teme a lo que un triste pepenador carga en un frasquito: es de los metales m&#225;s valientes. Marcelino dej&#243; caer una gota en los n&#250;meros interiores, contando del uno al quince, los segundos necesarios para que inicie una reacci&#243;n qu&#237;mica. No pas&#243; nada, que era exactamente lo que Marcelino quer&#237;a que pasara: nada.</p><p>Alejandra trabajaba en la tienda de abarrotes que estaba justamente en la intersecci&#243;n de avenida Lomas de Cort&#233;s y calle San Salvador. Marcelino iba a comprar una botella de agua al terminar su d&#237;a de trabajo, y llevaban casi dos meses hablando. Primero, de cosas de la tienda, de precios, de c&#243;mo aumentan y la vida se dificulta. Luego, de los h&#225;bitos y las man&#237;as que les hacen personas: morder el vaso de unicel al acabarse el jugo de naranja, pedir elotes con chile del que pica aunque no soporten el picante, temerle a las abejas aunque nunca les hayan picado. Alejandra le dio su n&#250;mero de celular escrito en un papel que arranc&#243; de un cuaderno de la tienda. Marcelino guardaba el papel en su cartera sin saber exactamente por qu&#233;, si ya ten&#237;a el n&#250;mero en su celular.</p><p>Un anillo de dieciocho quilates, como este, podr&#237;a venderse, seg&#250;n el precio del oro que Marcelino hab&#237;a consultado esa ma&#241;ana, como todas las ma&#241;anas, en m&#225;s dinero del que conseguir&#237;a en cuatro meses de separar cart&#243;n, PET y cobre pelado en toda la colonia.</p><p>Marcelino meti&#243; el anillo en el joyero viejo y olvidado, cerr&#243; la tapa lentamente y lo regres&#243; a la bolsa, junto al mango en putrefacci&#243;n y el resto de historias que contaba la basura de esa familia que pronto se mudar&#237;a a Guadalajara, y acomod&#243; la bolsa en la esquina de la casa verde. El perro le ladr&#243;, como era de esperarse, y Marcelino brinc&#243; del susto. Conforme avanzaba hacia el horizonte, la campana que todo M&#233;xico reconoce ya ven&#237;a doblando en la esquina, anunciando la colecta y apresurando a cualquier persona despistada que  hubiese olvidado sacar la basura.</p>]]></content:encoded></item></channel></rss>